Capítulo 9
— El del vídeo — repitió Fefa, por si alguien de la sala no la había oído, cosa materialmente imposible —. El del vídeo, majo, el de la calle Vitoria. El que sale ahí plantado mientras la chica le pone de vuelta y media.
— Buenas tardes — dijo Elías Ibarrola, levantando la vista del cuaderno y dirigiéndose ahora a ella en concreto —. Me llamo Elías Ibarrola y voy a impartir la parte normativa de este programa.
— Que sí, majo, si te he saludado. Digo que eres el del vídeo.
— Correcto — contestó, y volvió al cuaderno.
Fue una respuesta perfecta, y esa es exactamente la clase de perfección que en Logroño te hunde.
Aquí, cuando alguien te dice «eres el del vídeo», tú tienes tres opciones y las tres son la misma: reírte, negarlo o contar tu versión, y en las tres has entrado en la conversación, que es lo único que quiere el que te lo ha dicho.
Él eligió la cuarta, que no existe y que no se le ocurre a nadie, que es decir que sí y seguir a lo tuyo.
Y por eso Fefa se giró en la silla y buscó a la sala entera con esa cara suya de estar repartiendo algo, y encontró exactamente lo que buscaba, que eran once caras encendidas.
— ¡Pero si lo hemos visto todos! — dijo —. Que lo hemos visto todos, ¿eh? Que aquí no hay ni uno que no lo haya visto.
— Yo lo tengo guardado — dijo Chemari.
— ¡Ay, Chemari, no me jodas!
— Lo tengo guardado porque yo guardo todo lo que sale de esta casa. — Y se dio dos golpecitos en el cuaderno con el boli —. Todo. Por si acaso.
— ¿Por si acaso qué?
— Por si acaso.
— Yo lo he visto tres veces — dijo Higinio, sin descruzar las piernas.
— ¿Tres?
— La primera por curiosidad. La segunda con mi cuñada, que insistió.
Y la tercera con el sonido bien puesto, que es como hay que verlo, igual que un vino hay que catarlo a dieciséis grados y no a veintidós.
— Se estiró la raya del pantalón —. La señora tiene mucha boca y muy poca razón, y el caballero tiene mucha razón y ninguna boca. Es un vídeo de un final larguísimo.
Y ahí Fefa hizo la cuenta, delante de todos, en voz alta, porque Fefa Ubago no piensa por dentro: Fefa Ubago piensa con la boca, y por eso fue ella y no Puri, ni yo, ni ninguno de los otros diez que llevábamos allí cuarenta minutos, la que ató los dos cabos.
Miró a Elías. Miró la puerta. Miró el aula entera.
Me miró a mí. Y se le abrió la cara de par en par, como se le abre a la gente cuando le toca algo.
— Espera. Espera, espera, espera. — Y se levantó otra vez, ahora con el abanico cerrado, señalando —.
Tú eres el examinador. Y a ti te han quitado de los exámenes.
Por el vídeo. Y ahora estás aquí, dándonos clase a nosotros.
Y esta — me señaló a mí, a mí, con el abanico, delante de once personas — es la del vídeo.
Y está aquí sentada. En tu clase. Con el carné quitado.
— Silencio de dos segundos —. ¡Ay, madre mía!
— Señora — dijo Elías —. ¿Puede sentarse?
— ¡Que os habéis quedado los dos encerrados aquí y por culpa el uno del otro!
— Señora.
— ¡Que esto es una película, majo!
— Es un aula.
Y no pasó nada más: ni se puso rojo, ni se defendió, ni miró al techo, ni buscó a Puri con los ojos, ni hizo ninguna de las cosas que hace un hombre al que acaban de desnudar delante de once desconocidos.
Se quedó de pie detrás de la mesa con el cuaderno abierto y esperó a que Fefa se sentara, y Fefa se sentó, porque Fefa siempre se sienta al final, y en el silencio se oyó el boli de Chemari escribiendo, y se oyó muy bien, y todos supimos exactamente qué estaba escribiendo.
Y yo, en mi silla de pala, debajo del fluorescente, con la copia rosa arrugada en la mano, entendí de golpe una cosa que llevaba dos meses sin entender.
Que lo había puesto ahí yo.
Que aquel hombre estaba de pie delante de aquella pizarra, en aquel aula, dando un curso de reeducación vial a once sancionados, en vez de estar en el asiento de atrás de un coche con un cronómetro, porque yo llamé a una periodista en mayo y le serví la historia en una fuente con guarnición.
