Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 25
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Capítulo 25

— Apaga eso — dije.

— Está apagada.

— La lucecita roja está encendida, Ione. Llevo doce años enseñando a mirar el salpicadero: no me digas a mí que una luz roja está apagada.

Ione Vergara bajó la vista al aparato, sonrió con la mitad de la boca y le dio a un botón, y la luz se murió. Fue un gesto pequeño y honesto, y por eso me dio más miedo que todo lo demás, porque las personas que apagan la grabadora cuando se lo pides son las que no la necesitan.

— Ya está — dijo —. Off the record entonces, si quieres. Aunque te aviso de que a mí eso me sirve para escribir mejor, no para escribir menos.

Nos quedamos las dos debajo del plátano de la acera de la Jefatura, con el frío de finales de octubre subiendo del Ebro y un funcionario saliendo cada veinte segundos por la puerta de cristal a nuestra espalda, y yo hice la única cosa que sabía hacer, que era ponerme delante del problema.

— No hay segunda parte.

— Nerea. — Ione se apoyó en el árbol y cruzó los brazos con una paciencia de vieja del oficio —.

En mayo me llamaste tú. Me llamaste tú a mí, a las nueve y media de la noche, y me tuviste cuarenta minutos al teléfono contándome que había un examinador nuevo que estaba suspendiendo a toda la provincia, y me diste los porcentajes, y me diste el nombre, y me dijiste, cito de memoria porque tengo la nota: «Que se entere Logroño de quién es este señor».

Y yo lo publiqué. Y no mentí en una sola línea, ¿verdad que no?

— No.

— Pues ahora tengo esto y tampoco voy a mentir.

Abrió una carpeta de plástico. No sacó fotos, porque no había fotos.

Sacó papeles: el listado público de participantes del programa piloto, con mi nombre y mi DNI en la fila cuatro.

La resolución de la sanción, que es pública si sabes pedirla.

El destino disciplinario de Elías Ibarrola, que también.

Y una circular interna de la propia Jefatura anunciando el éxito del piloto y felicitando al docente.

Todo verdad. Toda la munición era verdad, y la había fabricado yo, pieza a pieza, en mayo, con mis manos y con mi voz de fumadora que no fuma.

— La profesora que hundió al examinador — dijo Ione, sin regodearse, casi con pena — está ahora en su aula, y su carné depende de la firma de él. Eso es un hecho. Ese es el titular y es verdad. Lo que yo quiero saber, y por eso te espero aquí en lugar de publicarlo directamente, es si hay algo más.

— ¿Algo más?

— Nerea, tienes treinta y cuatro años y yo cuarenta. No me hagas decirlo en voz alta debajo de un árbol.

— Ione, esto es Logroño. Aquí si te ven dos veces con el mismo señor en el Laurel ya te han casado y te han puesto piso.

— Ya. — Se rio sin ganas —. Y por eso llevo diecisiete años trabajando aquí y no me ha llamado nunca nadie para contarme un rumor, porque los rumores no se publican.

Yo no publico lo que se dice en un bar. Yo publico documentos.

— Y entonces me miró de una manera que no se me ha olvidado —.

Lo que pasa es que a veces los documentos y los rumores dicen lo mismo, y entonces ya no hace falta el rumor.

Y yo me quedé callada, que es la peor respuesta que existe, y lo sé perfectamente porque llevo doce años sentada en el asiento derecho de un coche viendo a la gente dudar: en una rotonda, dudar es contestar.

El alumno que se para en el ceda cuando no viene nadie te está diciendo exactamente lo mismo que el que entra sin mirar, y lo que te está diciendo es que no controla. Y me oí decir una frase de manual.

— No tengo nada que declarar.

— Vale — dijo Ione, y guardó los papeles, y no había ni una gota de triunfo en su cara —. Sale el jueves. Te lo digo por delante, que es más de lo que hace la mayoría. Y Nerea, de verdad, sin grabadora ni hostias: yo esto lo estoy escribiendo porque tú me enseñaste que existía.

———

Llamé a Ione catorce veces entre el martes y el miércoles.

Cogió tres. En la primera le pedí que no lo sacara.

En la segunda le ofrecí otra cosa, cualquier cosa, lo del radar del kilómetro doce, lo que fuera, y me di asco a mitad de frase y colgué yo.

En la tercera, ya de madrugada, le dije que había once personas dentro de aquel curso que no habían hecho nada, once personas con hipotecas y taxis y furgonetas y ovejas, y Ione se quedó un rato en silencio al otro lado.

