Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 31
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Capítulo 31

Y estuvo a punto de vomitar.

Éramos cuatro en la sala. Un chaval con acné, una señora que iba a por el permiso de moto, un hombre de unos cincuenta con las manos entrelazadas, y yo.

Y delante, la examinadora que había mandado el órgano central, una mujer de fuera con un acento que no era de aquí y una carpeta que no llevaba ni un papel del expediente, y ese fue el detalle que me hizo entender lo que Elías había peleado: aquella señora no sabía quién era yo.

No había leído a Ione Vergara. No había visto el vídeo.

Era la primera persona de toda la provincia que me miraba y veía solamente a una tía de treinta y cuatro años con un lápiz.

— Tienen cuarenta minutos. Se permiten tres errores.

Espejo, señal, maniobra. Espejo, señal, maniobra. Me lo dije siete veces antes de la pregunta uno, que iba de una señal de peligro de curva peligrosa a la derecha y que yo llevo doce años explicando en la pizarra de la calle Vitoria con un rotulador verde y un chiste malo que se sabe media Logroño.

Y aun así me temblaban las manos.

Es lo que nadie entiende de este oficio y por lo que a mí me han faltado al respeto en cuatro cenas de Navidad seguidas: que el señor que te dice que aprobar el carné es una tontería es exactamente el mismo señor que suspendió dos veces y que no se acuerda.

Aquella mañana, en aquella mesa, con el lápiz de la administración en la mano, yo era una tía de treinta y cuatro años a la que le habían quitado en mayo la única herramienta que tenía para pagar un alquiler, para llevar a su padre a Pamplona y para no ser un problema en su propia casa, y la única puerta que había para recuperarla era un papel de treinta preguntas y tres errores permitidos.

Tardé once minutos y me pasé los veintinueve restantes repasando, porque salir antes de tiempo de un examen es una chulería y porque me temblaban las manos como no me habían temblado nunca en la rotonda de la muerte con un alumno de tercera convocatoria a ciento diez.

Un fallo.

Uno. La veintitrés, la de la distancia mínima de un vehículo en una vía interurbana convencional al detenerse por avería.

— Aprobada — dijo la examinadora, girando la pantalla.

— Perdone. La veintitrés está mal planteada.

— ¿Cómo dice?

— Que está mal planteada. — Y me oí a mí misma, y no pude parar, porque llevo doce años sin poder parar —.

La pregunta dice «vía interurbana convencional» y en la foto que ponen ustedes hay una línea continua y un arcén de metro y medio, y con ese arcén la respuesta correcta es la B, no la C, porque la obligación cambia en cuanto el vehículo queda fuera de la calzada.

Se lo digo porque esa pregunta la fallan mis alumnos desde 2019 y llevo desde 2019 explicándoles que la fallan porque la foto es mala, no porque sean tontos.

La examinadora de fuera me miró un rato largo.

— Puede usted alegar — dijo.

— No, gracias — dije —. Ya está bien.

———

Bajé las escaleras con un resguardo de papel en la mano, una autorización provisional de siete días con un sello y una firma que no era la suya, y empujé la puerta de cristal de la Jefatura a las diez menos veinte de un lunes de diciembre con el cierzo entrando por la calle como una cuchilla.

Y allí estaba todo el mundo.

En la acera, debajo de los dos plátanos pelados, aparcado en línea y con la L verde en el techo: el Ocho.

Nuestro Ocho, con sus doscientos mil kilómetros de gente aprendiendo a girar y su freno de doble mando que chirría medio segundo antes de morder.

Y apoyada en el capó, con el bolso cruzado y las llaves colgando del dedo, Loli Berceo.

Y detrás, en la acera, once sancionados y medio barrio.

Fefa con el abrigo bueno. Chemari con un cuaderno nuevo, sin estrenar, con las tapas todavía duras.

Higinio con un pañuelo al cuello de un color que solo se pone la gente que ha vivido.

Rebeca al teléfono, que colgó. Yeray con el casco bajo el brazo.

Braulio al fondo, con las botas. Los cinco de la última fila.

Tania Quel, que había venido a las diez menos veinte de la mañana de un lunes de diciembre porque sí.

Miriam. Mi madre. Y mi padre, de pie, agarrado al bastón con las dos manos, con la boina puesta y el cuello del abrigo subido, en la acera de la Jefatura Provincial de Tráfico de La Rioja, esperando a ver a su hija coger un coche.

