Capítulo 23
El domingo amaneció con esa lluvia de octubre que en La Rioja no cae, se queda: fina, colgada del cierzo, sin ganas, mojando el patio de luces de la calle Chile con un ruido de gotera educada que llevaba desde el viernes sin cambiar de opinión.
Me desperté a las ocho y diez con la lista ya hecha en la cabeza, porque la lista se hace sola y lleva haciéndose sola desde que yo tenía quince años: pasar por Varea a mediodía, mirar lo de la revisión del coche de mi madre, llamar a Miriam a ver si esta vez había dicho la verdad sobre lo de la mudanza.
Y luego me acordé de que no tenía coche, ni carné, ni horas en Berceo, y de que había un hombre de metro ochenta y cuatro ocupando el lado izquierdo de mi cama con la simetría de un paquete bien colocado en un maletero.
Elías tenía los ojos abiertos y las manos por encima del edredón.
— Llevas despierto un rato.
— Cincuenta y tres minutos.
— ¿Y qué has hecho durante cincuenta y tres minutos?
— Nada.
— ¿Nada nada?
— He mirado el techo — dijo, sin girar la cabeza —.
Tienes una grieta que sale de la lámpara y muere en la esquina, y no es estructural, es de asiento: los bloques de esta zona son de finales de los sesenta, se levantaron muy rápido y llevan cincuenta años acomodándose, así que el yeso se abre por donde puede y no significa nada. Puedes pintarla.
— Podría pintarla, sí. Con el carné que no tengo y el sueldo que no cobro.
Se quedó callado tres segundos exactos, que era todo lo que aquel hombre sabía conceder a un chiste.
Yo aparté el edredón para levantarme, porque a las ocho y diez de un domingo yo me levanto igual que a las seis y media de un martes, y porque llevaba desde el viernes sin poner una lavadora y esas cosas me pesan en el pecho antes que en las manos. Me dio tiempo a sacar un pie.
— Quieta.
— Voy a hacer café.
— Ya voy yo.
— Tú no sabes dónde está nada.
— Correcto — dijo Elías, sentándose en el borde de la cama y buscando los pantalones con la sensatez de un hombre que no ha improvisado nunca —. Lo voy a averiguar.
Lo que vino después fue una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida, y no exagero: me quedé quieta, en mi propia cama, escuchando a alguien abrir todos los cajones de mi cocina uno detrás de otro con una paciencia de perito.
Se me hincharon las manos de no hacer nada.
Oí la cafetera, oí un armario que se resiste desde 2019, oí un silencio de veinte segundos que solo podía significar que estaba mirando la balda de las especias y calculando por qué el pimentón está delante del comino, y no me levanté, y no grité «el filtro está en el segundo».
Volvió con dos tazas. Una era mía y la otra era mía también, porque allí todo era mío, y esa era exactamente la diferencia entre mi casa y la suya.
— El café está flojo — dije, después del primer trago.
— Está a la proporción que pone en el paquete.
— El paquete miente. El paquete lo escribe alguien que quiere venderte más paquetes.
— Eso es una teoría de Chemari.
— Eso es una teoría correcta.
Elías dejó su taza en la mesilla, y la dejó en el centro, y la giró un poco para que el asa quedara paralela al borde de la madera, y luego se dio cuenta de que yo lo estaba mirando y no la tocó más.
Aquella era la primera vez que se quedaba un fin de semana entero.
En dos meses habíamos hecho de todo menos amanecer dos veces seguidas: nos veíamos los martes tarde y los jueves y algún viernes que otro, siempre con el reloj puesto, siempre con una hora a la que uno de los dos tenía que bajar la escalera con el abrigo en el brazo y salir a una calle del Casco Antiguo mirando a los dos lados igual que se sale de un vado.
El viernes por la noche llegó, dejó una bolsa de deporte en el recibidor y no volvió a mencionarla, que en aquel hombre era la manera más ruidosa que existe de pedir permiso para quedarse.
———
Comimos a las tres, tarde, con la persiana a media altura y la lluvia haciendo lo suyo contra el cristal.
Él había bajado a por pan al bar de abajo, que abre los domingos porque el mundo se hundiría si no, y había vuelto con una barra y con la información completa de que la señora del segundo tiene un perro que no lleva chip, dato que había obtenido sin querer y que le pesaba en la conciencia como una piedra.
— Es que no puedes bajar a por pan y volver con una infracción — le dije —. La gente baja a por pan y vuelve con pan.
— No la voy a denunciar.
— Ya lo sé.
— Es que ni siquiera es mi competencia. Los animales de compañía dependen de...
— Elías.
— Ya.
Se calló y masticó, y yo me reí, y me tapé la boca con la mano por costumbre de veinte años, y él me miró hasta que la bajé sola. Ya no me la apartaba. Había descubierto que era más eficaz mirarme, el muy cabrón.
