Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 19
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Capítulo 19

— Hija, ¿y este señor quién es?

— Un compañero.

— ¿Un compañero de qué, si tú no trabajas?

Gracias, mamá.

Sacar a mi padre de casa es una operación que dura veinte minutos y que consiste, básicamente, en no ayudarle.

Eso me lo enseñó él a mí hace dos años sin decírmelo, apartando la mano cada vez que yo se la cogía, y me costó ocho meses aprenderlo y todavía me sale mal.

Baja las escaleras solo, agarrado a la barandilla, un escalón, otro, y hay que ir detrás mirando el descansillo.

Se pone el abrigo solo, y tarda, y hay que estar de pie al lado mirando cualquier otra cosa con mucha atención. Y cuando llega al coche, lo abre él.

Elías Ibarrola se bajó, dio la vuelta por delante y le abrió la puerta de atrás.

— Déjala — dijo mi padre.

Elías la soltó, se apartó dos pasos y se quedó allí, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle. Mi padre tardó cuarenta segundos en sentarse, se puso el cinturón él solo, con las dos manos, con ese temblor que ya no se le va ni durmiendo; y cuando terminó dijo:

— Vamos.

Y no hubo más ceremonia. Mi madre se quedó en el portal con el pañuelo en la mano y una fuente de pastas que no había podido colocarle a nadie, y a los cien metros, en el retrovisor, seguía allí.

———

Se sale de Varea, se cruza el Ebro, se coge la A-12 y hay noventa kilómetros hasta Pamplona por una autovía que se hizo para los peregrinos y que usamos nosotros para ir al médico.

Viana, Los Arcos, Estella. Campo de rastrojo en octubre, del color exacto de una tostada.

Alguna nave con el cartel descolgado. Los molinos de arriba, en la sierra, dando vueltas todos a la vez y todos a destiempo.

Elías Ibarrola conduce como te imaginas que conduce Elías Ibarrola, y ahí es justo donde me equivoqué yo, porque me había preparado para un tocapelotas del volante, de esos que te van explicando el cambio de sentido mientras lo hacen, y me encontré con un hombre que conducía sin ruido: ni un frenazo, ni una aceleración, ni un cambio de carril que se notara desde el asiento de al lado.

Las manos a las nueve y cuarto de su reloj mentiroso.

Adelantaba cuando había que adelantar y volvía a la derecha en cuanto podía, que es una cosa que en este país no hace ni el diez por ciento de la población y que yo llevo doce años intentando meterle en la cabeza a cuatrocientos críos al año.

Y en un tramo de obras, a la altura de Los Arcos, con el carril estrechado y un camión pegado detrás, dejó el hueco que había que dejar y no lo cerró ni cuando el de detrás empezó con las luces largas.

Es que se le veía. Se le veía el oficio de la misma manera que se le ve a un carpintero cómo coge una tabla o a un camarero cómo lleva cuatro platos.

Y a mí, que llevo doce años sentada en el asiento de la derecha viendo a gente conducir mal, aquello me hizo una cosa en el estómago que no tenía absolutamente nada que ver con el estómago.

Mi padre iba detrás, callado, mirando por la ventanilla.

Y también lo estaba viendo, porque un hombre que se ha pasado treinta y cinco años en el asiento de la derecha no puede sentarse en un coche y no mirar; y a la altura de Viana, cuando Elías dejó pasar a un turismo que se le echaba encima en vez de discutírselo, mi padre dijo, desde atrás, tres palabras:

— Este chico sabe.

Fue lo único que dijo en cuarenta y cinco minutos. Elías no contestó. Pero le vi los nudillos en el volante y se le habían puesto blancos, y hay hombres a los que se les cae el mundo encima cuando les dicen que saben.

Y a la altura de Estella, un turismo se nos metió delante desde el carril de la derecha sin poner el intermitente, a lo suyo, y yo hice lo que hago.

Frené.

Con el pie derecho. En el aire. Contra una alfombrilla.

Con toda la pierna estirada y la planta pegada al suelo de un coche que no era mío, en el asiento de un copiloto que no tiene pedales, ni carné, ni derecho a opinar; y el pie se me quedó ahí tres segundos enteros, aplastando una moqueta gris con un fervor que no le he puesto yo a nada en la vida.

Elías no dijo nada. Levantó el pie del acelerador y dejó la distancia contando por dentro, un mil uno, un mil dos, con el truco del poste que le había enseñado yo en un aula un martes de julio delante de once personas; y aquello, verle usar mi truco a ciento veinte por hora con mi padre detrás, me dolió mucho más que el ridículo del pie.

Y en el retrovisor, en el asiento de atrás, mi padre me estaba mirando.

