Capítulo 26
Empujé.
Estaban los once. Los once, en sus sitios de siempre, a las diez de la mañana y a deshora, en un curso que ya no existía, porque la costumbre es lo último que se suspende.
El fluorescente parpadeaba. Fefa en primera fila con el abrigo bueno otra vez, aunque no venía nadie de Madrid.
Chemari con el cuaderno cerrado encima de la mesa y las dos manos planas encima del cuaderno.
Higinio de pie junto a la ventana. Rebeca con el portátil abierto y sin escribir.
Braulio al fondo. Yeray con el casco en el suelo, entre las botas. Y once caras girándose a la vez.
— Buenos días — dijo Puri, desde la tarima, con esa voz suya de sala de espera de fisioterapeuta —. Sentaos, por favor. Nerea, siéntate.
Me senté donde me había sentado cuatro meses, en la fila tres, y nadie me miró y todo el mundo me estaba mirando, que es una cosa que solo pasa en las salas pequeñas de las ciudades pequeñas.
— Con fecha del jueves, el jefe provincial ha acordado la suspensión cautelar del programa.
Eso significa que las sesiones quedan interrumpidas y que vuestras certificaciones quedan en suspenso hasta que se resuelva el expediente.
— Puri no adorna. Puri traduce, y traduce despacio, y por eso no hay dónde meterse —.
Sé lo que estáis pensando y os lo voy a decir yo antes: en suspenso quiere decir que a día de hoy los cuatro meses que habéis hecho aquí no valen nada.
Si el expediente acaba mal, hay que empezar de cero.
Y no habrá otro curso en la provincia hasta abril como pronto, porque este piloto absorbió todos los cursos de La Rioja y esa es la razón por la que estáis aquí y no en Zaragoza.
Rebeca cerró el portátil con un golpe seco.
— Abril.
— Abril.
— Yo tengo un objetivo de ventas cerrado hasta marzo y una flota que depende de mí. Abril no es una fecha, es un despido.
— Ya.
— Ya, ¿qué? — Rebeca se levantó —. Perdona, Puri, con todo mi respeto, pero llevo cuatro meses viniendo a este zulo a que me expliquen que once minutos no valen mi vida, y me lo he creído, y he cambiado, ¿y ahora resulta que me quedo sin carné hasta abril por una noticia de internet?
— Por una noticia no — dijo Chemari, y todo el mundo se giró —.
Yo tengo aquí apuntado que el jueves salió el reportaje y el jueves a la una salió la resolución.
En seis horas. Seis. ¿A ti te parece normal que la administración haga algo en seis horas?
A mí no. A mí eso me huele. Esto lo tenían preparado y estaban esperando la excusa, porque este piloto les salía muy caro y no querían pagarlo.
— Chemari, majo, cállate un poco — dijo Fefa.
Y fue la primera vez en cuatro meses que Fefa Ubago mandaba callar a alguien sin reírse.
———
Lo intenté. Claro que lo intenté. Yo soy la que arregla.
Me levanté y me puse delante de la tarima, al lado de Puri, en el sitio en el que llevo doce años poniéndome, y empecé a hablarles como le hablo a un aula, porque es lo único que sé hacer con las manos y con la boca a la vez.
— Fui yo — dije —. En mayo llamé yo a la periodista y le di la historia de Elías Ibarrola, con los datos y con el nombre, porque estaba furiosa y porque tenía razón, o eso creía.
Todo lo que ha salido el jueves está construido con lo que le di yo hace cinco meses.
Esto no os lo ha hecho la Jefatura, ni Ione Vergara, ni el radar del kilómetro doce.
Os lo he hecho yo. Y os pido perdón, y os voy a decir lo que voy a hacer para arreglarlo: voy a escribir un escrito, voy a pedir que se me excluya del piloto a mí sola, voy a hablar con el jefe provincial, voy a...
— Nerea — dijo Puri, sin levantar la voz.
— Déjame terminar.
— Es que llevas cuatro frases seguidas empezando por «voy a».
Y me callé. Fue una verdad de esas suyas, dicha con voz de yoga y sin una gota de maldad, y me entró por debajo de las costillas.
— Yo lo entiendo — dijo Higinio, apartándose de la ventana y ajustándose el pañuelo —.
