Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 16
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Capítulo 16

Cuarenta y un escalones. Los subí sin pensar, y luego, cuando ya no hubo otra cosa que hacer que pensar, resultó que los había contado, porque a mí lo de contar se me estaba pegando de aquel hombre igual que se pega el acento de la gente con la que vives.

Elías Ibarrola me abrió la puerta con la camisa por dentro, a las ocho y diez de un sábado de septiembre, en su propia casa, y aquello me pareció ya la primera anomalía del día.

— Pasa.

Pasé. Y lo que había dentro de aquella casa me borró de la cabeza, durante un minuto entero, el discurso que traía preparado desde la calle Chile y que había ido repitiéndome por Vara de Rey, por el Espolón y por la calle de atrás que está en obras desde marzo.

El salón tenía cuatro paredes blancas, un suelo de tarima vieja que crujía siempre en el mismo sitio, una ventana al Casco Antiguo por la que entraba el ruido de la terraza de abajo y el olor a fritanga de las nueve, una mesa pequeña de las que se compran montadas, una lámpara de pie y una silla.

Una silla.

En el recibidor había un clavo en la pared, puesto por alguien que vivió allí antes que él, a la altura exacta a la que se cuelga un cuadro, o un espejo, o un calendario, o una foto de tu madre; y en ese clavo no había nada.

Catorce meses. En la cocina, un vaso boca abajo en el escurridor y un trapo doblado en tres encima del horno.

En la estantería del pasillo, cuatro carpetas de anillas con el lomo rotulado a mano con una letra de las que ya no salen del sistema educativo: reglamento, circulares, oposición, Nico.

En el suelo del cuarto de al lado, dos cajas de cartón cerradas con cinta y con una capa de polvo por encima que no se acumula en dos semanas ni en dos meses.

Yo he estado en muchos pisos de alquiler de Logroño, que es una ciudad de pisos de alquiler y de gente que dice que está de paso y se queda cuarenta años.

He estado en pisos de estudiantes con un colchón en el suelo y un póster torcido con el celo amarillo.

He estado en pisos de divorciados, con la vajilla que les dio su madre, una tele demasiado grande y una foto de dos críos en la nevera.

He estado en el piso de una compañera de Berceo que se acababa de mudar y que llevaba tres días allí, y hasta ella tenía una postal pegada en la puerta de la nevera.

Todos. Todos tenían algo colgado. Algo que dijera: aquí duerme una persona que espera despertarse mañana y volver a dormir aquí.

— ¿Y tú dónde vives? — dije.

— Aquí.

— No. Aquí duermes.

Elías miró su propio salón por primera vez en catorce meses.

Se le notó, y no en la cara, porque en la cara de aquel hombre no se le nota nada, sino en que tardó cuatro segundos en volver a mirarme.

Miró la silla, la mesa, la lámpara, el clavo del recibidor; y luego me miró a mí, de pie en medio de todo aquello con el bolso todavía colgado del hombro; y no dijo nada, porque no había nada que fuera correcto.

— He venido a decirte que no puede ser — dije.

— Correcto.

— Que lo del martes en el aparcamiento iba en serio. Que son once personas y que a Fefa la conozco desde que yo tenía nueve años.

— Correcto.

— Y que llevo una semana sin dormir.

— Yo también.

— Ya. Pues por eso he venido. A decírtelo a la cara y a irme a mi casa.

Elías se quedó donde estaba, a tres metros, con las manos quietas, y dijo lo siguiente sin subir la voz, sin adornarlo, sin un adjetivo y sin apartar los ojos, que es la única forma que tiene de decir las cosas:

— Llevo nueve años y cuatro meses examinando.

He evaluado a tres mil doscientas personas en dos provincias.

He suspendido a mil ochocientas noventa y una.

No he hecho una excepción nunca. Ni una.

Ni con el hijo de un compañero, ni con una señora de sesenta años que se puso a llorar en el asiento y me dijo que era la última vez que lo intentaba, ni con un chaval al que le hacía falta el permiso para no perder un contrato.

Nunca. Es lo único que he hecho bien en mi vida.

— Ya lo sé.

— Y me voy a arrepentir de esto.

— Pues no lo hagas.

— Es que lo voy a hacer igual — dijo.

Y ahí es donde tendría que haberme ido. Ahí, en ese segundo, con el bolso todavía colgado del hombro y la puerta a dos metros y cuarenta y un escalones por delante para pensarlo.

