Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas
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PRÓLOGO
El dolor de cabeza no remitía, no podía abrir los ojos y mucho menos mover su entumecido cuerpo.
Intentó recordar la noche anterior para comprender por qué lucía con ese estado lamentoso; jamás en su existencia se había sentido tan desorientado y demacrado.
Se incorporó con lentitud, cerciorándose de que una de sus manos sujetaba la sien como si esta se esforzara por irse de paseo, dejando atrás su cuello.
—¿Dónde estoy? —Miró a su alrededor y no reconoció la habitación—. ¿Por qué…?
Sus ojos se agrandaron al levantar la sábana que tenía toscamente enroscada en su cuerpo, y se dio cuenta de que no llevaba ropa.
Carraspeó y se afanó en recordar la noche pasada; fue inútil.
Con torpeza posó los pies en el suelo que, en lugar de resultarle frío e incómodo, le pareció casi reconfortante.
Apoyó los codos en las rodillas; la habitación giraba a su alrededor y trató de fijar la vista en las líneas blanquecinas de la tarima.
—¿Qué es eso? —Alzó la voz como si hubiera visto un misterio sin resolver.
Con sumo cuidado, estiró el brazo, no sin antes cerciorarse de estar bien sentado y de que su trasero no se despegara del colchón. No pensaba arriesgarse a caer al suelo todo lo largo que era.
Sus dedos cogieron una prenda, que al principio no pudo identificar. La zarandeó y la agitó delante de sus narices .
—Aaah —gritó y la dejó caer—. ¡Unas bragas enormes!
Imposible, él no había podido estar con una mujer que utilizara ese tipo de prendas, normalmente eran de seda y encajes, delicadas y sofisticadas. ¿A quién había metido en su cama?
Su cuerpo se quedó inerte y no sabía qué hacer. El gran CEO, con diversos títulos universitarios, varios másteres y presidente de una gran compañía, había perdido la voz al ver unas bragas de algodón marrones. No salió de ese trance hasta que tocaron la puerta.
—Señor, le aviso que el coche está a su disposición. —Esa voz le era conocida.
De un salto se levantó con la sábana enrollada en sus partes más íntimas, maldiciéndose por el camino por su estúpido gesto, pues la cabeza empezó a martillearle de nuevo.
Abrió la puerta, lo suficiente para contemplar el rostro de su secretario. Con un movimiento brusco lo agarró del brazo y lo adentró en la habitación.
—¿Qué haces aquí?
—Me dijo que a las nueve saldríamos para el aeropuerto. Son las nueve y cuarto, y usted nunca es impuntual, así que me preocupé.
—¿Por qué aquí?
—No lo entiendo —dijo Ming mirando la cama revuelta y sus prendas del día anterior esparcidas por el suelo.
—¿Es mi habitación? —le preguntó Quiang buscando un hilo coherente del que tirar.
—En realidad es la mía. Anoche me solicitó que intercambiáramos las tarjetas.
—Sí, ahora me acuerdo de ello —concluyó dándose pequeños golpecitos con la mano en la frente .
—No puedo darle más información. Supongo que el whisky era demasiado fuerte.
Quiang empezaba a recordar trazos de la noche anterior. Se acordaba de la reunión, del whisky y de que empezó a marearse, sin embargo, a partir de ese momento, oscuridad y temor. Una fragancia que lo atraía, unas palabras…, susurros a lo lejos…, pero nada más.
—Quiero que analices la botella, el vaso y todo lo que toqué. Solo bebí unos sorbos de ese maldito whisky , y apenas tengo recuerdos.
—¿Piensa que lo han querido envenenar?
—Han intentado en dos ocasiones matarme, ya no descarto ninguna posibilidad.
—Lo siento, señor, todo ha sido por mi culpa —señaló preocupado Ming.
—No, bajé la guardia, pero aún no tenemos pruebas. Dile a mi piloto que nos quedamos en Madrid hasta nueva orden, y que venga un médico a examinarme.
—Enseguida.
—Y Ming, averigua quién ordenó servirme la botella y comprueba si hay cámaras de seguridad en el pasillo. Quiero ver quién entró y salió de esta habitación.
—Por supuesto. —Asintió mientras cerraba los puños y se alejaba hacia la puerta sacudiendo la cabeza. Estaba tan alterado por la situación que ni siquiera reparó en lo extraña que había sido la petición.
Quiang se sentó de nuevo en la cama y elevó la cabeza al techo tanteando desentumecer el cuello y los hombros, necesitaba una ducha.
Se levantó en busca de ese consuelo y sus pies tropezaron con algo.
—¡Tú! Te encontraré —dijo cogiendo la prenda íntima amarronada del suelo—. Voy a hacerte pagar que te hayas aprovechado de mí. No tienes sitio en este mundo donde te puedas esconder. Y después voy a… ¡Aaah! ―gritó al aire, mientras que la arrojaba sobre la cama de forma despectiva.