Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 13
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Capítulo 13

Logroño en agosto huele a asfalto derretido y a cloro, porque la mitad de la ciudad se ha ido al pueblo o a la playa y la otra mitad está metida en la piscina municipal desde las once de la mañana con los nietos que le han dejado a cuidar hasta septiembre.

Las persianas de la calle Chile bajadas hasta abajo.

Los coches aparcados en fila sin que nadie los mueva en tres semanas, cogiendo un dedo de ese polvo que trae el aire cuando viene de la Rioja Baja.

La mitad de los bares del barrio con un cartel escrito a mano y pegado con celo por dentro del cristal.

Y el cierzo, que en agosto no viene, porque el cierzo es de los que aparecen cuando ya no hacen falta.

Yo tenía cuarenta y cinco días sin carné, treinta y dos sin nómina y las horas muertas más largas de mi vida.

Nadie me había explicado nunca lo que ocupa un trabajo.

Doce años saliendo de casa a las ocho y cuarto, dos turnos, el partido del mediodía en el que comes de pie en la cocina de Berceo, el Ocho y el Nueve, cuarenta alumnos a la vez con sus cuarenta convocatorias y sus cuarenta madres llamando; y de repente, un martes de agosto a las once y media de la mañana, sentada en un banco del Espolón, debajo de los plátanos, con un café que me había durado cincuenta minutos y toda la vida por delante hasta las siete de la tarde.

Los primeros días fui a Berceo igual, por costumbre, y me senté en la mesa de siempre a corregir test que no me tocaban.

Loli Berceo me aguantó una semana. Al octavo día salió del despacho con una carpeta debajo del brazo, se sentó enfrente y puso los números encima de la mesa, que es la única forma que tiene aquella mujer de decir las cosas difíciles.

— Nerea, cariño. Yo tengo dos coches y cuatro profesores.

El Ocho lo lleva ahora el chico nuevo, con veintidós alumnos que eran tuyos.

El Nueve está catorce horas al día en la calle.

Tú no puedes sentarte en el asiento de la derecha porque no tienes permiso, y si te sientas y pasa algo, me cierran.

Y yo no te puedo pagar por corregir test.

— Ya lo sé, Loli.

— Es que no es que no quiera.

— Que ya lo sé.

— Es que si pudiera... — Y ahí se calló, y aquella mujer, que le pagó a mi padre treinta y cinco nóminas al año durante treinta y cinco años y que le hizo la cena a mi madre el día que le dieron el diagnóstico, se puso a mirar su propia carpeta como si fuera de otro.

Es la única vez en doce años que le he visto a Loli Berceo no encontrar un número.

Así que me quedaba el banco. Y el banco daba a la calle. Y por la calle pasaban coches.

Y ahí descubrí una cosa que no le he contado a nadie: que puedes quitarle a alguien el permiso de conducir y no quitarle el oficio, porque el oficio se te queda dentro con la forma de una manía.

Se me iba media mañana corrigiendo a gente que no sabía que yo existía.

El del monovolumen que entra en la rotonda por el carril de fuera y sale por el de dentro y ni se entera de que se ha cruzado la vida de otro.

La chica que se para en el paso de cebra con medio coche encima de la línea y las dos manos arriba del volante, muerta de miedo, y a la que yo, desde mi banco, con mi café frío, le decía por lo bajo: hija, respira, que lo estás haciendo bien.

El taxi que sale del semáforo antes de que se ponga verde porque lleva veinte años saliendo antes de que se ponga verde y ya no sabe hacerlo de otra manera.

El repartidor de la moto, que iba a dos metros del de delante, y al que miré durante cuatro segundos pensando en un chaval de veintidós años con un casco entre los pies.

A la semana me pillé haciéndolo en voz alta y me callé yo sola. Aquello no era vida. Aquello era ser un árbitro sin silbato.

———

Kike me llamó un jueves para decirme que estaban con las crías en una terraza de la calle Portales, a la sombra, y que si me acercaba, y me acerqué porque tenía tres horas que rellenar y porque a mí Kike Nalda me cae bien, cosa que a mucha gente le parece rarísima y que es, seguramente, lo más sano que hay en toda mi biografía.

Cinco años juntos. Lo dejamos hace seis, un domingo, sin gritos, sin un tercero y sin nada que contar, y lo peor de aquella ruptura fue tener que explicarle a mi madre por qué no había nada que explicar.

