Cencella 5° (Saga Cencella 5) CAPITULO 03
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CAPITULO 03

A nthony se queda unos minutos más en la ducha, luego sale del baño con una toalla alrededor de su cintura, encontrándose con Alexa sentada en la cama, ya vestida y peinándose.

—Sin duda me podría acostumbrar a eso amor, fue súper raro ducharme escuchando el resumen de jugadas. Ya sé que tardé demasiado, pero es que no tenía ningún apuro por salir.

—Qué bueno Oti, al menos no soy la única loca en la casa —comenta ella y ambos se ríen.

Anthony se acerca a la cama donde se encuentra su ropa, toma el bóxer y se los coloca por debajo de la toalla, frente a Alexa como si nada, sin ningún tipo de pudor, mientras que ella se sonroja al verlo.

«¡Oti! ¡Me estás matando! Mi corazón no resiste tanto, podría gritar de emoción ahora mismo. ¡Este es mi chico! ¡Mi hermoso y adorable chico, vistiéndose frente a mí, en mi habitación!»

—Ali, ¿me dices la hora?

—Sí —responde ella, desviando la vista hacia el reloj—. Son las seis con veinticinco... No quiero que tengas problemas Oti, mejor que te vean antes de la cena.

—Tranquila amor, déjame revisar el chat del equipo, si algo anda mal, ahí lo sabré —aclara él, sonriéndole—. Además, me gustaría que paseáramos un poco más en el jeep, antes de que nos vayamos para al hotel. ¿Podemos?

—Por supuesto Oti.

—Perfecto —murmura él, mientras que se termina de vestir.

Durante todo eso, Alexa no ha apartado la vista de él, disfrutando de cada momento que pasan juntos.

—Todo está en orden —comenta Anthony, después de revisar los mensajes en su teléfono, luego toma una foto de la camiseta que está colgada en la pared de la habitación.

—Oti… ni se te ocurra mostrárselas a tus padres. Me moriría de vergüenza.

—¿Cual? —bromea él—. Si ya ellos vieron esta —añade enseñándole la foto sexy de New York—. ¿Qué importa que vean una de mi camiseta?

—¿Me dejas ver tu teléfono un segundo?

Anthony le sonríe y se lo muestra de inmediato.

—Oti… ¿colocaste de fondo de pantalla nuestra fotografía de New York?

—Claro amor, es genial. Yo la amo y disfruto verla. Es mi chica con ganas de devorarme, ¿cómo no me va a gustar? —replica él, y ambos sonríen.

Salen juntos de la habitación y van caminando por el pasillo, hasta que llegan a la cocina.

—Hey amor… ¿me dejas ver el balcón una última vez antes de irnos? —inquiere él, haciendo pucheros.

—¿Una última vez? Dirás por ahora —replica ella, sonriéndole.

Ambos salen hacia el balcón, con Anthony abrazándola por la espalda mientras que contemplan por unos minutos, el atardecer y el mar.

—Ali… ya no sigas haciendo esa lista —comenta él, acariciándole el vientre con movimientos suaves.

—¿Cuál? —cuestiona ella, riéndose.

—La de… no susurrar, no morder y muchas más cosas que me encantan, que veo piensas meter allí. Aunque… corrijo, mejor sí haz la lista, pero no para excluir esas acciones, sino que en cambio, para que las sigas haciendo —declara él, causando que ambos se rían.

—Okey Oti, pero… después no digas que soy mala —dice ella, girándose para verlo a los ojos.

—No lo eres, tú eres muy buena —afirma él, sonriéndole—.

Ali… lo digo literal y metafóricamente, eres jodidamente buena haciendo las cosas de la lista.

Eres experta en hacerme enloquecer, en serio, es que…

me encanta en un nivel que no puedo explicar —murmura esto último, mientras que se ríe avergonzado.

—¿De qué te ríes? ¿Qué pasa? —inquiere ella, acariciándole la espalda.

—Es que… dirían mi papá y Cooper que me tienes comiendo de la mano —explica él, sonrojándose.

—Pues… tendrían toda la razón —puntualiza ella, pasando las yemas de los dedos por el cuello de él.

—¿Sí? —indaga él, sorprendido por su respuesta—. Te oyes muy segura. Entonces… ¿me tienes comiendo de la palma de tu mano?

—Claro… literalmente te di de comer un brownie con la mano en la tina —bromea ella, causando que ambos se rían.

—Es cierto. Ay amor… —murmura él, soltando un suspiro largo—.

En serio quisieras que te quedaras conmigo en el hotel, no voy a poder dormir sabiendo que estás aquí sola.

No quiero sonar cursi, y sé que nos veremos mañana, pero…

es que te voy a extrañar demasiado, cuando no estoy contigo, me siento muy solo —confiesa, tomándole ambas manos—. Ali… yo te necesito tanto.

Anthony nunca había sido tan transparente y honesto con sus sentimientos, y con aspectos de su vida privada, esto es algo nuevo tanto para Alexa como para él.

—Yo amaría acompañarte en el hotel, no quiero que te sientas solo. Y no suenas cursi —afirma ella, acariciándole el cabello—. Yo me siento igual cuando no estoy contigo Oti, por eso es que fue tan espantoso venir la vez anterior, yo me estaba muriendo al alejarme de ti.

—Entonces necesito que empiece cuanto antes la próxima temporada —añade él, tomándola de la cintura.

—¿Por qué? ¿Eso que tiene que ver? —inquiere ella, confundida.

