Capítulo 27
Mi madre me llevó al Casco Antiguo a cuarenta por hora, sin preguntar, con el intermitente puesto ochenta metros antes de cada giro y la radio apagada, y en los once minutos que tardamos en cruzar Logroño de Varea al Espolón no dijo ni una palabra, porque Sagra Ojeda lleva sesenta y tres años sin pedir nada y sabe perfectamente cuándo una hija va a un sitio a romperse.
Lo que Elías me había dicho por teléfono, delante de un balcón con la ropa tendida y calada, cabía en cuatro frases:
Que el lunes iba a declarar ante el instructor del expediente.
Que iba a declarar que la relación existía.
Que iba a declarar que la había iniciado él, que la había buscado él, que había insistido él, y que yo, alumna del curso y con el carné en juego, no había tenido margen para negarme sin poner en riesgo mi certificación.
Que asumía la responsabilidad íntegra y que solicitaba que se me tuviera por ajena a los hechos.
O sea, que iba a mentir. En un impreso. Firmado.
— Te espero — dijo mi madre, aparcando en doble fila en la calle de al lado, donde no se puede.
— Puede que tarde.
— Te espero.
— Sagra, que estás en doble fila. Que esto es el Casco Antiguo, que aquí te multan por respirar y bastante tenemos ya con...
— Que te espero, Nerea.
Y puso los cuatro intermitentes, que es lo que hace mi madre cuando decide una cosa, y se quedó mirando al frente con las dos manos en el volante y el cinturón por encima del abrigo, y yo me bajé de aquel coche sabiendo que aquella mujer, que en sesenta y tres años no ha pedido nunca nada a nadie, era capaz de comerse una multa de ochenta euros antes que dejarme volver andando.
———
El portal de Elías es de piedra, con una puerta de madera oscura que pesa cuarenta kilos y un telefonillo de los antiguos, de esos con los pulsadores amarillos y los nombres escritos a mano detrás de un plastiquito. En el 3.º B no hay nombre. Lleva catorce meses sin nombre.
Bajó él. No me abrió: bajó, que en aquel hombre significaba que llevaba media hora esperando de pie en el rellano.
— No — dije, antes de que abriera la boca.
— Nerea.
— No, no y no. — Y ya me estaba subiendo la voz, y eran las siete y media de un martes de noviembre en una calle del Casco Antiguo con seis balcones abiertos, y me daba exactamente igual —.
Vas a declarar que me perseguiste. Vas a poner por escrito, con tu firma y con tu número de registro, que Elías Ibarrola acosó a una alumna del curso que él mismo daba.
¿Tú sabes lo que es eso? Eso no es una sanción, eso es tu nombre.
Eso lo lees dentro de veinte años y sigue ahí.
— Es la declaración que os salva a los doce.
— ¡No me salves!
— Es lo eficaz.
— ¡Que no me salves, joder!
Elías no se movió del escalón. Tenía la camisa por dentro, y el abrigo abierto, y esa cara suya de no tener cara, y a mí eso me hizo más daño que si me hubiera gritado, porque yo grito y me vacío y él no grita y se llena.
— Hazme el favor de escucharme treinta segundos — dijo —.
Los datos son estos. Si declaramos los dos que fue una relación consentida entre docente y alumna, el instructor tiene que anular el piloto entero por vicio de imparcialidad.
Once certificaciones a la basura, cuatro meses a la basura, abril como pronto y probablemente en Zaragoza.
Tú pierdes el carné hasta el verano y con él la nómina, y sin nómina no llevas a tu padre a Pamplona ni pagas lo de tu hermana, y no me mires así, que llevo cuatro meses sabiéndolo.
Y yo pierdo la unidad de exámenes igual, exactamente igual, en los dos escenarios.
— Hizo una pausa de tres segundos —. Si declaro que fui yo solo, el piloto es salvable, porque el vicio afecta al docente y no al procedimiento.
Once carnés salen. El tuyo sale. Es la única combinación en la que sale alguien.
— Y a Tania Quel, en mayo, en una acera de Lardero, con el acta ya firmada, le dijiste que podía alegar — dije —.
Se lo dijiste a ella y me lo dijiste a mí, con el boli ya guardado, y me dijiste que si alegaba me lo tumbaban y me dejaste elegir.
¿Te acuerdas? Me dejaste elegir a mí. Y ahora vienes y eliges tú por los doce.
— Sí.
— ¿Y a ti te parece que eso es lo mismo?
— No — dijo Elías —. Me parece que es lo eficaz.
— ¿Y tú?