Ahí, con once nombres perfectamente ordenados en la cabeza y con una alumna de dieciocho años temblando en una acera de Lardero en el mes de mayo.

Y he tenido cuatro meses para explicarme a mí misma por qué no me fui, y la única explicación que tengo, la única honrada, la que no me deja bien, es esta: que llevaba treinta y cuatro años siendo la que arregla las cosas de los demás, y que aquel hombre, que no arregla nada y que no ha hecho una excepción en nueve años, acababa de decirme que iba a romperse él por mí sabiendo exactamente lo que le iba a costar, con la cifra hecha, sin dramatizar y sin pedirme nada a cambio.

Y dejé el bolso en la silla. En la única silla.

———

No hubo nada elegante. Me gustaría contar que hubo algo elegante, pero llevábamos ocho semanas dando una clase a medias, discutiendo delante de once testigos, pasándonos la tiza sin mirar y terminándonos las frases el uno al otro delante de un mapa descolorido, y cuando aquello se soltó se soltó entero y de golpe.

Me besó en el pasillo, contra la estantería de las cuatro carpetas, y me sujetó la cara con las dos manos igual que se sujeta algo que se te puede caer al suelo, y yo le saqué la camisa de dentro del pantalón con la satisfacción sucia de estar cometiendo una infracción muy grave contra el orden del mundo.

Debajo de aquella camisa había un hombre que nada cuarenta largos todas las mañanas a las siete en la piscina municipal, y ahí me tuve que parar un segundo entero con las dos manos abiertas encima, porque una cosa es saberlo desde julio y otra cosa es tenerlo.

— ¿Ahí? — dijo, con la mano abierta en la parte baja de mi espalda.

— Ahí.

— ¿Más arriba?

— Elías.

— Es una pregunta.

— Es que no te voy a dar centímetros.

— Ayudaría.

Me reí. Me reí con la boca abierta, en su pasillo, con la camisa de aquel hombre hecha un gurruño en la mano, y me reí de tal manera que se me escapó el aire y tuve que apoyar la frente en su hombro, y él se paró en seco.

— ¿Te ríes?

— Sí.

— ¿De mí?

— De ti no. Contigo tampoco, porque tú no te ríes. Me río sola. Es un déficit del sistema.

Elías Ibarrola me miró tres segundos. Y luego me quitó la mano de la boca, otra vez, igual que en el callejón el sábado anterior, y me la puso él mismo en su nuca, y dijo:

— Ríete otra vez.

En el dormitorio había una cama y no había nada más: ni mesilla, ni lámpara, ni un libro en el suelo, ni un cargador enchufado, ni ropa en una silla.

Las sábanas estaban tensas, hechas de una manera que no se ve fuera de un cuartel o de una casa en la que nadie se ha quedado nunca a dormir.

Las deshicimos, y a mí me dio una alegría rara y bastante fea deshacerlas.

Me quitó la ropa despacio, sin torpeza y sin prisa, con esa atención suya de estar tomando datos, y en algún momento entre la puerta y la cama entendí que aquel hombre me estaba mirando de la misma manera exacta con la que había mirado, tres días antes, las manos de la gente en una barra de la calle Laurel: con hambre de entender.

Y a mí eso me hizo más que ocho semanas de tensión y que todo el mes de agosto juntos.

— Espejo, señal, maniobra — dije contra su cuello, porque cuando me pongo nerviosa me sale el oficio.

— ¿Qué?

— Nada. Sigue.

— ¿Es una instrucción?

— Es una manía.

Hizo un ruido corto por la nariz, uno solo, que en Elías Ibarrola equivale a una carcajada de tres minutos, y bajó la boca por mi cuello y por la clavícula y por el pecho, y luego más abajo, con una lentitud administrativa que me pareció, francamente, un abuso de poder.

Y me deshizo. Me deshizo con las manos y con la boca y con esa concentración de examinador que tiene, sin apartar la mirada de lo que me estaba pasando en la cara, comprobándolo todo, corrigiendo el ángulo, volviendo atrás cuando algo funcionaba y quedándose ahí; y cuando me arqueé entera contra la sábana y le agarré la nuca con las dos manos y dije lo que dije, que no lo voy a repetir aquí, aquel hombre levantó la cabeza y dijo:

— Correcto.

