Capítulo 10
El jueves, cuando llegué, el motín ya estaba organizado en el pasillo, entre la máquina de café y el cartel de la campaña de verano.
— ...que yo esto lo he mirado, ¿eh? — decía Chemari, con el cuaderno abierto en una mano y el dedo clavado en una página —. Que yo esto lo he mirado y el curso de verdad son veinticuatro horas, veinticuatro, no seis meses, y la ley no dice en ningún sitio, en ninguno, que te las tengan que leer.
— Ay, hijo, es que a mí me dolía la cabeza — decía Fefa —. Yo salí de aquí el martes y me dolía la cabeza. Se lo dije a mi hermana. Le dije: Mari Cruz, vengo del curso ese y me duele la cabeza. Y ella me dijo que era la tensión, y yo le dije que no, que era el señor.
— Es que es una cuestión de aprovechamiento — decía Rebeca, sin levantar la vista del móvil —. O sea, si el objetivo es la retención del contenido, y la retención es cero, el indicador es cero. Da igual las horas que le metas. Puedes meterle cuarenta.
— Un final corto — dijo Higinio.
— ¿Qué?
— Que la clase tiene un final corto, señora. Entra bien, no molesta y a los dos minutos ya no está. Es un vino de verano. — Se ajustó el pañuelo con dos dedos —. Y a mí no me han traído aquí a beber vino de verano, ni a estas alturas de mi vida.
Yeray estaba apoyado en la pared con la sudadera y el móvil, sin decir nada, y Braulio estaba de pie al lado de la ventana mirando el aparcamiento, y cuando Fefa le preguntó, por preguntar, qué le había parecido a él la primera clase, contestó sin girarse.
— He venido de Cameros.
— Ya, majo, pero digo la clase.
— He venido de Cameros. Cincuenta y dos kilómetros.
Y entonces llegué yo por el pasillo con dos minutos de adelanto, y Fefa me vio desde el otro extremo, y cruzó los ocho metros que nos separaban a una velocidad impropia de sus sandalias y me cogió del brazo, que es su forma de puntuación y que es también, según he aprendido, su forma de detenerte.
— ¡Ay, maja, ven aquí!
— Fefa...
— Tú que eres profesora. Tú, que eres de esto. Dinos una cosa: ¿esto es normal?
Once caras otra vez. Y yo, que llevo doce años dando clase y que sabía perfectamente cuál era la respuesta y que la tenía en la punta de la lengua ardiéndome, dije la cosa más cobarde que he dicho en mi vida.
— Yo estoy aquí igual que vosotros.
— Ya, maja, pero tú sabes.
— Yo estoy sancionada.
— Y yo. Y me duele la cabeza igual.
———
Empezó a las siete, o bueno, a las siete y tres, que en su reloj eran las siete y seis, y que es un dato que yo llevaba desde mayo guardado en ese cajón de la cabeza donde una mete las cosas raras de la gente y que a aquellas alturas ya había empezado a molestarme por razones que no tenían nada que ver con la puntualidad.
— Buenas tardes. Módulo dos. Velocidad y distancia de detención. — Abrió el cuaderno, abrió el reglamento —. Artículo cuarenta y cinco...
— Perdone. Perdone. Una pregunta — saltó Chemari, como un resorte, con la mano ya en el aire antes de terminar de levantarla.
— Dígame.
— ¿Usted sabe cuánto recaudó el año pasado el radar de la bajada de la 232?
— No.
— Un millón cuatrocientos mil euros.
— Eso es falso.
— ¡Ah! ¡Ah, muy bien! — Y Chemari se giró hacia la sala con las dos manos abiertas, encantado de la vida, porque acababa de conseguir la única cosa que quería en el mundo, que era que alguien de la casa le contestara —. ¿Y usted cómo lo sabe, si me acaba de decir que no lo sabe?
— Sé que es falso porque conozco el orden de magnitud.
Un cinemómetro fijo de ese tramo formula entre ocho mil y doce mil denuncias al año.
Si multiplica por el importe medio, con la reducción del cincuenta por ciento por pronto pago, que la aplican ocho de cada diez, no llega usted ni a la sexta parte de esa cifra.
Chemari se quedó con el boli en el aire, y luego, muy despacio, escribió algo, y los once supimos exactamente que estaba escribiendo el número.
— Pues sigue siendo mucho — dijo.
— Correcto.
— ¡Ah! ¿Lo ve? ¡Que lo reconoce!
— Reconozco que es mucho dinero. No he dicho que sea recaudación. Digo que si nadie corriera, no habría un euro.
— ¡Ya estamos!
— Es aritmética.