Ahora está casado, tiene dos crías de cuatro y de siete y una barriga que a él le hace muchísima gracia, y su mujer, que estaba allí con un vermut y un abanico de esos de varilla que se llevan en el bolso de mayo a octubre, me cae todavía mejor que él, lo cual dice bastante de los dos.

— ¿Y cuánto te queda? — dijo Kike.

— Hasta diciembre.

— Diciembre — repitió, y silbó, y la pequeña le silbó detrás porque está en la edad de repetirlo todo —. Joder, Nerea. Tú. La que me enseñó a mí a aparcar en batería en la cuesta de Ollerías con un coche de tercera mano que no tenía dirección asistida.

— Yo.

— Que tú eras la que nos decía: el carné no te lo quita nadie, te lo quitas tú.

— Pues ya ves.

La mujer de Kike me llenó el vaso sin preguntar, que es la manera educada de decirle a alguien que se quede, y luego apartó el plato de olivas de la mano de la pequeña con un movimiento que llevaba siete años perfeccionando.

— ¿Y no puedes recurrir? — dijo ella.

— Podía.

— ¿Podías?

— Podía. En mayo. Ya no.

Y ahí se hizo uno de esos silencios de terraza en los que todo el mundo entiende algo y nadie pregunta, y Kike, que en su vida ha dejado un silencio quieto más de cuatro segundos, cogió a la mayor, se la puso en la rodilla y dijo:

— Eso es muy tuyo.

— ¿El qué es muy mío?

— Comerte marrones ajenos y luego poner cara de que llovía.

— Kike.

— Que sí, que sí. Que no te riño. — Le dio un trozo de pan a la niña y siguió con la boca medio llena, tan tranquilo, con la conciencia limpia de un hombre que no ha sospechado jamás que está diciendo algo importante —.

Mira, ¿tú sabes por qué se acabó lo nuestro?

Porque a mí no había nada que arreglarme.

Yo estaba entero. Yo me levantaba, iba a currar, volvía, y ya. Y tú te aburrías como una ostra.

Su mujer se echó a reír detrás del abanico.

— Es que es verdad — dijo ella.

— Es que es verdad — dijo él.

Y yo me reí también, con la mano en la boca, por el diente, y me quedé mirando la calle Portales a las siete de la tarde de un jueves de agosto, con los soportales y las tiendas con el cartel de cerrado por vacaciones y un padre dándole pan a una niña de cuatro años que no lo quería, y pensé que aquel hombre acababa de resumirme una relación de cinco años en once palabras y que no se había enterado de nada, y que se iba a ir a su casa a bañar a las crías tan feliz.

— Oye — dije, por cambiar de tema, que es lo que hago yo —. ¿Tú conoces a un tal Braulio Nalda? De Cameros. Ganadero.

Kike levantó la cabeza igual que se levanta una perdiz.

— ¿Braulio? Es primo de mi padre.

— No me jodas.

— Que sí. Bueno, primo segundo. O tercero. Nos vemos en los entierros, que es donde nos vemos todos los Nalda. — Se metió una oliva en la boca —. ¿Y tú de qué lo conoces?

— Estamos en el mismo curso.

— ¿En el de los que pierden los puntos?

— En ese.

Kike se me quedó mirando dos segundos, y luego se le abrió la cara entera, y le pegó un manotazo a la mesa que casi tira el vermut de su mujer y que despertó al perro de la mesa de al lado.

— Pero es que esta ciudad es un chiste. Es que esta ciudad es un chiste, Nerea.

———

Miriam apareció el sábado en mi casa con una bolsa de melocotón de Calahorra, que es la manera que tiene mi hermana de pedir dinero.

Nunca llama. Nunca escribe. Sube los tres pisos de la calle Chile con algo en la mano y se sienta en mi sofá con las piernas cruzadas debajo del culo, y hablamos veinte minutos de mi madre, y luego viene la frase, que siempre empieza igual.

— Nerea, una cosa.

— Dime.

— Que se me ha juntado todo este mes.

Le pregunté cuánto. Me dijo cuatrocientos y luego, en el mismo minuto, cuatrocientos cincuenta, que es lo que pasa cuando el número no está pensado sino sentido.

Se le había juntado la revisión de la moto con una cosa del dentista y con que en el bar donde echa horas los fines de semana le habían pagado tarde, y no era culpa suya, y no era culpa suya, y a mi hermana nunca es culpa suya y lo peor de todo es que la mitad de las veces es verdad.

Yo llevaba treinta y dos días sin cobrar.