Que su castigo era yo. Que mi castigo era él.
Y que a los dos nos había traído hasta aquella habitación exactamente la misma persona.
———
En el descanso salí al pasillo, bajé a la planta de abajo y fui al mostrador con una sola idea en la cabeza, y era la peor idea que he tenido nunca: irme.
— Perdona. El curso de reeducación. ¿Hay alguno más?
— ¿Más de qué? — dijo la chica, levantando la vista.
— Más grupos. Otro. En otro sitio.
— Ay, hija, si te lo expliqué el otro día. — Y me lo explicó otra vez, con una paciencia infinita, mientras yo me moría de pie delante de ella —. Este trimestre lo damos aquí. Los centros de fuera no tienen grupo porque estáis todos dentro del piloto. Es uno.
— ¿Y en Zaragoza?
— Tú estás en el registro de La Rioja.
— ¿Y si me voy a hacerlo a Zaragoza y ya está?
— Es que no puedes «y ya está», maja. — Se le escapó la risa, sin ninguna maldad —. Estás asignada. Firmaste el impreso.
— ¿Y si no vengo?
— Pues no haces el curso.
— ¿Y entonces?
— Pues entonces no haces el teórico. — Se encogió de hombros —. Y sin el teórico no te dan el permiso. Ya está. No es una amenaza, es que es así.
Volví por las escaleras muy despacio, contando escalones, que es una cosa que hago desde pequeña cuando no quiero llegar a un sitio y que me enseñó a hacer mi madre sin saber que me la estaba enseñando, y en aquellos veintiocho escalones me dije la frase entera y me la dije bien: una sala, un profesor, una oportunidad.
Y de los once que estábamos en aquella habitación, la única que no podía levantarse y marcharse por esa puerta era yo, porque a los otros diez les habían quitado un carné y a mí me habían quitado un carné, una nómina, un padre, un alquiler y un oficio, todo en la misma resolución, en el mismo folio y con el mismo sello.
Y él tampoco podía irse, y ese era el chiste enorme y silencioso de aquel edificio de ladrillo: que Elías Ibarrola estaba a la espera de una revisión de no sé qué comisión de no sé dónde, y que hasta que llegara esa revisión, aquel aula era su destino y nosotros éramos su expediente.
Los once. Con nuestros abanicos, nuestros portátiles y nuestros cuadernos de conspiraciones.
Darnos clase a nosotros era exactamente el trámite del que dependía su vuelta al único sitio en el que aquel hombre sabía estar.
Subí. Me senté. Empezó la clase. Y ahí es donde esta historia se convierte en otra cosa.
———
Los diez primeros minutos hubo esperanza, y eso es lo que hace que el resto duela.
Porque el aula 2 estaba cargada. Estaba cargadísima.
Once personas que acababan de ver a Fefa Ubago desnudar al profesor delante de todo el mundo, once personas que sabían quién era aquel hombre y por qué estaba allí y quién lo había puesto allí, y once personas convencidas hasta la médula de que aquello iba a ser una hora entretenidísima.
Chemari tenía el boli en la mano. Higinio se había puesto de perfil para verlo mejor.
Rebeca había cerrado el portátil, que en Rebeca es una concesión enorme.
Hasta Yeray se había incorporado un poco en la silla.
Aquello, a las siete y veinticinco de la tarde de un tres de julio, era un público.
Un público de verdad, caliente, con ganas, de los que un profesor de autoescuela no ve ni tres veces en su vida y que cuando lo ves te lo llevas puesto hasta casa.
Yo llegué a pensar, y esto no lo he dicho nunca, que iba a ser bueno.
Lo pensé en serio, durante unos ocho segundos, mientras aquel hombre abría la carpeta.
Un tío que sabe. Un tío que ha visto lo que ha visto durante nueve años, sentado detrás de dos mil personas, mirando.
Un tío que no se pone nervioso ni cuando le gritan en una acera con público. Ocho segundos.
Elías Ibarrola cogió el reglamento y lo leyó, y lo digo literalmente, sin exagerar y sin ganas de hacer un chiste: cogió un ejemplar del Reglamento General de Circulación, lo abrió por el título segundo y lo leyó en voz alta durante cincuenta minutos.
— Artículo diecinueve. Velocidad. Uno. Todo conductor está obligado a respetar los límites de velocidad establecidos y a tener en cuenta, además, sus propias condiciones físicas y psíquicas, las características y el estado de la vía, del vehículo y de su carga...
