Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 30
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Capítulo 30

— Solicito la palabra — dijo Elías.

Fueron las primeras palabras que se oyeron en aquella aula desde que Braulio Nalda había bajado de la silla, y llegaron cuando el instructor de Zaragoza ya estaba recogiendo los papeles y mirando el reloj de la pared, que iba en hora, cosa que en aquel edificio era una anomalía.

— Ya ha declarado usted.

— He empezado a declarar. He llegado a la tercera línea.

— Elías cerró la carpeta y la dejó encima de la mesa, boca abajo —.

Retiro esa manifestación en su integridad.

No consta firmada. Puede usted retirar el folio del expediente o puede dejarlo, pero le hago constar que lo que iba a leer era falso.

Sabino Elizalde levantó la cabeza muy despacio.

— Ibarrola.

— Voy a leer la verdadera, si me lo permite, que es más larga y tiene artículos.

— Y sacó del bolsillo interior tres folios doblados que llevaba encima desde vaya usted a saber cuándo —.

Manifiesto que ha existido una relación personal, sentimental y sexual, entre el docente del programa piloto de reeducación vial de esta jefatura y una de las once participantes, doña Nerea Salcedo Ojeda.

Manifiesto que dicha relación fue voluntaria por ambas partes, que no medió presión, prevalimiento ni contrapartida de ningún tipo, y que no la inicié yo.

Treinta y una personas dejaron de respirar a la vez y yo me quedé mirándome las manos.

— Manifiesto que no lo comuniqué en su momento, debiendo hacerlo, y que ese incumplimiento es íntegramente mío y no es compartido. Y ahora, con su permiso, voy a hacer cuatro peticiones y voy a fundamentarlas.

———

Las hizo. Una detrás de otra, sin adjetivos, sin subir la voz y sin mirar ni una sola vez hacia la fila tres, y yo he visto a aquel hombre leer el reglamento en voz alta durante cincuenta minutos y dejar a seis adultos en coma, y les juro que aquella mañana, en aquella sala, no tosió nadie.

— Primera. Me abstengo formalmente, con efectos de hoy, de toda intervención en el procedimiento de certificación de la señora Salcedo, al amparo del artículo 23, que obliga a la abstención a quien tenga relación de amistad o enemistad manifiesta con el interesado.

No lo pido: es obligatorio, y lo tenía que haber hecho en septiembre.

Ahí está mi falta y no está en otro sitio.

— Segunda. Solicito que la evaluación y la certificación de la señora Salcedo se traslade íntegra a un examinador ajeno a esta jefatura provincial, designado por el órgano central y sin ningún vínculo con este expediente, y que su prueba teórica se celebre con ese mismo examinador y bajo su exclusiva responsabilidad. Yo no firmo ni un papel suyo. Ni uno.

— Tercera. — Y aquí, por primera vez, puso una mano encima del cuaderno de Chemari, que seguía en la mesa del instructor —.

Solicito que se levante la suspensión cautelar y se certifique a los otros diez participantes.

Y le voy a decir por qué. La suspensión se acordó por riesgo de parcialidad.

Pues bien: la parcialidad no se presume, se prueba.

Y en este expediente hay una prueba, y no la he traído yo, y no la ha traído la Administración: la ha traído el señor Arnedillo, que llevaba cuatro meses documentando este curso con la intención declarada de denunciarles a ustedes.

Ese registro dice que corregí a la señora Salcedo cuarenta y una veces, que le denegué lo que a otros les concedí y que le hice repetir lo que a otros les pasé.

Si yo hubiera sido parcial, lo habría sido a su favor.

Y consta lo contrario, fecha a fecha, en un cuaderno hostil.

Diez personas no pueden perder cuatro meses de su vida por lo que yo hice en mi tiempo libre.

Y ahí Chemari Arnedillo, taxista de Logroño, se puso a llorar en la tercera fila con la cara escondida detrás de las dos manos, sin hacer ruido, y Fefa Ubago le pasó un brazo por encima del hombro y le fue dando palmaditas en el brazo sin dejar de mirar a la tarima ni un segundo, y no dijo ni una palabra, cosa que en Josefa Ubago es un fenómeno que yo he visto exactamente dos veces en mi vida y las dos aquel otoño.

— Cuarta. — Y dejó los folios en la mesa —. No solicito nada para mí. Acepto la sanción que corresponda, en el grado que corresponda, y renuncio expresamente a recurrirla.

— Ibarrola, eso no lo tiene que decidir usted ahora — dijo Sabino, que llevaba veinte minutos poniéndose de un color raro.

— Ya lo he decidido.

— Es que hay unos plazos, hombre, hay un mes para el recurso de alzada y usted...