Yo llevo cuarenta y cuatro años catando y sé perfectamente lo que es un defecto de origen: una uva picada en agosto que no se ve, que no huele, y que dos años después te revienta la botella entera en la bodega.
Usted, Nerea, hizo una llamada en mayo. Y nosotros somos la botella.
— Higinio, por Dios.
— Es una metáfora, hija. Yo la quiero mucho.
— Pues vaya metáfora.
— Es que las metáforas buenas duelen, Nerea, si no son postales — dijo Higinio, y se volvió a la ventana con una dignidad de embajador —.
Y le diré otra cosa, ya que estamos y ya que esto se acaba: una botella con un defecto de origen no tiene la culpa de nada.
La uva la eligió otro. Y el que se bebe la botella tampoco tiene la culpa.
Al final, en este oficio, el único que tiene la culpa de algo es el que estaba mirando en agosto y no dijo nada.
Y en esta sala, en agosto, mirábamos todos.
Chemari no dijo nada. Chemari tenía el cuaderno debajo de las manos y lo miraba, y lo destapaba dos centímetros y lo volvía a tapar, y luego levantaba la vista hacia mí y hacia Puri y hacia la puerta, y aquel hombre, que llevaba cuatro meses anunciando a voz en grito que él lo apuntaba todo por si acaso, de repente no sabía qué hacer con el por si acaso.
Lo tuvo encima de la mesa veinte minutos. No lo abrió.
Y yo, que llevo doce años leyendo a la gente por las manos porque las manos en un volante no mienten nunca, vi perfectamente lo que le estaba pasando por dentro a José María Arnedillo, taxista de Logroño, licencia 118: que tenía ahí debajo cuatro meses de registro obsesivo levantado con la única intención de meterle un puro a la Dirección General de Tráfico, y que aquel cuaderno decía cosas, y que él no sabía todavía si esas cosas hacían daño o lo quitaban, y que hasta que no lo supiera no lo iba a abrir delante de nadie.
Los conspiranoicos son gente muy seria. Es lo que nunca entiende la gente que se ríe de ellos.
— ¿Y si les enseñáramos las hojas? — dijo, casi sin voz.
— ¿Qué hojas, Chemari?
— Nada — dijo, y puso las dos manos encima otra vez —. Nada, nada. Cosas mías.
— ¿Y el chaval? — dijo Braulio Nalda desde el fondo, con las manos quietas.
Todo el mundo miró a Yeray. Yeray Peñacoba tiene veintidós años, reparte en moto, perdió los doce puntos en tres meses y no se ha defendido nunca de nada, ni siquiera de las cosas que no había hecho. Se encogió de hombros con el casco entre las botas.
— Nada. Yo qué sé — dijo —. Era la primera cosa que me salía bien.
Y se levantó, y cogió el casco, y se fue del aula 2 sin dar un portazo, y eso ha sido lo que más daño me ha hecho de todo aquel otoño, más que el titular, más que los dos mil cuatrocientos comentarios, más que la voz de Loli hablándome de la matrícula de trece alumnos.
Que aquel chaval, que se había pasado cuatro meses diciendo que él se lo merecía todo, tampoco me culpara a mí.
———
Fefa se puso el abrigo la última, y la esperé en el pasillo, junto a la máquina del café, con esas cuatro frases de arreglar cosas quemándome en la boca, y cuando salió por la puerta la cogí del brazo igual que ella me cogía a mí en julio.
— Fefa.
Josefa Ubago se paró. Me miró de arriba abajo, sin rencor, sin gritar, con la mano en el asa del bolso, y no me llamó maja, y no me contó nada en voz alta, y no me soltó ningún refrán mal traído rematado con una barbaridad tierna.
Se quedó ahí, delante de mí, tres segundos, con esa cara de sesenta y tres años que ha enterrado a un marido y ha criado a tres.
Y se soltó el brazo y se fue por el pasillo hacia las escaleras.
Josefa Ubago, que llevaba cuatro meses narrando la vida entera de aquella sala a la cara de la gente, no me dijo ni una palabra, y yo me quedé allí plantada delante de una máquina de bebidas calientes viendo cómo bajaba las escaleras de la Jefatura agarrada a la barandilla con la mano del bolso, un peldaño y luego el otro, sesenta y tres años y un abrigo bueno puesto un martes por la mañana para venir a que le dijeran que sus cuatro meses no valían nada.
