Capítulo 12
El ritual empezaba a las siete menos cuarto en el pasillo de la primera planta, delante de una máquina de café que se traga las monedas de veinte céntimos y que Chemari Arnedillo tenía registrada en su cuaderno con tres entradas y una hipótesis.
La lista de asistencia la sacaba Puri Belloso de una carpeta azul y la iba pasando de mano en mano mientras nos preguntaba qué tal la semana, y todo el mundo contestaba bien menos Higinio, que contestaba con una valoración de dos frases sobre el tiempo, y menos Braulio, que no contestaba.
A la quinta sesión ya teníamos rutina, que es lo que le pasa a cualquier grupo de adultos al que encierras dos horas dos veces por semana con una lista de asistencia de por medio: nadie repartió los sitios y todos teníamos el nuestro.
Fefa en primera fila y en el centro, porque Fefa no ha estado en su vida en un lugar donde no se la viera.
Chemari a su derecha, con el cuaderno abierto antes incluso de sentarse, por si acaso ocurría algo digno de registro en el trayecto de la puerta a la silla.
Higinio en la esquina, con la chaqueta doblada sobre el respaldo de la silla contigua, que era una silla que él había decidido que le pertenecía y en la que no se sentó jamás ningún cristiano.
Rebeca al fondo, junto al único enchufe que funcionaba, con el portátil abierto y el móvil boca abajo y esa cara de quien está haciendo dos cosas y ninguna del todo.
Yeray en la última fila, con el casco de la moto a los pies.
Braulio al lado de la puerta, las manos quietas encima de las rodillas, sin cuaderno, sin boli y sin ganas.
Y yo en la tercera fila, pegada a la pared, en la única silla desde la que se ve el aula entera y a la que se llega sin cruzarse con nadie: doce años enseñando y me había buscado, sin pensarlo, el sitio exacto del alumno que no quiere que le pregunten. Mi padre se habría reído hasta atragantarse.
Aquella tarde tocaba distancia de seguridad, y Elías Ibarrola llevaba once minutos explicándola, que en una clase de dos horas es un mundo, y en una clase de dos horas con once sancionados obligados a estar allí es una era geológica.
— El artículo 54 del Reglamento General de Circulación establece que todo conductor debe dejar entre su vehículo y el que le precede un espacio libre que le permita detenerse, en caso de frenada brusca, sin colisionar con él — dijo, y se paró justo ahí, en el punto exacto en el que un profesor de verdad habría empezado.
Silencio. El fluorescente hizo lo suyo. En el aula 2 hay una cosa peor que un alumno que protesta, y es un alumno que mira el techo con paciencia de sala de espera, y aquella tarde miraban el techo cuatro de once, que para las siete y cuarto de la tarde de un martes de julio en Logroño es un desastre estadístico.
— Perdona, majo — dijo Fefa, que levanta la mano y habla a la vez, porque para ella la mano es un adorno —. Yo llevo cuarenta y un años conduciendo y a mí eso del espacio libre no me dice nada. ¿Cuánto es? Dímelo en metros y me callo.
— Depende de la velocidad, del estado del firme y del tiempo de reacción del conductor.
— Pues ya me dirás cómo lo mido yo a ciento veinte.
— Yo tengo aquí apuntado — Chemari dio la vuelta al cuaderno para que se lo viéramos, aunque estábamos a cuatro metros y aquello era su letra — que la distancia reglamentaria son cincuenta metros.
En autovía. Lo pone en un cartel de la 232, saliendo de Fuenmayor, dirección Haro.
Cincuenta metros. Y el radar está a ochocientos del cartel, que eso tampoco es casualidad, que aquí nadie pone nada donde no recauda.
— Cincuenta metros, cariño — Fefa se giró entera, que es su manera de contestar —. ¿Y tú los mides con qué? ¿Con la cinta métrica de tu madre, que en paz descanse?
— Los mido a ojo.
— A ojo. Anda, majo, que el que mucho abarca poco aprieta el freno, y tú te llevas la hostia igual que todos.
Higinio Zaldívar se descruzó de brazos con una lentitud que era, en sí misma, una crítica literaria, y se tomó tres segundos más de los necesarios antes de hablar, porque un hombre que se ha pasado cuarenta y cuatro años describiendo cosas en voz alta delante de gente que le pagaba por escucharle no va a desperdiciar un aula llena.
— Joven — le dijo a Elías, que le sacaba once años, y aun así el joven era Elías porque Higinio ha decidido que todo el mundo lo es —, esta explicación tiene un final corto.
Entra bien, no molesta, y a los tres segundos no queda nada en el paladar.
Yo no le pido a usted un milagro. Le pido persistencia.
— Perdón — Rebeca no levantó la vista del portátil —. ¿Esto entra en el teórico? Porque si entra lo estudio y si no entra tengo un cierre de trimestre que me está comiendo viva. Te llamo en cinco.
