Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 21
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Capítulo 21

— Nueve mil.

— Miriam.

— Nueve mil y ya está, Nerea. Nueve mil. Y no te estoy pidiendo nueve mil, ¿eh? Que quede claro. Te estoy pidiendo que firmes.

Mi hermana llevaba veinte minutos en mi sofá con las piernas cruzadas debajo del culo, y había subido los tres pisos de la calle Chile con una bandeja de fardelejos de Arnedo, que es la versión cara de la bolsa de melocotón y que por lo tanto me había avisado ya desde el rellano de que aquello venía gordo.

El plan era un traspaso. Un bar de la calle San Juan, uno pequeño, de esos de doce metros cuadrados y una barra y tres taburetes, que lo dejaba el dueño porque se jubilaba después de cuarenta años; y ella y un colega lo iban a coger, y el colega ponía la mitad, y ella tenía que poner la otra, y para poner la otra necesitaba un préstamo, y para el préstamo le pedían un avalista con nómina.

— Con nómina — dije.

— Sí.

— Miriam, que yo llevo cuatro meses sin nómina.

— Bueno, pero tú tienes el contrato. Tú estás de excedencia o lo que sea. Eso vale.

— Eso no es una excedencia. Eso es que no puedo conducir.

— Ya, pero en el papel...

— En el papel pone lo mismo, que no cobro.

Miriam se descruzó las piernas y se echó hacia delante, y le brillaba la cara, y esa cara yo la conozco desde que ella tenía cuatro años y quería un perro: es la cara de una persona que ya se lo ha imaginado todo entero.

La barra. El cartel. Los pinchos. El nombre del bar, que ya lo tenía.

El día de la inauguración con la familia, con papá sentado en una silla en la puerta y mamá diciendo que no se lleva nada y llevándose todo.

Y que no ha imaginado ni un solo segundo, ni uno, el mes de febrero.

— Es que es una oportunidad, tía.

— Ya.

— Es que es la primera vez en mi vida que se me pone algo delante.

— Ya.

— Y tú siempre dices que espabile.

Mi hermana no es mala. Eso hay que decirlo y hay que decirlo así, sin adornos, porque en esta familia llevamos veinte años dejando la frase a medias.

Miriam Salcedo no ha hecho daño a nadie en su vida, no le ha levantado la voz a mi madre, sube a Varea todos los domingos y le corta las uñas de los pies a mi padre desde hace cuatro años, que es una cosa que yo no he sido capaz de hacer ni una vez.

Lo que pasa con mi hermana es que nunca ha tenido que ser otra cosa.

A los dieciséis se le rompió el ordenador y apareció otro.

A los veintidós dejó una carrera y no pasó nada.

A los veintiséis se metió en un piso de Vara de Rey que no podía pagar y tampoco pasó nada, y no pasó nada porque yo estaba ahí, el día uno de cada mes, haciendo una transferencia de cuatrocientos veinte euros con un concepto de una sola letra para que no quedara constancia en ningún sitio de que su hermana mayor le pagaba la vida.

Di dos golpecitos con el índice en el brazo del sofá. Uno, dos.

Porque lo que yo tenía en la boca era esto: que llevo tres años pagándote el alquiler, Miriam.

Treinta y seis meses. Cuatrocientos veinte al mes, ni uno más ni uno menos, que suman quince mil ciento veinte euros que no están en ningún sitio de mi vida, ni en un viaje, ni en un coche, ni en la entrada de un piso, ni en un mes de agosto en la playa como todo el mundo; y tú no lo sabes porque cada vez que lo hemos hablado te he dicho que se lo había pedido a papá.

— Déjame pensarlo — dije.

Y mi hermana me abrazó, me llamó tía, me dijo que era la mejor y se fue a las once con la vida por delante.

———

El sábado subí a Varea a comer, en el autobús, que es una cosa que llevaba doce años sin hacer y que tiene su gracia: veintitrés minutos mirando por la ventanilla la ciudad que me sé de memoria desde el otro lado.

Mi madre cocina para nueve. Siempre. Somos cuatro y cocina para nueve, y luego pone los tuppers en fila en la encimera y te los va cargando en las bolsas mientras te dice que no te lleves nada.

Aquel sábado había pochas con codorniz, y mi padre comió despacio, que le lleva su tiempo y ya no nos miramos mientras lo hace, y no habló hasta el café, y entonces dijo dos frases sobre el cierzo y una sobre un vecino y se acabó.

Fue en la cocina, fregando, cuando mi madre empezó.

