Capítulo 17
— Primera. En el edificio de la Jefatura, no.
— Correcto.
— Segunda. Delante de cualquiera de los once, no.
Y cuando digo cualquiera digo también en la calle, en una terraza, en el mercado de San Blas y en el ambulatorio, porque Fefa Ubago aparece en los sitios donde no la esperas y porque Chemari Arnedillo es taxista, o sea que Chemari está en todas partes por definición.
— Correcto.
— Tercera. Tú no aparcas en la calle Chile. Nunca. Ni a las cuatro de la mañana. Que en mi calle hay ocho vecinos jubilados y un insomne.
— ¿El insomne quién es?
— El del primero. Está en la ventana de once a tres. Lo sabe todo el barrio.
Elías estaba escribiéndolo. En serio. Sentado en su única silla, con un folio encima de su mesa de mentira, escribiendo las reglas a mano, numeradas, con esa letra suya pequeña y recta; y a mí, que estaba sentada en la encimera de su cocina con una taza en la mano, la única taza, con las piernas colgando y descalza, me estaba costando la vida entera no reírme.
— ¿Le has puesto epígrafes?
— Es más claro.
— Elías, que son cuatro frases.
— Cinco. La quinta la vas a decir tú ahora y va a ser sobre tu hermana.
Y ahí me callé, porque era verdad y porque llevaba tres días dándole vueltas a cómo se le explica a un hombre que en mi casa no se puede contar nada: que si se lo cuento a mi madre lo sabe la peluquería de la calle Chile en cuarenta minutos y la parroquia de Varea antes de la misa de doce; y que Miriam es incapaz de guardar un secreto exactamente por la misma razón por la que es incapaz de guardar cuatrocientos euros, que es porque los tiene y le queman.
— Quinta — dije —. A mi familia, no.
— Correcto.
— Y sexta: esto no es una relación. Esto es un problema con dos personas dentro.
Eso no lo apuntó. Levantó el bolígrafo, se quedó tres segundos largos con la punta a un centímetro del folio, encapuchó el boli con el pulgar y lo dejó encima de la mesa; y no dijo nada, y no me llevó la contraria, y no me dio la razón, y aquel silencio fue el primero de los suyos que no supe medir.
Dobló el folio en cuatro y lo metió en la carpeta de las circulares, que es donde aquel hombre mete las cosas que van a cumplirse; y yo, desde la encimera, con las piernas colgando y la única taza de aquella casa entre las manos, me quedé mirando cómo un examinador de tráfico archivaba en una carpeta de anillas la lista de todo lo que no íbamos a hacer, y me dio la risa y me duró poco.
———
La regla número uno duró cuarenta y ocho horas, que es más o menos lo que tardan en durar todas las reglas que se escriben a las once de la noche de un domingo por dos personas que ya han decidido saltárselas.
El jueves 26 me tocó bajar al archivo de la planta baja a pedir un duplicado del impreso de inscripción, porque el mío se había traspapelado en la máquina de la administración pública, que es una máquina que traspapela cosas por diseño y que luego te pide el papel que ella misma ha perdido.
El archivo de la Jefatura es una sala larga con estanterías metálicas, un fluorescente que sí funciona, un olor a papel de los ochenta que se te queda en el abrigo, y una puerta que se cierra sola porque tiene el muelle mal desde hace años y que hace un ruido de submarino.
Elías bajó a los cuatro minutos. A por un impreso, dijo, y a mí, que llevaba doce años oyendo excusas de alumnos que llegaban tarde, aquello me pareció flojo hasta para él.
Yo, en toda mi vida, no me he besado con nadie en un archivo.
Tengo treinta y cuatro años, he sido una persona seria, doy clase a menores de edad, llevo doce años firmando partes de asistencia y me sé el nombre de pila de todos los administrativos de esa planta.
Y estuve seis minutos contra una estantería metálica del Registro de Vehículos, con la mano de un examinador de tráfico por debajo de la camisa y con el pulso metido en las orejas, oyendo pasar carritos de reparto por el pasillo y a alguien discutir con la máquina de café que se traga las monedas; y no me lo he perdonado, y no me lo pienso perdonar, y lo volvería a hacer mañana a la misma hora.
— Regla número uno — dije, cuando pude.
— Ya.
— La has escrito tú. Con epígrafes.
— La he escrito yo — reconoció, y se metió la camisa por dentro con una dignidad que me hizo tanta gracia que me tuve que dar la vuelta y ponerme a mirar una estantería de expedientes del noventa y cuatro.
