Capítulo 29
Subí los veintidós peldaños a las nueve menos veinte, con la carpeta bajo el brazo y sin ninguna esperanza, y me encontré el pasillo lleno.
Lleno. Un pasillo de la administración a las nueve menos veinte de un lunes de noviembre, con la luz de los tubos y el suelo de linóleo verde y el olor a papel viejo, y treinta personas de pie apoyadas en la pared.
Estaban los once. Estaban los cinco de la última fila, a los que yo no me sabía el nombre entero.
Estaba Loli con el bolso cruzado y una cara de mala hostia magnífica.
Estaba Tania Quel, dieciocho años, con una carpeta de plástico igual que la mía.
Estaba mi hermana Miriam con las botas de siempre.
Estaba mi madre. Estaba mi padre, sentado en la única silla del pasillo, con las manos en el bastón, y no me miró porque no hacía falta.
Y estaba Kike Nalda, mi exnovio, con un chaquetón y cara de circunstancias.
— ¿Tú qué haces aquí? — dije.
— Que me ha llamado la Fefa.
— ¿Y tú de qué conoces tú a Fefa?
— Yo no la conozco de nada — dijo Kike —.
Me ha llamado y me ha dicho que a las nueve en la Jefatura y que si no venía era un mierda.
Y tiene razón, Nerea. Vamos, que llevo seis años sin verte y me presento aquí un lunes a las nueve porque me lo ha dicho una señora por teléfono, y me parece razonable.
———
A las nueve en punto abrieron el aula 2 y entramos solo cuatro personas, porque un trámite de audiencia no es una función de teatro y aquello, en teoría, no lo veía nadie.
Elías Ibarrola estaba de pie delante de la tarima, con una carpeta bajo el brazo y la camisa por dentro, y no me miró ni cuando pasé a un metro de él, y yo llevaba trece días sin oír su voz.
El instructor del expediente era un funcionario que había venido de Zaragoza en el tren de las siete menos cuarto, un señor de unos cincuenta con las gafas en la punta de la nariz y una carpeta de anillas, y en toda la mañana no le oí más de cuatro frases y las cuatro cambiaron algo.
Ordenó los papeles en la mesa sin prisa.
Sabino Elizalde presidía desde la derecha, con su carpeta y su cara de alérgico al escándalo, y Puri Belloso estaba sentada al lado con la bolsa de tela en el suelo, imperturbable, mirando la puerta como quien sabe perfectamente lo que va a pasar por ella.
— Se abre el trámite de audiencia previsto en el procedimiento — dijo el instructor —. Don Elías Ibarrola Mendaza, tiene usted la palabra para formular las alegaciones que estime.
Elías abrió la carpeta.
— Manifiesto — empezó — que ha existido una relación personal entre el docente del programa y una de las participantes. Manifiesto que dicha relación fue iniciada por mí, buscada por mí e insistida por mí, y que la señora Salcedo Ojeda, en su condición de...
La puerta del aula 2 se abrió de par en par y entró Josefa Ubago con el abrigo bueno.
— ¡Que eso es mentira, majo!
Detrás entraron los otros diez, y Loli, y Tania, y mi hermana, y mi madre, y Kike Nalda, y mi padre el último apoyado en el bastón, y en once segundos aquella sala de veintidós sillas tenía treinta y una personas y no cabía un alfiler, y el fluorescente parpadeaba encima de todo el mundo por si a alguien le quedaba alguna duda de dónde estábamos.
— Esto no es un acto público — dijo Sabino.
— Pues nos vamos — dijo Fefa, y se sentó en primera fila.
— Señora, le estoy diciendo que este trámite...
— Que sí, majo, que sí. — Fefa dejó el bolso en la mesa de pala con un golpe —.
Mire, yo tengo sesenta y tres años, llevo cuarenta y uno conduciendo sin un rasguño y he venido andando desde San Juan con este abrigo, que es el de los domingos, y me lo he puesto por usted, que no se lo merece.
Así que yo de aquí me voy cuando termine de hablar y ni un minuto antes.
Y si me quiere echar, me echa, pero me tiene que sacar en brazos y usted tiene la espalda fatal, que se le ve en cómo se sienta.
El instructor de Zaragoza levantó la vista de los papeles por primera vez en la mañana.
— Que declaren — dijo.
— Perdón, ¿cómo?
— Que están todos aquí, que han venido andando y que en el expediente no hay más prueba que la declaración del interesado. — Se encogió de hombros —. Que declaren, hombre. Yo he cogido un tren a las siete menos cuarto.
———
Chemari fue el primero. Se levantó con el cuaderno en la mano y lo puso encima de la mesa del instructor, y le costó soltarlo, se le notó en los dedos.
— Yo soy José María Arnedillo, taxista de Logroño, licencia 118.
