Capítulo 20
Mi casa huele a café y a colada de otro día, y tiene ciento y pico cosas encima de los muebles que se han ido posando ahí durante ocho años sin que yo decidiera ni una sola: un plato hondo en el recibidor con las llaves, dos pinzas de carey y una moneda de dos euros que lleva ahí desde que se hicieron las monedas de dos euros; cuatro cajas de archivador con los test viejos de Berceo, esos de papel, los del noventa y ocho, que no sirven absolutamente para nada y que no tiro porque los picó mi padre a máquina una Navidad; una foto de mi hermana con doce años haciendo el ganso en el Espolón; un calendario de una farmacia de la calle Chile; y un tendedero plegable que llevo ocho años plegando y desplegando en el mismo metro cuadrado del salón.
Dejamos a mi padre en Varea a las cuatro y media.
Tardó cuarenta segundos en salir del coche y mi madre nos sacó al portal una fuente de pastas y quiso saber, en tres minutos escasos, dónde vivía Elías, de dónde era, si tenía familia y si comía bien; y él le contestó a las cuatro preguntas con cuatro datos exactos, en el orden en el que se los habían preguntado, y a mi madre le pareció un hombre encantador, que es lo que le pasa a la gente cuando alguien le contesta de verdad.
De lo de Pamplona no dijo ni una palabra.
De la salida que no era la nuestra tampoco.
Y mi padre, apoyado en la puerta del portal, tampoco dijo nada, y le dio la mano a Elías, y aquello duró un segundo más de lo que dura una mano.
Y luego me llevó a la calle Chile, y aparcó en la calle Chile, saltándose la regla número tres delante del insomne del primero y de ocho vecinos jubilados, y quitó la llave del contacto sin preguntarme nada, y subió los tres pisos detrás de mí sin decir una sola palabra.
En el rellano del segundo me acordé de una cosa que me dijo mi padre cuando yo tenía diecinueve años y llevaba tres semanas dando clase con él de copiloto, aprendiendo el oficio a base de mirarle.
Me dijo que a un alumno no se le habla cuando acaba de hacerlo mal, porque no te oye; y que tampoco se le habla cuando acaba de hacerlo bien, porque tampoco te oye; y que hay un rato, después, en el que ya no está ni en una cosa ni en la otra, y que ese rato es tuyo y dura poco, y que en ese rato se le puede decir cualquier cosa y se la lleva puesta toda la vida.
Yo llevo doce años buscando ese rato en cuatrocientos críos al año.
Y aquella tarde, subiendo tres pisos de la calle Chile con un examinador de tráfico detrás que llevaba dos horas sin hablar, entendí que aquel rato lo tenía yo delante y que no pensaba usarlo para decir nada.
———
No hablamos.
Aquello no fue lo del Casco Antiguo. En el Casco Antiguo me reí, y me reí tanto que se me escapó el aire y tuve que apoyar la frente en su hombro, y hubo un hombre preguntándome cuántos centímetros y un piso vacío con una silla y un clavo sin cuadro.
Aquella tarde, en mi casa, en la calle Chile, con la luz de octubre entrando naranja por la ventana del salón a las cinco y veinte y el ruido de la calle subiendo por el patio, no hubo ni una palabra durante cuarenta minutos, y no hizo ninguna falta.
Me quitó la pinza del pelo. Eso lo primero. Me la quitó por detrás, con las dos manos, sin tirar, y la dejó en el plato del recibidor con las otras dos, encima de la moneda de dos euros; y se me vino la melena a la cara, y sin la pinza yo tenía otra edad y otra cara y otro oficio.
Lo llevé al dormitorio andando de espaldas, agarrándolo de la camisa, y le fui sacando la camisa de dentro por el camino, y aquel hombre venía detrás en silencio, mirándome la boca, con esa forma que tiene de mirar cuando está entendiendo algo; y en el pasillo choqué con el marco de la puerta del baño con el hombro y ni me enteré, y me salió un ruido que era medio queja y medio risa y él me tapó la boca con la suya antes de que terminara.
Tenía hambre. No es una manera de hablar: tenía un hambre que no me pasaba desde los veintitrés años, la de morder.
Lo tumbé, me subí encima y le puse las manos abiertas en el pecho, y ahí me paré tres segundos con la respiración rota, mirándolo.
