Cencella 5° (Saga Cencella 5) CAPITULO 04
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CAPITULO 04

A l día siguiente en casa de los Evans, los gemelos se encuentran desayunando en el comedor, cuando George llega después de haber dejado a Victoria en la clínica.

—Chicos… en una hora tengo que irme al gimnasio para una reunión —informa abriendo el refrigerador y sacando la jarra de jugo—. Allí está el auto de mamá, recuerden que al mediodía tienen que ir con su hermana a casa de Carol, ella los está esperando, de regreso pasan buscando a su madre.

—Okey —responden ambos chicos al unísono, mientras que siguen comiendo.

—Mamiiii —dice Kendall entre sollozos, bajando las escaleras descalza, despeinada y frotándose los ojos.

—Princesa… mami está trabajando —explica George, al verla.

Kendall camina hasta la cocina, se acerca hasta su padre y levanta los brazos, él se inclina y de inmediato la levanta.

—Ya no llores cariño… ella viene en un rato, después que cure a unos abuelitos. Además… hoy saldrás a pasear con los chicos, irán a comer con la tía Carol y Logui, luego van a buscar a mami al trabajo.

—Sí Kenny, es un gran plan, ya no llores —añade Leo, comiendo un bocado de sus huevos revueltos.

—Bueno —murmura ella, secándose las lágrimas del rostro—. Le diré a Alex que me peine bonito.

En cuanto George la escucha, voltea con preocupación para mirar a los chicos.

—Cariño… ¿recuerdas lo que te expliqué ayer?

—Sí… —responde ella, bostezando y se frota los ojos—. Oti juega hoy contra Los Ángeles y después viene en avión.

Max y Leo intentan contener la risa desde el comedor mientras que escuchan a su hermana, a la vez que George le sonríe.

—Eso es cierto, pero… ¿recuerdas lo que hablamos de Alex? Te conté que hoy ella tenía que llevarle una tarea a su maestra.

Kendall se queda pensando en silencio durante un momento, luego voltea hacia el comedor, después hacia el living, y por último gira el rostro hacia la sala en busca de Alexa, a medida que la comisura de sus labios va descendiendo.

—Hey cariño, tranquila —murmura George rápidamente, para evitar que empiece a llorar de nuevo—. Te hice unos sándwiches con jamón y la salsa rosada que te gusta.

—Papá ella no los quiere. Me los comeré yo, es que quedé con mucha hambre —interviene Max, para distraerla.

—No hijo, estos son de Kenny —replica George, mientras que la sienta en una de las sillas altas que están junto a la isla de la cocina—. Comételos rápido cariño, antes de que Maxi lo haga.

—¡Maxi no! ¡Estos son míos! —exclama Kendall, acomodándose en el asiento.

Los gemelos sonríen disimuladamente mientras que George sirve la comida en un plato y se los coloca en frente a su hija.

—Pero… no —dice Kendall, negando con la cabeza—. Maxi comételos, estos no me gustan.

—¿Por qué? —inquieren los tres al unísonos, extrañados por su reacción.

—Papi… es que no me gustan así.

—Pero cariño… ya le quité las orillas al pan —aclara George.

—Ahh… sí tranquila —dice Leo, acercándose a la cocina—. Es que papá solo estaba esperando que te levantaras, para terminar de hacértelos —explica tomando el plato de su hermana y se lo lleva hasta el mesón que está junto al fregadero.

—Okey —susurra Kendall, tomando un sorbo de su jugo.

Por su parte, George entrecierra los ojos confundido mientras que observa a Leo, para luego voltear la mirada hacia su otro hijo, quien ahora se encuentra sentado al lado de su hermana.

—Entonces… ¿hoy hará sol o lloverá? ¿Qué dice el pronóstico del dedo? —cuestiona Max.

Kendall le sonríe, a la vez que se lleva la punta del dedo índice a la boca, lo succiona rápidamente y luego lo coloca frente a ella, observando cómo se seca la humedad del mismo.

Mientras tanto, George se queda en silencio, con el ceño fruncido sin entender lo que sucede, se voltea hacia atrás y nota que Leo está abriendo un gabinete buscando algo.

—Hoy hará sol —afirma Kendall, riéndose.

—¡Oíste eso Leo! ¡Hará sol! —reitera Max.

—Sí, ya escuché. ¡Genial! ¡Será un día soleado! ¿Dónde diablos está el puto sol? —murmura Leo esto último, mientras que sigue buscando en el gabinete.

—¿Qué es lo que sucede? —susurra George, acercándose a él—. No entiendo una mierda hijo.

—Es que Alex, empezó a jugar así con ella en las tardes, porque no quería merendar, sino comer helado.

Por eso inventó este juego, Kenny le dice si hará sol o lloverá, y de eso va a depender la forma en la que le corta los sándwiches —explica Leo—.

Pá… ¿Dónde está el cortador con forma de sol?

Solo están los de corazones y flores, esos no sirven.

—Ah…. Okey. No están ahí, es que tu mamá organizó la despensa ayer —responde George sonriendo, mientras que busca en otro de los gabinetes y le entrega el molde correcto.

En cuanto Leo toma el cortador, lo aprieta contra el pan, pero al levantarlo, se da cuenta que el sándwich sigue siendo cuadrado.

—No sirve —susurra él, frunciendo el ceño—. Esto no corta una mierda.

—Espera… déjame intentar —interviene George, toma el cortador, presiona con todas sus fuerzas y lo levanta—. Esto no corta, no tiene filo, debe ser solo para masa cruda. ¿Cómo lo hace Alex?