Y en el borde, medio paso atrás, con el abrigo abierto y la camisa por dentro: Elías Ibarrola.

— ¡Que ha aprobado, majos! — gritó Fefa, que no había preguntado nada y ya lo estaba narrando —. ¡Que se le ve en la cara! ¡Que esta ha aprobado y encima ha discutido una pregunta, que yo la conozco!

— Fefa.

— ¿A que has discutido una pregunta?

— La veintitrés.

— ¡La veintitrés! — Fefa se giró hacia toda la acera, extendiendo los brazos —. ¡Que ha discutido la veintitrés! ¡Ay, hija, qué gusto da la gente que no cambia ni aunque la maten!

Loli se apartó del capó y me puso las llaves del Ocho en la mano, ahí mismo, con toda la calle Vitoria y media Logroño mirando.

— Cuarenta y una llamadas he cogido en octubre — dijo, y le tembló la barbilla, y Loli Berceo no llora ni en los entierros —.

Cuarenta y una. Y aquí sigo, y aquí sigues tú, y el martes a las ocho tienes clase con dos de tercera convocatoria que están hechos un desastre. Las cuentas están hechas. Vamos.

Yo tenía las llaves del Ocho en la mano.

Toda la ciudad esperando ver a la hija del Salcedo conducir otra vez, después de seis meses, después de un titular con dos mil cuatrocientos comentarios, después de un aula y un tribunal y un fluorescente y un cuaderno de taxista.

Y me di la vuelta.

Llevaba trece días sin hablar con él, y luego catorce más desde el pasillo, y en veintisiete días había ensayado catorce discursos, todos malos, todos míos, todos con la palabra «perdón» metida con calzador en algún sitio y todos empezando por «voy a».

Y ahí, en aquella acera, con las llaves del Ocho en la mano y mi padre de pie con la boina y Josefa Ubago narrándolo todo a gritos, se me cayeron los catorce de golpe, porque a un hombre que se ha comido nueve años de carrera para que once desconocidos tengan carné no se le arregla nada con una frase.

Crucé la acera, y me planté delante de Elías Ibarrola, y le puse las llaves en la mano.

Se quedó mirándolas. Un hombre de metro ochenta y cuatro con nueve años examinando a otros y una exclusión permanente firmada en noviembre, mirando las llaves de un coche de autoescuela con la L verde en el techo, en la acera de un edificio del que lo habían echado.

— ¿Y esto? — dijo.

— Conduce.

Elías levantó la vista. Y detrás de mí, en aquella acera, no se oyó ni un coche, y eso que estábamos en la calle Vitoria.

— Nerea, tú no vas de copiloto.

— Ya. — Y me reí, y no me tapé nada —. Pues hoy sí. Anda, sube, que hace un frío que pela y mi padre lleva veinte minutos de pie.

———

Salió el Ocho de la calle Vitoria a las diez y cuarto con Elías Ibarrola al volante y yo en el asiento del acompañante, que es el asiento en el que me he pasado doce años sin ser acompañante de nadie.

Conducía bien. Claro que conducía bien: aquel hombre lleva nueve años puntuando a los demás.

Las manos a las nueve y cuarto, los espejos ajustados antes de arrancar, el intermitente ochenta metros antes, la marcha justa, sin una sola aceleración que no hiciera falta.

Era insoportablemente correcto y me estaba poniendo de los nervios y no le dije nada, ni una sola cosa, ni cuando cogió la segunda un pelín largo en la cuesta.

— Elías.

— No.

— Déjame decirte una cosa.

— Vas a decir que sientes lo del portal. Lo de mi hermano.

— Sí.

Puso el intermitente. Se metió en la salida de Villamediana, la de siempre, la de mi ruta de examen de doce años, y lo dijo mirando la carretera:

— Ya lo sé. Lo supe en el mismo escalón, mientras lo decías.

— Cambió a tercera —. Y tenías razón, además.

Eso es lo peor de todo. Lo de la excepción y el escondite.

Llevaba catorce años haciendo exactamente lo que hizo aquella autoescuela de Pamplona, y me lo tuvo que decir una tía gritándome en una calle a las siete y media de la tarde.

— No te lo dije para ayudarte. Te lo dije para hacerte daño.

— Correcto — dijo Elías —. Y aun así.

Y entonces apareció, al final de la recta, con sus tres carriles pintados por alguien que odiaba a la humanidad y su señal triangular que a media Logroño le parece decorativa: la rotonda de la muerte.

