Capítulo 22
El penúltimo martes de octubre bajamos al aparcamiento de la Jefatura a las siete y cuarto, con nueve grados y el cierzo entrando por el hueco de la rampa igual que entra el agua por un desagüe; y allí, en la esquina de las plazas sin reservar, estaban aparcados en fila los coches de once sancionados, que es la fotografía más honesta que se ha hecho nunca de esta provincia.
El de Fefa Ubago tenía veintidós años, un lazo rojo atado a la antena y una pegatina de un balneario de Navarra medio despegada.
El taxi de Chemari estaba impecable por fuera y por dentro parecía una oficina de investigación: carpetas en el asiento del copiloto, un cargador partido con cinta aislante y tres cuadernos, tres, con una goma cada uno.
El de Higinio era pequeño, oscuro, limpio como un salón de los buenos, y en el asiento de atrás llevaba una caja de madera vacía y una manta doblada en tres.
La furgoneta de Braulio tenía paja en el suelo, dos cuerdas, un bidón y un olor que se notaba a cuatro metros y que no se le puede reprochar a nadie.
Rebeca no tenía coche allí porque su coche estaba en Zaragoza con ella hasta las siete menos diez, así que había venido en un taxi que no era el de Chemari, cosa que Chemari apuntó.
Y Yeray tenía una moto de ciento veinticinco con el paragolpes atado con una brida y una caja térmica vacía detrás.
— Revisión previa al viaje — dijo Elías —. Es el módulo más útil de los cinco y es el que menos gente hace en toda España. Niveles, presión, luces, triángulos y chaleco. Diez minutos al mes. Empezamos por el de Josefa.
— ¿Por el mío? — dijo Fefa —. Ay, madre. Que llevo el maletero lleno de cosas de mi hermana.
Llevaba el maletero lleno de cosas de su hermana.
Había una tabla de planchar. Una tabla de planchar entera, en el maletero, atravesada, y una bolsa de ropa, un cubo y una lámpara sin pantalla.
Elías Ibarrola se quedó mirando aquel maletero con una serenidad que a mí, desde tres metros, me pareció sencillamente heroica.
— ¿Y esto va suelto?
— Va bien puesto.
— Josefa, a sesenta kilómetros por hora eso te entra por el respaldo.
— Majo, que es una tabla de planchar.
— Es una tabla de planchar de cinco kilos que a sesenta pesa doscientos. Si frenas fuerte en Villamediana, esto llega a la luna delantera antes que tú.
Silencio. Fefa se quedó mirando su propio maletero de otra manera, con las manos en las caderas, y por primera vez en cuatro meses no contestó. Y eso también es enseñar, y aquel hombre lo hizo en once segundos y con una tabla de planchar.
Siguieron los demás, y aquello fue una radiografía de La Rioja entera hecha con una linterna y un manómetro.
El taxi de Chemari tenía las presiones exactas, los niveles exactos y la revisión al día, porque un taxista se juega el pan, y Chemari aprovechó para explicarnos que él le mira la presión todas las semanas y que la máquina de la gasolinera de la avenida de Burgos marca dos décimas de más y que eso también es a propósito.
Higinio tenía el chaleco todavía en la bolsa de plástico, sin abrir, con la etiqueta puesta, del año que se lo dieron.
La furgoneta de Braulio no tenía triángulos, y cuando Elías se lo dijo, Braulio contestó que él no los necesitaba porque donde él se para no pasa nadie, y Elías le contestó que precisamente por eso, y fue la primera vez que le vi a Braulio Nalda pensarse algo delante de nosotros.
Y a Yeray se le habían fundido las dos luces de posición de detrás, las dos, en una moto con la que hace ciento veinte kilómetros al día por Logroño, y aquel chaval las miró desde arriba con las manos en los bolsillos y dijo, con el mismo tono de siempre: "ya".
———
El coche de la Jefatura estaba en el taller, y esa frase, dicha por un funcionario en un aparcamiento un martes de octubre a las ocho menos cuarto, es la frase que estuvo a punto de tirarnos la vida abajo a trece personas.
Lo dijo Elías sin darle la menor importancia, mirando el reloj, cuando llegó el momento de enseñar dónde va el chaleco y dónde van los triángulos y de hacerlo con un coche que no fuera de nadie del grupo, porque enseñar eso con el coche de un alumno delante de los otros diez es humillarlo, y eso lo había aprendido en septiembre.
— Usamos el mío — dijo.
Y a mí se me paró todo.