Mi madre no pide. En sesenta y tres años, Sagrario Ojeda no le ha pedido nada a nadie, ni a mi padre, ni a sus hermanas, ni a la conservera en la que estuvo treinta años haciendo turnos de noche. Lo que hace mi madre es contarte lo que hizo otra persona.

— ¿Tú te acuerdas de la del quinto? Bueno, pues la hija le ha puesto el piso a nombre de la madre.

Todo. Y le paga la comunidad y la calefacción y todo.

Y ella tan contenta, oye. — Aclaró un plato y lo dejó en el escurridor —.

Dice que nunca se lo pidió. Que la hija lo hizo y ya está. Que un día llegó con los papeles.

— Ajá.

— Y luego está lo de tu hermana, que mira que le hemos dicho...

— Mamá.

— Que no digo nada.

— Mamá, llevo tres años pagándole el alquiler a Miriam.

El agua seguía corriendo. Mi madre no se giró.

— ¿Qué?

— Tres años. Todos los meses. Desde que la echaron del piso que compartía con una amiga y se metió ella sola en uno de Vara de Rey. Le dije que se lo pedía a papá y no se lo pedí a papá. Se lo pago yo.

Mi madre cerró el grifo. Y en la cocina de Varea, que tiene los mismos azulejos verdes desde el ochenta y siete y una ventana que da al patio de los tendederos, se hizo un silencio que duró seis o siete segundos y que fue el silencio más caro de toda mi vida.

Y luego mi madre cogió el plato siguiente, abrió el grifo otra vez y dijo:

— Pues la del quinto está encantada, hija.

Nada más. Eso fue todo. Ochenta segundos después me estaba metiendo un tupper de pochas en una bolsa y diciéndome que no me llevara nada, y hablando de la boda de una prima, y preguntándome si el compañero aquel que me trajo a Pamplona era de Logroño o de fuera.

Y en la puerta, con el abrigo ya puesto, me cogió del brazo y me lo dijo bajito, mirando hacia el pasillo, hacia el salón donde estaba mi padre:

— A tu padre no se lo digas.

Y yo le dije que no, que descuida, y bajé las escaleras de Varea pensando que mi padre lleva tres años sabiéndolo.

Que lo sabe. Que se pasó treinta y cinco años mirando lo que hace la gente cuando cree que no la mira nadie, y que sabe lo que gano, y lo que cobra Miriam, y lo que cuesta un piso en Vara de Rey.

Y que hay una cosa que no le he perdonado todavía, y es que no me lo haya dicho.

———

Llamé a Elías desde el autobús de vuelta, y no sé por qué lo hice, porque yo no llamo a nadie: yo soy a la que llaman.

Se me ocurrió a la mitad de la avenida de Burgos, con la bolsa de tuppers entre los pies y la frente pegada al cristal y la ciudad pasando al revés, y le llamé, y le dije tres frases, y no le pedí nada porque no sé pedir, y a las nueve y veinte estaba en mi portal.

Y ahí pasó una cosa que no me había pasado nunca en treinta y cuatro años, y que me costó una semana entera entender, y que cuando la entendí me dio una vergüenza que no le he contado a nadie.

No me arregló nada.

No me dijo lo que tenía que hacer, que es lo que hace todo el mundo en este país en cuanto le cuentas algo.

No me hizo un plan. No me sacó una calculadora, ni me explicó el régimen jurídico del aval, ni me dijo que mi hermana era una irresponsable, cosa que le habría costado ocho segundos y con la que además tenía toda la razón del mundo.

Subió con una bolsa de un bar de la calle San Juan, la puso encima de la mesa, sacó dos raciones de patatas a la riojana con su chorizo y su pimentón, cogió dos platos de mi armario, que tiene doce, y me puso uno delante.

— Come.

— Es que no...

— Come.

Me senté en mi sofá y comí patatas a la riojana con las piernas cruzadas debajo del culo, igual que se sienta mi hermana, con el plato en la rodilla; y Elías Ibarrola se sentó en el suelo con la espalda contra el sofá y el plato en la suya, y comimos los dos sin hablar durante veinte minutos con el tendedero plegado ahí al lado y la tele apagada.

Y no me levanté.

Hay que entender lo que significa eso en una casa como la mía.

Mi madre estuvo treinta años en una conservera de la ribera haciendo turnos de noche y no la he visto sentada a la mesa una comida entera, ni una, ni en Navidad: se levanta a por el pan, a por la sal, a por el mando, a por lo que sea, y si no hay nada que traer se levanta a mirar si hay algo que traer.

Y yo hago lo mismo desde los quince años, y lo hago en mi casa, y en casa de mis padres, y en Berceo, y lo hacía en casa de Kike, que se pasó cinco años pidiéndome que me sentara.

