Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 28
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Capítulo 28

— ¿Tiene cita?

— No.

— Es que sin cita...

— Es lo primero que hay.

— Ya. Ya, ya. Gracias, de verdad. — Cogí el bolso y me colgué la correa —. ¿Le puedo preguntar una cosa, sin ánimo de nada? ¿Usted ha visto alguna vez a alguien conseguir algo aquí abajo?

La chica se lo pensó de verdad, con el ratón en la mano y la mirada perdida por encima de mi hombro, y ese medio minuto de una funcionaria de treinta años pensándose en serio una pregunta tonta que le había hecho una desconocida fue, sin exagerar, lo mejor que me pasó en toda la semana.

— Un señor — dijo —. En marzo. Se sentó ahí, en esa silla, y no se fue. Cinco horas. Ni gritó ni nada. Se quedó.

Elías declaraba el lunes a las nueve, así que hice lo único que sé hacer, que es lo que llevo haciendo desde los quince años: coger el marrón y ponérmelo encima.

Escribí el escrito. Cuatro folios, a máquina, con mis datos, mi DNI y mi número de expediente, diciendo la verdad entera y sin una coma de más: que la relación existía, que la había querido yo, que subí yo aquellas escaleras de aquel portal del Casco Antiguo el 22 de septiembre por mi propio pie y sin que nadie me llamara, y solicitando que se me excluyera del piloto a mí sola y que se dejara en paz a los otros once.

Lo registré el jueves a las once y veinte, en la misma ventanilla, con la misma chica, que me lo selló sin mirarme a la cara porque también ella había leído a Ione Vergara.

Y el viernes a las doce y cuarenta y uno me llegó al correo la contestación de Sabino Elizalde, que había tardado veinticinco horas en despachar un escrito de cuatro folios sobre el que se jugaban su carné once personas y su carrera entera un funcionario, y que la había redactado, cómo no, en su idioma:

Se acusa recibo de su escrito, que se incorpora al expediente a los efectos oportunos, sin que del mismo se desprenda alteración de las medidas cautelares acordadas.

Que traducido del sabino al castellano quiere decir: gracias, guapa, ya lo leeremos algún día.

Y yo me lo leí cuatro veces buscando un resquicio, una coma, un «no obstante», lo que fuera, y no había nada, porque aquel señor lleva treinta y cinco años en la administración y escribe circulares del mismo modo que un cerrajero pone una puerta blindada: por fuera parece una puerta y por dentro no hay manera de entrar.

———

El sobre de mayo lo abrí el viernes por la noche, sentada en el suelo del pasillo de mi casa, con la espalda contra la pared y el abrelatas en la mano porque no encontraba las tijeras.

Cinco meses. Cinco meses llevaba aquel sobre cerrado en un cajón del aparador de mi madre, debajo de una caja de hilos y encima de las llaves de una casa que se vendió en 2001, cinco meses en los que ni yo ni ninguna de las cuatro personas de mi familia había tenido el valor de rajar un papel con unas tijeras, y dentro había exactamente lo que yo ya sabía desde el minuto uno: una resolución de tres folios, un cuadro con la pérdida de la totalidad del saldo de puntos, la fecha de retirada, la obligación del curso, la obligación del teórico, un pie de recurso y un teléfono de información al ciudadano.

Ni una línea que yo no supiera, ni una sorpresa, ni una amenaza nueva, ni una palabra que no me hubiera dicho ya el propio Elías Ibarrola en una acera de Lardero en mayo con el bolígrafo ya guardado.

Me pasé cinco meses teniéndole miedo a un folio que solo repetía lo que ya me había pasado.

Lo dejé encima de la mesa, boca arriba, y estuve un rato largo sentada en aquel suelo mirando el techo del pasillo, que también tiene una grieta y que también es de asiento, y pensé en Elías Ibarrola entrando el lunes a las nueve en un despacho de la primera planta a firmar una mentira porque no se le ocurría ninguna otra manera de quererme; y pensé en mi padre buscando las palabras encima del hule, y en Yeray recogiendo el casco del suelo del aula 2, y en Fefa Ubago soltándose el brazo en un pasillo de linóleo verde; hasta que a las doce y cuarto de la noche, con la espalda contra el rodapié y el abrelatas todavía en la mano, hice por fin la cuenta que llevaba treinta y cuatro años sin hacer.

Yo sola no podía. Nunca había dicho esa frase. Ni de niña.

———

Fefa Ubago vive en un tercero sin ascensor detrás de la calle San Juan, en uno de esos edificios estrechos del Casco Antiguo de Logroño que tienen la escalera de baldosa gastada por el centro y un olor a puchero que empieza en el portal, te coge en el primero y sube contigo hasta arriba, y llegué allí un sábado de noviembre a las once de la mañana con un pack de cervezas en la mano y la sensación exacta de un alumno que se presenta al examen sabiendo que no se lo sabe.

