Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 18
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Capítulo 18

Y aun así, con aquella puerta pegando un golpe cada dos minutos durante dos horas, no se distrajo nadie, y eso es lo único que quiero contar de aquel martes, porque en doce años de aula, en la calle Vitoria, con adolescentes de dieciocho años que se juegan el permiso, yo no he conseguido nunca que no se distraiga nadie con un ruido así.

Voy a decir una cosa que en su momento no le dije a nadie porque no tocaba y porque yo era la última persona de esta provincia que tenía derecho a decirla: aquel curso, en octubre, era el mejor curso que se había dado nunca en La Rioja.

Y lo digo yo, que llevo doce años dando clase en Berceo, que he visto pasar por delante de mi mesa a los formadores de tres autoescuelas distintas y a los que venían de fuera a hacer los cursos de sensibilización cuando los daba una empresa de Zaragoza que cobraba lo que cobraba, ponía un vídeo de veinte minutos, repartía un cuadernillo y se volvía a Zaragoza a las nueve.

Cuarta sesión de octubre. Once de once. En el mes cuarto de un curso obligatorio para sancionados, con la asistencia ya cubierta desde septiembre, con el cierzo pegando en las ventanas y a las siete de la tarde de un martes: once de once.

Rebeca Muro, que factura lo que factura y que hace sesenta mil kilómetros al año, había cerrado el portátil por primera vez desde julio y lo tenía en el suelo, dentro de la funda, con la cremallera echada.

Higinio venía con un cuaderno, él, que llevaba tres meses viniendo con las manos en los bolsillos y una superioridad de otro siglo.

Yeray se había sentado en la segunda fila y había dejado el casco encima de una silla en vez de entre los pies.

Y nadie se lo había pedido a nadie: no hubo un discurso, ni una charla motivadora, ni una de esas dinámicas de Puri en las que hay que decir una palabra que te defina. Sencillamente, un martes de octubre, aquello ya funcionaba.

Y funcionaba porque Elías Ibarrola había aprendido a enseñar, que es una cosa que no se aprende en tres meses y que él había aprendido en tres meses porque se lo estaban corrigiendo dos horas por semana delante de todo el mundo y porque, contra todo pronóstico y contra todo lo que yo pensaba de aquel hombre en mayo, dejaba que se lo corrigieran.

Ya no leía el reglamento. Empezaba con un caso, y el caso tenía un nombre y una hora y una carretera de las de aquí.

Preguntaba y esperaba, que es lo más difícil de todo, esperar los ocho segundos que tarda un adulto en atreverse a decir una tontería delante de otros diez.

Y cuando alguien decía una barbaridad, no la aplastaba: la usaba.

— Ese razonamiento es incorrecto y es el que tiene el sesenta por ciento de la gente — decía —. Vamos a ver por qué es tan fácil pensarlo.

Eso lo aprendió de mí, en la escalera de mármol, un jueves de julio, en una conversación de cinco minutos que yo tuve mientras pensaba en otra cosa. Y a los tres meses lo hacía mejor que yo, que llevo doce años haciéndolo, y no me molestó, y eso fue lo que más me asustó de todo.

———

Aquella tarde le tocaba a Puri, que una vez al mes se pone delante con su carpeta y su voz de documental y le da la vuelta al aula entera igual que a un calcetín.

— Hoy no vamos a hablar de normas — dijo —. Hoy vamos a hablar de por qué corríais. Sin justificarse. Sin defenderse. Solo el motivo.

— Yo no corría, maja — dijo Fefa desde la primera fila —. Yo hablaba. Y era el manos libres.

— Josefa, eso es defenderse.

— Es que era el manos libres.

— Josefa.

— Es que era de mi hermana y me estaba diciendo lo del análisis.

— Eso también es defenderse.

— Ay, hija, contigo no se puede.

— Yo corría porque el radar de la 232 está mal puesto — dijo Chemari.

— Eso también es defenderse.

— Es que está mal puesto.

Higinio se descruzó de brazos con la solemnidad de quien va a hacer una declaración institucional.

— Señora, yo no bebo. Yo cato. Son dos verbos distintos y uno de ellos es un oficio con cuarenta y cuatro años de ejercicio detrás. Yo he catado en Burdeos, en Oporto y en una bodega de Fuenmayor con un ministro delante, y no me he caído de una silla en mi vida.

— Higinio, dio usted cero coma sesenta y ocho.

— Por un olvido puntual de la mecánica del paladar.

— ¿Y eso qué es?

