Capítulo 14
La cuadrilla de Fefa había cogido el Tirso al asalto a las once y media, y cuando llegué había allí catorce personas de las cuales yo conocía a seis, que eran las de mi aula, y a las otras ocho las conocía Fefa desde el bachillerato y por lo tanto ya me conocían a mí también, porque en esta ciudad la propiedad transitiva funciona mucho mejor que el autobús urbano.
— ¡Aquí! ¡Aquí, maja! — gritó desde el fondo, de pie, con un pañuelo rojo, unas gafas de sol enormes y un vaso en la mano a las once y media de la mañana —.
¡Que os presento a la profesora! ¡Esta es la hija del Salcedo, la que enseñó a conducir a medio barrio y ahora la tienen castigada con nosotros!
— Fefa.
— ¡Que es verdad!
— Fefa, que hay gente.
— Pues que se enteren, coño.
Higinio llevaba chaqueta de lino, pañuelo doblado en el bolsillo de arriba y una cara de estar haciéndole un favor al mundo occidental.
Chemari había venido con el cuaderno, en fiestas, el 21 de septiembre, y ya tenía dos entradas apuntadas antes del mediodía porque había contado los coches de la Policía Local en el Espolón y le salían tres más que el año pasado, dato que él consideraba concluyente de algo que no llegó a especificar.
Rebeca estaba en la puerta, con el móvil en la oreja, diciéndole a alguien que le llamaba en cinco.
Braulio, en la esquina de la barra, con la espalda contra la pared, mirando la calle igual que se mira un prado en abril.
Y Yeray había venido: con la chupa de la moto puesta y a treinta y dos grados de sensación térmica, pero había venido, y se había puesto al lado de Braulio, y los dos llevaban veinte minutos allí sin decirse absolutamente nada y con toda la pinta de estar pasándoselo bien.
———
A la una y media bajamos todos al Espolón a ver el pisado, y hay que explicar antes el Espolón, porque sin el Espolón no se entiende el 21 de septiembre ni se entiende esta ciudad.
Es un paseo con plátanos enormes, un quiosco de música, sus bancos de piedra y sus jubilados fijos, y once meses al año es el sitio donde mi padre se sentaba a las siete de la tarde a ver pasar a la gente y a decirme, sin que nadie se lo pidiera, qué coches conducían mal por la avenida.
Y luego llega San Mateo y aquello se llena de una manera que no ves el suelo: los danzadores, la uva del año en el lagar de madera, los pies, el primer mosto saliendo por el canal, la gente aplaudiendo una cosa que ha visto cuarenta veces y que sigue aplaudiendo.
Cuarenta mil personas apretadas y todo el mundo con el pañuelo, y arriba, en los balcones de la avenida, las familias enteras con los críos subidos a las barandillas.
Elías Ibarrola apareció a las dos menos cuarto, con camisa de manga corta metida por dentro y el pelo recién cortado, en medio del Espolón, quieto, sin pañuelo, con las manos en los bolsillos y la cara de un hombre al que han dejado en el sitio equivocado de un mapa.
Fefa lo cazó en tres segundos.
— ¡Ibarrola! ¡Aquí!
Y ahí empezó todo, o mejor dicho, ahí siguió lo que llevaba dos meses empezado sin permiso de nadie.
Porque yo lo estaba mirando desde diez metros, entre Higinio y el carrito de un niño, y lo primero que me vino a la cabeza no fue nada de lo que se supone que hay que pensar en estos casos.
Lo primero que me vino a la cabeza fue que aquel hombre no sabía dónde ponerse.
Nueve años examinando, tres mil doscientas personas evaluadas, un vídeo con nueve mil visitas, doce puntos míos en su libreta, y no sabía dónde ponerse en una fiesta.
Fefa lo cogió del brazo y lo metió en la cuadrilla igual que se mete un mueble en un piso, sin preguntarle si cabía, y en veinte minutos aquel hombre había sido presentado a catorce personas, había dicho que no a cuatro vasos, había contestado con exactitud a la pregunta de a qué se dedicaba, cosa que en un corro de San Mateo formado en su totalidad por gente que había perdido los puntos tuvo un efecto que se puede describir como litúrgico, y había sobrevivido a que la hermana de Fefa le preguntara si él podía quitar multas.
— Yo no pongo multas — dijo Elías —. Yo evalúo permisos.
— ¿Y eso qué es?
— Es lo que hay antes de la multa.
— Ah, pues peor.
Higinio se puso a mi lado, con las manos cruzadas por detrás, mirándolo con los ojos entornados y girando muy despacio el vaso, que es su manera de pensar.
— Ese señor — dijo — tiene mucha estructura y nada de fruta.
— Higinio.
— Es un vino de guarda, oiga. Le faltan años en botella. — Bebió. Cató, perdón, que son dos verbos distintos y uno de ellos es un oficio —. Pero ahí abajo hay algo. Yo lo dejaría en la cueva y volvería en diciembre.