— Yo no entro en la cuenta.
Y ahí, en aquel escalón de piedra de la calle más estrecha de Logroño, me di la hostia más grande de mi vida, porque llevaba treinta y cuatro años oyendo esa frase en mi propia voz.
Yo no entro en la cuenta. Yo lo arreglo.
Yo lo pago. Yo cargo, y a ti no te cuesta nada, y así todos contentos.
Se la había dicho a Loli, se la había dicho a Miriam, se la había dicho a mi madre, se la había dicho a Tania Quel en una acera de Lardero con el acta todavía caliente y la niña temblando.
Y de repente estaba enfrente. Y era insoportable.
— Tú no vas a pagar lo mío — dije.
— Esto ya no es solo tuyo. Son once perso...
— ¡Es lo mío! ¡La llamada la hice yo! ¡En mayo, desde mi cocina, a las nueve y media de la noche, con el teléfono en la mano y toda la razón del mundo!
¡Nadie me obligó! ¡No me perseguiste, ni me buscaste, ni me insististe!
¡Subí yo aquellas escaleras, Elías, yo, y me acuerdo de cada escalón!
¿Y ahora vas a ir tú a un despacho a decirle a un instructor que la pobrecita de la autoescuela no supo decir que no?
— Es la versión que funciona.
— ¡Es mentira!
— Correcto — dijo.
Y ahí se me rompió algo, porque lo dijo sin pestañear, con esa palabra suya de nueve años levantando actas, y entendí que aquel hombre iba a mentir por escrito por primera vez en su vida y que además le parecía bien.
— Tú no mientes — le dije —. Tú no has mentido nunca. Tú suspendiste a una cría de dieciocho años por un cede el paso en mayo y no te tembló la mano, y ahora vas a firmar una declaración falsa y te vas a quedar tan ancho.
— Sí.
— ¿Por qué?
— Porque es la primera vez que la excepción sale bien.
— ¡No es una excepción! — Me salió de un sitio que no conocía —.
¡Es un escondite! Es lo mismo de siempre, Elías, es exactamente lo mismo: tú, solo, en un despacho, cargando con un muerto que no es tuyo y sin decírselo a nadie.
Llevas catorce años haciéndolo. Catorce años pagando con exactitud una noche en la que no cogiste el coche.
Y entonces lo hice. Que Dios me perdone, porque él no tenía por qué.
— Yo no soy tu hermano.
La calle se quedó muy quieta. Se oyó una persiana en el tercero de enfrente. Se oyó una moto lejos, por la Rúa Vieja.
Elías Ibarrola no dijo nada durante mucho rato. Le vi la nariz rota de perfil contra la luz del portal, lo único torcido de un hombre entero, y le vi subir la mano hasta el reloj y bajarla otra vez sin tocarlo, y esperé el grito, y lo estuve esperando como se espera un impacto, y no llegó.
— Correcto — dijo, muy bajo.
— Elías...
— Está declarado el lunes a las nueve. — Y se dio la vuelta y metió la llave en la cerradura, y la puerta de cuarenta kilos hizo el ruido que hacen las puertas antiguas cuando se cierran, que es un ruido definitivo y educado —. Vete a casa, Nerea.
———
Mi madre me llevó a Varea a cuarenta por hora.
No preguntó. Puso la calefacción del coche a tope sin decirlo y me dejó llorar diecinueve minutos con la cara contra la ventanilla, que es lo que se tarda del Casco Antiguo a Varea a cuarenta, y cuando llegamos me pasó un paquete de pañuelos del hueco de la puerta, viejo, aplastado, de esos que llevan tres años ahí para cuando hagan falta.
Cenamos los tres. Mi padre, mi madre y yo, en la mesa de la cocina de siempre, con el hule de siempre y el telediario de fondo, y nadie me preguntó nada, porque en mi casa lo que se pregunta no se cuenta y lo que se cuenta no se pregunta, y llevamos así desde 1996 y nos ha ido regular.
Mi padre come despacio desde hace cuatro años.
Coge el tenedor con las dos manos, se lo lleva a la boca en un viaje que dura lo que dura y no se le cae nada porque no se le puede caer nada, y ese hombre, que se pasó treinta y cinco años enseñando a media Logroño a coordinar un embrague con un acelerador, ha convertido cenar en la maniobra más difícil de su vida y la ejecuta todas las noches delante de nosotras sin quejarse ni una vez.
Yo llevo cuatro años sirviéndole el vaso hasta la mitad sin que me lo pida. Él lleva cuatro años dejándome.