Y este cuaderno lo empecé el 3 de julio para denunciar a la Dirección General de Tráfico.
— Miró a Sabino directamente —. A ustedes.
Todo lo que hay aquí lo he apuntado yo para meterles un puro.
Fechas, horas, lo que se decía, quién lo decía.
Cuatro meses. Yo tengo aquí apuntado hasta cuando se fue la luz el 12 de septiembre y estuvimos veinte minutos a oscuras.
— ¿Y qué pretende usted que hagamos con eso? — dijo Sabino.
— Que lo lean. — Chemari abrió por una pestaña roja —.
Página cuarenta y uno. 22 de julio. La señora Ubago pide salir media hora antes para ir al médico y él se lo concede.
Página cuarenta y siete. 1 de agosto. La señora aquí presente, Salcedo, pide lo mismo para llevar a su padre a la fisioterapia y él se lo deniega, y le hace recuperar la hora un viernes por la tarde.
Página sesenta y tres. 12 de septiembre.
Test de repaso: siete fallos el chaval de la moto y no pasa nada; tres fallos ella, y le manda repetirlo entero. Página ochenta y ocho...
— Señor Arnedillo.
— Cuarenta y una veces. — Chemari dio dos golpes en el cuaderno con el nudillo —.
Cuarenta y una veces la corrigió a ella en cuatro meses.
A mí, seis. A Higinio, cuatro. A la de los correos, once, y porque se lo merecía, con perdón, Rebeca.
Cuarenta y una a ella. Y no le pasó ni una.
Ni una, oiga. — Y entonces bajó la voz, que en Chemari es un fenómeno meteorológico —.
Yo esto lo escribí para hundirles. Y resulta que lo que demuestra es que este señor fue más duro con ella que con nadie en esa sala.
Y a mí me jode muchísimo. Pero yo lo apunté todo, y si lo apuntas todo, luego dice lo que dice.
Y volvió a su sitio de la tercera fila con las orejas rojas y sin mirar a nadie, y Fefa Ubago, que estaba dos asientos más allá, le dio dos palmadas en el brazo con una solemnidad de funeral de Estado, y aquel hombre, que llevaba cuatro meses gritando en aquella sala que la Dirección General de Tráfico era una máquina de recaudar, acababa de entregarle a la Dirección General de Tráfico la única prueba de descargo del expediente y se había quedado sin cuaderno y sin causa el mismo día.
Rebeca Muro se levantó a continuación con dos folios grapados que llevaba en una funda de plástico, y los levantó por encima de la cabeza antes de hablar, que es un gesto que solo hace la gente que se ha pasado la vida presentando cosas en salas de reuniones a las ocho de la mañana.
— Rebeca Muro, comercial. Se lo he pasado a una hoja de cálculo, que es lo único que entienden ustedes y lo único que entiendo yo.
— Los dejó en la mesa —. Suspender el piloto les cuesta once certificaciones, cuatro meses de docencia ya pagados, y volver a montar los cursos en abril con un coste por participante un treinta y cuatro por ciento superior porque pierden el descuento de sala.
Mantenerlo les cuesta cero. Cero euros. Está en la columna D.
Y en la columna F está lo que le cuesta a cada uno de nosotros: yo pierdo el trabajo, el señor Arnedillo tiene un taxi parado y una letra, el chaval de la moto no come.
Once vidas contra un titular. — Cerró la carpeta —.
Te llamo en cinco, Sabino. Es broma. Es que lo digo mucho.
———
Higinio Zaldívar esperó a que Rebeca se sentara, se levantó despacio, se estiró las solapas, y sacó del bolsillo interior de la chaqueta un folio doblado en tres que estaba escrito a mano y con pluma, con esa letra inclinada de la gente que aprendió a escribir cuando escribir era una asignatura.
— Con la venia. He redactado un escrito.
— Puede entregarlo por registro — dijo Sabino.
— Lo voy a leer, si no le importa, porque lo he escrito para que se oiga.
Y lo leyó. Y les juro por mi padre que en aquella sala, entre el fluorescente parpadeando y treinta y un abrigos mojados, un enólogo jubilado de setenta y un años leyó lo más elegante que se ha metido nunca en un expediente disciplinario de la administración española:
— Este curso presentó al inicio una nariz cerrada, agresiva, con un exceso de madera del reglamento que lo hacía francamente indigesto.
— Higinio levantó la vista un momento y volvió al papel —.
Con el tiempo se abrió. Ganó fruta. Ganó longitud.
Y adquirió una cosa que en mis cuarenta y cuatro años de oficio he encontrado en muy pocas botellas y en muy pocos hombres, señores, y es equilibrio: la capacidad de sostener la acidez sin dejar de ser amable.