Gonzalo Salcedo lleva treinta y cinco años dando clase en Berceo, ha visto a cuatro mil personas hacer eso mismo desde el asiento de la derecha, y a él le enseñó a hacerlo un señor de Fuenmayor en el sesenta y ocho que le decía que un profesor de autoescuela no se cura nunca.

Me miró en el espejo, con esa cara suya que ya no se mueve del todo, y no dijo ni una palabra, y no le hizo ninguna falta, porque llevo treinta y cuatro años entendiendo a mi padre por el retrovisor.

Yo bajé el pie despacio, como quien retira una prueba.

———

La consulta era a las once y cuarto y entramos a las doce y veinte, que en la sanidad pública de este país es puntualidad suiza.

Sala de espera con sillas de plástico naranja atornilladas al suelo, un dispensador de agua vacío, un cartel de la campaña de la gripe y una tele sin volumen dando un concurso en el que alguien acertaba cosas.

Mi padre y yo esperamos cuarenta minutos sin hablar, que es como esperamos siempre, y no por frialdad, sino porque en esa sala de espera ya nos dijimos todo lo que había que decirse hace cuatro años, cuando nos lo dijeron por primera vez y mi padre salió al pasillo y me dijo cuatro palabras que me han durado hasta hoy.

Elías se quedó fuera. En el pasillo. De pie. Cuarenta minutos.

Dentro, la médica le hizo hacer lo de siempre: tocarse la nariz con el índice, abrir y cerrar la mano, andar cinco metros hasta la puerta y volver.

Y yo me quedé de pie contra la pared mirando a mi padre andar cinco metros, y esos cinco metros son los cinco metros más largos que existen en esta comunidad autónoma y en la de al lado.

— ¿Conduce usted? — preguntó ella, que era nueva y que iba leyendo la ficha.

— No.

— ¿Desde cuándo?

— Cuatro años — dijo mi padre.

Y no dijo más, porque para decir eso hay que gastar mucho, y porque a un hombre que ha enseñado a conducir a media Logroño durante treinta y cinco años esa pregunta se le contesta una vez en la vida y ya está.

Salimos a la una y media con la receta nueva y con lo que había que decir dicho, que era, en resumen, lo mismo de siempre y con los mismos meses de por medio; y en el pasillo Elías Ibarrola seguía de pie exactamente en el mismo sitio, con la espalda recta, sin móvil en la mano, sin haberse sentado ni una vez en cuarenta minutos.

Mi padre lo vio. Y a mi padre no se le escapa nada, porque un profesor de autoescuela de treinta y cinco años de oficio se pasa la vida mirando lo que hace la gente cuando cree que no la mira nadie.

———

En la rotonda de la salida de Pamplona, Elías puso el intermitente a la derecha y cogió una salida que no era la nuestra, y lo hizo con el intermitente puesto a tiempo, con el carril elegido con doscientos metros de antelación y con la misma suavidad exacta con la que había hecho los noventa kilómetros de la ida.

— Te has pasado — dije.

— No.

— Elías, que la de Logroño es la...

— Diez minutos — dijo —. Los que te pedí.

Subimos por una carretera estrecha, con muro de piedra a un lado y un talud de hierba seca al otro, y a los tres minutos se abrió a la derecha una explanada de gravilla con cipreses, un muro largo y una verja abierta de par en par, y no hizo falta que nadie dijera nada.

Aparcó a la sombra, marcha atrás, entre dos líneas que ya casi no se veían, y se quedó con las dos manos en el volante durante unos segundos que se hicieron largos, sin quitar la llave del contacto y sin decir nada, mirando la verja abierta a través del parabrisas.

— ¿Vienes? — me dijo.

Me giré hacia atrás. Mi padre tenía las manos encima de las rodillas, temblándole las dos, y la ventanilla bajada tres dedos, y el sol de octubre entrándole por el lado izquierdo de la cara.

— Papá, es un momento, ¿te importa si...?

— Nerea. — Mi padre no levantó la voz porque ya no puede —. Id.

———

El cementerio de Pamplona a la una y media de un jueves de octubre no tiene a nadie. Hay cipreses, hay grava que suena debajo de los zapatos y suena demasiado, y hay ese silencio con pájaros que solo existe en dos sitios: en los cementerios y en algunos aparcamientos de hospital.

Elías fue derecho. Sin buscar, sin contar filas, sin dudar en ninguno de los cuatro cruces. Catorce años.

Era una lápida de las sencillas, gris, sin foto, con la hierba cortada por delante y un tiesto vacío a un lado. Un nombre. Nicolás Ibarrola Mendaza. Y dos fechas separadas por diecinueve años.

— Mi hermano — dijo Elías.

Y luego se calló durante casi un minuto entero, y yo me quedé al lado, sin tocarlo, sin decir nada y sin arreglarle nada, que es la cosa más difícil que he hecho en toda mi vida.

