Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 24
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Capítulo 24

Llevábamos cuatro meses en aquella sala y se notaba en detalles que no se ven desde fuera: en que ya nadie preguntaba dónde se sentaba, en que la señora del bolso le guardaba el sitio al de la última fila sin que se lo hubiera pedido, en que Rebeca había dejado de contestar correos en el minuto veinte y ahora aguantaba hasta el cuarenta, y en que aquel grupo de once desconocidos obligados a quererse por resolución administrativa se saludaba en la calle Vitoria un sábado por la mañana.

Fefa llegó con el abrigo bueno y se sentó en primera fila como quien va a una boda.

— Que viene el mandamás, majas — anunció, para toda la sala, mirando a Rebeca, que no le había preguntado nada —. Y yo me he puesto el de los domingos, no por él, que a mí ese señor me da lo mismo, sino porque una tiene su dignidad y no la va a perder por un fluorescente de mierda.

— Yo tengo aquí apuntado — dijo Chemari, sin levantar la vista del cuaderno — que este fluorescente lleva parpadeando ciento diecisiete días. Y son cuatro euros el tubo. Cuatro. Es que no es dinero, es política.

— Es que no lo cambian a propósito — dijo Higinio, ajustándose el pañuelo del cuello —. Es para que confesemos. En Guantánamo hacían lo mismo, pero con música.

— ¿Tú has estado en Guantánamo, Higinio?

— Yo he estado en sitios peores, Josefa. He estado en catas de Rueda.

Braulio, que llevaba tres meses sentado en el mismo sitio de la última fila con las manos como dos aperos encima de la mesa, dijo lo primero de la mañana.

— Si se pone pesado, lo cambio yo.

Y volvió a callarse otros cuarenta minutos, porque Braulio Nalda administra las palabras igual que administra el pienso.

Sabino Elizalde entró a las diez y cuarto con una carpeta y con Puri Belloso detrás, y detrás de Puri entró Elías, y yo me quedé mirando la pizarra con un interés científico.

Llevábamos cuatro meses en aquella sala haciendo el número más difícil del mundo, que es no mirarse en un sitio donde solo hay doce personas y ninguna tiene otra cosa que hacer.

— Buenos días — dijo Sabino —. En el marco del programa piloto de reeducación vial de esta jefatura provincial, y a los efectos de la evaluación intermedia prevista en la instrucción, procederé a formular unas preguntas de carácter general a los participantes. Rogaría la máxima sinceridad.

Se hizo un silencio de misa.

— Que si nos gusta — tradujo Fefa.

— En esencia.

— Pues dígalo así, majo, que aquí tenemos todos una edad.

———

Lo que pasó en la hora siguiente lo he pensado muchas veces desde entonces, y creo que fue la última mañana buena, aunque nadie sabe esas cosas cuando las está viviendo. Sabino preguntó, y el aula contestó, y el aula contestó bien, que es lo que nadie esperaba.

Rebeca Muro cerró el portátil, cosa que no había hecho desde julio, y habló como habla ella, en objetivos.

— Mire, yo hago sesenta mil kilómetros al año y llevo doce años haciéndolos.

Cuando entré aquí venía a cumplir el trámite y a contestar correos al fondo, y se lo digo a la cara porque usted tiene mi expediente.

Y en la sesión seis, este señor — señaló a Elías con el boli — me puso encima de la mesa el tiempo real que gano yendo a ciento sesenta en lugar de a ciento veinte de Logroño a Zaragoza.

Once minutos. Once. Llevaba doce años matándome por once minutos.

Eso no me lo había puesto en números nadie, y a mí solo me convencen los números.

Ahora hago la 232 a ciento veinte y llego igual y llego viva.

Se lo mando por escrito si quiere, se lo tengo en una hoja.

— Te llamo en cinco — dijo Fefa por lo bajo, imitándola, y medio aula se descompuso.

Higinio Zaldívar esperó a que se apagara la risa con la paciencia de un hombre que lleva cuarenta y cuatro años esperando a que un vino se abra, y luego se levantó, porque Higinio Zaldívar no habla sentado, y se estiró las solapas de una chaqueta que valía más que todo el mobiliario del aula 2 junto.

— Yo, señor jefe provincial, entré aquí ofendido.

Que conste. Yo cato, no bebo, y llevo cuarenta y cuatro años catando y jamás en mi vida he tenido un accidente.

Sigo pensando que soy inocente y que la ciencia me dará la razón.

Ahora bien — y aquí levantó un dedo, teatral —, este curso tiene un final largo.

