Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Unas horas antes

El ascensor era demasiado estrecho. Nora no sabía si su malestar era por ese calor asfixiante que la abofeteó en cuanto entró en ese habitáculo tan pequeño, por el hecho de que odiaba estar ahí o por las malditas bragas que la tenían tomada con ella.

Un ligero contoneo de culo y se las recolocó como pudo.

—¿Qué te pasa? Hoy te veo más nerviosa de lo normal —le preguntó Del, su gran amiga y también la única, porque su mal carácter y su poca habilidad social la había condenado al destierro de la sociedad; situación que tampoco le desagradaba, pues el dolor a la soledad que se impuso hacía tiempo que había desaparecido.

—No, es que… —calló al notar que las puertas del ascensor se abrían, dejando entrar a tres personas: una mujer y dos hombres.

Nora aulló para sus adentros, mas intentó que su cara no reflejara el disgusto, así que optó por no hacer contacto visual.

Haría acto de presencia en una fiesta a la que todos los trabajadores habían sido invitados con mucha cortesía, pero con la condición obligatoria de que no se podía faltar.

No debía quejarse: su empresa, Ensamblaje S.L, había sido elegida para una fusión con una gran multinacional china: Kung Fu Panda S.L.

Debería estar eufórica porque, en teoría, era eso o el despido masivo, ya que la quiebra era inminente.

Existían dos opiniones muy diferenciadas: los más positivos, convencidos de que se habían librado del despido; y, por otro lado, los más negativos, aquellos que pensaban que solo era cuestión de tiempo que se encontraran en la calle.

Por su parte, no quería pensar. Soltera, cuarentona y con una hija de ocho años, no se sentía capaz de enfrentarse a la incertidumbre de empezar de nuevo en la búsqueda de trabajo.

Le gustaba el suyo: una administrativa, inmersa en documentos y cuentas que, a veces, le producían una enorme sensación de frustración cuando no cuadraban.

Aun así, valoraba el hecho de que no estaba de cara al público, y nadie le atacaba con reproches ni tenía que fingir una sonrisa falsa, si no le apetecía.

En cuanto a relaciones públicas, cero. O, mejor dicho, números en negativo.

Suspiró, y eso provocó que uno de los hombres girara la cabeza hacia ella. Apenas fueron unos segundos, pero los suficientes para contemplar un rostro perfectamente esculpido: piel suave y tersa, labios rosáceos, ojos oscuros y achinados…

«Coño, ¡es uno de esos chinos de la fusión!

», susurró su conciencia como si sus pensamientos pudieran ser oídos, mientras una sonrisa forzada y nerviosa se le escapaba sin permiso.

Entretanto, desviaba la mirada de inmediato, maldiciéndose por no saber disimular.

Seguro que la sonrisa que le había dedicado era más parecida al azulejo helado de un baño público: rígido, incómodo y absolutamente poco seductor.

No obstante, la cosa no quedó ahí. Sus ojillos traviesos, miraron de soslayo al susodicho curioso que se había girado a contemplarla y, que ahora, le daba la espalda.

Emanaba tal seguridad que ella se sintió pequeña.

Vestía un traje negro de chaqueta impecable, y sus manos descansaban en el interior de sus bolsillos haciendo que su culito respingón se marcara contra la tela.

Se recreaba con las vistas cuando un leve puntapié la sacó de aquella visión celestial. Era Del que, al parecer, también tenía ojos en todas partes. Natural, el condenado ascensor era muy pequeño.

Un par de pisos más abajo que el suyo las puertas se abrieron. La comitiva de tres se perdió por ellas al cruzarlas, y por fin se quedaron a solas.

—Niña, ¿qué ha sido eso? Vaya repaso le has dado, bonita. ¿Te lo presento y le atacas a la yugular?

—No soy un vampiro. No los conoces y, casi con toda seguridad, no volveremos a verlos.

—Ja, no necesitas conversación, la boca mejor tenerla en otras partes de su cuerpo. Seguro que no has echado un polvo en…, ¿cuántos años tiene Nicole? Ah… sí, ocho.

—No seas bruta, y para tu conocimiento tengo a Feder y a Cosme.

—Ya. Feder, la polla de quince centímetros —dijo, haciendo un gesto pequeño con los dedos con señal de desaprobación, y Cosme; ese vibrador que a veces se queda sin fuerzas y se para.

—Cosme tiene su encanto. No todo tiene que ser perfecto y no lo voy a desechar solo porque tenga una tara.

—¡Venga ya! Como si fueras una ONG. Tíralo y cómprate uno más potente, yo te puedo aconsejar. Aunque hoy —chasqueó los labios—, a lo mejor tengo otros planes.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Nora temiendo la respuesta.

—Puede que a ti te haya llamado la atención el más alto, pero el otro, el más bajito… Hum, ese está para mojar el pan y no dejar las migajas. Bueno, mojar o lamer, lo que se tercie .

—Te recuerdo que estamos a muchos kilómetros de nuestra casa, en un hotel lleno de compañeros de trabajo. Compórtate, que después vienen las habladurías y, el día a día, es muy duro en la oficina.

—No seas aguafiestas, seré buena. —Puso cara de puchero y entrelazó las manos en gesto de súplica, aunque le duró apenas unos segundos, antes de que su mirada chispeara con una idea—. Pero, si ese pedazo de tío se pone a mi alcance, no sé qué haré.

—Nada, no hagas nada —señaló Nora, intentando que su amiga volviera a la realidad.

—¿Quién se va a enterar? Seguro que en unos días se va a su país y no le vemos el pelo. Además, siempre se ha dicho que los chinos la tienen pequeña, son bajitos y arrugaditos. Estos son guapos, altos, fuertes, solo queda comprobar si la tienen…

—Calla, ¡que estamos llegando! —Le dio tal empujón a Del, que hizo que casi se estrellara contra las puertas del ascensor que aún no se encontraban del todo abiertas, causando que ambas soltaran una carcajada poco femenina.

La fiesta era puro teatro. Una excusa para aparentar que la empresa era una gran familia, y un montón de lameculos que aplaudían a los jefazos con toda su artillería pesada.

Tras una hora de fingir, Nora era incapaz de seguir en esa marea de estupideces, por lo que, con un suave contoneo de cabeza llamó la atención de su amiga que, atenta, esperaba su comunicación en código morse.

Entre ellas dos se entendían lo suficiente: un par de guiños, una arrugación de nariz y un cierre de ojos con un pequeño balanceo de pestañas, le bastaron para comunicarle que estaba hasta el toto de tanta palabrería y que se iba a dormir a la habitación.

Del, como buena conocedora del idioma en clave, levantó la copa de vino, le sacó la lengua y giró en redondo varias veces las pupilas. Nora no podía concebir cómo era capaz de hacer ese gesto tan difícil; una vez lo intentó y casi sintió que se le salía el ojo de la órbita.

En definitiva, el mensaje final era claro: que se marchara ella solita a la cama.