La regla número tres duró nueve días, y solo porque llovió y porque el insomne del primero se fue una semana a Benidorm con su hija, cosa que sabía todo el portal.
La regla número dos aguantó. Esa aguantó. Esa era la de verdad, y los dos sabíamos que las otras cuatro estaban allí para que aquello pareciera una lista y no lo que era, que era un único mandamiento escrito cinco veces con epígrafes.
Y así fue octubre. Un mapa de la ciudad hecho por dos personas que llevan toda la vida midiendo distancias: el mirador de Monte Cantabria a las once de la noche, que es donde sube todo el mundo y donde por lo tanto no mira nadie; el camino de tierra que sale de la carretera de Fuenmayor y que se acaba en un olivo; una calle del Casco Antiguo en obras desde marzo por la que no pasa ni el que vive allí; mi portal a la hora del telediario, que es la única franja del día en la que ocho vecinos jubilados están todos mirando a otro lado.
Nunca dos veces la misma ruta. Nunca en el mismo orden.
Nunca los dos coches en la misma calle, y en mi caso nunca ningún coche, porque yo iba andando a todas partes y aquel otoño hice más kilómetros a pie que en doce años dando clase.
Éramos buenísimos. Y esa es la parte que da vergüenza contar: que se nos daba bien, y que nos gustaba que se nos diera bien.
———
Y a partir de ahí empezó una cosa que yo no me esperaba en absoluto, y es que lo difícil no era escondernos: escondernos era hasta divertido, y tenía sus horarios y sus rutas y su sistema, y una parte de mí, la parte fea, se lo estaba pasando mejor de lo que se lo había pasado en seis años.
Lo difícil era el martes y el jueves, de siete a nueve.
Dos horas. Once testigos. Yo en la tercera fila pegada a la pared y aquel hombre a cuatro metros, de pie, explicando el sistema de detracción de puntos con un puntero de plástico, y yo teniendo que mirarlo dos horas seguidas sin que se me moviera nada de la cara.
Con las manos quietas encima de la mesa, que según mi padre significa que lo has entendido todo, y en aquella sala la única persona que no entendía nada de nada era yo.
Porque aquel hombre, delante de la gente, hacía exactamente lo que hay que hacer, y no de una manera aproximada, ni con un guiño, ni dejando caer una miguita para que yo supiera que aquello era teatro: lo hacía entero, sin rebaja y sin descanso, y lo hacía tan bien que dolía físicamente, en la boca del estómago, dos horas seguidas, dos veces por semana.
— Salcedo.
Me llamaba por el apellido. A Fefa la llamaba Josefa, a Chemari José María, a Yeray Yeray, a Higinio don Higinio desde la segunda sesión porque a Higinio se le llama don Higinio y punto. A mí, Salcedo. Como en la mili.
— Dime.
— El supuesto tres del cuadernillo. La respuesta que has marcado es la correcta.
— Gracias.
— El razonamiento que has escrito debajo, no. Has aplicado el criterio de la señal vertical, y en este supuesto la señal vertical está tapada por la vegetación. Lo pone. Lo pone en la tercera línea.
— Lo he leído.
— No lo has aplicado.
— Vale, pues lo hago otra vez.
— Hazlo otra vez.
Silencio en el aula 2. De los buenos, de los de que se oye el fluorescente, y once personas mirando de reojo a la hija del Salcedo, que había enseñado a conducir a medio barrio y a la que le acababan de mandar repetir un ejercicio del cuadernillo delante de todo el mundo.
— Oye, majo — dijo Fefa, girándose entera en la silla de la primera fila, con esa voz que le sale del sótano —. ¿Y por qué a ella le pides el razonamiento y a mí no me lo has pedido en tres meses?
— Porque a ti no te va a hacer falta.
— ¿Y a ella sí?
— A ella se lo pido — dijo Elías, sin mirarme, mirando a Fefa, que es lo que hay que hacer cuando te pregunta Fefa — porque en enero vuelve a dar clase, y las cuatrocientas personas que se sienten a su lado en un coche van a aprender lo que ella les diga, esté bien o esté mal, y se lo van a creer, porque es la hija de quien es y porque explica mejor que yo.
En esta sala hay once permisos de conducir.
En sus manos hay cuatrocientos al año durante los próximos treinta. No es el mismo examen.