Hablamos de diciembre sin hablar de diciembre.
Es un idioma que aprendimos en septiembre y que a esas alturas dominábamos los dos: se dicen las fechas y no se dice lo que pasa entre las fechas.
El teórico caía el quince. El curso terminaba el once.
La certificación la firmaba la Jefatura antes de Navidad y luego había que esperar el carné por correo, dos semanas, tres si Correos tenía un mal mes.
— Cuando apruebes el teórico — empezó Elías, y paró.
— ¿Cuando apruebe el teórico qué?
— Nada.
— No, no, tú has empezado una frase. Las frases se terminan. Es como los adelantamientos.
— Cuando apruebes el teórico ya no serás alumna mía — dijo, mirando el pan.
Y ahí estaba, encima de la mesa, el plan a medias, el mapa sin nombres, la carretera que no podíamos señalizar todavía porque señalizarla era admitir que existía.
Yo tenía cuatro frases preparadas y no dije ninguna.
Di dos golpecitos con el índice en el mantel, que es lo que hago cuando me estoy callando algo, y me callé algo.
— Un día de estos te llevo a Monte Cantabria — dije al final —. Se ve Logroño entero desde arriba. El Ebro, el Puente de Piedra, las cuatro torres y el polígono, que es feo pero es nuestro. Llevas catorce meses aquí y no has visto tu propia ciudad desde fuera.
— No tienes coche.
— Me llevas tú.
Elías dejó de masticar. Fue medio segundo, y si no llevara doce años mirando pies en pedales y manos en volantes no lo habría pillado, pero lo pillé: aquel hombre acababa de oír que yo me montaba de copiloto por voluntad propia y no supo qué hacer con la información.
— ¿Tú de copiloto? — dijo.
— Yo de copiloto.
— Eso lo tengo que ver.
Recogió su plato y el mío, y los dos vasos, y los llevó al fregadero, y a mí me hizo falta agarrarme al asiento de la silla para no ir detrás a recolocarlo todo. Volvió con el cuaderno de las sesiones, que lo lleva a todas partes igual que otros llevan el móvil, y lo abrió por el martes.
— El módulo de percepción del riesgo. El de las diapositivas.
— El malo.
— El malo — concedió Elías —. Lo he dado cuatro veces y las cuatro se me ha dormido la sala en el minuto veinte. Y el contenido es correcto: los datos son buenos, el orden es el que manda el manual y no sobra ni una lámina.
— Ese es el problema.
— Explícamelo otra vez.
Y ahí estaba, un domingo de octubre, con el pan a medio comer y la lluvia detrás: un examinador de tráfico con nueve años de servicio y una nariz rota pidiéndole a una tía sin carné que le explicara cómo se da una clase.
Le expliqué que el riesgo no se enseña con una estadística, sino con un nombre y una hora; que si dices «el veintitrés por ciento de los accidentes» no se despierta nadie, y que si dices «un martes, a las siete y veinte, en la salida de Lardero» se te calla el aula entera, porque todo el mundo ha estado un martes a las siete y veinte en la salida de Lardero.
Elías lo apuntó. Apuntó, con su letra de acta, la frase de una tía que estaba en pijama a las cuatro de la tarde, y luego cerró el cuaderno y no dijo gracias, porque nunca lo dice, y eso a esas alturas ya me parecía una forma de decirlo.
———
No sé quién empezó, y eso también era nuevo, porque hasta entonces siempre habíamos empezado con una decisión: en el Casco Antiguo fue subir la escalera, y en la noche de Pamplona fue quitarle a él una chaqueta que olía a cementerio y a colonia de supermercado.
Aquella tarde no hubo decisión. Hubo una mesa a medio recoger que no recogí, un plato con dos cortezas de pan que no llevé al fregadero, y yo dejándome llevar de la cocina al pasillo por la muñeca, hacia atrás, de espaldas, sin conducir por primera vez en mi vida.
— El plato — dije.
— El plato lleva ahí once minutos y no le pasa nada.
— Es que si no lo...
— Nerea.
Me besó en la mandíbula, debajo de la oreja, despacio, y todavía tuve tiempo de pensar en la lavadora antes de dejar de pensar en la lavadora.
La cama estaba deshecha desde por la mañana, y eso era otra herejía doméstica que se me pasó sin dolor.
Me quitó el jersey con las dos manos, sin prisa, y lo dobló, porque el muy imbécil dobla la ropa incluso en esa situación, y me dio la risa contra su hombro, una risa de las de verdad, de las que hacen ruido.
— ¿Lo estás doblando?
— Sí.
— ¿Ahora?
— ¿Cuándo, si no?