Y ahí aprendí lo que es el silencio en una mujer que no se ha callado nunca, que no se parece a ningún otro silencio del mundo y que no se te olvida.
— Nerea. Lo de Ibarrola — dijo Puri, que salió detrás con su bolsa de tela y sus zapatos planos y me puso una mano en el hombro al pasar.
— ¿Qué pasa con Ibarrola?
— Le han abierto expediente disciplinario esta mañana.
— Y lo dijo igual que decía todo, sin bajar la voz y sin subirla —.
Ojo con la palabra, Nerea, que lo de mayo era un expediente informativo y esto es otra cosa completamente distinta: disciplinario, con instructor nombrado, con pliego de cargos y con propuesta de sanción.
Y en la propuesta, entre las medidas posibles, está la separación del servicio.
— ¿La separación del servicio es...?
— Es la calle, Nerea. Es que se va a la calle.
———
Mi madre me llevó a Varea aquella tarde, porque yo no tenía coche y porque a mi madre no se le dice que no, y fui de copiloto, en el asiento del acompañante de su coche, con la bolsa en las rodillas y la lluvia otra vez y las farolas encendiéndose a las seis y media, y Sagra Ojeda conduciendo como conduce ella, que es a cuarenta por todas partes con el cinturón puesto por encima del abrigo.
Salimos a la rotonda del final, la de la gasolinera, y entró un coche por la derecha sin mirar.
Y yo frené.
Con el pie derecho, en el aire, contra una alfombrilla que no tenía pedal, con el cuerpo entero tirando hacia delante y la mano izquierda agarrada al asidero del techo, treinta y cuatro años y doce de profesión y un pie planchando un freno que no existía en el suelo de un coche que no era mío.
Mi madre no dijo nada. Siguió a cuarenta. A los dos kilómetros, sin girar la cabeza, mirando la carretera:
— Tu padre hacía eso.
— Ya lo sé.
— Treinta y cinco años lo hizo. Hasta que dejó de poder. — Puso el intermitente ochenta metros antes de la calle, como le enseñaron —. Y luego se le quitó de golpe, ¿sabes? Un día ya no lo hizo más. Y yo lo eché de menos.
Me quedé mirando por la ventanilla, y pasamos por delante de Berceo, la calle Vitoria, el rótulo encendido a las seis y media y el Ocho aparcado en su sitio de siempre con la L verde en el techo y el parabrisas lleno de gotas, y a mí se me quedó la garganta cerrada como si me hubieran metido un trapo, y no dije nada porque no me salía la voz, y no la culpo: llevaba dos días sin usarla para nada bueno.
Mi madre paró en un semáforo y esperó los cuarenta segundos con las dos manos en el volante y el freno de mano puesto, que es una cosa que le enseñó mi padre en 1987 y que no ha dejado de hacer ni un solo día de su vida.
— La Loli me ha llamado — dijo.
— Ya lo sé.
— Me ha dicho que en diciembre te da las horas.
— Sagra, la Loli te dice a ti lo que no me puede decir a mí. — Me froté los ojos con la palma —. Y tú me lo cuentas a mí porque no me lo quieres decir tú. Sois las dos igual de cobardes y os queréis muchísimo, y a mí me estáis volviendo loca.
— Es que si no lo cuento así no lo cuento — dijo mi madre, y puso el intermitente ochenta metros antes.
El móvil me vibró en el regazo cuando estábamos entrando en Varea.
Era Elías. Y yo, que llevaba desde el jueves esperando esa llamada como se espera un resultado, lo cogí a la primera y no dije ni hola.
— Estoy en el coche de mi madre.
— Bájate.
— ¿Qué?
— Bájate del coche, Nerea, porque esto no te lo puedo decir con tu madre delante.
Le dije a Sagra que parara donde pudiera, y me bajé en la acera de una calle de Varea, debajo de un balcón con la ropa tendida y calada, y me pegué el móvil a la oreja con las dos manos.
— Ya está — dije —. Dime.
Y Elías Ibarrola me lo dijo. Sin adjetivos, sin subir la voz, en tres frases y con una cifra, igual que llevaba nueve años levantando actas.
Me contó exactamente lo que iba a hacer.