Se hizo un silencio distinto. Higinio dijo, muy bajito, con el índice levantado, que aquello tenía un final larguísimo. Rebeca levantó la vista del portátil por primera vez en la sesión. Y Braulio, desde la puerta, no dijo nada, que en Braulio es una manera de decir algo.
Y yo me quedé mirándome las manos, que se me habían puesto quietas de verdad, porque acababa de entender una cosa: que aquel hombre no estaba disimulando.
Que no era una tapadera, ni un teatro para despistar, ni una manera elegante de guardar las distancias.
Aquel hombre me estaba apretando en serio, más que a nadie de aquella sala, más que al taxista y más que al chaval de la moto, y lo estaba haciendo delante de once personas dos veces por semana, y lo hacía porque para él era lo correcto; y lo peor de todo, lo que me tuvo dos noches despierta en la calle Chile mirando el techo de la humedad, es que tenía razón.
En la primera fila, Chemari Arnedillo había abierto el cuaderno por una página nueva y estaba escribiendo a toda velocidad, con la lengua un poco fuera, subrayando algo dos veces.
———
El cuaderno de Chemari, a finales de septiembre, iba por la página ciento y pico.
Yo lo había visto de lejos, y una vez, en el pasillo, de cerca.
Cuadriculado, de espiral, con las esquinas ya redondeadas de meterlo y sacarlo del bolsillo de la cazadora cuarenta veces al día, con una goma alrededor y con las hojas escritas hasta el margen y por los dos lados.
Chemari apuntaba la hora de inicio y la hora de fin de cada sesión, con minutos.
Apuntaba quién faltaba y quién llegaba tarde.
Apuntaba las preguntas que se hacían, quién las hacía, qué contestaba el profesor y si el profesor tardaba en contestar, y cuánto.
Apuntaba las veces que se iba la luz del fluorescente, que era un número que él consideraba capital porque, según su tesis, la Jefatura no lo arreglaba a propósito para que el curso resultara desagradable, la gente no lo repitiera y así se pudiera seguir recaudando por la vía de la reincidencia.
Apuntaba la temperatura del aula con un termómetro que se había traído de casa.
Apuntaba si Puri hablaba mucho. Y apuntaba, aunque eso no lo supe hasta diciembre, cada vez que el profesor le pedía a alguien un razonamiento por escrito, con el nombre de la persona al lado.
— ¿Y eso para qué es? — le preguntó Rebeca un día, sin levantar la vista del portátil, por decir algo.
— Para la denuncia.
— ¿Qué denuncia?
— La mía. Contra la Dirección General. — Y lo dijo con la tranquilidad enorme de un hombre que lleva cuatro meses estando seguro de algo, que es una cosa que en este país no tiene precio —.
Que aquí todo esto es recaudación, maja.
Todo. El radar de la 232 está mal puesto y lo sabe hasta el que lo puso; yo lo tengo medido, está en el punto de la curva donde el coche recupera solo, sin tocar el pedal, y eso no es casualidad, eso es ingeniería.
Y este curso es un negocio: once personas, tres meses, échale la cuenta de lo que cuesta la sala y échale la cuenta de lo que sacan.
Yo lo tengo aquí apuntado todo. Fechas, horas y quién dijo qué.
— Chemari, que esto es gratis.
— Eso dicen ellos.
— Que es gratis, que lo pone en el impreso.
— El impreso lo hacen ellos también.
Y Braulio Nalda, desde la puerta, sin mover las manos de las rodillas y sin levantar la vista del suelo, se gastó una de sus tres frases de la sesión:
— Como te lo cobren, se lo pagas tú.
El 30 de septiembre, un martes, a las nueve menos tres, mientras el aula 2 se levantaba entera y Rebeca ya estaba contestando correos de pie y Higinio se ponía la chaqueta con una parsimonia de otro siglo y Fefa le contaba a Yeray una historia sobre su cuñado que Yeray no había pedido, Chemari Arnedillo se quedó sentado, cerró el cuaderno del todo y lo dijo en voz alta, para nadie y para todos, con el aula llena, con Puri Belloso en el lateral recogiendo sus papeles y con Elías Ibarrola de pie junto a la pizarra a cuatro metros de mí:
— Que conste que yo aquí lo llevo todo apuntado, ¿eh? Todo. Lo que se dice y lo que no se dice. Por si acaso.
Y le dio dos golpecitos al cuaderno con la palma de la mano, muy despacio, dos, y se lo metió en el bolsillo de dentro de la cazadora.