Capítulo 11
Fefa trajo pipas el martes siguiente: una bolsa grande, de las de kilo, de esas que se compran para una peña y no para una persona, y la puso encima de su pala y la abrió con un ruido que en un aula en silencio es un ruido nuclear, y empezó a repartir por filas, con la mano abierta, sin preguntarle a nadie si quería.
— Toma, maja.
— Fefa, que estamos en la Jefatura.
— ¿Y? Pipas. — Se giró entera —. ¡Higinio! ¿Pipas?
— Le voy a decir que sí — contestó Higinio, con una tristeza infinita —, y le voy a decir por qué. Porque llevo aquí tres sesiones y esto es lo único que me han ofrecido en todo el curso.
— ¡Ay, majo, qué fino eres!
— Y me las voy a comer con las cáscaras, señora, para que se me note el disgusto.
Le llegaron a Rebeca, que dijo «no, gracias, tengo una call».
Le llegaron a Yeray, que cogió un puñado, dijo «gracias» y no volvió a hablar en toda la tarde.
Le llegaron al de la última fila, que las cogió sin mirar y sin decir nada, porque el de la última fila no dijo nada en cuatro meses.
Y le llegaron a Braulio, que las miró un segundo, cogió cuatro exactamente, cuatro, y las dejó encima de la pala en fila.
Chemari dijo que las pipas en un edificio público estaban prohibidas por el reglamento interno y que aquello lo iba a apuntar, y las cogió, y se comió un puñado.
Y cuando entró Elías a las siete y tres, en el aula 2 de la Jefatura Provincial de Tráfico de La Rioja había once sancionados comiendo pipas y un montoncito de cáscaras creciendo en cada palita de madera. Se quedó dos segundos en la puerta, dos, y yo lo vi contar las palas.
— Buenas tardes.
Y no dijo nada de las pipas. En cuatro meses no dijo nada de las pipas ni una sola vez, ni cuando la señora de la limpieza protestó en el pasillo, y ese fue, ahora que lo pienso desde muy lejos, el primer indicio que tuve de que aquel hombre estaba dispuesto a aprender algo.
———
Lo que pasó a partir de la cuarta sesión no lo decidió nadie.
Yo no lo decidí. Desde luego que él no lo decidió.
No hubo una conversación, ni un acuerdo, ni una de esas escenas en las que dos personas se sientan en una escalera y pactan una cosa.
Simplemente el aula, que es un animal y no una institución, hizo lo que hacen los animales: buscar de dónde sale la comida.
Y empezó Fefa, cómo no, porque las cosas de este mundo las empieza siempre la persona a la que le da menos vergüenza, y en un radio de cuatro kilómetros no había nadie a quien le diera menos vergüenza que a Fefa Ubago.
— Perdona, majo, una duda.
— Dígame.
— No, si es a ella.
Y once cabezas se giraron hacia mi silla, y yo me quedé muy quieta con una pipa en la mano, mirando al hombre que estaba de pie delante de la pizarra con el reglamento abierto y con toda la potestad del mundo para decir que no, que aquí el que da clase soy yo, que ustedes están aquí sancionados y esto es un programa oficial.
Elías Ibarrola miró a Fefa. Me miró a mí. Volvió al libro.
— Adelante — dijo.
Nada más. «Adelante». Cuatro sílabas y una carrera entera, porque en aquel momento aquel hombre estaba a la espera de una revisión disciplinaria y acababa de permitir que una sancionada diera parte de su clase delante de once testigos, cinco de los cuales lo habrían apuntado con muchísimo gusto.
— Fefa, dime.
— Que qué pasa con el manos libres.
— ¿Qué manos libres?
— El mío. El del coche. Que yo tengo el aparato ese puesto en el coche, el que va con el bluetón, que me lo puso mi sobrino un domingo. Y yo hablo por el aparato. Pero es que a veces el aparato no coge, y entonces yo cojo el móvil, pero para oír, ¿eh?, no para mirar. Para oír. ¿Y eso qué es?
— Eso son doscientos euros y seis puntos.
— ¿Aunque sea para oír?
— Aunque sea para oír.
— Pero ¿por qué? Si yo el volante lo llevo con la otra.
— Porque tú no conduces con las manos, Fefa — dije —. Tú conduces con los ojos.
— ¿Cómo que con los ojos? — Se quedó con el abanico parado a medio camino.
— Tú, ahora mismo, si te pregunto de qué color es el coche que tienes aparcado detrás del tuyo en casa, no lo sabes.
Lo has visto cuatrocientas veces y no lo sabes, y no eres tonta ni estás mal de la cabeza: es que mirar y ver no son lo mismo.