—Todo. Este sería mi tercer año Ali… Ahora yo podría tener mi propia habitación en los hoteles —aclara él, sonriéndole con picardía—. Es que durante los dos primeros años, un jugador tiene que compartir cuarto con otro novato.

—¿Qué? Pero… ¿me meterías a escondidas? —indaga ella, riéndose—. Oti… sabes que aunque tengas tu habitación, no te causaría problemas con el entrenador.

—No seas boba amor, claro que no lo haría a escondidas. Eres mi chica, puedes dormir conmigo en mi habitación si estas en esa ciudad y vas a verme jugar.

—¿A dormir? —cuestiona ella, incrédula.

—Bueno… y a otras cosas que quieras hacer. Como… practicar, algún día —bromea él.

—¿Practicar? ¿Lo dices en juego, cierto? —replica ella, entrecerrando los ojos.

—No, Ali. Es obvio que no practicaremos aún, eso lo sé, pero… no lo decía en broma.

Alexa se queda boquiabierta, sin poder ocultar su sorpresa por la confesión de Anthony.

—Espera… ¿por qué esa cara? —cuestiona él, frunciendo el ceño.

—Oti, es que… es una concentración del club. ¿A los jugadores no los aíslan de “visitas conyugales”? —pregunta ella, haciendo comillas con los dedos.

—¡No! ¡Claro que no! —responde él entre risas, comprendiendo su confusión.

—¿No? Te juro que yo creí que era así. Es decir… es lo que tengo entendido que hacen con los futbolistas, supuse que era igual para los jugadores de hockey.

—Pues… a ver, si el entrenador es muy de la vieja escuela, puede que sí prohíba el sexo, pero en la actualidad eso cambió.

Ya hay muchos estudios que desmienten que mantener relaciones íntimas baja el rendimiento en el rink —aclara él, sonriéndole—.

La verdad es que el sexo para nosotros equivale a subir escaleras por veinte minutos, y no afecta nuestro desempeño en un juego.

Todo lo contrario, dicen que ayuda a liberar el estrés, la presión y todo eso.

—¿Lo dices en serio? —cuestiona ella, asombrada.

—Sí amor —responde él, acariciándole la mejilla—.

Lo único que nos colocan, es el toque de queda, y tenemos que estar en las habitaciones a las diez de la noche.

Pero si alguno de los jugadores, tiene esposa, novia o lo que sea, puede quedarse a dormir con ella, el entrenador solo se “preocupa” —aclara haciendo comillas—, es porque estemos acostados para esa hora.

De esa manera, se asegura que no estemos de joda o bebiendo por ahí, y logremos descansar para los juegos.

—Okey… eso es raro. Lo imaginé diferente.

—Es por eso que asignan a los novatos en habitaciones compartidas, para que no puedan hacer desastres durante esos primeros dos años.

—Entiendo Oti. Entonces… ¿Owen y tú son los únicos con habitación compartida?

—Como novatos sí, ya para la próxima temporada seremos libres el uno del otro, aunque lo extrañaré —bromea él—. Es que nos matamos de risa por las noches, pero nosotros no somos los únicos. Donovan y Harrison también comparten, al igual que los porteros.

—¿Qué? ¿Por qué? —cuestiona ella, riéndose—. Ellos no son novatos, sino todo lo contrario.

—Lo de Donovan y Harri, es algo que empezó el año pasado, no sé muy bien que pasó, pero en uno de los viajes, la habitación de Donovan tuvo problemas con la calefacción como a la tres de la mañana, se estaba congelando, pero en vez de llamar a recepción para pedir cambio, se fue al cuarto de Harri, quien menos mal que tiene el sueño liviano —dice Anthony, entre risas—, en cuanto lo escucho tocar, le abrió y durmieron juntos esa noche.

Al día siguiente en el juego, ambos marcaron goles, además de que Harri tuvo dos asistencias.

—¿Es un ritual? —inquiere ella y ambos comienzan a reírse—. ¡Por Dios! ¡Están todos locos!

—Desde ahí duermen siempre en la misma habitación cuando estamos de viaje, y lo de los porteros, también es por una superstición. Ellos dicen que si se mantienen juntos, no se lesionan —explica él, entre risas.

—Bueno... ya deberíamos irnos —susurra ella, acariciándole el pecho.

—Sí Ali… vamos.

Se dirigen al garaje y luego salen de la casa, pasean por la ciudad en el jeep, a medida que va cayendo la tarde, Alexa le muestra los sitios que le gustan de la costa. Después de más o menos una media hora, él conduce de regreso al hotel, estacionándose en frente.

—Amor… ¿a qué distancia se encuentra la casa desde acá?

—A menos de un kilómetro Oti.

—Bueno, es cerca, pero… ve con cuidado. Es que me quedo nervioso de que te vayas manejando sola —confiesa él, acariciándole la mejilla.

—No te preocupes, la verdad es que no soy tan mala conductora cómo crees —replica ella, sonriendo.

—Mejor vete de una vez, no quiero que se te haga más de noche y tengas que conducir en la oscuridad.

Ambos se bajan del automóvil, Anthony espera junto a la puerta del copiloto a que Alexa de la vuelta al jeep.

—Te voy a extrañar Ali… —susurra él, abrazándola con fuerza—. Gracias por darme este día, jamás lo olvidaré.

—También te extrañaré... Oti, consígueme esa entrada, me muero por verte jugando.

—Claro amor, cuenta con eso —murmura él inclinándose, y le deposita un beso en la comisura de los labios, para luego volver a abrazarla.