Sabía dónde vivía porque me lo había dicho ella en julio, en la segunda sesión, sin que se lo preguntara nadie, igual que nos dijo lo del marido, lo de los tres hijos, lo del hijo que no le coge el teléfono y lo de la vecina del cuarto, porque Josefa Ubago reparte su vida entera entre desconocidos en el primer cuarto de hora y luego se queda tan ancha.

Yo, en cuatro meses, no le había contado ni que mi padre estaba enfermo.

En el segundo me paré. Y volví a bajar. Y volví a subir.

Porque el pack de cervezas era el problema.

El pack de cervezas era yo entera, en un plástico, con asa: era llegar con algo, era pagar la entrada, era ponerle a Josefa Ubago encima de la mesa de la cocina un peaje de tres euros con ochenta para poder decirle a continuación «ahora te pido», que es exactamente lo que llevo haciendo desde los quince años con toda la gente a la que quiero.

Lo dejé en el descansillo del segundo, encima del contador de la luz, entre una fregona y una caja de cartón que llevaba allí desde el verano, y subí los últimos catorce escalones con las manos vacías por primera vez en toda mi vida, y les juro que se me hicieron más largos que la 232 entera.

Llamé.

Fefa abrió con un delantal, un paño en el hombro y la tele puesta a un volumen de sesenta y tres años. Me miró de arriba abajo. No dijo maja.

— ¿Qué.

— Fefa, quería...

— ¿Qué quieres, Nerea?

Y ahí me quedé. En el rellano de un tercero sin ascensor, con la puerta a medio abrir y una mujer con un paño en el hombro esperando, y a mí, que llevo doce años explicándole a la gente cómo se hace una incorporación en una vía rápida, no me salía una frase de cuatro palabras.

— Vengo a pedirte ayuda.

Fefa se quedó quieta.

— Otra vez.

— Vengo a pedirte ayuda — dije, y me tembló la voz, y me daba igual.

— ¿Y qué me traes?

— Nada.

— ¿Nada?

— Está en el segundo, encima del contador — dije —.

Un pack de cervezas. Lo he dejado ahí porque no lo he traído para ti, lo he traído para mí, para no venir a pedirte con las manos vacías.

Y hoy vengo con las manos vacías, Fefa. No te traigo nada, no te arreglo nada, no te pago nada y no te ofrezco nada a cambio.

Solo vengo a pedirte ayuda porque yo sola no puedo.

Josefa Ubago abrió la puerta del todo.

— Pasa, hija de puta — dijo —. Que se me queman los pimientos.

———

La cocina de Fefa tiene un hule de flores, una foto de un hombre con bigote encima de la nevera y una radio pequeña encendida en la ventana aunque la tele esté puesta en el salón, porque hay casas en las que el silencio se combate en dos frentes y no se le da cuartel.

Me sentó de un empujón en el sitio de la pared.

Me puso un café que no le pedí, con la leche ya echada y sin preguntarme cómo lo tomo, y una magdalena en un plato de postre con un dibujo de un molino. Bajó el fuego de los pimientos.

Y entonces sí, entonces Josefa Ubago habló, y habló como habla ella, a la cara, en voz alta, sin frenar en las curvas y sin pedirle permiso a nadie para decir lo que le diera la gana dentro de su propia cocina.

— ¿Tú sabes por qué no te hablé el martes?

— Porque te jodí el curso.

— ¡Y una mierda! — Dio un golpe en el hule con la palma abierta —.

A mí el curso... el curso me importa, no te voy a decir que no, que yo llevo cuarenta y un años conduciendo sin un rasguño y quiero volver a bajar sola a la compra sin tener que llamar a mi hijo, que ya sabes tú lo que tarda mi hijo en cogerme el teléfono.

Pero eso no fue. — Se sentó enfrente, y me señaló con el dedo —.

Tú te levantaste en aquella tarima, maja, y te pusiste ahí delante como una santa, y dijiste «fui yo, fue mía la culpa, y ahora yo lo voy a arreglar, y yo voy a escribir, y yo voy a hablar, y yo voy a».

Cuatro veces. Cuatro. Lo contó la Puri en voz alta y yo lo estaba contando por dentro.

— Es que fui yo.

— ¡Claro que fuiste tú! ¡Pero éramos doce en esa sala!

— Fefa cogió aire y bajó la voz, que en ella es una maniobra de emergencia —.

Nerea, hija. Llevo cuatro meses viéndote en esa silla.

Cuatro meses viéndote levantar la mano para explicar lo que el pobre hombre no sabía explicar, y arreglarle la clase, y arreglarle el aula, y arreglarnos a nosotros, y el día que hay que arreglarte a ti te subes tú a la tarima.