— ¡Es que ustedes lo saben! ¡Ustedes saben que ahí el coche coge velocidad solo!
— Un coche no coge velocidad solo. Un coche acelera por la pendiente si el conductor no interviene. Que el conductor no intervenga es una decisión del conductor.
Y era verdad, era exacto, estaba perfectamente dicho y no había ni una palabra de más ni de menos, y en aquella sala no se lo compró absolutamente nadie, y ahí es donde yo empecé a entender de verdad lo que le pasaba a aquel hombre.
Porque acababa de darle a Chemari Arnedillo la cifra buena, la razón entera y una lección de aritmética gratis, y Chemari se giró hacia Fefa y le preguntó:
— ¿Tú te lo crees?
— Yo qué sé, majo — dijo Fefa —. Yo lo que digo es que ahí todo el mundo corre.
— ¡Todo el mundo!
— ¡Todo el mundo!
— Pues si todo el mundo corre, señora, el problema no es el radar.
Y no le oyó nadie. Nadie. Once personas hablando a la vez sobre un radar de Fuenmayor y un hombre de pie delante de una pizarra diciendo la única frase verdadera de toda la habitación.
———
Duró veinte minutos más, y fueron veinte minutos largos.
Rebeca abrió el portátil a las siete y veinticinco y él se lo dijo, y ella dijo «sí, sí, perdón» y lo cerró, y lo volvió a abrir a los cuatro minutos.
Higinio pidió la palabra para señalar, con una elegancia que no se puede describir sin estropearla, que el módulo se llamaba «velocidad y distancia de detención» y que llevábamos veintitrés minutos hablando de un radar.
Los dos chicos se reían por lo bajo de algo que había en un móvil.
La señora del bolso preguntó si esto había que estudiarlo y si había examen.
Y Yeray no abrió la boca ni una vez, ni para eso, y se quedó mirando el techo con esa cara de quien está pagando una cosa y sabe exactamente cuánto le queda por pagar.
Y Elías Ibarrola hizo lo que hace Elías Ibarrola cuando el suelo se le mueve, y que yo entonces todavía no sabía leer y que ahora leo a un kilómetro de distancia y con niebla: se agarró al reglamento.
— Artículo cuarenta y cinco. El conductor está obligado a respetar los límites de velocidad establecidos y a tener en cuenta, además, sus propias condiciones físicas y psíquicas...
— Ya lo leyó el martes — dijo Fefa.
— ...las características y el estado de la vía...
— Que ya lo leyó el martes, majo.
— Este es el cuarenta y cinco. El martes fue el diecinueve.
— ¡Pues suena igual!
— No es igual. El diecinueve regula la obligación general. El cuarenta y cinco establece los supuestos de velocidad moderada.
Y ese fue el momento, ese exactamente, porque tú puedes tener toda la razón del mundo, y él la tenía, la tenía entera, la tenía por escrito y firmada y publicada en el Boletín Oficial del Estado, y aun así estar de pie delante de once personas explicando la diferencia entre dos artículos que ninguna de las once ha leído en su vida ni va a leer jamás, mientras a una se le duerme el brazo y a otro se le duerme la mujer.
Fefa se abanicó, Higinio miró el reloj de la pared, Rebeca contestó un correo con esa velocidad de pulgares que tiene la gente que trabaja de verdad, y en aquel aula, durante diez segundos, no hubo absolutamente nadie escuchando a un hombre que estaba diciendo la verdad.
Y desde el fondo, desde la esquina de la última fila, sin descruzar las manos de encima de la pala y sin levantar la voz ni un milímetro, habló Braulio Nalda por primera vez en toda la tarde. Elías había dicho «está en el reglamento». Y Braulio dijo:
— Da igual.
Dos palabras. Y se hizo un silencio que se oyó hasta en el aparcamiento, y el fluorescente hizo tac, y Elías Ibarrola se quedó quieto detrás de la mesa con el libro abierto en las dos manos, mirando a un ganadero de Cameros que acababa de decirle, en dos palabras y sin ninguna intención de hacer sangre, la cosa más cierta que se había dicho en aquella sala en dos sesiones: que da igual.
Que puede estar en el reglamento, en la Constitución y en las tablas de la ley.
Que si no lo escucha nadie, da exactamente igual.
Y yo lo vi. Le vi la cara. Fue medio segundo, no más, y yo me he pasado la vida entera mirando medios segundos desde el asiento de la derecha: fue el mismo medio segundo del pasillo de junio, la misma arruga entre las dos cejas, la misma cosa buscando una casilla y no encontrándola.
Un hombre de metro ochenta y cuatro, camisa por dentro, nueve años examinando, un reloj tres minutos adelantado y una nariz torcida, de pie, sin saber qué hacer con las manos.