— ¿Y por qué en diciembre?
— Porque en diciembre, señorita, se sabe todo.
El pisado empezó a las dos y diez y duró lo que dura, que son veinte minutos, y en esos veinte minutos yo no miré ni una sola vez al lagar, y llevo mirando ese lagar desde que mi padre me subía a hombros para que lo viera por encima de las cabezas.
Miré a Fefa gritándole a los danzadores como si los conociera de algo, que a lo mejor sí.
Miré a Yeray, que se había puesto de puntillas sin darse cuenta y que tenía una cara de crío de nueve años que no le habíamos visto ni una vez en el aula 2.
Miré a Chemari contando las vallas. Y miré, entre dos hombros y un pañuelo, a un examinador de tráfico de metro ochenta y cuatro al que le acababan de poner un vaso de mosto en la mano sin preguntarle, y que lo sostenía con las dos manos, sin bebérselo y sin dejarlo en ningún sitio, porque en toda su vida nadie le había explicado qué se hace con un vaso que no has pedido.
———
A las cuatro, la cuadrilla se deshizo como se deshacen todas las cuadrillas de esta ciudad, que es sin que nadie lo decida y en cuatro direcciones a la vez: Rebeca se fue a Lisboa por teléfono desde un portal, Chemari a fotografiar una señal mal puesta de la avenida de Colón que llevaba tres años esperándole, Braulio se sentó en un banco y ya no se levantó en toda la tarde, Yeray se quedó con una peña de veinteañeros que le habían adoptado en once minutos y que a las cinco ya le llamaban por el nombre, y Fefa cogió a Higinio del brazo y anunció que se iban a hacer el Laurel entero y que quien quisiera que la siguiera, y luego los perdimos a los dos en la esquina de San Juan y ya no los vimos más.
Y a las cinco menos veinte, sin que yo lo hubiera decidido en ningún momento, éramos dos.
— Ven — le dije —. Que llevas catorce meses en esta ciudad y hay una cosa que no has hecho.
La calle Laurel el 21 de septiembre a las cinco de la tarde no es una calle: es un tubo.
Doscientos metros, cuarenta bares, tres mil personas, y todo el mundo con un pincho en una mano y un vaso en la otra y hablando a un volumen que en cualquier otra provincia de España sería una discusión y aquí es una conversación de familia.
Se entra por San Juan, se sale por Laurel, y no se elige la dirección: te lleva.
Y Elías Ibarrola entró en aquello exactamente igual que entra un hombre en el mar en abril, primero un pie, luego el otro, calculando por dónde se sale mientras todavía se puede.
— Hay una densidad de personas por metro cuadrado que excede...
— No.
— Es un dato objetivo.
— No, aquí no. Aquí no hay datos, aquí hay champi.
— Levanté dos dedos por encima de las cabezas y a los cuarenta segundos tenía dos platos, y aquello, que a mí me sale desde los dieciocho años, le pareció a él una operación de precisión militar —.
Toma. Un champiñón a la plancha, una gamba encima y un palillo.
Eso es todo. Lleva sesenta años igual y no se le cambia una coma, y si algún día alguien le pone algo encima, esta ciudad arde.
Se coge así, se muerde entero y no se te puede caer el aceite en la camisa.
— Se me ha caído.
— Es que se te tiene que caer.
Se miró la mancha con una tristeza científica.
— Esto no lo has hecho bien.
— Ibarrola, la mancha es el certificado.
Le enseñé la calle entera. El matrimonio, que es una anchoa y un boquerón en pan, y que se llama matrimonio porque una es salada y el otro es suave y hay que comérselos juntos o no funciona, y él dijo que el nombre era descriptivo, y yo le dije que en esta ciudad hasta la comida se llama por lo que le pasa a la gente.
La zapatilla, con su jamón encima y su nombre absurdo.
La cola de un bar donde solo hacen una cosa y por eso la hacen bien, que es una idea que le gustó tanto que se quedó parado en medio de la calle treinta segundos con el plato en la mano pensándola, y hubo que empujarlo.
El sitio donde hay que pedir de espaldas porque la barra está al otro lado.
El truco de dejar el palillo en la barra y no en el plato.
Y las reglas, que no están escritas en ningún sitio y que sabe todo el mundo: que se pide un pincho por bar, que no se repite bar en la misma vuelta, y que el que se sienta ha perdido.
Elías no bebe. Pidió un vaso de agua en cuatro barras distintas y en las cuatro se lo pusieron sin decirle nada, sin la broma, sin el comentario, sin ese numerito que le montan en media España al que no bebe; y creo que aquello le sorprendió más que todo lo demás junto, porque en el cuarto bar se quedó mirando el vaso un rato largo antes de cogerlo.
Y luego se puso a mirar.