— La N-121 — dijo —. Saliendo de Pamplona.

Un sábado. Iba de copiloto en el coche de un amigo, con otros dos detrás.

Se lo llevó de frente un coche que venía del otro lado.

No hace falta que te cuente más de eso y no te lo voy a contar, porque no hay nada más que contar: fue rápido, y esa es la única cosa buena que tiene toda esta historia y me la han repetido catorce años.

— Elías...

— El otro conductor tenía diecinueve años y tres meses de carné.

— Ahí se paró. Y siguió con la voz igual, exacta, sin un adjetivo, que es su forma de no romperse delante de nadie —.

Se lo había sacado en una autoescuela de la comarca.

Cuatro años después cerraron esa autoescuela.

Fraude en las pruebas. Trece condenados, entre ellos dos examinadores del cuerpo.

Aprobados comprados a cuatrocientos euros.

Ciento y pico permisos anulados por sentencia.

El del chaval que mató a mi hermano era uno de los ciento y pico.

El aire de octubre movió los cipreses y no movió nada más.

— Yo tenía veinticuatro años — dijo Elías Ibarrola —.

Estaba preparando la oposición. Llevaba once meses estudiando en la habitación de al lado de la suya, con la puerta cerrada, y le tenía dicho que no me molestara antes de las diez.

Y aquel sábado Nico me llamó a las ocho y media de la tarde y me preguntó si podía ir a buscarlo, porque los que lo llevaban tenían que dar una vuelta rara y él prefería que fuera yo.

Se paró.

— Y le dije que no. Le dije que tenía tema. Le dije que se fuera con ellos, que no pasaba nada, y que me llamara al llegar.

Silencio. Grava. Un pájaro.

— Y no pasó nada, ¿verdad? — dijo, mirando la lápida —. Eso es lo que le dije. Que no pasaba nada.

Yo llevo doce años enseñando a gente a no matarse.

Me sé de memoria las cifras de esta comunidad y de la de al lado, sé cuántos se van cada año en carretera secundaria, y a qué hora, y en qué mes, y con qué edad; y le he dicho esas cifras a cuatrocientos críos al año con una tiza en la mano, una voz de profesora y un cinismo de funcionaria que me da vergüenza.

Y allí, delante de aquella piedra, no me salió ni una.

Levanté la mano y le toqué la nariz.

Se la toqué con dos dedos: el caballete, el sitio exacto donde se le tuerce, esa desviación de un par de milímetros que es lo único torcido que tiene aquel hombre en todo el cuerpo y en toda su vida, la única cosa suya que no está alineada con nada.

Elías no se apartó.

— Me la rompió él — dijo —. Yo tenía doce años y él ocho. Jugando. En el pasillo de mi casa, con una raqueta de plástico de las de la playa.

— Por eso no te la arreglaste.

— Me dijeron que se podía operar.

— Y no te la operaste.

— No.

Y ahí, en el cementerio de Pamplona, a la una y cuarenta y cinco de un jueves de octubre, con mi padre esperando en un coche a cincuenta metros y una neuróloga acabando de decirnos por tercera vez lo mismo, entendí de golpe el libro entero: por qué aquel hombre se hizo examinador; por qué lleva nueve años y cuatro meses sin hacer una sola excepción; por qué inspeccionó Berceo por el reglamento con toda la razón del mundo; por qué le partió la tercera convocatoria a Tania Quel por un cede el paso que técnicamente no respetó; y por qué a mí me pide el razonamiento por escrito delante de once personas y a los demás no.

Y no le dije nada de todo eso. Le cogí la mano y nos quedamos allí los diez minutos que había pedido, ni uno más, porque cuando pasaron los diez minutos aquel hombre miró el reloj adelantado tres minutos y dijo que nos íbamos.

———

Volvimos por la grava, que sonaba muchísimo.

Mi padre había abierto la puerta de atrás del todo y estaba sentado de lado, con los pies fuera, en la sombra, mirando los cipreses.

Nos vio llegar desde lejos. No preguntó nada.

Gonzalo Salcedo no ha preguntado nada en su vida, y eso, en mi familia, ha hecho más daño y más bien que todo lo demás junto.

Elías se acercó a ayudarle a meter las piernas, y a medio movimiento se acordó, y no lo hizo, y se quedó a un paso, esperando, con las manos quietas.

Y mi padre, que ya casi no puede con las manos, que tarda veinte minutos en ponerse un abrigo y cuarenta segundos en sentarse en un coche, levantó la derecha, la que peor tiene, la que le empezó a temblar dos años antes de que nadie le pusiera nombre a nada, y la subió despacio, y se la puso a Elías Ibarrola en el hombro.

Y la dejó ahí.