—Ni idea —replica Leo, encogiéndose de hombros—. Maxi… ven.

—¿Qué pasa? —cuestiona este, al acercarse.

—Es que no corta nada… ¿Sabes cómo hace Alex para sacar la figura?

—Ni idea papá, yo no la he visto hacerlo. Nosotros escuchamos el juego y hemos visto los sándwiches ya cortados con las formas, pero no tengo idea de cómo lo hace —aclara Max—. Esperen… déjenme llamarla y se lo preguntamos.

Él saca su teléfono del bolsillo y marca el número de Alexa, quien en ese momento va conduciendo, y en cuanto escucha el sonido de su celular, revisa la pantalla y al ver quién es, contesta colocando el altavoz.

—Espera… no me hables —dice ella con rapidez, manteniendo la vista fija en la vía.

—Okey… ¿qué rayos? —cuestiona Max, extrañado—. ¿Estás molesta conmigo? Si te vas a enojar que sea con Leo, porque yo no te dije nada ayer, ese fue él —aclara riéndose.

—¡Qué! —replica Leo, dándole un puñetazo a su hermano en el hombro—. ¿Está molesta? ¿Con que derecho? —añade agarrando el teléfono y poniendo el altavoz.

—Ya los escuché —dice Alexa, entre risas—. No estoy molesta, pero esperen que me estoy estacionando, no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo.

—Uy no chicos, ya cállense los dos. No queremos desconcentrar a la nueva conductora —bromea George.

Por su parte, Alexa continúa riéndose unos segundos más mientras que termina de aparcar dentro del estacionamiento de la universidad.

—Bueno… ahora sí. Hola, ¿cómo están todos por allá?

—¡Hola Alex! —grita Kendall, emocionada al escuchar su voz y apoderándose de la llamada.

—Mi vida hermosa.

—¿Ya le diste la tarea a tu maestra?

—Pues justo ahora acabo de llegar a la universidad y voy a reunirme con ella. Después de eso, voy a ver a Oti jugar y mañana tomo el avión de regreso a la casa. ¿Te parece bien?

—¡Sí! ¡Yo iré a comer con los chicos a casa de Logui!

—Qué bueno, dile a Carol que me mande algo rico de comida y me la guardas para mañana —dice Alexa, sonriendo.

—Hablando de comida —interviene George—. Cariño… ¿Cómo haces para los sándwiches te queden bien cortados con el molde de galletas?

—Sí… es que ya lo presioné con todas mis fuerzas y nada —aclara Leo.

—Es fácil —responde Alexa, riéndose—. Coloquen el molde sobre el pan, luego toman el rodillo de extender la pizza, lo hacen girar varias veces por encima del cortador y listo. Al retirar los excedentes, queda a la perfección la forma.

—Okey, Okey —murmura George, mientras que se mueve por la cocina para buscar los implementos y hacer lo que ella indicó.

—Entonces… ¿si vienes mañana verdad?

—Sí Leo… llego después del mediodía —afirma ella, sonriendo.

—¡Eso! —exclama Max, al ver como su padre logró la forma del sol en el pan.

—¡Ahora sí! —dice George entre risas, mientras que corta el segundo sándwich.

—Kenny… ¿qué dice el pronóstico del dedo? —inquiere Alexa.

—¡Hará mucho sol! ¡Me comeré dos soles!

—Qué bueno mi vida, te vas a poner fuerte.

—¡Sí! Alex… yo nunca he ido a una casa en la playa. Le diré a Oti que me lleve —declara Kendall—. Quiero jugar en la arena.

—Claro cariño, yo también quiero y jugaremos con las sirenas que cambian de color en el agua —agrega Alexa.

—¡Sí! ¡Llevaré nuestras sirenas favoritas! —replica Kendall, emocionada.

—Bueno… pero tienes que comer bastante, porque los niños que no lo hacen, cuando llegan las vacaciones, no tienen fuerza para jugar en la arena —recalca George, colocando el plato de comida frente a su hija.

Kendall le sonríe, toma uno de los sándwiches en forma de sol y comienza a comer entusiasmada.

—Volviendo al punto. ¿No estás molesta o sí? —cuestiona Max.

—No bobo, claro que no. ¿Por qué lo estaría? —replica Alexa, confundida.

—Por nada… solo quería ver donde estábamos parados —aclara Max.

—¡Pues donde mismo! —interviene Leo—. La única diferencia es que estamos en traje de baño, sin camiseta, colocándonos protector solar y a la espera de que nos digan… ¡Ya! Para salir corriendo a nuestra nueva casa en la playa —bromea, causando que todos se rían, incluida Kendall.

Alexa finaliza la llamada con los chicos, recoge sus cosas y sale del jeep para dirigirse a la oficina de su tutora.

—Gracias por recibirme, Doctora Rachell.

—Elkins… siempre es bueno verte, nos tenías abandonados.

—Sí, lo lamento. Es que he estado muy ocupada en Vancouver, pero le traigo buenas noticias.

—A ver… cuéntame.

—Quería decirle que ya tengo lista mi tesis y también mi defensa.

—Eso es excelente Elkins, y todavía te quedan cuatro meses del semestre.

—Sí… en realidad vine con rodilleras puestas, por si necesitaba arrodillarme, para pedirle un favor encarecidamente.

—¿De qué hablas? —cuestiona la doctora, riéndose.

—Profesora es que… yo necesito defender la tesis cuanto antes, no puedo esperar cuatro meses.