Y me dio la risa a la mitad. Me dio la risa en el peor momento posible, con las piernas temblándome y la voz rota, la risa de verdad, la que no puedo parar, la de taparse la boca; y él, en vez de ofenderse, en vez de apartarse, en vez de hacer lo que habría hecho cualquier otro hombre de este país en esa posición y en ese minuto, se apoyó en un codo y se quedó mirándome reírme con una cara que no le había visto nunca, ni en el aula, ni en la escalera, ni en el callejón.

— Sigue — dijo.

— ¿Yo?

— Riéndote.

Lo hice todo mal, y lo hice mal a propósito.

Le di la vuelta, me senté encima, le agarré de las muñecas y se las puse contra la cama, y me lo tomé con una calma que no tenía ninguna intención de tener, y le hice esperar, y le fui bajando por el pecho y por el estómago sin ninguna prisa, y Elías Ibarrola, que lleva catorce años midiendo el mundo en segundos y que tiene un reloj adelantado para ir por delante de todo, se quedó debajo de mí sin decir un solo número.

Ni uno. Y cuando por fin lo hicimos me sujetó la cadera con una mano y la nuca con la otra y dijo mi nombre entero, Nerea, y luego mi apellido, Salcedo, con la voz partida por la mitad; y aquello, el apellido, ahí, en aquella cama, en la boca del hombre que me llamaba Salcedo delante de once personas dos veces por semana, fue la cosa más obscena que me ha dicho un hombre en toda mi vida.

Después nos quedamos los dos boca arriba en aquella cama deshecha, mirando un techo que no tenía absolutamente nada: ni una lámpara, ni una grieta, ni una mancha de humedad con forma de país, ni el gotelé de los años ochenta que tenemos todos los demás.

Un techo liso, blanco, de un piso reformado por un casero para alquilarlo rápido, y debajo, dos personas que se acababan de cargar cuatro meses de trabajo de once.

— Cuarenta y un escalones — dijo.

— ¿Qué?

— Los que has subido.

— ¿Los has contado desde aquí?

— Los conté en junio. El día que entré a vivir.

— ¿Y para qué los contaste?

— Para saber si podría subir a mi madre.

— ¿Y puede?

— No — dijo Elías, mirando el techo que no tenía nada —. Por eso no ha venido.

———

Me desperté a las siete y veinte con una luz de domingo entrando por una ventana sin cortinas y con un brazo cruzado por encima.

Elías dormía como duerme la gente que no ha dormido en catorce meses: boca abajo, con la nariz rota apoyada en el colchón, sin moverse y sin hacer ningún ruido; y estuve un rato largo mirándole la espalda, que tiene una cicatriz vieja en la costilla izquierda, y contando lo que aquello nos iba a costar a los dos y a otras once personas, y salió una cifra tan grande que me levanté.

Me levanté a hacer café, que es lo que hago yo cuando no sé qué hacer y lo que ha hecho mi madre durante sesenta y tres años y lo que hará mi hermana cuando le toque.

Encontré la cafetera en el segundo armario, italiana, de las de rosca, limpia y seca.

Encontré el café en un bote de cristal con la tapa bien cerrada.

Encontré el azúcar, y una cuchara, y un paño doblado, y un abrelatas, y todo en su sitio, y todo en cantidades de una persona sola que ha calculado exactamente lo que necesita una persona sola.

Y mientras la cafetera empezaba a hacer ese ruido de cafetera italiana que se oye igual en todas las casas de este país, me puse la camisa de aquel hombre porque no encontré la mía, y me apoyé en la encimera, y miré por la ventana de la cocina el patio interior de un edificio del Casco Antiguo un domingo a las siete y media de la mañana: cuatro tendederos con ropa, un ventilador viejo en un alféizar, una maceta con algo verde y una bicicleta colgada de un balcón.

Vidas. Todas las ventanas de aquel patio tenían dentro una vida y la de aquel piso no tenía ninguna, y me acordé de mi padre, que dice que a la gente se la conoce por cómo aparca y por cómo tiene la guantera.

Abrí el armario de arriba a buscar dos tazas.

Y había una.

Una taza blanca, sola, en el centro de una balda de sesenta centímetros, con todo el espacio del mundo alrededor y nada al lado, en la cocina de un piso de alquiler del Casco Antiguo de una ciudad en la que aquel hombre llevaba catorce meses levantándose a las seis y media todos los días de su vida; y me quedé con la puerta del armario abierta y la mano en el aire durante un rato largo, sin coger nada, oyendo las campanas de la iglesia de al lado dar las siete y media, que en su reloj eran las siete y treinta y tres.