Yo llevo doce años dando el teórico en el aula de Berceo, que es un cuarto con doce sillas, una pizarra blanca y una ventana que da a un patio de luces, a chavales de dieciocho años que están mirando el móvil por debajo de la mesa y a señores de cuarenta y cinco que se han quedado sin carné y no se lo han dicho en el trabajo.
Doce años. He explicado la velocidad ochocientas veces, y se explica con un coche, un perro y una distancia: tú vas a cincuenta, sale un perro, ¿cuántos metros necesitas?
Y les haces contar. Y luego les enseñas que a cien no necesitas el doble, y ahí es donde el aula entera se calla, siempre, todas las veces, sin una sola excepción en doce años.
Eso es enseñar. Eso es todo lo que hay, y no hay más, y no hace falta más: que sepan una cosa que no sabían y que no la puedan olvidar aunque quieran.
— ...dos. Se circulará a velocidad moderada y, si fuera preciso, se detendrá el vehículo cuando las circunstancias lo exijan, especialmente en los siguientes casos: a...
Chemari duró once minutos. Once. Fue el primero en caer y para mí fue el más doloroso de todos, porque Chemari Arnedillo había entrado en aquella sala con más ganas de pelearse que un gallo: había llegado con un cuaderno de tapa dura, con un millón cuatrocientos mil euros inventados, con una teoría completa sobre la recaudación del Estado y con la intención firmísima de discutirlo absolutamente todo desde la primera fila.
Chemari quería que le hablasen. Chemari llevaba semanas esperando aquello, y probablemente años.
Y a los once minutos cerró el cuaderno, lo dejó encima de la pala y se puso a mirar por la ventana un aparcamiento vacío.
El segundo fue Yeray, a los quince, que apoyó la nuca en la pared y se quedó mirando el techo con los brazos cruzados.
Los dos chicos que iban juntos, a los dieciocho, y empezaron a hablar entre ellos, bajito, en un aula en la que solo se oía a un hombre leyendo.
Rebeca abrió el portátil a los veinte y estuvo hasta el final contestando correos con la cara de quien está haciendo algo mucho más importante, y lo peor de todo es que tenía razón.
Higinio Zaldívar aguantó veinticuatro minutos, más que nadie, por pura educación, con la espalda recta y las manos en las rodillas, y luego apoyó la sien en dos dedos y se le fueron los ojos a la mesa.
La señora del bolso se durmió: se durmió de verdad, con la boca abierta, a las ocho y cuarto de la tarde de un tres de julio.
Y a los treinta y siete minutos se me apagó Fefa.
Fefa Ubago, sesenta y tres años, cuarenta y uno conduciendo, un abanico, un bolso, una bolsa de pipas en la recámara y una boca que no ha callado nunca en su vida.
La mujer más viva de aquella habitación y de las tres de al lado.
La miré de reojo y se le había caído la cara: ya no abanicaba, sujetaba el abanico.
Y miraba a la mesa del profesor con esa cara que ponen las personas mayores en las salas de espera, esa cara de estar aquí y no estar, esa cara que a mí se me clava en un sitio muy concreto porque es exactamente la cara que se le pone a mi padre en el San Pedro cuando llevamos cuarenta minutos y todavía van por el ciento treinta y nueve.
Los conté desde mi silla, girando la cabeza despacio, de izquierda a derecha, uno por uno, con el fluorescente haciendo tac encima de mi cabeza: seis adultos desconectados en fila, y detrás cinco más, y once carnés, y once vidas, y once personas que habían pedido el día libre en el trabajo, o que habían dejado a alguien con alguien, o que habían bajado cincuenta y dos kilómetros desde Cameros en una furgoneta, para estar allí sentados.
Y me dolió. Físicamente, digo, aquí, en la parte de arriba del esternón.
Me dolió igual que me duele ver a un alumno frenar dentro de una curva, o ver a alguien meter mal una marcha, o ver a un chaval de dieciocho años bajarse de un coche llorando en un aparcamiento de grava con una hoja en la mano.
Aquello no era dar mal una clase. Era otra cosa mucho peor: era un hombre leyendo un libro en voz alta durante cincuenta minutos delante de once personas que lo necesitaban, y haciéndolo con toda la razón del mundo, y sin saltarse ni una coma, y sin equivocarse ni una vez, y sin que le sirviera absolutamente para nada a nadie.