Porque el coche de Elías Ibarrola, un gris oscuro sin ningún distintivo, era el coche en el que yo había estado el jueves anterior a las once de la noche en el mirador de Monte Cantabria, que es adonde sube la gente de esta ciudad a mirar Logroño desde arriba y a hacer exactamente lo que hicimos nosotros; y aquella noche yo me quité la pinza del pelo con una mano, sin mirar, y la dejé en cualquier sitio, y no me volví a acordar de ella hasta ese momento exacto, con nueve grados, en un aparcamiento, delante de once personas.
— ¿Y el chaleco dónde lo llevas tú? — dijo Fefa.
— En el habitáculo. En el maletero no sirve de nada: si tienes que salir del coche en la autovía, lo necesitas puesto antes de abrir el maletero.
— Anda. Pues yo lo llevo en el maletero.
— Todo el mundo lo lleva en el maletero.
— ¿Y tú dónde lo llevas, majo? ¿A ver?
Y Fefa Ubago, que tiene sesenta y tres años y que en su vida ha pedido permiso para nada, abrió la puerta del copiloto, se sentó en el asiento del copiloto del coche de Elías Ibarrola y abrió la guantera.
Yo estaba a cuatro metros. No me moví. No podía moverme, y encima tenía que no moverme de una manera que no llamara la atención, que es la cosa más difícil que existe.
— Aquí no hay nada — dijo Fefa desde dentro, decepcionadísima —. Aquí no hay nada de nada. Un chaleco, unos papeles y una linterna. Oye, majo, ¿tú vives en este coche o qué? Si esto está más limpio que la casa de mi cuñada, y mira que...
Y se paró.
Y sacó la mano del hueco del salpicadero, ese de debajo de la radio donde la gente pone las monedas, los tiques del parking y los caramelos, y en la mano llevaba una pinza de carey.
Marrón, moteada, de las grandes, de las de sujetar media melena de un tirón, con un diente partido en el lado izquierdo desde el año pasado y con el muelle un poco vencido, y con doce años encima, porque yo llevo pinza desde los veintidós y no me he puesto un coletero en mi vida y eso lo sabe todo el mundo que me conoce, incluida una señora de sesenta y tres años que le compraba el pan a mi madre cuando yo tenía nueve.
— Ay, qué bonita — dijo Fefa.
Y se giró.
Y me miró a mí.
Hay silencios y silencios. En el aula 2, cuando se para el fluorescente, hay un silencio de esos que se oyen.
En el cementerio de Pamplona hay un silencio con pájaros.
Y en el aparcamiento de la Jefatura Provincial de Tráfico de La Rioja, a las ocho menos veinte de un martes de octubre, con nueve grados y once personas alrededor de un coche gris con la puerta del copiloto abierta, se hizo un silencio que yo no sabía que existía; y duró tres segundos, y en aquellos tres segundos me dio tiempo a ver perfectamente ordenadas, una detrás de otra, todas las cosas que se iban a caer: Fefa sin ir a Villamediana, Chemari sin comer, Yeray sin la moto, Higinio sin salir de casa, Braulio sin subir a los animales, mi carné en diciembre del año que viene o del otro, y un hombre de treinta y ocho años en la calle con una carpeta de anillas rotulada a mano.
Higinio Zaldívar levantó la barbilla y olió el aire. En serio. Olió, con los ojos entornados, dos veces, corto y luego largo, que es como huele un hombre que ha catado en Burdeos.
— Aquí hay algo — dijo —. Aquí hay algo que no estaba en la carta.
— Yo tengo aquí apuntado — Chemari ya estaba escribiendo, con el cuaderno apoyado en el techo del taxi — que el vehículo del profesor es gris. Martes veintiuno. Ocho menos veinte.
— Chemari, ¿tú qué apuntas? — dijo Fefa, sin dejar de mirarme.
— Todo.
— Pero si esa pinza es la de la...
— Es mía.
Lo dijo Puri Belloso.
Puri Belloso, que llevaba veinte minutos en la esquina del aparcamiento con su carpeta y su abrigo largo, sin decir una palabra, mirándolo todo con esa cara suya de estar viendo un documental que ya ha visto tres veces y del que se sabe el final.
Se acercó al coche, alargó la mano por la ventanilla abierta y Fefa, por puro reflejo, se la dio.
— Es mía — repitió Puri, con esa voz de yoga, sin subir ni bajar ni un tono —. El martes pasado vine con Elías desde la avenida de la Paz. Se me habrá caído.
Y no explicó nada más. Ni una palabra más.
Ni una justificación, ni un chiste, ni una risa nerviosa, ni un detalle de más, nada de todo lo que hace la gente cuando miente.
Se la metió en el bolsillo del abrigo y se quedó allí de pie, imperturbable, con la carpeta debajo del otro brazo, mirando a Fefa Ubago a los ojos con la tranquilidad de una mujer que ha pasado veinte años en salas donde la gente cuenta cosas peores.
