Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Hay que decir una cosa de aquellas cinco sesiones, y es que Elías Ibarrola estaba mejorando: no mucho, y no rápido, y desde luego no de una manera que le hiciera gracia a nadie, pero mejoraba.

En la primera leyó el reglamento cincuenta minutos seguidos y perdió a seis personas por el camino.

En la tercera ya empezaba con un caso, y aunque el caso lo sacaba de una circular y sonaba a circular, por lo menos había alguien dentro.

En la quinta preguntaba y esperaba los ocho segundos que tarda un adulto en atreverse a decir una tontería delante de otros diez, y había aprendido a callarse esos ocho segundos porque yo le solté una vez, en voz alta y de mala manera, que si contestaba él a sus propias preguntas para qué nos había convocado.

Y lo aceptaba. Esa es la parte que no me entraba a mí en la cabeza.

Un hombre al que yo había puesto en un periódico digital en mayo, al que yo había sacado del edificio de exámenes con una llamada de teléfono, llevaba cinco sesiones dejando que la responsable de todo aquello le corrigiera la clase delante de once testigos: sin devolvérsela, sin una pulla y sin ese gesto que hacen los hombres de este país con la mandíbula cuando una mujer les enmienda algo delante de gente.

Cerró la sesión a las nueve menos tres, con el aula recogiendo ya los bolsos y los cascos y Rebeca contestando correos de pie.

— Que faltan tres minutos, majo — dijo Fefa por deporte.

— Son las nueve — contestó él, mirando su reloj, y no había en aquella frase ni un gramo de discusión: para Elías Ibarrola eran las nueve porque su reloj decía que eran las nueve, y su reloj y el mundo llevaban catorce meses discrepando sin que a él le preocupase lo más mínimo.

———

El ascensor de la Jefatura tiene capacidad para cuatro personas y una cola de once, así que bajé por la escalera, que es de ese mármol que instalaban en los edificios oficiales cuando el país tenía ganas de aparentar, y que huele todo el año a lejía de fin de jornada.

Elías bajaba detrás. Nos quedamos los dos solos en el tramo entre la primera planta y el vestíbulo, cinco minutos por el reloj de cualquier persona normal y ocho por el suyo, y hablamos de enseñar.

Solo de eso. Y creo que no he tenido una conversación más íntima con nadie en toda mi vida.

— ¿Cómo sabe cuándo lo han entendido? — me preguntó, a media escalera, sin preámbulo, con la naturalidad del que lleva dos horas queriendo preguntarlo y ha esperado a que no hubiera nadie.

— Por las manos.

Se paró un escalón por encima de mí.

— Explíquese.

— Cuando no lo entienden, las manos se mueven. Tocan el boli, dan la vuelta a la hoja, se rascan. Cuando lo entienden, se les quedan quietas encima de la mesa. Y cuando les da igual, las meten debajo.

— ¿Y eso quién se lo enseñó?

— Mi padre. Treinta y cinco años dando clase en Berceo, con Loli, en la misma aula de la calle Vitoria en la que doy yo ahora.

Enseñó a conducir a media Logroño, y a la otra media la enseñé yo, así que ya me dirá usted qué hago sentada en esa silla de pala aprendiendo el sistema de detracción de puntos.

Sacó el cuaderno del bolsillo interior de la chaqueta.

Aquel cuaderno lo había visto yo abrirse en el asiento de atrás del Ocho, en mayo, cuando decidió que Tania Quel no respetaba un cede el paso y le partió a una cría de dieciocho años la tercera convocatoria, y verlo salir otra vez me revolvió el estómago un segundo entero, aunque lo que iba a apuntar en él ahora fuera una cosa que le había dicho un señor de Fuenmayor a mi padre en el sesenta y ocho.

— No lo apuntes — dije, y me salió el tuteo por la escalera abajo sin permiso de nadie.

— ¿Por qué?

— Porque eso no se apunta. Eso se mira.

Guardó el cuaderno, y siguió bajando, y yo detrás, contando escalones para no contar otra cosa.

— Si de verdad quieres verlo — añadí, ya en el vestíbulo, delante del panel de cristal donde la Jefatura cuelga los horarios de examen en folios que nadie actualiza —, te plantas un jueves en la calle Laurel a las nueve y media, delante de una barra, y miras las manos de la gente.

Ahí lo entiendes todo. Quién ha pillado el chiste, quién no lo ha pillado y quién está esperando a que le hagan caso.

Elías Ibarrola se paró con la mano en la barra de la puerta.

— No conozco la calle Laurel.

— ¿Cómo que no la conoces? Si es esa. Detrás del Espolón. Todo el mundo conoce la calle Laurel.

— No he ido.

— ¿Nunca?

— No.

— Pero tú cuánto llevas en Logroño.

— Catorce meses.

Hay gente que vive en un sitio y gente que lo tiene puesto de fondo de pantalla.

Catorce meses en una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes con una calle a la que va todo el mundo el jueves, el viernes, el sábado, el domingo al mediodía, el día del santo, el día del entierro y el día del aprobado; una calle de cuarenta bares en doscientos metros donde cada uno hace una cosa y solo una y por eso la hace bien; una calle a la que en esta ciudad se va a celebrar, a llorar, a cerrar tratos y a no hacer absolutamente nada; y aquel hombre llevaba catorce meses cruzando el Espolón para ir de su casa vacía a este edificio y de este edificio a su casa vacía, y no había doblado la esquina ni una sola vez.

Me dieron ganas de cogerlo del brazo y llevarlo a rastras, que es exactamente lo que habría hecho Fefa Ubago sin pedirle permiso a nadie.

Yo, que no soy Fefa, me quedé quieta con el bolso colgado del hombro.

— Correcto — dijo, por decir algo, porque no había nada que fuera correcto.

Y empujó la puerta y salió a la calle, y la luz de julio de las nueve y cuarto en Logroño, que es una luz que todavía no ha decidido irse, me lo dejó tres segundos recortado en el cristal antes de que girara hacia el Casco Antiguo con su camisa por dentro y su reloj mentiroso.

Me quedé en el vestíbulo con los brazos cruzados, delante de los horarios que nadie actualiza. Cinco sesiones. Diez horas de clase, dos meses de expediente, un examen suspendido, un vídeo con nueve mil visitas y doce puntos míos en su libreta.

Y no había dicho vale ni una sola vez.