Este curso terminaba largo. Ustedes lo han descorchado en octubre y lo han tirado por el fregadero.
Y eso, en mi tierra, es un pecado que no se perdona.
Dobló el folio y lo dejó en la mesa.
— Yo cato, no bebo — añadió —. Y le digo que este hombre es un vino de guarda.
Tania Quel habló después, y habló temblando exactamente igual que temblaba en la acera de Lardero un lunes de mayo con dieciocho años y un acta recién levantada, agarrada a una carpeta de plástico que no contenía absolutamente nada porque la había cogido en el último momento para tener las manos ocupadas.
Contó lo del cede el paso. Contó que la habían suspendido con toda la razón del mundo y que ella lo sabía perfectamente, que no respetó la señal y que si aquel señor la hubiera aprobado ella se habría ido de allí pensando que aquello se podía hacer.
Y contó lo otro, lo que yo llevaba seis meses sin contarle a nadie: que Nerea Salcedo no recurrió pudiendo recurrir, que se lo dijo el propio examinador allí mismo con el bolígrafo ya guardado, que la maniobra había sido de la alumna y que si alegaba se lo tumbaban, y que ella, Tania Quel, de dieciocho años, lo oyó entero desde la acera y no dijo nada, y que llevaba desde mayo sin dormir bien por eso.
— Y ahora ya lo he dicho — terminó, y se sentó, y Yeray Peñacoba le pasó un pañuelo de papel sin mirarla.
Y mi hermana Miriam, que llevaba tres años cobrando un alquiler que yo pagaba sin decírselo a nadie, se levantó y dijo, mirándome a mí y no al instructor:
— Esta señora me dijo que no en octubre. Por primera vez en su vida. Y no se murió nadie. — Y luego, al instructor —: Pónganlo, eso, en el papel. Que le dijo que no a su hermana. Que eso le costó más que todo lo demás junto.
———
Y entonces se levantó Yeray, y toda aquella sala de treinta y una personas se calló de golpe y a la vez, sin que nadie mandara callar a nadie, porque en cuatro meses de aula aquello no había pasado ni una sola vez y hasta Fefa Ubago sabía lo que significaba.
Yeray Peñacoba, veintidós años, el casco en la mano, la cazadora de repartir todavía puesta, el chaval que llevaba desde el 3 de julio hablando de tres en tres palabras y solo cuando se lo preguntaban dos veces.
— En la sesión de la evaluación yo dije que nadie me había preguntado nunca por qué corría — dijo, mirando al suelo —. Estaba usted delante. — Levantó la barbilla hacia Sabino —. Y usted lo apuntó en la carpeta y no me preguntó tampoco.
Silencio.
— Él me esperó en la puerta. Abajo, en la de cristal. Y me lo preguntó.
Cogió aire.
— Y se lo dije: que me pagan por reparto, y que si hago cuarenta al día cobro, y si hago veinticinco no cobro, y que a mí nadie me ha regalado nunca nada, y que perdí los doce puntos en tres meses porque me los merecía, que yo eso lo he dicho siempre y lo sigo diciendo.
— Yeray apretó el casco —. Y él no me dijo que estuviera bien.
Ni me dijo que estuviera mal. Sacó un papel del bolsillo, me lo dio y me dijo que ese cálculo lo tenía que hacer mi empresa y no yo, y que la infracción que me estaban haciendo a mí no venía en mi expediente y venía en otro sitio.
Se le quebró un poco la voz y siguió igual, sin arreglarlo.
— Es la primera vez en mi vida que alguien me dice que algo no es culpa mía.
Y se sentó.
Y en aquella aula 2 no se movió nadie durante mucho tiempo, y a mí me ardía la cara, y Fefa Ubago tenía la boca cerrada por primera vez en cuatro meses, y Elías Ibarrola miraba la tarima sin pestañear con la carpeta de su declaración falsa todavía abierta en las manos y sin haber pasado de la tercera línea.
Lo único que hacía ruido en toda la sala era el fluorescente, parpadeando encima de treinta y una personas.
Braulio Nalda se levantó del fondo. Cruzó el aula despacio, con las botas, sin pedir permiso a nadie. Cogió la silla de pala de la primera fila, se subió encima, sacó del bolsillo del chaquetón un tubo nuevo envuelto en su cartón, y lo cambió.
Cuatro euros.
Ciento treinta días.
Bajó de la silla, la devolvió a su sitio y volvió al fondo, y no dijo ni una palabra, y no lo dijo tampoco después, ni ese día ni nunca.
La luz se quedó fija.
Y así estábamos, en silencio, treinta y una personas y un aula por fin bien iluminada, mirando todos a la misma mesa, en la que un jefe provincial de tráfico llevaba dos minutos sin levantar la vista del cuaderno de un taxista.