— Eso mismo me dijiste en mayo de él — contestó —. Que había gente detrás. Que a los suspendidos les cuesta el trabajo. Y yo te escuché. — Otro silencio —. Duérmete, anda.

A Elías no le dije nada hasta el miércoles por la noche, y esa es la única cosa de todo aquel otoño de la que no me he perdonado todavía. Se lo conté por teléfono, deprisa, en el pasillo de mi casa, y él escuchó entero sin interrumpir ni una vez, que era su manera de romperse.

— ¿Qué documentos tiene? — preguntó al final.

— El listado, la resolución, tu destino, la circular.

— Todo público.

— Todo público.

— Correcto — dijo —. Entonces no es filtración. Es periodismo. — Y luego, después de una pausa que se me hizo larguísima —: ¿Se lo confirmaste?

— No.

— ¿Lo negaste?

Y ahí no pude. Ahí, en el pasillo de la calle Chile, con la lavadora centrifugando detrás de mí porque el mundo sigue lavando ropa mientras se te cae encima, no pude decir que sí.

— No.

Elías no dijo nada durante siete segundos.

Los conté, porque se me han pegado sus manías igual que se pega el olor a tabaco de una escalera, y en esos siete segundos me dio tiempo a oír al otro lado de la línea el silencio absoluto de un piso del Casco Antiguo en el que hay una silla, ninguna cortina y ninguna otra persona.

— ¿Elías?

— Estoy aquí.

— Di algo. Dime que soy una imbécil. Grítame. Cuéntame el artículo que me he saltado, anda, cítame algo, que es lo que haces siempre.

— No hay artículo — dijo —. Duerme.

Y colgó, y yo me quedé con el móvil caliente en la mano en un pasillo con una lavadora centrifugando, y aquella noche entendí una cosa sobre aquel hombre que no había entendido en cinco meses: que cuando Elías Ibarrola tiene miedo no cita el reglamento.

Cuando tiene miedo, se calla. El reglamento es lo que usa cuando está incómodo, que es otra cosa, y es mucho menos grave.

———

Salió el jueves a las seis y catorce de la mañana.

Lo sé porque lo vi salir: llevaba desde las cinco sentada en el sofá con el móvil en la mano y la calefacción sin poner, y sonó un aviso, y ahí estaba.

Riojapress. Foto de archivo de la fachada de la Jefatura, sin fotos nuestras, porque Ione no es de esas.

Y el titular, que no llevaba ni un adjetivo y por eso era demoledor:

La profesora que hundió al examinador, alumna suya: su carné depende de él.

Lo leí ocho veces buscando la mentira. No había.

Estaba mi porcentaje de aprobados, estaba el vídeo de la calle Vitoria enlazado en el tercer párrafo, estaba mi reportaje de mayo enlazado en el cuarto, con mi propia voz entrecomillada de hace cinco meses, y a mí me hicieron falta doce años dando clase para reconocer lo que estaba viendo: era mi propia maniobra volviéndoseme encima.

Yo cargué el arma, yo se la puse en la mano y yo apunté.

Lo único que hizo Ione fue esperar cinco meses.

A las siete y media Logroño se despertó y se lo pasó como no se lo había pasado desde la última vez que ganó algo el equipo, y eso es una cosa que solo entiende quien ha vivido en una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes en la que todo el mundo ha ido al colegio con todo el mundo.

Bajé a por el pan a las nueve y en la panadería de la esquina había tres señoras y las tres se callaron a la vez, que es un ruido que hace más daño que cualquier cosa que pudieran haber dicho.

Volví a subir sin pan. Un chaval que no conocía de nada me miró el móvil y luego me miró a mí en el portal, encajó las dos cosas y se le puso una cara de emoción que no se le puso ni en Nochevieja.

A las diez y media, los dos mil cuatrocientos comentarios.

Los leí todos, uno por uno, sentada en el suelo del pasillo, que es un deporte de riesgo que no recomiendo a nadie: gente que había aprobado conmigo defendiéndome con faltas de ortografía; gente que no me había visto en su vida explicando lo que yo hacía en la cama con un funcionario; un señor de Calahorra pidiendo que se investigara Berceo entera; y en medio, cada quince o veinte comentarios, alguien que enlazaba mi reportaje de mayo y escribía «la que lo empezó todo fue ella».