Yo no sé estar sentada. Nunca he sabido.

En un coche me pongo a frenar con el pie en el aire y en una mesa me pongo de pie.

Eso es lo que hay que contar de aquella noche.

Que no me levanté ni una vez. Ni a por el pan, ni a por agua, ni a quitar los platos, ni a fregarlos, ni a poner una lavadora que llevaba puesta desde el jueves, ni a bajar la basura, ni a mirar el móvil por si llamaba mi madre.

Estuve tres horas en aquel sofá sin arreglar absolutamente nada; y cuando terminamos fue él quien llevó los platos a la cocina, y los dejó fatal, encima del escurridor y no dentro, con el chorizo pegado y sin pasarles agua, y yo lo vi desde el sofá y tampoco me levanté a colocarlos.

Aquella noche dormí ocho horas seguidas y del tirón, sin despertarme a las cuatro a repasar la lista de cosas que hay que hacer, que es un récord de los que se enmarcan y se cuelgan detrás de la barra, y me desperté a las ocho de la mañana de un domingo con la casa desordenada y los platos sin colocar y sin que se hubiera muerto nadie.

———

Miriam volvió el domingo a las siete, puntual, cosa que en mi hermana no había pasado nunca y que ya me avisó de todo antes de abrir la puerta.

Traía los papeles del banco en una carpeta de plástico transparente, de esas de gomas, y venía peinada, que en mi hermana es la señal inequívoca de que ha decidido que esto ya está hecho y que lo de hoy es el trámite.

Se sentó. Sacó la carpeta. Puso el bolígrafo encima, uno azul, de los del banco, con el muelle ya medio salido.

— Es aquí — dijo, señalando una crucecita hecha a lápiz.

Y yo me quedé mirando aquella crucecita a lápiz durante mucho tiempo.

— No — dije.

Miriam levantó la cabeza.

— ¿Qué?

— Que no, Miriam.

— ¿Cómo que no?

— Que no lo voy a firmar.

Se le quedó una cara que no le había visto nunca, porque yo a mi hermana no le he dicho que no en treinta y cuatro años.

Ni una vez. Ni cuando tenía cuatro y quería un perro, ni cuando tenía dieciséis y quería el coche, ni cuando tenía veintiséis y quería el piso de Vara de Rey.

Aquella palabra no existía entre nosotras y por lo tanto no había manual, y las dos nos quedamos allí sentadas sin saber qué se hace después.

Empezó a hablar rápido. Que si era una oportunidad.

Que si el colega ya había puesto su parte y ahora qué le decía.

Que si a papá se lo había pedido y papá no tenía.

Que si yo siempre había sido la lista y ella la tonta, y que ahora que tenía algo, precisamente ahora.

Que si claro, como yo tengo mi contrato y mi vida y mis cosas y mi piso.

Que si vaya momento para empezar. Que si me estaba vengando de algo.

Que si mamá se lo había dicho, que ella sabía que mamá se lo había dicho.

Y yo me quedé sentada en el sofá con las manos encima de las rodillas, y no le expliqué nada.

No le dije lo de los tres años. No le dije lo de los dieciséis mil ochocientos euros. No le hice ninguna cuenta, y no le pedí que me entendiera, y no le dije lo que le habría dicho cualquiera de nosotras dos hace un año, que es: bueno, va, trae, dámelo, y ya nos apañaremos.

— No — dije otra vez.

Y me temblaban las manos. Las dos. Las tenía encima de las rodillas y me temblaban, y me acordé de mi padre en el aparcamiento del cementerio de Pamplona levantando la derecha, y las apreté contra las rodillas para que no se me vieran, y no se me vieron.

Miriam recogió los papeles. Metió el bolígrafo en el bolso. Se puso la cazadora sin decir nada, cosa rarísima, y llegó hasta la puerta, y ahí se paró con la mano en el picaporte.

Yo esperaba el portazo. Llevaba treinta y cuatro años esperando ese portazo, y ese portazo era la razón entera, la única, por la que no le había dicho que no jamás: porque me había contado toda la vida que si le decía que no, mi hermana se caía por un agujero y no la volvíamos a ver, y que el agujero lo habría abierto yo.

Pero mi hermana se dio la vuelta. Y no lloraba, y no gritaba, y tenía una cara serena que yo no le conocía, y me miró desde la puerta de mi casa igual que se mira a alguien a quien llevas mucho tiempo esperando en una estación.

— Joder, Nerea — dijo —. Tres años llevo esperando a que me lo dijeras.