Cuando mi madre se levantó a fregar, mi padre dejó el tenedor.
Gonzalo Salcedo tiene sesenta y seis años y hace cuatro que le pusieron nombre a lo que le pasa en las manos, y desde entonces habla menos, porque hablar también le cuesta, porque todo le cuesta.
Enseñó a conducir a media Logroño durante treinta y cinco años en la misma autoescuela de la calle Vitoria y ahora no coge un vaso lleno.
Cada frase suya sale de un sitio muy hondo y muy caro.
Por eso, cuando habla, en esa cocina se calla hasta el frigorífico.
— El chico ese — dijo.
— Papá, no.
— El chico ese quiere pagarlo él.
— Sí.
— Y tú no lo aguantas.
— No.
Mi padre se quedó mirando el hule mucho rato. Le temblaba la mano izquierda encima de la mesa, con ese temblor suyo que va y viene y que él ya ni mira, y estuvo así, buscando las palabras, tanto tiempo que mi madre cerró el grifo para no hacer ruido.
— Toda la vida pagando lo de los demás — dijo —. Los puntos. El alquiler de tu hermana. Las citas mías.
— Papá...
— Déjame. — Cogió aire —. Toda la vida. Y ahora viene uno y quiere pagar lo tuyo. Y no lo aguantas.
Levantó la cabeza. Y me miró con esos ojos que llevan treinta y cinco años mirando alumnos por un retrovisor interior, y me lo dijo despacio, porque no le salía de otra manera:
— Pues ya sabes lo que llevamos sintiendo aquí quince años.
Se hizo un silencio en aquella cocina que se oía el reloj del pasillo.
— Nerea — dijo mi padre —. Cuando tú lo pagas todo, a nosotros no nos dejas nada.
Y volvió a coger el tenedor con las dos manos, despacio, con esa concentración de hombre que ya no puede fallar en según qué cosas, y siguió cenando. Y mi madre volvió a abrir el grifo. Y en el telediario dieron el tiempo, y anunciaron cierzo para el fin de semana.
Yo me quedé con el plato delante sin tocarlo, haciendo la lista de todo lo que había pagado desde los quince años en aquella misma cocina y con aquel mismo hule: la matrícula de Miriam en 2016; el traslado del piso de Miriam en 2019; el alquiler de Miriam desde 2022, cuatrocientos veinte al mes, treinta y seis meses, quince mil ciento veinte euros que no sabía nadie; la revisión del coche de mi madre; las citas de Pamplona; el cuarenta por ciento de la caldera nueva; y doce puntos de una cría de dieciocho años que se bloqueó en un semáforo de Lardero un lunes de mayo.
Todo pagado religiosamente, sin recibo y sin decirlo.
Y en aquella casa, mientras tanto, había tres personas mirándome hacerlo desde hace quince años, calladas, sabiendo perfectamente lo que hacía y sin poder decirme nada, porque a la gente que lo paga todo no se le puede decir nada: se le da las gracias y se le tiene un poco de miedo.
Nunca se me había ocurrido pensar qué era estar al otro lado. Ni una vez. Y llevaba dos horas al otro lado, en un escalón del Casco Antiguo, gritándole a un hombre que me quería pagar algo, y me había parecido insoportable.
———
Se acostaron a las once y media.
Yo me quedé sola en la cocina de Varea, sentada donde me sentaba a los quince años, con la luz de encima de la campana encendida y el resto a oscuras, escuchando la nevera y el reloj del pasillo y a mi padre arrastrando las zapatillas por el pasillo hacia el baño, que tarda el doble que hace cuatro años.
El cajón de la izquierda del aparador es donde mi madre guarda las cosas que no se tiran: las llaves de una casa de Cameros que se vendió en 2001, un rosario, las fotos del carné de todos nosotros, las multas pagadas.
Lo abrí.
Y allí estaba, debajo de todo, con el membrete azul y el matasellos de mayo y la esquina un poco doblada de llevar cinco meses aplastado por una caja de hilos: el sobre de la Jefatura.
El de mi sanción. El que llegó una noche de mayo, el que puse encima de esta misma mesa mientras los tres cenábamos y hablábamos de otra cosa, y que mi madre guardó aquí sin decirme nada porque en esta casa lo que no se abre se guarda.
Seguía cerrado.
Me senté con él en las manos, debajo de la luz de la campana, en la cocina en la que aprendí que las cosas de los demás se arreglan calladita, y me quedé mirando mi propio nombre escrito por una impresora de la administración a las once y media de la noche de un martes.