— ¿A quién? — dijo Fefa.
— A nadie. Es una expresión.
— Pues qué expresión más rara, hija.
Y entonces habló Yeray, que llevaba tres sesiones sin decir una palabra de más de dos sílabas y que hablaba siempre sin levantar la cabeza, con el casco entre los pies, en el tono con el que se lee una lista de la compra.
— Yo iba a dos metros. Sesenta veces al día.
Nadie dijo nada. Es lo que tiene Yeray: no se defiende, no se explica, no pide perdón y no le hace falta, y cuando suelta una de esas te deja el aula en punto muerto durante quince segundos largos.
Elías se quedó mirándolo con el bolígrafo levantado a un centímetro del papel, y por primera vez desde el 3 de julio no citó ningún artículo, y aquello, en un hombre que cita artículos igual que otros se agarran a la barra del autobús, era una anomalía que apunté mentalmente en mi propio cuaderno invisible.
— Yo voy detrás de las ovejas — dijo Braulio desde la puerta, sin mover las manos de las rodillas —. La distancia de seguridad me la marcan ellas.
Se rieron todos menos Braulio, que había hablado en serio, y menos Elías Ibarrola, que se había quedado en el sitio con esa quietud suya de hombre que está calculando algo con cinco decimales y al que le acaban de salir mal las cuentas delante de once personas.
———
Levanté la mano.
No quería levantarla. Llevaba cinco sesiones metida en aquella pared con la boca cerrada y la vergüenza puesta como un abrigo en agosto, porque de las once personas de aquella sala había tres que habían aprobado con mi padre, dos que me conocían de Berceo de venir a preguntar por un hijo, y una, Fefa, que le compraba el pan a mi madre en Varea cuando yo tenía nueve años y llevaba coletas y no sabía todavía que el mundo se dividía entre los que aprueban y los que vuelven en septiembre.
Pero es que no se puede ver dar mal una clase. No se puede, del mismo modo que un fontanero no puede dormir con un grifo goteando en la habitación de al lado, y llevaba once minutos con la mano derecha agarrada a la pala de la silla para no levantarla y no me duró.
— Coge un punto fijo — dije —. Un poste, una señal, la sombra de un puente. Cuando el de delante lo pase, cuentas: un mil uno, un mil dos. Si tú llegas al poste antes de terminar de contar, vas pegado. Y si llueve, cuentas hasta cuatro.
— ¿Y eso vale a cualquier velocidad? — preguntó Fefa.
— A cualquiera. Por eso funciona. Los metros cambian, los segundos no.
Fefa se dio media vuelta en la silla, miró a Chemari, miró a Higinio, y volvió a mirarme con la cara de quien acaba de encontrarse un billete de veinte en el bolsillo de un abrigo del año pasado.
— Ay, maja. Que en cuarenta y un años nadie me había dicho eso.
— Es que se lo enseñaron a mi padre en el sesenta y ocho — dije —. Y él me lo enseñó a mí.
Chemari ya lo estaba apuntando, y no lo apuntaba porque le sirviera para el teórico, sino porque para Chemari Arnedillo todo lo que entra en aquella sala es material probatorio.
Higinio dijo, muy bajito, para él mismo y para la sala entera, que aquello sí tenía recorrido.
Y Elías Ibarrola, que llevaba nueve años suspendiendo a gente en esta provincia y en la de al lado, hizo lo que no hace ningún hombre de este país al que le han obligado a dar una clase que no sabe dar: en vez de tragarse el bochorno y seguir leyendo el reglamento hasta las nueve, dejó el bolígrafo encima de la mesa, se apoyó en el borde y me preguntó, delante de once testigos, en voz alta, sin bajar el tono y sin ponerle un adorno:
— ¿Puede repetir lo del poste?
Lo repetí. Lo apuntó. Y a los diez minutos lo estaba usando en un ejercicio del cuadernillo, con mis palabras y con mi ejemplo, sin decir de dónde lo había sacado, que era exactamente lo que yo habría hecho en su lugar y lo que hace cualquiera que haya dado clase de verdad, porque una clase no es tuya: es de quien está sentado.
— Lo que está pasando aquí me parece muy potente — dijo Puri Belloso desde su silla del lateral, con esa voz que tiene, que suena a documental de fondos marinos —. El reglamento os da un número y Nerea os da un gesto. El número se olvida en dos semanas. El gesto ya no se os va a ir.
Hizo una pausa. Puri hace una pausa por sesión y a estas alturas todos habíamos aprendido a temerla.
— Nerea, una observación, sin juicio: te has sentado en el único sitio de esta sala desde el que no te ve nadie y desde el que tú nos ves a todos. Eso también es una postura.
— Es que ahí está el enchufe — dije.
— El enchufe está al fondo, maja — dijo Fefa.
Y Braulio, sin girar la cabeza, remató desde la puerta:
— Y va la mujer y se sienta en el retrovisor.
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