Muy largo. Yo entré por una puerta y voy a salir por otra, y eso, en un vino, es lo único que importa.

Chemari Arnedillo abrió el cuaderno por una de esas páginas que llevan una pestaña de colores pegada en el canto, y he de decir que aquel cuaderno, que en julio era una libreta de tapa blanda de las de dos euros, en octubre tenía el lomo hinchado, tres gomas cruzadas y catorce pestañas, y se había convertido en un objeto con vida propia al que el aula entera trataba con un respeto supersticioso.

— Yo tengo aquí apuntado todo. Todo. Cada sesión, cada hora, cada cosa que se ha dicho en esta sala desde el 3 de julio, porque yo esto lo empecé para denunciarles a ustedes, se lo digo de frente, que aquí no engaño a nadie.

La 232 es recaudación pura y el radar del kilómetro doce está mal puesto y lo sabe todo Logroño.

— Cerró el cuaderno de golpe —. Pero el curso está bien dado.

Y a mí me duele decirlo. Me duele físicamente.

Y entonces habló Fefa, que llevaba doce minutos callada, cosa que en Josefa Ubago constituye una proeza física comparable a subir un puerto de montaña, y habló de pie, con el bolso agarrado por el asa y girándose cada dos frases para comprobar que la tenía toda la sala.

— A ver, majo, que yo se lo cuento, que estos no se lo van a contar.

Yo tengo sesenta y tres años y llevo cuarenta y uno conduciendo, y no he tenido un rasguño, ni uno, ni el espejo me he roto, y me quitaron los puntos por el móvil, que era el manos libres, que se lo he dicho a todo el mundo en esta sala y no me cree ni Dios.

— Levantó un dedo antes de que Sabino abriera la boca —.

Y usted me manda tres meses a un aula con un fluorescente estropeado y un chico de veintidós que huele a gasolina, y yo vine el primer día con una mala leche que no me cabía en el bolso, se lo juro por mi Paco, que en paz descanse.

— Se santiguó a toda velocidad —. Y ahora me toca decir la verdad y la voy a decir aunque me joda: yo aquí me lo paso bien.

Ea. Ya está dicho. Yo aquí me lo paso mejor que en el hogar del jubilado, y en el hogar del jubilado hay bingo.

— Señora, la pregunta era sobre el programa.

— ¡Que le estoy contestando! — Fefa se giró hacia todos —. ¿A que le estoy contestando?

— Le está contestando — dijo Braulio, desde el fondo, sin levantar la cabeza.

Y Yeray Peñacoba, que llevaba desde julio hablando de tres en tres palabras y solo cuando le preguntaban dos veces, levantó la cabeza y dijo su frase de la sesión, y la sala se quedó helada:

— Yo lo perdí todo en tres meses y nadie me preguntó nunca por qué corría.

Sabino apuntó algo en su carpeta. Puri Belloso no apuntó nada, porque Puri Belloso no apunta: mira. Y a mí me miró a mí.

———

Los oí en el pasillo porque estaba en la máquina del café, que está a cuatro metros del despacho, y porque la Jefatura Provincial de Tráfico de La Rioja tiene unas puertas de mil novecientos ochenta y cuatro que no aíslan ni el frío.

— Un ochenta y siete por ciento de asistencia — decía Sabino —. Cero abandonos. Cero incidencias. Es el mejor dato de la comunidad y probablemente de la mitad norte. Madrid ha pedido la memoria.

— Correcto.

— Ibarrola, se lo voy a decir claro, que aquí no hay nadie. Usted llegó a este departamento con un expediente informativo y un vídeo en internet. Ya sabe lo que se hablaba de usted en mayo.

— Lo sé.

— Pues en enero se cierra la revisión. Y con estos números yo firmo su reincorporación a la unidad de exámenes en veinticuatro horas. Vuelve usted a lo suyo, se acabó el castigo y todos tan contentos.

Silencio. Un silencio de esos que Elías usa como coma.

— Correcto — dijo.

Y yo, delante de una máquina de café que llevaba dos minutos esperando a que le diera al botón, entendí de golpe todo lo que llevaba cuatro meses sin querer entender. No era que aquello fuese peligroso. Era la cuenta.

Enero. Enero era su vida entera: catorce años pagando por su hermano con la exactitud de un hombre que devuelve una deuda a plazos, cinco meses desterrado a un aula por culpa de una llamada que hice yo, y en enero volvía a la unidad de exámenes, al cronómetro y al cuaderno y al asiento de atrás, que era el único sitio del mundo en el que Elías Ibarrola había conseguido estar en paz desde que enterró a su hermano de diecinueve años.

