Capítulo 15
— Maja, que a las cuatro de la mañana estaba Higinio en el Tirso explicándole a un guardia la diferencia entre catar y beber.
— ¿Y qué le dijo el guardia?
— Yo me fui a las ocho.
— A las ocho.
— A las ocho.
— Pues yo te vi a las siete y media entrando en el Laurel con el profesor.
Me quedé quieta en el pasillo, con el móvil en la oreja y con toda la sangre en un sitio del cuerpo donde no me hacía ninguna falta.
— Le estaba enseñando la ciudad. Lleva catorce meses aquí y no había pisado el Laurel.
— Ay, pobre. Eso es maltrato.
— Fefa...
— Que no digo nada, maja, que yo no digo nada.
— Que es lo que dice Fefa Ubago justo antes de decirlo todo —.
Yo lo único que digo es que ese hombre no bebe, no fuma, no habla y no se ríe, y que ayer a las siete y media iba detrás de ti por San Juan con una cara que yo se la vi a mi Paco en el ochenta saliendo de misa de doce.
Y punto. Yo no digo nada. ¿Vas a venir el martes o qué?
———
El martes 24 volvimos al aula 2, y yo llegué a las siete menos veinte por primera vez en cinco meses, porque quería estar sentada y colocada y con el cuadernillo abierto antes de que entrara nadie, y sobre todo antes de que entrara él.
He hecho cosas difíciles en mi vida. He sacado a una alumna de un carril de aceleración de la 232 agarrando el volante desde el asiento de la derecha con un camión encima y la cría con las dos manos en la cara.
He llevado a mi padre a que le dijeran lo que le dijeron y he conducido de vuelta a Varea los noventa kilómetros hablando del tiempo, y luego he aparcado y le he abierto la puerta y he subido a casa a hacer la cena.
Nada de eso es difícil comparado con estar sentada en la tercera fila de una sala de treinta metros cuadrados, con once personas delante, mirando a un hombre explicar el artículo 21 del Reglamento General de Circulación y sabiendo exactamente a qué le sabía la boca.
Lo hicimos fatal. Lo hicimos tan rematadamente mal que todavía hoy no entiendo cómo no nos empapelaron aquella misma tarde, delante de once testigos con motivos de sobra para irse de la lengua y de una psicóloga a la que la Administración le paga por mirar a la gente.
Elías no me miró en dos horas. Ni una vez.
Preguntó a Fefa, preguntó a Rebeca, preguntó dos veces a Chemari a sabiendas de que Chemari iba a contestarle con un dato inventado y de que aquello nos iba a costar diez minutos de reloj, y a mí, que era la única persona de aquella sala capaz de contestarle bien, no me preguntó ni una sola vez.
Y yo, que llevaba cinco sesiones levantando la mano cada cuarto de hora, no la levanté, y estuve las dos horas mirándome las manos encima de la mesa, quietas, muy quietas, que según mi padre significa que lo has entendido todo.
Puri Belloso nos miró treinta y cinco minutos seguidos, y los conté uno a uno desde mi silla de la pared mientras fingía leer un cuadernillo que me sabía de memoria; y no nos miraba a los dos a la vez, que habría sido lo lógico, sino primero a él durante un rato largo y luego a mí durante otro, con esa cara suya de estar comprobando una hipótesis que ya tenía escrita en su carpeta desde julio.
Al final de la sesión reformuló, con voz de yoga, que había percibido en el grupo una energía distinta, más contenida, y que a veces, cuando un grupo se contiene, es porque hay algo que no se está diciendo; y que ella lo dejaba ahí, encima de la mesa, para quien lo quisiera coger.
— Es que hemos tenido fiestas — dijo Fefa.
— Puede ser — dijo Puri.
Y no dijo más. Y eso fue muchísimo peor que si hubiera dicho algo, porque una acusación se contesta y una insinuación se aguanta, y aquella mujer lleva veinte años cobrando por saber la diferencia.
———
Lo hablamos en el aparcamiento de la Jefatura, a las nueve y veinte, entre un coche de la Guardia Civil y una farola, que es el sitio más romántico de La Rioja.