Fefa la miró. Miró el bolsillo del abrigo. Volvió a mirarme a mí.
— Pues es igualita que la de la...
Y ahí, desde el otro lado del coche, con las manos en los bolsillos y sin girar la cabeza, Braulio Nalda dijo:
— Todas las pinzas son iguales.
Cuatro palabras, dichas por un hombre que en cuatro meses no había dicho más de doce seguidas, y dichas en el tono con el que se dice que va a llover.
Y funcionó, que es lo increíble. Funcionó porque en esta tierra, cuando habla el que nunca habla, se le hace caso; y porque una cosa que dice Braulio Nalda sin mirarte tiene más peso que un informe, y eso lo sabe todo el mundo desde Cameros hasta el Ebro sin que nadie lo haya escrito nunca en ningún sitio.
Fefa abrió la boca. Y la cerró. Y se bajó del coche refunfuñando algo sobre que en esta ciudad ya no se puede decir nada y sobre que a ella el pelo se lo sujeta con lo que pilla; y a partir de ahí el módulo siguió, y Elías enseñó dónde van los triángulos y a cuántos metros, y Chemari le discutió la distancia reglamentaria de colocación de los triángulos con un dato falso que se había inventado en el momento, y Higinio dijo que en su época los triángulos eran de otra manera, y Yeray no dijo nada, y a las nueve menos cuarto estábamos todos subiendo la rampa hacia la calle Vitoria con el cierzo dándonos en la cara.
Y yo, con las llaves de mi casa apretadas en el puño dentro del bolsillo del abrigo, caí en una cosa: que Braulio Nalda, que habla tres veces por sesión y ni una más, se había gastado una de las tres en aquello.
———
Puri me esperó en la salida del aparcamiento, al lado de la barrera, de pie, sin disimular que me esperaba, que es una cosa que solo hace la gente que no tiene miedo a ninguna conversación.
Fefa ya iba calle Vitoria arriba del brazo de Higinio, contándole a gritos lo de la tabla de planchar y lo que le iba a decir a su hermana.
Chemari cerraba el taxi con dos vueltas.
Yeray se había ido con la moto por la acera, cosa que Elías vio y decidió no ver.
Y Elías se había metido en el edificio con la carpeta del módulo debajo del brazo, sin mirar atrás, porque aquel hombre no ha mirado atrás en su vida.
— Toma — dijo Puri.
Y me puso la pinza en la mano, sin ceremonia, sin peso, sin bajar la voz y sin mirar a los lados, exactamente igual que se le devuelve a alguien un bolígrafo prestado en la cola de un mostrador; y ese fue el único momento de los cuatro meses en que aquella mujer me dio miedo de verdad.
— Puri, yo...
— No.
— Es que no es lo que...
— Nerea. — Y levantó una mano, muy despacio; y aquella mujer, que lleva cuatro meses reformulando en terapéutico absolutamente todo lo que decimos en esa sala, no reformuló nada —. No me lo cuentes. Si no me lo cuentas, no lo sé. Y si no lo sé, no tengo que hacer nada con ello. ¿Lo entiendes?
Me quedé con la pinza en la mano y con el cierzo entrando por la rampa y levantándome el pelo, que llevaba suelto desde el jueves anterior porque no tenía con qué recogérmelo, y que en aquel momento se me metió entero en la boca, y me pareció justo.
— Lo entiendo.
Y lo entendía perfectamente, y por eso me temblaban las manos dentro de los bolsillos.
Aquella mujer no me estaba haciendo un favor, ni tapando nada, ni poniéndose de mi parte: aquella mujer acababa de calcular, en cuatro segundos y delante de once personas, que un aparcamiento no es el sitio donde se destroza la vida de doce, y se había buscado la única salida que le dejaba a ella las manos limpias por si algún día tenía que abrirlas.
— Bien.
Se colocó la carpeta debajo del brazo, se puso el bolso al hombro y echó a andar.
Y a los dos pasos se dio la vuelta, y lo dijo con la misma voz con la que dice todo lo demás, la de documental, la de las siete de la tarde, la que no se altera ni cuando Chemari le explica que la Dirección General está detrás de todo:
— Una cosa, y ya no te digo más. Cuando esto salga, y va a salir, él ya tiene decidido lo que va a decir. Lo decidió mucho antes que tú. Descansa.
Y se fue calle Vitoria abajo con el abrigo largo, sin correr, sin volver a girarse; y yo me quedé sola en la barrera del aparcamiento de la Jefatura con una pinza de carey en la mano y con el diente partido del lado izquierdo clavándoseme en la palma.