Y lo único que había entre aquel hombre y enero era yo: una tía de treinta y cuatro años sentada en una silla de pala, con doce puntos a cero y la certificación de su propio curso en manos del profesor con el que se acostaba, es decir, la única cosa del planeta capaz de tumbarle la vida por segunda vez en un año.

Yo llevaba cuatro meses diciéndome que aquello era un problema mío.

Que el riesgo era mío, que el carné era mío y que el precio, si había precio, lo pagaría yo, porque en mi cabeza el precio siempre lo pago yo y eso ni se discute ni se menciona.

Y allí, delante de una máquina de bebidas calientes de la planta primera de la Jefatura Provincial de Tráfico de La Rioja, con dos monedas en la mano y la voz de Sabino Elizalde saliendo por debajo de una puerta de mil novecientos ochenta y cuatro, me hice por fin la cuenta entera y me salió lo que me tenía que salir: que había un hombre con una carrera de nueve años a cuarenta días de recuperarla, y que la bomba era yo, y que yo era la única persona de aquel edificio que podía desactivarla.

Le di al botón. Salió un café con leche y azúcar que yo no había pedido, y me lo bebí entero, de pie, sin apartarme de la máquina, porque no tenía ninguna otra cosa que hacer con las manos.

———

Salimos a las dos. Lo cogí en la escalera de siempre, la de emergencia, la que huele a tabaco de hace veinte años y en la que cabemos exactamente dos personas si una está enfadada.

— Enhorabuena — dije.

— Estabas en la máquina.

— Estaba en la máquina.

— Ya.

Elías se puso el reloj bien, el reloj ese suyo que va tres minutos adelantado a propósito porque él necesita ir por delante del mundo entero, y me miró y esperó, que es lo peor que hace, porque el resto de la gente te interrumpe y él no.

— Esto se acaba, Elías.

— No.

— No te estoy proponiendo nada. Es que lo estoy viendo escrito, Elías: tú en enero vuelves a exámenes, y si esto sale, no vuelves a nada.

Y no sale porque no salga, sale porque esto es Logroño y aquí todo el mundo conoce a la hija del Salcedo.

Fefa lleva desde julio mirándonos con una cara que no te puedes ni imaginar.

— Cogí aire —. Faltan seis semanas. Seis.

Yo apruebo el teórico, tú firmas mi certificación, cada uno se va por su lado del pasillo y en enero estás donde tienes que estar.

Y luego ya veremos. Es una maniobra sencilla: espejo, señal, maniobra. Es cederle el paso a lo que viene.

— No.

— Es que no te estoy pidiendo opinión, te estoy...

— No procede.

Dos palabras. Dos putas palabras de funcionario, dichas sin adjetivos, sin subir la voz, con la mano todavía en el reloj, y me desarmaron entera igual que se desarma a un alumno diciéndole que meta el freno antes del cambio de marcha: sin discutir, porque no hay discusión.

— ¿Cómo que no procede?

— Llevo nueve años levantando actas y sé lo que es una alegación bien fundada — dijo Elías —. La tuya no lo es. Tú no quieres dejarlo. Tú quieres pagarlo tú. Y eso, en esta sala, ya lo hemos visto en mayo.

Y se fue escalera abajo, con la camisa por dentro, dejándome allí de pie en un rellano que olía a los cigarros de gente que ya se ha jubilado.

———

Me quedé en aquel rellano hasta que se me pasó lo de la garganta, que fueron cinco minutos, y luego bajé las escaleras contando los peldaños, que es lo que hago desde los quince años cuando no quiero pensar, y salí al vestíbulo de la planta baja entre gente con carpetas y números de turno en la mano.

La puerta de la Jefatura da a una acera con dos plátanos pelados y una parada de autobús, y a las dos y cuarto de un martes de finales de octubre allí no hay nadie salvo funcionarios saliendo a comer con las llaves ya en la mano.

Empujé la puerta de cristal, me colgué el bolso y la vi apoyada en el segundo árbol: cuarenta años, gabardina, el pelo recogido de cualquier manera con un boli atravesado, y esa cara de buena persona que tienen las periodistas de provincias cuando llevan un rato esperándote en la calle y no vienen a nada bueno.

— Nerea — dijo Ione Vergara —. Cuánto tiempo.

Llevaba la grabadora en la mano, encendida, con la lucecita roja parpadeando exactamente al mismo ritmo que el fluorescente del aula 2.

— Tengo que hablar contigo — dijo —. Es por la segunda parte.