Ese señor, quienquiera que fuese, era el único que estaba diciendo la verdad completa en todo internet.

Mi madre llamó a las ocho menos cuarto para preguntarme si estaba comiendo.

— Sagra, ¿lo has leído?

— Yo no leo esas cosas — dijo mi madre, y se calló, y luego, con esa técnica suya de decir lo que le pasa contándolo de otra —: La Puri, la de la mercería, me ha dicho que su nieta lo ha visto en el móvil. Que lo comparte todo el mundo. Que hay dos mil comentarios.

— Dos mil cuatrocientos.

— Ah, ¿que lo has contado?

Loli llamó a las ocho y diez, y Loli habla en números porque los números son lo único que no discute.

— Nerea, cariño. Tengo el teléfono ardiendo desde las siete.

Tengo dos padres que quieren cambiar de autoescuela y una señora que me ha preguntado si aquí aprobamos por enchufe.

Berceo lleva treinta y ocho años en la calle Vitoria y tu padre me sacó adelante este negocio cuando yo tenía veinte.

— Un suspiro que le salió de los pies —.

No te estoy echando nada en cara. Te estoy diciendo lo que hay.

Y lo que hay es que en diciembre yo tengo que renovar la matrícula de trece alumnos y necesito que esto se apague.

Y luego llamó Miriam, que es la única persona de mi familia que llama para lo que llama, y me dijo, sin preámbulo y con un ruido de cafetería detrás:

— Nerea, ¿el examinador ese es el alto?

— Miriam.

— Es que si es el alto lo he visto yo en el Laurel contigo en San Mateo, y llevo desde septiembre callándome, y me estoy muriendo.

Chemari me escribió a las nueve: «yo tengo aquí apuntado que esto lo saca el gobierno para tapar lo del radar».

Higinio me mandó un audio de cuarenta segundos que empezaba con «Nerea, hija, esto tiene un final amargo» y terminaba con «pero es de guarda».

Rebeca me puso «te llamo en cinco» y no me llamó, y todavía la quiero por eso, porque significaba que estaba llamando a otro sitio.

Fefa no me escribió.

Y esa fue la primera cosa aquella mañana que me dolió de verdad, más que los dos mil cuatrocientos comentarios y más que la voz de Loli: que Josefa Ubago, que llevaba cuatro meses narrándome la vida en voz alta y repartiéndome pipas y llamándome maja, no me escribió.

———

La resolución cautelar entró en el correo a las trece cero dos.

La leí de pie, en la cocina, con el abrigo todavía puesto porque acababa de subir de la calle, y estaba escrita en el idioma de Sabino Elizalde, que es un idioma sin sangre y por eso hace tanto daño.

Vista la información publicada. Consideradas las circunstancias concurrentes.

Al objeto de preservar la imparcialidad del procedimiento y la confianza de los administrados.

Y en medio de todo aquel algodón, una línea:

Se acuerda la suspensión cautelar del programa piloto de reeducación vial, con efectos inmediatos, quedando en suspenso las certificaciones de los once participantes hasta la resolución del expediente.

Los once.

Me quedé mirando ese número mucho rato, apoyada en la encimera, con la bufanda todavía dada dos vueltas.

Once. Fefa, que llevaba cuarenta y un años conduciendo sin un rasguño y que solo quería volver a bajar sola a la compra.

Chemari, que tiene un taxi parado en un garaje y una letra que pagar.

Yeray, que reparte en moto y sin carné no come.

Higinio, Rebeca, Braulio, que hace treinta años que baja las mismas curvas de Cameros detrás de las mismas ovejas.

Y los cinco de la última fila, a los que ni siquiera me sabía el nombre entero.

Once personas llevaban cuatro meses subiendo a un aula con un fluorescente roto y unas sillas de pala que te dejan la espalda hecha polvo, aguantándose las unas a las otras un martes sí y otro también, y acababan de perderlo todo a las trece cero dos de un jueves de octubre por una llamada de teléfono que hice yo en mayo desde esta misma cocina, a las nueve y media de la noche, apoyada exactamente en esta encimera.

Seguía teniendo el abrigo puesto. La bufanda dada dos vueltas, el móvil en la mano izquierda, la resolución abierta, la calefacción sin poner desde las cinco de la mañana y el vaho subiéndome de la boca dentro de mi propia casa.

Y en la pantalla, en mitad de todo aquel algodón administrativo, un número de dos cifras que se veía desde la puerta.