— Esto no puede ser — dije.
— Correcto.
— No, no me digas correcto. Escúchame bien, porque lo voy a decir una vez y en voz alta y luego no lo vuelvo a decir.
— Y me salió la voz de la 232, la de cuando un crío se va a meter en una glorieta sin mirar a la izquierda —.
En esa sala hay once personas. Once. Fefa lleva cuarenta y un años sin un rasguño y no puede ir en coche a Villamediana a ver a su hermana, que está como está.
Chemari es taxista: sin carné no come, y no es una frase, es que no come, tiene una hipoteca y una hija en Zaragoza.
Yeray tiene veintidós años y una moto que es su nómina entera.
Braulio lleva treinta años haciendo la misma carretera y no hay autobús que suba a donde tiene los animales.
Higinio tiene setenta y uno, enviudó hace cuatro y esto es lo único que hace fuera de su casa en toda la semana, y no me digas que no lo has visto, porque lo has visto.
Y ese curso es lo único que hay en toda la provincia.
No hay otro. Este trimestre no hay otro. Si esto se cae, se caen once.
— Doce — dijo Elías.
— Once y yo. Vale. Doce.
— Trece.
Y me callé, porque tenía razón, y porque era la primera vez en dos meses y medio que aquel hombre se contaba a sí mismo dentro de un número.
Había un banco de piedra al lado de la farola con una lata vacía encima, y Elías, mientras yo hablaba, la había cogido y la había puesto en el borde, perfectamente paralela al canto, y luego la había movido un centímetro, y luego otro.
Lo hace. Lo hace cuando algo se le está yendo de las manos: alinea.
En mayo alineaba el bolígrafo con el cuaderno en el asiento de atrás del Ocho mientras le partía la tercera convocatoria a una cría de dieciocho años.
— Si esto sale a la luz — dijo, y hablaba mirando la lata —, el programa se suspende de forma cautelar en veinticuatro horas.
La certificación de los once queda sin efecto.
Se anula el curso y no hay otro hasta que la Dirección General decida si repite el piloto o vuelve al sistema anterior, y eso puede llevar un año.
Tú no recuperas el permiso en diciembre.
Yo tengo un expediente disciplinario abierto en cuarenta y ocho horas y una separación del servicio encima de la mesa.
Es el escenario completo. No hay uno peor y no hay ninguno intermedio.
— ¿Lo tenías calculado?
— Lo calculé el sábado. A las nueve.
— El sábado a las nueve estabas conmigo en un callejón.
— A las nueve y media — dijo —. Cuando llegué a casa.
Se hizo un silencio de esos que se oyen. Un coche entró en el aparcamiento, dio la vuelta entera y se fue sin aparcar. En la torre del edificio hay un reloj grande, de esos de los años setenta, que va tres minutos por detrás del suyo y por lo tanto seis minutos por detrás del mundo.
— Entonces no — dije.
— No.
— No podemos.
— No podemos.
Y ninguno de los dos se movió del sitio durante casi un minuto, y yo estaba a cuarenta centímetros de aquel hombre en un aparcamiento con doce farolas encendidas y una cámara en la esquina, y creo que si en aquel momento hubiera pasado un cabezudo otra vez lo mandamos todo a la mierda ahí mismo, entre el coche de la Guardia Civil y la papelera.
Se fue primero, que es lo que hace siempre, y dejó la lata perfectamente alineada con el canto del banco; y yo me quedé mirando aquella lata un rato largo antes de cogerla y tirarla a la papelera que había a dos metros, porque no soporto ver una cosa fuera de su sitio y porque necesitaba hacer algo con las manos.
———
El jueves aguanté. El viernes aguanté. El sábado aguanté hasta las siete y media de la tarde, y a las siete y media de la tarde cogí el bolso y salí a la calle a decirle a la cara que aquello no podía ser, porque yo soy de las que van y lo dicen y luego duermen del tirón.
En aquellos cinco días hice lo que hace todo el mundo, que es buscarse cosas.