Yo lo vi hacerlo. Se apoyó en la esquina de una barra, con el vaso en la mano, y se quedó mirando las manos de la gente.
Las de un señor que le contaba algo a otro y le sujetaba la muñeca para que no se le escapara antes del final.
Las de una chica que llevaba tres platos, un vaso y un bolso y no se le cayó nada.
Las de un padre que le ataba el pañuelo a un crío de cuatro años en medio de la avalancha, sin mirar, de memoria, con una sola mano.
Las de dos hombres de sesenta años que discutían de algo con las palmas abiertas hacia arriba, que en esta tierra significa que están de acuerdo.
Estuvo así casi diez minutos, sin decir una palabra, y no se le movió la cara ni una vez, y yo, que llevo doce años enseñando y que sé leer una cara a cuatro metros, no tenía ni idea de lo que estaba pasando dentro de aquel hombre.
— Tenías razón — dijo.
— ¿En qué?
— En lo de las manos.
Y a mí, que llevo doce años enseñando y que he oído a cuatrocientas personas decirme que tenía razón después de estrellarse, aquello me atravesó de una manera que no tocaba, en una barra, a las seis y media de la tarde, con tres mil personas alrededor.
———
Salimos por el callejón que baja hacia San Juan, uno de esos pasadizos de dos metros de ancho por los que respira el Casco Antiguo, con las paredes calientes de todo el día y el ruido de la calle Laurel llegando amortiguado desde la esquina, y las voces de tres mil personas ahí detrás sonando igual que suena el mar desde el aparcamiento.
— Me han contado una cosa en el segundo bar — dijo Elías.
— Ay.
— Que hay una rotonda que la gente de esta ciudad llama la de la muerte.
— La de Villamediana.
— El índice de siniestralidad de esa rotonda es correcto. Está en la media de la provincia. Es una rotonda perfectamente normal.
— Ibarrola, esa rotonda es un crimen.
— Los datos...
— Los datos son de los que sobreviven. Yo he llevado a cuatrocientos críos por ahí a las nueve menos cuarto de la mañana, en enero, con el hielo y con los camiones.
— Me puse de lado en el callejón para dejar pasar a una familia entera con carrito, abuela incluida —.
Tiene el ceda mal visto, tiene un cambio de rasante quince metros antes y tiene un contenedor que le come el ángulo a los que vienen de Lardero.
La mitad de la provincia frena ahí porque no ve, y la otra mitad no frena porque lleva veinte años pasando y ya sabe lo que hay. Y un día se juntan las dos mitades.
Elías se quedó callado tres segundos.
— Voy a mirarlo.
— ¿El qué?
— El ángulo del contenedor.
Y ahí me eché a reír. Me reí en voz alta, con la espalda apoyada en la pared caliente del callejón, un 21 de septiembre a las siete de la tarde con la ciudad entera gritando a treinta metros, porque le acababa de decir a un examinador de tráfico que su rotonda era un crimen y el hombre me había contestado que iba a ir a medir un contenedor.
Y me reí como me río yo, que es tapándome la boca con la mano, porque tengo el incisivo izquierdo montado encima del otro desde los doce años y llevo desde los quince tapándomelo y odiándome por taparlo, y lo hago sin pensarlo, igual que respiro, y me lo han dicho mi madre, mi hermana, dos novios y una compañera de Berceo, y no he conseguido dejar de hacerlo ni un solo día de mi vida.
Y Elías Ibarrola levantó la mano y me apartó la mía de la boca.
No fue rápido ni fue brusco. Me cogió por la muñeca, sin apretar, me bajó la mano y me la dejó en el aire, y se quedó ahí, mirándome la boca con la cara de un hombre que está leyendo un cartel en un idioma que no llegó a estudiar.
— No hagas eso — dijo.
— ¿El qué?
— Eso.
— Tengo un diente...
— Ya lo veo.
Y ya no dijo nada más. Y en aquel callejón de dos metros de ancho, con las paredes calientes y el mar de la calle Laurel de fondo y una peña bajando por la esquina de arriba con el bombo y dos trompetas, el hombre que llevaba nueve años y cuatro meses sin hacer una sola excepción me soltó la muñeca, me puso la mano en la nuca y me besó.
Y yo lo besé a él, que es la parte que no le puedo colocar a nadie.
Nos separamos porque pasó un cabezudo. Un cabezudo, en serio, un tío de metro sesenta con una cabeza de cartón de un metro y una vejiga en la mano, que ni nos miró y que siguió callejón abajo detrás de una cría que chillaba.
Elías tenía la mano todavía en mi cuello, y le quedaba una mancha de aceite del champi en el bolsillo de la camisa, y en la esquina de arriba la peña había empezado con el bombo otra vez. Y dijo, con esa voz suya de dar un dato, sin subir una coma:
— Esto es una infracción muy grave.
Y no se movió.