Y a mí me subió por dentro una cosa insoportable, insoportable de verdad, física, en el esternón, la misma de los cincuenta minutos leyendo el título segundo y la misma de un chaval bajándose de un coche llorando.
Y levanté la mano.
———
— ¿Sí?
— Una pregunta.
— Dígame.
Y abrí la boca para preguntar algo, lo juro por lo que haga falta. Iba a preguntar algo. Y lo que salió fue esto:
— Vas a cincuenta. Por la calle Vitoria, un martes, a las once de la mañana, con la radio puesta. Sale un perro.
El aula levantó la cabeza. Toda. A la vez. Once cabezas.
— Frenas. Frenas bien, ¿eh?, frenas de maravilla, con los dos pies, como en las películas.
¿Cuántos metros necesitas para parar? — No contestó nadie —.
Veintiocho. Con el suelo seco, un coche en condiciones y tú despierta.
Veintiocho metros. Eso es de aquí a la farola de enfrente, la de la parada del bus.
Ahora mira por la ventana y mira dónde está la farola.
Fefa miró por la ventana. Miraron todos por la ventana. Hasta la señora del bolso miró por la ventana.
— Ahora vas a cien. El doble. — Levanté dos dedos —. Dime cuántos metros.
— Cincuenta y seis — dijo Rebeca, con el portátil abierto, automáticamente, porque Rebeca contesta a los números antes que a las personas.
— Ochenta y cuatro.
— ¿Cómo ochenta y cuatro?
— Porque ahí dentro hay dos trozos y la gente solo cuenta uno.
— Levanté un dedo —. El primero es lo que recorre el coche mientras tu cabeza se entera de que hay un perro.
Ese sí va el doble: catorce metros a cincuenta, veintiocho a cien.
— Levanté el segundo —. Y el otro es la frenada.
Y la frenada no va el doble: va al cuadrado.
Catorce metros a cincuenta y cincuenta y seis a cien.
Cuatro veces. Siempre, en todos los coches, en todas las carreteras y en todos los países del mundo, porque eso no lo decide el Estado, ni la DGT, ni el señor del radar: lo decide la física.
Catorce y catorce, veintiocho. Veintiocho y cincuenta y seis, ochenta y cuatro.
— Me giré hacia la primera fila —. Y por eso, Chemari, en la bajada de la 232, cuando el coche se te va de ciento diez a ciento treinta él solo, sin que tú toques nada, y a ti te parece que no ha pasado nada porque dentro no se nota nada, lo que has hecho es meterle treinta metros más a un tramo que se acaba en un cambio de rasante.
— Treinta — dijo Chemari, mirándome.
— Treinta.
— ¿Treinta metros más? ¿Por veinte kilómetros por hora?
— Por veinte kilómetros por hora.
Y Chemari Arnedillo, taxista de Logroño, conspiranoico titulado, denunciante en ciernes de la Dirección General de Tráfico, cogió su cuaderno de tapa dura, ese cuaderno en el que llevaba dos sesiones apuntando agravios y fechas y nombres para el día del juicio final, lo abrió, buscó una página limpia y escribió una cosa por primera vez en su vida. Escribió algo que no era una queja.
— Ay, madre — dijo Fefa, muy bajito.
— Eso sí es un vino largo, oiga — dijo Higinio.
Y la señora del bolso dijo que ella iba siempre a sesenta y que nunca le había pasado nada, y Braulio, desde el fondo, dijo lo tercero y último que dijo aquella tarde, que fue:
— Explícalo otra vez.
Yo tenía la mano todavía medio levantada.
Me di cuenta ahí, con el brazo a la altura del hombro, sentada en una silla de pala, debajo de un fluorescente roto, en mitad de un aula de la Jefatura Provincial de Tráfico de La Rioja, delante de once sancionados que me estaban mirando exactamente igual que me miran los chavales de dieciocho años en Berceo cuando llego a la parte del cuadrado.
Y la bajé despacio, con toda la dignidad que pude, que no fue mucha.
Y busqué al profesor, que es lo que hace un alumno cuando termina de hablar, y que es lo que yo llevaba doce años recibiendo desde el otro lado sin haberlo hecho nunca desde este.
Elías Ibarrola seguía de pie detrás de la mesa, con el reglamento abierto en la mano izquierda, en el artículo cuarenta y cinco, y no lo estaba mirando.
Me estaba mirando a mí, con la cabeza un poco ladeada, sin escribir, sin cronómetro, sin reloj y sin ninguna prisa.
Y no dijo «correcto», que era lo que decía siempre y lo único que decía. No dijo nada.