Un hombre de metro ochenta y cuatro que nada cuarenta largos todas las mañanas a las siete en la piscina municipal.
Un hombre que había estado cuarenta minutos de pie en el pasillo de un hospital de Pamplona sin sentarse ni una vez y sin mirar el móvil.
Un hombre que se sabe de memoria el camino exacto de una verja a una lápida, cuatro cruces, sin dudar.
Un hombre que llevaba catorce años sin decirle a nadie que había tenido un hermano y que aquella tarde, a la una y cuarenta y cinco, delante de una piedra gris, se lo había dicho a una profesora de autoescuela sin carné a la que había hundido en mayo.
Y me miraba a mí.
Le besé la nariz. La parte torcida, el caballete, los dos milímetros que le dejó Nico con una raqueta de plástico. Y luego la boca, y luego el cuello, y bajé.
Se le fue la exactitud. Fue lo primero que se le fue.
Elías Ibarrola, que mide el mundo en cifras, en artículos y en minutos de más, se quedó sin números en cuatro minutos, y lo único que salía de aquella boca era mi nombre y algún ruido que no llevaba consonantes; y me agarró del pelo con la mano abierta, sin tirar, sin dirigirme y sin dejarme ir, y a mí me gustó tanto que aquel hombre perdiera la cuenta de algo que me tomé mi tiempo, y me lo tomé entero, y no tuve ninguna prisa, y cuando quiso incorporarse le puse la mano en el pecho y lo dejé donde estaba.
Luego me subió él. Me subió con las dos manos por debajo de los brazos, de un tirón, sin preguntar y sin pedir permiso, y aquello, en un hombre que pide permiso hasta para pasar por un pasillo, me dijo más que todo lo que no estábamos diciendo.
Me tumbó. Me quitó lo que me quedaba con una paciencia que a aquellas alturas no venía a cuento y que resultó ser la peor idea que ha tenido nunca conmigo, porque cuando por fin bajó la boca yo ya estaba a medio camino y me deshice en cuatro minutos con las dos manos agarradas al cabecero y la almohada en la cara para no despertar al insomne del primero, que estaría en su ventana.
Y cuando por fin lo hicimos me buscó la cara.
Eso es de lo que me acuerdo. Me giró la barbilla con dos dedos para tenerme de frente, y no apartó los ojos ni una vez: ni cuando yo ya no podía, ni cuando se me escapó lo que se me escapó, ni al final, cuando se le rompió a él la respiración y me apretó la cadera con una mano y la nuca con la otra y se quedó quieto, entero, temblando, con la frente contra mi frente y sin decir un solo número.
Y hay una cosa que no le he contado a nadie y que no pienso contarle a nadie más, y es que aquel hombre, follando, mira igual que miraba en la barra de la calle Laurel: mirando las manos de la gente para saber si lo han entendido.
Lo habíamos entendido.
Y hubo un momento, uno, en mitad de todo aquello, en el que me acordé de un martes de julio: de once adultos desconectando en fila en una sala de treinta metros cuadrados mientras un hombre de metro ochenta y cuatro les leía el artículo 54 en voz alta sin saber que los estaba perdiendo.
Y me acordé de la mano que levanté. Y ahí, con aquel hombre encima de mí y con la farola de la calle Chile entrando por la persiana, me pareció que la mano aquella era la cosa más cara que había levantado nunca y que la volvería a levantar.
Terminamos con la cara en su hombro y la mía en su cuello y la mano izquierda encima de una cicatriz vieja que tiene en la costilla y por la que nunca le he preguntado, y él me sujetó la espalda entera con las dos manos y me tuvo así hasta que se me pasó el temblor, sin decir nada, sin moverse y sin soltarme.
Se había hecho de noche sin que nos diéramos cuenta y en toda mi casa no había ni una luz encendida.
Nos levantamos a las nueve porque nos entró un hambre de las de verdad, y me puse su camisa y bajé a por lo primero que hubiera abierto un jueves en la calle Chile a las nueve de la noche, que fue una tortilla de patata entera y media barra, y nos la comimos en la cama, sin plato, cortándola con la única cosa afilada que había en el cajón, que era un cuchillo de untar.
Y en algún momento entre la tortilla y el pan, con las migas por toda la sábana y aquel hombre sentado con la espalda contra mi cabecero y la tortilla en la rodilla, empezó a contarme cosas de Nico.