— Correcto. Y no lo voy a usar. — Y por primera vez en toda la mañana miró directamente a Sabino Elizalde —.

Usted me mandó a esa aula en mayo a esperar una revisión y yo llevaba desde mayo contando los días para salir de allí.

Ochenta y siete por ciento de asistencia.

Cero abandonos. Lo dijo usted mismo en ese pasillo hace tres semanas y había una mujer delante de la máquina del café escuchándolo.

Yo no quiero que me devuelvan nada. Lo que quiero está en los tres puntos anteriores.

El instructor de Zaragoza se quitó las gafas.

— Señor Ibarrola, va usted a firmar un papel en el que reconoce lo único que se le puede reprochar y en el que renuncia a defenderse. — Se frotó los ojos —. ¿Le puedo preguntar por qué? Fuera de acta, si quiere. Es que llevo veintidós años en esto.

Y Elías Ibarrola, de pie en una tarima, en un aula con una luz por fin fija, delante de once sancionados, una jefa de autoescuela, un instructor, un jefe provincial, una psicóloga, mi madre, mi hermana, mi ex, una cría de dieciocho años y mi padre sentado en una silla con las dos manos en el bastón, dijo lo que no le había dicho a nadie en catorce años más que a una persona y a oscuras.

— Mi hermano se llamaba Nico Ibarrola. Tenía diecinueve años.

Murió el 4 de febrero, en la N-121, saliendo de Pamplona.

— Ni un adjetivo. Ni uno —. El otro conductor tenía un permiso obtenido en una autoescuela que cerraron cuatro años después por fraude en los exámenes.

Aquella autoescuela hizo doscientas once excepciones en nueve años.

Las hizo en un despacho, en privado, sin que las viera nadie.

Por eso pudo hacerlas durante nueve años.

Cogió aire una sola vez.

— Yo esta la hago aquí. Delante de ustedes. Y por escrito.

Y firmó.

Yo llevaba desde octubre pensando que conocía a Elías Ibarrola, y ahí, en la fila tres de un aula con sillas de pala, entendí que llevaba siete meses viendo a un hombre que se había construido entero alrededor de una noche de febrero de hace catorce años en la que un chaval de diecinueve le pidió que fuera a buscarlo y él dijo que no porque tenía que estudiar.

Nueve años levantando actas. Nueve años sin hacer una excepción, ni una, ni por pena ni por gusto, ni a una cría de dieciocho años que se bloqueó en un semáforo de Lardero.

Y lo que aquel hombre acababa de decir en voz alta delante de treinta personas, después de catorce años sin decir el nombre de su hermano más que a mí y a oscuras, no era ni una explicación ni una disculpa: era una cuenta.

La estaba cerrando. En un impreso, con un número de registro, delante de testigos, que es la única manera que tiene él de hacer las cosas y que resulta que también es la única manera de hacerlas bien.

Fefa Ubago, dos filas por delante, se sonó la nariz con un estruendo de banda municipal.

— Ay, majo — dijo, para toda la sala —. Ay, majo, majo, majo. Que no me habías dicho nada.

— Señora, por favor.

— ¡Que no me había dicho nada, oiga! ¡Cuatro meses en esa silla y no me había dicho nada!

———

Lo demás fue administración, que es lo que pasa siempre después de lo importante.

El instructor se llevó el expediente a Zaragoza. Sabino no dijo nada al levantarse la sesión, cosa rarísima en un hombre que habla en circulares hasta para pedir un café, y Puri Belloso recogió su bolsa de tela del suelo y, al pasar por mi lado, me tocó el brazo dos segundos.

— Yo llevaba desde agosto pudiendo informar — me dijo, con esa voz suya de sala de espera —. Y no informé. Y eso también lo he tenido que decidir yo sola, Nerea. Que no eres la única de este edificio que carga con cosas.

El pasillo tardó veinte minutos en vaciarse porque nadie sabía irse.

Fefa repartía instrucciones a gente que no se las había pedido, Kike le explicaba a mi madre que él tiene dos crías y que la mayor ya pregunta por qué hay que ponerse el cinturón, Chemari intentaba recuperar su cuaderno y el instructor no se lo daba, y Higinio le estaba diciendo a Loli que ella era un blanco de aguja, cosa que Loli no supo si agradecer.

Yo me quedé apoyada en la pared del linóleo verde, mirando la puerta del aula 2, y no crucé una palabra con Elías.

No porque no quisiera. Porque llevaba doce días sin cruzarlas y porque la última vez que abrí la boca delante de aquel hombre le tiré a la cara el nombre de su hermano muerto en un portal del Casco Antiguo.

Mi padre me esperó hasta el final, sentado en la silla del pasillo.