— Que aquel día tragué, señora. — Y lo dijo con un dolor auténtico, con la vergüenza de un hombre que ha faltado a su gremio —. Que tragué. Y no me lo perdono.

— Yo corro porque hago sesenta mil kilómetros al año — dijo Rebeca, y por primera vez en cuatro meses lo dijo mirando a la gente y no a una pantalla —.

Tengo doce visitas al día y una hoja donde pone a qué hora tengo que estar en cada sitio.

La hoja no la hago yo. Me la hacen en Madrid, gente que no ha estado nunca en la 232 y que cree que de Logroño a Calahorra se tarda lo que dice el navegador.

Y si no llego, la culpa es mía igual. Eso es todo. No hay más.

— ¿Y a ti eso qué te hace sentir?

— Que te llamo en cinco.

— Rebeca.

— Es que no lo sé, Puri. Es que llevo once años sin pensarlo. Once. Si lo pienso, no salgo de casa. Y si no salgo de casa no hay hoja, y si no hay hoja no hay coche, y si no hay coche buscan a otra en Zaragoza que sí quiera la hoja. Te llamo en cinco.

— Rebeca, que no te ha llamado nadie.

— Ya lo sé.

Braulio, desde la puerta:

— El cinturón me molesta.

— ¿Y ya está?

— Y ya está.

Y entonces habló Yeray Peñacoba, que es el motivo por el que me acuerdo de aquel martes y no de los otros cuarenta.

Nadie le había preguntado. Ese es el dato y ese es el capítulo entero.

Llevaba tres meses y medio en aquella sala contestando con monosílabos cuando le apuntaban con el dedo, y no había abierto la boca por voluntad propia ni una sola vez desde el 3 de julio; y aquella tarde levantó la cabeza, con el casco encima de la silla de al lado, y habló él solo.

— Yo hacía entre sesenta y setenta al día.

— ¿Sesenta y setenta qué? — dijo Puri.

— Pedidos. En verano, más. — Se miraba las manos —.

Cobras por pedido. Por pedido, no por hora.

La aplicación te da un tiempo estimado y ese tiempo está calculado sin semáforos, sin lluvia y sin buscar el portal.

Si te pasas del tiempo, te baja la puntuación.

Si te baja la puntuación, no te dan los turnos buenos.

Y si no te dan los turnos buenos, no hay dinero.

Yo no corría por gusto. Yo corría a cuatro euros con veinte.

El cierzo dio otro golpe con la puerta de la segunda planta y no se movió nadie, y Fefa Ubago, que estaba a punto de decir algo porque Fefa siempre está a punto de decir algo, cerró la boca y se quedó con las dos manos encima del bolso, quietas.

— Doce puntos en tres meses — dijo Yeray —. Cuatro multas. Setecientos ochenta euros. Y la moto es mía, y el seguro es mío, y la gasolina es mía, y la caja de atrás la compré yo. Lo único que no es mío es el reloj.

Se paró. Y luego dijo la frase, sin levantar la voz, sin mirar a nadie, con el mismo tono con el que se lee una lista de la compra:

— La multa la pagué yo. Las prisas eran de otro.

Yo llevaba cuatro meses sentada en aquella silla de pala mirando aquel mapa descolorido.

Y me atravesó de arriba abajo y me dejó pegada a la pared con la boca cerrada, porque aquel chaval de veintidós años acababa de contar mi vida entera en once palabras y no tenía ni la más remota idea de que la estaba contando.

Fefa Ubago, que en sesenta y tres años no ha dejado un silencio sin llenar, no dijo nada. Le puso la mano en el brazo al pasar, media hora después, cuando ya salíamos, y siguió andando. Y eso fue todo.

Y Elías Ibarrola no citó ni un artículo. Se quedó de pie junto a la pizarra, con el bolígrafo en la mano y sin apuntar nada, y tardó lo suyo en contestar, y cuando contestó dijo:

— Eso no lo recoge el reglamento. Debería.

Y luego hizo una cosa que a mí me tuvo tres días dándole vueltas, porque me la habría podido inventar yo y no se me habría ocurrido nunca: cogió el rotulador, borró el esquema que llevaba media hora en la pizarra y escribió arriba del todo, con esa letra suya recta, tres palabras: quién marca el tiempo.

Y debajo fue apuntando lo que iba diciendo la gente, sin ordenarlo, sin corregir a nadie y sin poner una sola cifra: la hoja de Madrid de Rebeca, la aplicación de Yeray, el turno de noche de un cuñado de Fefa, la hora a la que hay que dar de comer a los animales, el tiempo que tarda un enólogo en volver de una cata de Haro en noviembre.