— Y ya me había girado entera en la silla sin darme cuenta, que es una cosa que hace mi cuerpo solo cuando hay alguien preguntando —.
Cuando tú te pones el móvil en la oreja, tus ojos siguen apuntando a la carretera.
Siguen. Ahí están, abiertos, mirando al frente.
Pero se apagan por dentro. Y por eso la gente que habla por teléfono conduciendo se salta los semáforos en rojo mirándolos.
Mirándolos, Fefa. Con los dos ojos abiertos y la vista al frente y las dos manos en el volante.
— Ay, madre.
— Y el manos libres también, ¿eh? Que eso no te lo va a decir tu sobrino. El manos libres es legal y también te apaga.
— ¡Pero si es legal!
— Legal y peligroso. Son dos cosas distintas y en esta sala no las mezcla nadie.
— Cuatro coma tres veces — dijo Elías Ibarrola desde delante, sin levantar la vista del libro.
Once cabezas se giraron otra vez.
— ¿Cómo?
— El riesgo de siniestro con manos libres — repitió, y ahora sí levantó la vista —.
Se multiplica por cuatro coma tres. Con el teléfono en la mano es peor, pero no mucho peor: es cuatro coma nueve.
La diferencia entre las dos cifras es tan pequeña que la conclusión correcta no es «use el manos libres», sino «no hable».
— Coño — dijo Fefa.
— Es que llevo diciéndolo desde el noventa y ocho — dijo Chemari, que no lo había dicho nunca.
———
Y así fue todo julio, martes y jueves, de siete a nueve, con un ventilador de pie que trajo alguien de su casa y que solo llegaba a las dos primeras filas.
Nadie lo llamó de ninguna manera. Nadie dijo «vamos a hacer esto».
No hubo ni una vez, ni una en cuatro meses, en la que aquel hombre y yo habláramos de lo que estábamos haciendo, ni en el pasillo, ni en la escalera, ni en la puerta.
Él daba el módulo, se atascaba en el minuto veinte, se agarraba al reglamento, y en algún punto de la hora alguien decía «pero eso qué quiere decir» y me lo decía a mí, y yo lo decía con un perro, o con una farola, o con la calle Vitoria un martes a las once de la mañana, y él lo remataba con una cifra que a mí me faltaba.
Porque las tenía todas. Todas. Aquel hombre llevaba nueve años examinando y tenía la tabla entera de la siniestralidad de este país metida en la cabeza igual que otros tienen un número de teléfono: los muertos por tramo, los porcentajes por edad, los coeficientes, las curvas, las horas del día.
Y a mí, que llevo doce años dando el teórico con mi perro y mi farola y mis ochocientas repeticiones, aquello me empezó a hacer una cosa muy rara en el pecho, y no la supe nombrar hasta mucho después.
Y también discutíamos, en voz alta y delante de todos, sin bajar el tono ni una vez, y llegó un punto de agosto en el que once personas se sentaban en aquellas sillas de pala esperando la bronca del día igual que se espera el sorteo, y Fefa hasta se cambió de sitio para verlo mejor.
— Eso no se explica así.
— Se explica como está regulado.
— No he dicho que esté mal. He dicho que así no se explica.
— Es que no lo estoy explicando. Lo estoy exponiendo. Son cosas distintas.
— ¡Pues ese es exactamente el problema!
— Señora Salcedo, ese contenido es obligatorio.
— ¡Y yo no le digo que lo quite! ¡Le digo que si empieza por el artículo, no llega! ¡Que a nadie le ha cambiado la vida un artículo! ¡Empiece usted por el muerto y luego les da el artículo, y verá cómo se lo aprenden y verá cómo no se les olvida!
— El programa establece un orden.
— ¡El programa lo ha escrito alguien que no ha dado clase en su vida!
Y a mi derecha, Fefa Ubago, con una pipa a medio abrir y una sonrisa de oreja a oreja, iba girando la cabeza de uno a otro igual que en un partido de tenis, y a mi izquierda Higinio Zaldívar dijo, en voz baja pero perfectamente audible en toda la sala:
— Esto tiene un final larguísimo.
Y se rieron todos, todos, los once, hasta el de la última fila, y él no dijo nada, y yo tampoco, y nos quedamos los dos cada uno en su sitio, él de pie con el libro y yo sentada con las pipas, sin mirarnos, como dos personas que acaban de gritarse delante de once desconocidos y saben perfectamente que a la semana que viene lo van a volver a hacer.
Y a la sesión siguiente Elías Ibarrola empezó el módulo del alcohol sin abrir el libro.