— ¿Vámonos? — le dije.

— El chico ese — dijo mi padre.

— Ya, papá.

— Ha pagado lo suyo. — Le costó tres segundos la frase siguiente —. Lo suyo, Nerea. No lo tuyo.

———

La resolución salió el viernes 21 de noviembre, a las catorce cero cinco, y no me la comunicaron a mí: me la contó Rebeca Muro, que se había hecho una alerta.

Se levantaba la suspensión cautelar. El programa piloto se reanudaba el martes siguiente con dos sesiones de cierre.

Los diez participantes quedaban certificados.

Mi certificación y mi teórico se trasladaban a un examinador designado por el órgano central, de fuera de La Rioja, para el 15 de diciembre a las nueve.

Y en el punto cuarto, en el idioma sin sangre de la administración:

Se declara la comisión de una falta grave por incumplimiento del deber de abstención.

Se impone la sanción de traslado forzoso con cambio de residencia, que se sustituye, atendidas las circunstancias y el informe del instructor, por la adscripción definitiva del funcionario a la unidad de Educación Vial de esta jefatura provincial, con exclusión permanente y sin posibilidad de reversión de las funciones de examen.

Permanente. Sin posibilidad de reversión.

Lo leí tres veces de pie en la cocina de la calle Chile, con el móvil en una mano y la otra apoyada en la encimera, y a la tercera me fijé en la palabra que Rebeca Muro había subrayado en amarillo antes de mandármelo, que era «sustituye», porque el instructor de Zaragoza había peleado por dentro para que a aquel hombre no lo mandaran a doscientos kilómetros de aquí, y eso, escrito por un señor que no me conoce de nada en un impreso con número de registro, es lo más parecido que existe a un abrazo.

Le salvaron la casa. Le salvaron la ciudad. Le quitaron lo otro.

Nueve años examinando. Seis meses de destierro esperando una revisión que ya nunca iba a llegar, ni en enero, ni al enero siguiente, ni dentro de veinte años; y toda la carrera de un hombre que se hizo examinador de tráfico el mismo mes en que enterró a su hermano de diecinueve años y que llevaba desde entonces sentado en el asiento de atrás de coches ajenos con un cronómetro en la mano, comprobando, uno a uno, que la gente que salía a la carretera sabía lo que hacía.

Y no lloré. Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó sola.

Lloré después, a las ocho y media, y no por él, sino porque me di cuenta de que llevaba trece días sin llamarlo y de que no lo había hecho por orgullo, sino porque no sabía cómo se hace: cómo se llama a alguien cuando no vas a arreglarle nada.

———

Volvió a la Jefatura el lunes 24 a firmar la toma de razón, y yo estaba en aquel pasillo porque llevaba desde el viernes yendo todos los días a aquel pasillo, cuatro días seguidos, sentada en la silla de plástico naranja de la planta baja con un número de turno en la mano que no pensaba usar, subiendo cada media hora las escaleras para mirar una puerta cerrada y volver a bajar.

El miércoles la chica de información me trajo un café de la máquina.

No me dijo nada, ni me preguntó nada; me lo dejó en la silla de al lado y se volvió a su ventanilla, y yo me acordé de aquel señor de marzo que se sentó cinco horas y no gritó, y entendí por qué se acordaba de él, y me tomé el café.

Salió del despacho de Sabino a la una y veinte.

El pasillo estaba vacío. La luz de los tubos, el linóleo verde, el olor a papel.

Elías Ibarrola cerró la puerta detrás de él con las dos manos, muy despacio, y se quedó de pie en mitad de aquel pasillo sin moverse durante un rato largo, con la carpeta bajo el brazo, mirando la pared de enfrente, en la que no hay nada.

Y entonces levantó una mano y se aflojó el cuello de la camisa.

Se lo aflojó. Se soltó el botón de arriba, se tiró del cuello con dos dedos y echó la cabeza atrás dos centímetros, y yo llevaba siete meses conociendo a aquel hombre, desde un aparcamiento de mayo hasta un cementerio de Pamplona, y no le había visto hacer eso ni una sola vez en toda mi vida.

Duró cuatro segundos.

Luego se abrochó el botón. Se metió la camisa por dentro, tirando del bajo hacia abajo, primero un lado y luego el otro, con esas manos suyas que alinean bolígrafos y vasos y que aquella mañana temblaban un poco. Se estiró las mangas.

Levantó la cabeza y me vio.

Y me sostuvo la mirada desde el otro extremo del pasillo, con el cuello ya en su sitio y la camisa ya en su sitio, y no dijo nada, y yo tampoco, y se fue por las escaleras con la carpeta bajo el brazo.