Once vidas y un reloj distinto en cada una.

Y a las nueve menos tres lo dejó todo escrito en la pizarra sin sacar ninguna conclusión, sin ninguna moraleja y sin decirnos lo que teníamos que pensar, que es exactamente lo que no sabe hacer ni el diez por ciento de los profesores de este país, y que no lo sabía hacer él en julio.

———

Bajamos por la escalera de mármol, otra vez, que a aquellas alturas era el único sitio del edificio donde aquel hombre y yo teníamos permiso para existir a la vez.

Elías bajaba un escalón por detrás y no decía nada, y llevaba sin decir nada desde el vestíbulo de arriba, que en él es muchísimo, porque los silencios de Elías Ibarrola tienen longitudes distintas y yo, a esas alturas, ya sabía distinguirlas todas.

— Suéltalo — dije.

— Es el mejor curso que se ha dado en esta Jefatura.

— Ya.

— El de sensibilización que daba la empresa de fuera tenía un veintidós por ciento de abandono a partir de la tercera sesión.

Este tiene cero. Once de once, cuatro meses.

Es el mejor dato de la provincia desde que existe el registro y está once puntos por encima del segundo mejor, que es de Navarra.

— Ya.

Se paró en el rellano de la primera planta, debajo de una ventana por la que entraba el cierzo por una junta rota.

Y ahí se le vio, entero, el atasco: un hombre que tenía que dar las gracias y que no encontraba, en catorce años de expedientes, actas y circulares, una sola fórmula administrativa que le sirviera para hacerlo.

— Y no es mío — dijo por fin.

— Elías.

— Es un dato.

— Que no te estoy pidiendo nada.

— Ya lo sé. — Bajó tres escalones más y se paró otra vez —. Ese es el problema.

Y ahí se quedó, con una mano en la barandilla, en el rellano de una escalera de mármol de un edificio oficial de los setenta, un martes de octubre a las nueve y cuarto de la noche: un hombre de treinta y ocho años al que acababan de darle el mejor dato de la provincia por un curso que no era suyo, y que se lo había enseñado a hacer, dos horas por semana y delante de once testigos, la mujer a la que él mismo había dejado sin trabajo en mayo.

———

En el vestíbulo, delante del panel de cristal con los folios que nadie actualiza, saqué el móvil para mirar la hora y ahí estaba, marcado en rojo desde hacía tres semanas: jueves 16, once y cuarto, Pamplona, neuróloga.

— ¿Qué pasa? — dijo Elías.

— Nada. El jueves tiene mi padre revisión en Pamplona.

— ¿Y?

— Y que mi madre no coge la autovía desde el noventa y ocho, mi hermana trabaja, el transporte concertado te lo dan si te lo dan y con cuatro semanas de antelación, y yo llevo un carné de plástico caducado en un cajón de la cocina. Ya lo arreglaré. Siempre se arregla.

— ¿Cómo lo vas a arreglar?

— No lo sé todavía. Pero se arregla.

Elías Ibarrola no dijo nada durante seis segundos largos. Había un folleto encima del mostrador de información, uno de esos trípticos de la campaña del cinturón con una foto de una familia, y lo cogió y lo puso paralelo al canto del mostrador. Y luego lo movió medio centímetro. Y luego otra vez.

— El jueves os llevo yo — dijo.

— No.

— El jueves os llevo yo — repitió, exactamente igual, sin subir el tono ni una coma, que es la manera que tiene aquel hombre de discutir y que es, por cierto, la más irritante que existe —. Salgo a las nueve y media. Tu padre va detrás.

— Elías, esto es exactamente lo que dice la regla número dos.

— La regla número dos habla de los once. Tu padre no está en el curso.

— Mi padre tiene sesenta y seis años y ha dado clase en esta ciudad treinta y cinco. Mi padre es media Logroño. Mi padre es la mitad de las personas que se sientan en esa aula.

— Entonces cámbiala.

Me quedé mirándolo. Detrás del cristal, los horarios de examen de septiembre seguían colgados en octubre, amarilleando, con una chincheta menos y una esquina doblada.

— Y luego necesito diez minutos — añadió.

— ¿Diez minutos para qué?

Elías dejó el tríptico exactamente donde estaba y empujó la puerta de cristal, y el cierzo entró de golpe en el vestíbulo y levantó tres folios del panel.

— Diez minutos.