Sin que yo se lo pidiera y sin que viniera a cuento.
Que a los quince años se afeitó una ceja por una apuesta.
Que quiso ser bombero, luego geólogo, luego nada.
Que se sabía las alineaciones de todos los equipos de la liga y que era incapaz de acordarse del cumpleaños de su madre.
Que era mucho más gracioso que él, cosa que dijo con la naturalidad de quien da un dato de una tabla.
Que le rompió la nariz con una raqueta de plástico en el pasillo y que luego estuvo dos días sin dormir de la culpa, con ocho años, y que él tuvo que decirle que no había pasado nada.
Habló veinte minutos seguidos. Veinte. Yo no dije ni una palabra en veinte minutos, que es un récord absoluto en mi biografía y que me costó más que cualquier otra cosa que haya hecho en mi vida, porque cada dos frases se me venía a la boca una pregunta y me la tragué entera, todas, una detrás de otra, y me quedé allí con la espalda contra la pared y una corteza de pan en la mano escuchando a un hombre hablar de su hermano por primera vez en catorce años.
Y luego se paró en seco, a media frase, como quien cierra un grifo, y recogió las migas de la sábana con la mano y las puso en un montón encima de la mesilla que yo sí tengo.
———
El calendario de la farmacia se veía desde la cama por la puerta abierta del salón, y la única luz que entraba era la de la farola de la calle Chile, que da a mi ventana desde hace ocho años y que en octubre, cuando el plátano de abajo se queda sin hoja, entra por la persiana en tres rayas amarillas y las pone en la pared de enfrente.
Elías estaba boca arriba. Yo tenía la cara en su hombro y la mano abierta encima de su pecho, y en toda la casa no se oía nada más que la caldera del vecino de arriba, que arranca y se para cada diez minutos desde el noventa y siete.
— Cinco mil ciento cuarenta y dos — dijo.
— ¿Qué?
— Días.
Levanté la cabeza. Elías Ibarrola miraba el techo de mi habitación, que tiene una mancha de humedad con forma de Portugal desde el invierno pasado, y tenía la voz exactamente igual que siempre. Exacta. Sin un adjetivo. Con esa cosa suya de estar leyendo un dato de una tabla que tiene delante.
— Desde el funeral hasta esta tarde — dijo —. Cinco mil ciento cuarenta y dos días. Es el tiempo que llevaba sin decir el nombre de mi hermano en voz alta delante de una persona.
Me quedé quieta. La caldera del vecino se paró y arrancó otra vez.
— ¿Ni a tus padres?
— Mi madre lo dice todos los días. Yo contesto.
— Eso cuenta.
— No. Contestar no es decirlo. — Y siguió mirando a Portugal —.
Yo llamo los domingos. Ella me cuenta cosas de él, cosas de cuando teníamos ocho y doce años, las mismas cuatro cosas, y yo digo sí, y digo ya, y digo me acuerdo.
Y luego colgamos. Catorce años. Ella lo ha dicho cinco mil veces y yo no lo he dicho ninguna.
— ¿Y tu padre?
— Mi padre no habla de eso. Mi padre habla de la huerta.
Y ahí, en aquella cama, con tres rayas de farola en la pared y una mancha de humedad con forma de Portugal encima de nosotros, me pasó una cosa que no me había pasado jamás con ningún hombre: ni con Kike en cinco años, ni con los dos de antes, ni con nadie.
No se me ocurrió nada que arreglar.
Ni una gestión. Ni una llamada. Ni un plan.
Ni una frase de las mías, de las de profesora, de las de venga, respira, que lo estás haciendo bien, que llevo doce años repartiéndolas en un asiento de la derecha y treinta y cuatro repartiéndolas en mi casa.
Me quedé allí quieta, con la mano abierta encima del pecho de aquel hombre, notándole el corazón por debajo de la palma, despacio, y no hice nada, y no dije nada, y no arreglé nada. Y no se cayó el mundo.
Le puse la mano en la mandíbula y le giré la cara hacia mí, en la oscuridad, para que dejara de mirar a Portugal.
— ¿Y lo has contado ahora? — dije.
— No.
— ¿Entonces?
— Lo conté en el coche — dijo Elías —. En Estella.