Me tumbó y se quedó ahí, encima, mirándome con esos ojos oscuros que en la Jefatura no significan nada y en aquella habitación significaban demasiado, y me apartó el pelo de la cara con el pulgar y me quitó la pinza de carey, que fue a parar a la mesilla, y esa fue la única cosa que colocó bien en toda la tarde.
Lo que pasó después fue lento. Lo digo así porque así fue: lento, con la lluvia detrás, con la luz gris de la persiana a media altura pintándonos las costillas de rayas, con Elías bajando por mi cuerpo con la misma minuciosidad con la que revisaba una hoja de ruta y con esa cabeza suya incapaz de dejar de contar.
Me abrió las piernas con las manos, no con prisa, y me miró desde abajo un segundo, pidiendo permiso sin pedirlo, y yo le puse la mano en la nuca y le dije que sí sin decir nada, y él lo entendió, porque en eso siempre nos entendimos.
Y luego perdió el compás. Con la boca contra mí lo perdió entero, y respiraba mal, y en algún momento gimió él antes que yo, y ese ruido, ese ruido de hombre serio deshaciéndose sin público, se me quedó pegado. Me corrí con las dos manos en el cabecero y sin ninguna idea de qué hora era.
— Cuarenta y tres segundos — dijo, subiendo, con la voz destrozada.
— ¿Perdona?
— Desde que has dejado de hablar hasta que has dicho mi nombre. Cuarenta y tres.
— Te odio con toda mi alma.
— Correcto.
Se rio. Se rio de verdad, con la boca contra mi cuello, y aquello era una cosa que en cuatro meses de aula no había visto ni una sola vez, y yo lo agarré de las orejas y lo besé para que no se le pasara.
— Ven aquí — le dije, tirándole de la camiseta, y él subió, y se quedó a medio camino porque le dio por besarme la cadera, y la tripa, y una costilla, y aquel hombre que mide los cafés en gramos se puso a besarme el cuerpo entero sin ningún orden y sin ninguna prisa, saltándose su propio manual por primera vez desde que yo lo conocía.
— Estás desordenado.
— Sí.
— Te has saltado un tramo.
— Vuelvo luego.
Y volvió luego. Vaya si volvió.
Entró despacio. Fue distinto a las otras dos veces, y no por lo que hacíamos sino por lo que no hacíamos: no había prisa de portal, ni miedo de aparcamiento, ni ese apuro de estar robando algo.
Nos movíamos como quien tiene toda la tarde porque teníamos toda la tarde, y la lluvia seguía cayendo contra el cristal con esa constancia de octubre que ya no molestaba a nadie, y yo tenía las rodillas subidas y una mano suya sujetándome el muslo con una firmeza de las que dejan marca al día siguiente.
Me sujetó la cara con la otra, y luego la bajó y buscó la mía y me entrelazó los dedos contra el colchón, y yo me quedé mirando aquella nariz rota que le dejó su hermano a los doce años, lo único torcido de un hombre entero, y me pasó por dentro algo que no sabría escribir en un impreso.
Y le dije que fuera más despacio, y fue más despacio; y le dije que no, que así no, que más; y me hizo caso, y me miró mientras me hacía caso, con esos ojos oscuros de no decir nunca nada, y esa fue la primera vez en toda mi vida adulta en que le pedí algo a alguien en voz alta sin ofrecerle nada a cambio.
Se me tuvo que caer un lagrimal por el camino, porque me lo secó con el pulgar sin comentarlo, y siguió, y no me preguntó si estaba bien, y se lo agradecí más que si me lo hubiera preguntado.
— Mírame — dijo.
Y lo miré. Y no me levanté a arreglar nada.
Ni entonces ni después, ni cuando terminamos y él se quedó con el brazo cruzado sobre mi tripa y la respiración lenta, ni cuando la lluvia arreció a las siete, ni cuando se hizo de noche y ninguno de los dos encendió la luz ni dijo nada de cenar.
Treinta y cuatro años arreglando cosas y aquella tarde no arreglé ninguna, y no se murió nadie, y no se cayó el edificio, y la grieta del techo siguió sin ser estructural.
———
El móvil se iluminó a las once y cuarto.
Estaba boca abajo en la mesilla, al lado de la pinza, y la pantalla encendida por debajo le sacó un halo blanco a la madera y un rectángulo de luz al techo, justo al lado de la grieta que no era estructural.
Se apagó. Se volvió a encender a los veinte segundos.
Y otra vez, y otra, con esa insistencia de las cosas que no van a irse solas.
Elías no se movió. Yo tampoco.
Y así estuvimos, los dos despiertos, en silencio, viendo aquel rectángulo blanco aparecer y desaparecer en el techo de mi habitación de la calle Chile hasta que dejamos de contarlo.