Venía un camión por la izquierda. De los grandes, de los que bajan de Vitoria con prisa y no te ven, y Elías levantó el pie, y miró, y contó, y cedió el paso.

Y yo no frené.

Y no fue una decisión, que es lo raro, porque yo llevaba doce años esperando poder contar que un día no frené y me imaginaba que sería una cosa enorme, con música.

Simplemente venía un camión por la izquierda, y había un hombre al volante de mi coche que lo había visto ochenta metros antes que yo, y que había levantado el pie sin que se lo dijera nadie, y que estaba contando en su cabeza igual que cuenta todo, y a mí no se me ocurrió que hiciera falta nada más.

No moví el pie derecho. No lo levanté, no lo suspendí en el aire dos centímetros por encima de una alfombrilla sin pedal, no me agarré al asidero del techo, no hice nada de lo que llevo haciendo desde los veintidós años en el asiento derecho de todos los coches del mundo.

Tenía las dos manos en el regazo y el pie apoyado en el suelo y me quedé mirando por el parabrisas cómo pasaba aquel camión de cuarenta toneladas por delante de nosotros, a metro y medio, y luego cómo entrábamos en la rotonda cuando tocaba y salíamos por donde había que salir, con el intermitente puesto antes y no a la vez.

Elías me miró de reojo un segundo. Solo uno.

Y no dijo absolutamente nada, y ahí supe que se había dado cuenta, porque aquel hombre se da cuenta de todo y no dice nada de casi nada.

———

Subimos al piso del Casco Antiguo.

Y dejamos la puerta abierta. Literalmente: la puerta de madera de cuarenta kilos se quedó entornada contra el felpudo, con las llaves del Ocho colgando de la cerradura por fuera, y ninguno de los dos volvió a bajar a cerrarla, y a mí me pareció la cosa más lujosa que había hecho en mi vida.

— Se van a enterar los vecinos — dije.

— Se van a enterar de todo — dijo Elías, quitándose el abrigo —. Está publicado. Sale en internet. Tiene dos mil cuatrocientos comentarios.

— Dos mil setecientos.

— ¿Lo has vuelto a mirar?

— Todos los días, como una enferma.

Se rio. Se rio contra mi boca mientras me desabrochaba el abrigo con las dos manos, en un recibidor con una bombilla desnuda, y esta vez no lo dobló, esta vez lo tiró al suelo, y aquello, viniendo de Elías Ibarrola, fue prácticamente una declaración de amor eterno.

No hubo prisa, ni portal, ni miedo, ni ese apuro de estar robando algo que nos había durado desde septiembre.

Me subió a la encimera de su cocina vacía, la de la única taza, y me besó despacio y hasta abajo, y yo le sostuve la cara con las dos manos y le miré la nariz rota, y me reí, y no me tapé la boca, ni una vez, ni entonces ni después.

— Te falta todo — le dije, con la espalda contra un azulejo helado —. En esta casa no hay ni un vaso.

— Hay un vaso.

— Hay un vaso. Uno.

— Hay lo que hacía falta.

— Ya. — Le agarré del cinturón —. Pues ahora hace falta más.

Nos fuimos a la habitación de un hombre que llevaba catorce meses durmiendo en un colchón sin cabecero y nos reímos hasta que dejamos de reírnos, y luego fue lento y fue entero, con la luz de la tarde de diciembre entrando por una ventana sin cortinas y la puerta de la calle abierta tres pisos más abajo.

Me sujetó las manos por encima de la cabeza y luego me las soltó porque yo se lo pedí, y me lo dijo todo al oído en su idioma de funcionario, sin adjetivos y con cifras, y yo me corrí escuchando a aquel hombre contar en voz alta, que es la cosa más rara que me ha excitado nunca y no pienso justificarla.

Después nos quedamos ahí, con las piernas cruzadas y la tarde cayéndose sobre el Casco Antiguo, y le pasé el pulgar por el puente de la nariz, y él tenía los ojos cerrados.

— Elías.

— Dime.

— Esto es una infracción muy grave.

Abrió los ojos.

Y aquel hombre, que en treinta y ocho años de vida, nueve de examinador y siete meses de guerra conmigo no lo había dicho ni una sola vez, ni en un aparcamiento, ni en un aula, ni en un cementerio, ni en un pasillo de linóleo verde, me miró desde muy cerca y contestó:

— Vale.