Fregué la casa entera un miércoles a las once de la noche.
Ordené las cuatro cajas de los test viejos de Berceo por convocatorias, que es una tarea sin ninguna utilidad y que me llevó dos horas y media.
Le puse un fondo de armario a mi madre por teléfono para una boda que era en mayo.
Y estudié. Estudié el teórico como no lo estudié a los dieciocho años, en la mesa del comedor, subrayando un manual que yo misma llevo doce años explicando, porque cuando no puedes con una cosa te pones a poder con otra, y porque en diciembre había un examen y yo llevo doce años sentándome al lado de gente que lo hace y no lo he hecho desde los dieciocho años.
Y ahí descubrí lo que es intentar hacer una cosa clandestina en una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes en la que tu padre ha enseñado a conducir a media población durante treinta y cinco años.
En el portal de mi casa, en la calle Chile, me encontré a la vecina del segundo, que me preguntó por mi madre, por mi padre, por Miriam y por el carné, en ese orden, y que me tuvo nueve minutos con la bolsa de la compra apoyada en la rodilla porque a su cuñado también le habían quitado los puntos y qué barbaridad, hija, qué barbaridad, y si es que ya no se puede ni respirar.
En Vara de Rey me crucé con la madre de un alumno del año pasado, que se paró en medio de la acera y dejó las bolsas en el suelo, lo cual en el idioma de esta ciudad significa que la conversación va a durar, para decirme que su hijo conduce ahora estupendamente y que se lo debe a mí, y me lo dijo agarrándome del brazo con las dos manos, y yo diciéndole que qué bien, con el reloj sonándome dentro de la cabeza.
En el Espolón, un señor al que no reconocí levantó el bastón desde su banco y gritó mi apellido, y luego el de mi padre, y luego, por si acaso no me había enterado, otra vez el mío, y tuve que ir hasta el banco y darle dos besos y preguntarle por una mujer de la que no tenía ni idea.
Y en la esquina de Portales, delante de la iglesia, el del estanco salió a la puerta a decirme que la semana que viene le tocaba a su sobrina el teórico y que si le podía echar un ojo, que él me lo pagaba, y que ya sabía lo mío y que era una vergüenza.
Cuatro paradas. Setecientos metros. Veintiséis minutos.
Y eso es un sábado normal de una mujer normal que no está haciendo nada.
Imagínate lo que es cruzar esta ciudad con algo que esconder, con el apellido que tengo, en septiembre, con la gente todavía en la calle a las ocho de la tarde y con media Logroño convencida de que me conoce porque hace veinte años se sentó al lado de mi padre en un coche blanco con doble mando y aprobó a la primera.
En Madrid la gente tiene aventuras. Aquí tienes testigos.
Llegué al Casco Antiguo a las ocho y cinco, por la calle de atrás, la que no coge nadie porque está en obras desde marzo, con las gafas de sol puestas en septiembre a la hora en la que se va la luz, que es la manera más clara que existe de anunciarle a un barrio entero que estás haciendo algo raro.
El portal era de esos de piedra, con la puerta verde despintada, un buzón arrancado y un telefonillo de cinco botones con cuatro apellidos escritos a mano y un hueco.
El hueco era él. Catorce meses en la ciudad y no había puesto ni el nombre en el telefonillo.
Y ahí, con el dedo a dos centímetros del botón, me pasó por la cabeza todo lo que había que decir.
Que once personas. Que Tania Quel. Que mi padre y las citas de Pamplona.
Que Loli y la nómina y los números encima de la mesa.
Que diciembre. Que me quedaban dos meses y medio de una sanción que me había comido yo solita por no recurrir, y que aquello, lo del callejón, lo del bombo y la peña y la mano en mi muñeca, era la manera más tonta que había encontrado nunca una mujer de treinta y cuatro años de tirar por la ventana lo único que le quedaba.
Llamé.
— ¿Sí?
— Soy Nerea.
Y hubo tres segundos de nada. Tres. Los conté también, que a mí lo de contar se me está pegando.
Luego sonó el zumbido de la puerta.
Y subí.