Es que ni pediste. Es que no se te pasó por la cabeza.

Y una tía a la que no se le pasa por la cabeza pedir es una tía que nos está diciendo a los demás que no valemos para nada.

Y ahí se me cayó todo el café en el hule: la taza entera, con un ruido de loza contra una mesa de formica y un charco marrón extendiéndose por encima de las flores hacia el borde, y yo me levanté de un salto para ir a por un trapo, porque en mi cabeza el orden natural del universo es que el que rompe algo lo recoge y que el que rompe algo soy yo.

Fefa me puso una mano en el hombro y me sentó otra vez sin dejar de hablar, cogió su paño y lo limpió ella, en su cocina, en su hule, y aquello, después de una semana de titulares y de resoluciones cautelares y de un padre buscando palabras encima de un mantel, fue lo que estuvo a punto de matarme.

— Yo te lo dije en julio, ¿te acuerdas? — siguió Fefa, limpiando con el paño sin dejar de hablarme —.

En el pasillo. «A vosotros dos yo os veo, maja».

Y no lo dije por decir. Yo llevo enterrado a un marido y criados a tres, y a mí no me la da nadie: yo os vi en la segunda semana.

Y no se lo he dicho a nadie, ¿eh?, ni a la del cuarto, que ya es decir. Porque estaba esperando.

— ¿Esperando a qué?

— A que me lo contaras tú. — Tiró el paño al fregadero —. Cuatro meses esperando. Y me tengo que enterar por internet, como una imbécil, con dos mil comentarios de gente que no os conoce.

— Fefa, lo siento.

— Ya. — Se cruzó de brazos —. Bueno. ¿Y ahora qué?

Y se lo conté. Se lo conté todo, en aquella cocina, con la radio de la ventana y la tele del salón de fondo, sin arreglarlo, sin adornarlo y sin quedarme ni una sola cosa para mí: mayo, la llamada de las nueve y media de la noche, Ione Vergara, el vídeo de la calle Vitoria, la acera de Lardero con Tania Quel temblando y un acta recién levantada, que no recurrí pudiendo recurrir y que él mismo me dijo que podía hacerlo; y luego el aula, y las escaleras del Casco Antiguo el 22 de septiembre, y Pamplona en octubre, y un cementerio, y un chaval de diecinueve años que se llamaba Nico y que murió en la N-121 hace catorce; y el lunes a las nueve, y la declaración falsa que aquel hombre iba a firmar en un despacho de la primera planta para comerse doce puntos que no eran suyos.

Fefa me escuchó entera, sin interrumpirme ni una vez, que en Josefa Ubago no es educación sino un acto de amor absoluto, y cuando terminé se quedó un rato largo mirando la foto del hombre del bigote que hay encima de la nevera, esa que lleva ahí desde antes de que yo naciera y por la que no le he preguntado nunca.

— El lunes a las nueve — dijo.

— El lunes a las nueve.

— Y el hombre ese, el examinador, el del reglamento, el que suspendió a tu niña de dieciocho años por un cede el paso. — Fefa chasqueó la lengua —. Mira que es tonto. Mira que sois tontos los dos. Sois tontos de una manera que yo no había visto en sesenta y tres años, y yo he visto cosas.

— Ya.

— Es que os merecéis, maja. Os merecéis como la mierda al culo.

— Fefa, es que ya no hay nada que hacer. Que he ido a la ventanilla, que he registrado un escrito, que me han contestado que nanay, que la cita es para diciembre y que él declara el lunes a las nueve. Que se acabó. Que he probado todo lo que sé.

— ¿Todo lo que sabes tú?

— Todo lo que sé.

— Ay, hija mía. — Josefa Ubago se apoyó en el respaldo de la silla y me miró con una lástima magnífica —.

Es que tú sabes muy poco. Tú sabes lo de los papeles y lo de los coches, que muy bien, que eres una crack, que ya lo sé, que a mí me lo explicaste tú lo del ángulo muerto y llevaba cuarenta y un años sin enterarme.

Pero de esto no sabes nada. De esto sé yo.

— ¿De esto qué es esto?

— De la gente — dijo Fefa —. Que tú te crees que la gente está para que la arregles. Y la gente está para que la llames.

Y entonces Josefa Ubago se levantó de la mesa de su cocina, apagó el fuego de los pimientos, apagó la radio de la ventana, apagó la tele del salón desde el pasillo con el mando en alto y sin mirar, y se fue al perchero de la entrada.

Y se puso el abrigo. El bueno. El de los domingos.

— ¿Dónde vas? — dije.

— ¿Yo? Al Tirso — dijo, buscando el bolso —. Que a estas horas de un sábado están todos.