Tenía cuatro meses de colchón y seis meses de sanción, que para cualquiera que sepa restar es un problema de matemáticas de primaria, y aun así me tragué la frase entera sin decirla, en la mesa de mi propio comedor, que es lo que llevo treinta y cuatro años haciendo delante de esta chica.

— Vale — dije —. El lunes te lo paso.

Miriam me abrazó, me llamó tía, me dijo que era la mejor y se fue a las once con el bolso al hombro y la vida por delante, y yo me quedé en la cocina fregando un plato de melocotón y calculando en voz baja, y no le dije que llevaba tres años pagándole el alquiler entero sin que ella lo supiera del todo y sin que en mi casa lo supiera nadie, porque lo que hago yo con mi dinero es asunto mío y porque un favor que se cuenta deja de ser un favor y se convierte en una factura.

———

El módulo práctico de agosto fue el 26, un martes, a cuarenta grados y con el aire acondicionado del aula 2 haciendo un ruido que parecía que había alguien dentro pidiendo auxilio.

Primeros auxilios. Un muñeco de plástico tumbado en el suelo entre las sillas de pala, un desfibrilador de mentira con dos parches de goma y once sancionados alrededor mirándolo con el respeto que se le tiene a un difunto de la familia.

Elías leyó el protocolo, que es lo que hay que hacer, porque el protocolo se lee.

Puri habló diez minutos de la gestión emocional del accidente y de lo que se le queda a uno dentro cuando se baja de un coche y hay gente en el suelo, y aquello, con Yeray en la última fila, se puso serio de golpe.

Y luego tocó arrodillarse por turnos, y eso fue el mejor espectáculo que ha dado esta ciudad en agosto.

— ¿Y esto hay que hacerlo con la fuerza que le estoy haciendo yo? — dijo Fefa, que le estaba hundiendo el esternón al muñeco con una convicción que asustaba.

— Cinco centímetros — dijo Elías —. Con esa profundidad se le rompen costillas a un adulto de forma habitual. No es un error.

— Ay, madre.

— Es preferible una costilla a un muerto.

— Majo, tú tienes que ir más a los bautizos.

Higinio se negó a arrodillarse alegando la rodilla, hizo las compresiones de pie, doblado por la cintura, con la elegancia de un hombre que está sirviendo una copa en una comida a la que le han invitado, y sentenció que el muñeco tenía la piel áspera y poca crianza.

Chemari apuntó el ritmo exacto de las compresiones y anunció que ese dato lo pensaba contrastar porque le sonaba a que lo habían cambiado hacía poco y que cuando cambian una cifra siempre hay alguien detrás cobrando.

Rebeca lo hizo perfecto, en cuarenta segundos, sin despeinarse, y volvió al portátil.

Braulio hizo las suyas en silencio, con esas manos suyas de haber levantado corderos toda la vida, y cuando terminó dijo lo único que dijo en dos horas:

— A este ya no lo levanta ni el veterinario.

Y Yeray, que fue el último, se arrodilló, puso las manos y, antes de empezar, preguntó, mirando al suelo:

— ¿Y si me lo encuentro en la carretera y no llego a tiempo?

Nadie contestó, y el aire acondicionado siguió pidiendo auxilio desde la pared.

Elías se agachó a su lado, en cuclillas, y le enseñó dónde poner el talón de la mano, y le puso la suya encima para corregirle el ángulo, y no dijo ni un artículo del reglamento, y no le contestó a la pregunta porque a esa pregunta no se le contesta.

Y aquello fue lo más cerca que estuvo aquel hombre de un abrazo en todo el mes de agosto.

A las nueve menos tres, mientras recogíamos, Fefa se subió medio palmo en su silla para que la viera todo el mundo, cosa innecesaria porque a Fefa Ubago se la ve desde Villamediana.

— ¡Atención! Que el 21 es San Mateo, que este año cae en sábado, y que la cuadrilla se junta a las doce en el Tirso y de ahí al Espolón a ver el pisado. Y estáis invitados todos, majos, que ya sois de la familia aunque no queráis.

— Yo el 21 tengo Lisboa — dijo Rebeca sin levantar la vista.

— Tú el 21 tienes San Mateo.

— ...Vale.

— Y tú, maja — Fefa me clavó el dedo desde la silla —, tú no me pongas caras, que sé dónde vive tu madre.

Cogí el bolso. Ya estaba en la puerta, empujándola con el hombro porque el marco está descuadrado desde los setenta, cuando la oí, y la oyó el aula entera, porque Fefa no ha dicho nada en voz baja en sesenta y tres años:

— Ah, y al profesor ya lo he invitado yo.