———
Eso fue lo que me hizo daño de verdad, y lo cuento porque hay que contarlo y porque si no lo cuento no se entiende nada de lo que vino después.
Higinio llevaba tres semanas con lo suyo: «yo cato, no bebo».
Lo decía cada tarde, una vez, con su pañuelo y su dignidad de cuarenta años de bodega, y era el chiste oficial del aula, y a mí me hacía la misma gracia que a los demás y me reía igual que los demás, y me tapaba el diente igual que siempre.
Y aquella tarde, en vez de leer el artículo veinte, Elías se apoyó en la mesa, se cruzó de brazos y empezó por otro sitio.
— Señor Zaldívar. Doce vinos.
— Doce.
— ¿Todos catados igual?
— Naturalmente que no. Los blancos se catan de otra manera.
— ¿Y de doce cuántos escupió?
— Once.
— Once. — Se quedó un segundo callado —. ¿Y el que no escupió?
— El último — dijo Higinio, después de un silencio que duró demasiado.
— ¿Por qué?
— Porque era el bueno.
Y en el aula 2 no se movió nadie, ni Fefa, y entendimos todos a la vez, sin que nadie lo dijera y sin que hiciera falta decirlo, que aquel señor elegantísimo de setenta y un años llevaba cuarenta escupiendo once vinos y bebiéndose el bueno, y que eso no era un chiste, y que además lo hacía todo el mundo en su gremio, y llevaba haciéndose desde siempre, y no pasaba nada, y no pasó nada durante cuarenta años, hasta que un día ya tienes setenta y uno y sales de Fuenmayor a las diez de la noche por una carretera que te sabes de memoria.
— Un vino de doce grados en copa de cata son ochenta mililitros — dijo Elías —. Eso son cero coma quince en un hombre de su peso. Usted dio cero coma sesenta y ocho.
— Sí.
— Eso no es un vino. Son cuatro o cinco.
— Sí.
— ¿Escupió los once?
Higinio Zaldívar se estiró la raya del pantalón, muy despacio, con las dos manos, y se tomó su tiempo.
— Los primeros sí.
Y no hubo pipas. En diez minutos no se abrió una pipa en aquella sala, y Fefa se quedó con la bolsa en el regazo y las dos manos encima.
Y yo miré al hombre que estaba apoyado en la mesa, sin libro, sin cuaderno, sin boli y sin cronómetro, con las cifras en la cabeza y una pregunta bien puesta en la boca, y que acababa de hacer en cuatro minutos exactos lo que yo no había conseguido hacer en tres semanas de reírme con los demás, que era llevar a Higinio hasta el borde y dejarlo mirar hacia abajo un rato, sin empujarlo, sin humillarlo y sin decirle ni una sola palabra de más.
Se me secó la boca, y me quedé con la pipa entre los dedos sin abrirla, mirando a un señor de setenta y un años que se estiraba la raya del pantalón, y sin oír absolutamente nada de lo que se dijo en aquella sala durante los diez minutos siguientes.
Y esto lo escribo ahora, con todo lo que ha pasado por medio, y me sigue pareciendo ridículo, y me da exactamente igual: yo no me quedé mirando a Elías Ibarrola en aquel aula por lo alto que era, ni por la camisa, ni por la nariz torcida, ni por nada de eso, que llevaba cuatro meses viéndolo y me daba lo mismo.
Me quedé mirándolo porque acababa de dar bien una clase.
———
Salimos a las nueve y diez, con el sol de julio todavía pegando en el aparcamiento y toda la ciudad oliendo a asfalto caliente.
En el pasillo, Fefa me cogió del brazo, y yo ya sabía que aquello no iba a ser una pregunta sobre el manos libres, porque Fefa Ubago te coge del brazo de dos maneras y aquella era la otra.
— Maja.
— Dime.
— ¿Tú tienes prisa?
— No.
— Yo tampoco. — Y se paró en mitad del pasillo y me giró hacia ella con las dos manos, con el bolso colgando del codo y el abanico y el olor a pipas, y me miró la cara entera con una alegría que no le cabía en el cuerpo —. Que os he estado viendo, ¿eh?
— ¿A quién?
— Ay, hija, «a quién».
— Fefa.
— Que a vosotros dos yo os veo, maja.
Y me dio dos palmaditas en el brazo y se metió por las escaleras hablando sola de que había que comprar más pipas y de que las del chino salen mejor de precio pero están más saladas, y me dejó allí de pie en un pasillo que olía a lejía de garrafa, debajo de un cartel de la campaña de verano en el que una familia sonreía dentro de un coche, con la boca abierta y sin una sola palabra dentro.