Capítulo 8
El tres de julio, a las siete menos veinte de la tarde, yo estaba sentada exactamente debajo de él, que es una cosa que dice mucho de mi año.
Yo llegué la primera, porque yo siempre llego la primera y es una enfermedad, y elegí la peor silla posible, que fue la de en medio: la de delante era ponerme a tiro y la del fondo era esconderme, y yo no me escondo.
Me senté con la copia rosa en la mano y las gafas de sol en la cabeza y con la sensación exacta de estar en el sitio equivocado de un aula.
He dado clase de teórico doce años, así que sé perfectamente lo que se ve desde la mesa del profesor, sé lo que parece cada persona sentada en cada silla y en qué orden se le apagan a uno, y por eso sabía muy bien lo que parecía yo.
Y luego entró todo lo demás.
———
La primera fue una señora de sesenta y tantos con el pelo corto teñido de caoba, un bolso enorme y unas sandalias planas, y entró hablando: entró hablando sola, con la puerta.
— ¡Madre mía, qué escaleras! Que hay ascensor, ¿eh?, lo he visto, pero pone «personal autorizado», ¿y yo qué soy, un perro? — Se paró en medio del aula, me vio y sonrió —. Hola, maja. ¿Tú también?
— Yo también.
— ¡Ay, mira! Josefa, pero Fefa. — Se sentó dos sillas a mi derecha, dejó el bolso encima de la pala y sacó un abanico de una funda de tela —.
Fefa Ubago. Cuarenta y un años conduciendo, maja.
Cuarenta y uno. Ni un rasguño. Ni uno. Y estoy aquí por el móvil, ¡por el móvil!
, y era el manos libres, que se lo dije al guardia, que era el manos libres, y me dice el chico: «señora, lo tenía usted en la mano».
¡Pues claro que lo tenía en la mano, hijo, es que no se oía!
Detrás entró un hombre de unos cincuenta y tantos, moreno, con un polo azul y unos brazos de haber cargado cosas toda la vida, que no dijo nada, no saludó, no miró a nadie y se fue directo al final, a la última fila, al sitio que hace esquina, y se quedó mirando al frente con las manos cruzadas encima de la pala.
Y luego un señor mayor con una chaqueta de lino, un pañuelo al cuello en julio y unos zapatos que valían más que mi coche, que se paró en el centro del aula y saludó a la sala entera con una reverencia mínima.
— Buenas tardes. Higinio Zaldívar.
— Ay, qué elegante — dijo Fefa.
— Gracias.
— ¿Y usted qué ha hecho, majo?
— Un malentendido — contestó, sentándose, cruzando las piernas y estirándose el pantalón por la raya con dos dedos, con una calma de cuarenta años de bodega.
— ¿Qué malentendido?
— La tasa.
— ¡Ah, o sea, que borracho!
— Señora, yo cato. — Levantó un dedo, uno solo, sin alterarse lo más mínimo —.
Yo no bebo. Yo cato. Volvía de una cata de doce vinos de la añada del veintitrés en Fuenmayor, doce vinos, y de doce vinos uno escupe once.
Once. Ese es el oficio. Y viene un agente de veinticinco años, un chaval que seguro que se toma cinco cervezas los viernes por la noche mientras ve un partido, y me mide a mí una tasa.
— Pero ¿cuánta te salió?
— Eso es irrelevante.
— Ay, majo, que eso quiere decir mucha.
— Eso quiere decir que el aparato no distingue entre un hombre que bebe y un hombre que trabaja.
Entró una mujer más o menos de mi edad, con una americana clara y un móvil en la mano, hablando por el manos libres del teléfono mientras entraba en un aula de la Jefatura Provincial de Tráfico, cosa que a mí, dadas las circunstancias, me pareció toda una declaración de intenciones.
— ...que no, que ese cierre lo tengo yo del trimestre pasado, dile a Marga que lo mire en el drive. Que lo mire. Que sí. Te llamo en cinco. — Colgó, se sentó justo delante de mí, sacó un portátil de un bolso y lo abrió —. Hola. Rebeca.
Y entró un chaval de veintipocos con una sudadera negra a treinta y ocho grados, el pelo aplastado por el casco y una de esas mochilas cúbicas de los repartos colgada de un hombro.
Miró la sala. Contó las sillas con los ojos, se lo pensó, y se fue al fondo, a la fila del hombre del polo azul, y se sentó sin saludar a nadie ni mirar a nadie.
Y el último en llegar, a las siete menos cinco, fue el taxista, con una carpeta de gomas y un cuaderno de tapa dura, y lo primero que hizo, antes de sentarse y antes de saludar, fue mirar al techo.
— Ese fluorescente lleva así desde el veintiuno.
— ¿Y tú cómo lo sabes? — preguntó Fefa.
— Porque yo estuve aquí en el veintiuno.
— ¡Ay, o sea, que repites!
— Yo no repito, señora. Yo vuelvo. — Se sentó en la primera fila, abrió el cuaderno y sacó un boli del bolsillo del pantalón —. Chemari. Arnedillo. Taxista.
— ¿Y qué has hecho, majo?
— ¿Yo? — Levantó la cabeza con la cara de un hombre al que acaban de insultar a la madre —.
¿Yo? El radar de la 232. El de la bajada, el que está antes del cambio de rasante, ese que ponen ahí porque saben perfectamente que ahí el coche coge velocidad solo, por la pendiente, sin que tú toques el acelerador.
Solo. Es física. Y yo tengo aquí apuntado — y le dio dos golpecitos al cuaderno con el boli — que ese radar recaudó el año pasado un millón cuatrocientos mil euros. Un millón cuatrocientos mil.
— ¡Anda ya!
— Un millón cuatrocientos mil, señora. Está publicado.
— ¿Dónde?
— Está publicado.
No estaba publicado, y ese radar no recauda ni la décima parte de eso, y yo lo sé porque lo explico en clase con los datos delante, y abrí la boca para decirlo y la cerré a tiempo, porque me acababa de acordar de dónde estaba y de qué era yo exactamente en aquella habitación.
———
Éramos once. Los otros cuatro eran una señora con un bolso todavía más grande que el de Fefa, dos chicos que iban juntos y que se pasaron el curso entero sin separarse ni para ir al baño, y un hombre de mediana edad de la última fila con camisa de manga corta que en cuatro meses no dijo su nombre ni una vez y a quien todos, absolutamente todos, acabamos llamando «el de la última fila» a la cara.
A las siete en punto entró Puri Belloso, cuarenta y cinco años, el pelo recogido, un vestido de lino y unas gafas colgando de una cadena.
Dejó una carpeta en la mesa, se colocó delante y esperó.
Y siguió esperando. Y la sala se fue callando sola, sin que dijera una palabra, sin levantar la mano, sin ese «a ver, chicos» que decimos todos, y ese es un truco que yo llevo doce años intentando y que no me sale.
— Buenas tardes. Me llamo Purificación Belloso, soy psicóloga y voy a acompañaros durante estos seis meses. — Sonrió —. Y he dicho «acompañaros» a propósito.
— Ay, qué bonito — dijo Fefa.
— Gracias. Vamos a empezar por lo más importante, que es el motivo por el que estáis aquí. — Miró a la sala, despacio, uno por uno, sin prisa ninguna —. ¿Alguien quiere decir por qué está aquí?
— Por el radar de la 232 — dijo Chemari.
— Eso es lo que te ha traído. No es por qué estás aquí.
— Es exactamente por qué estoy aquí.
— Chemari, ¿me permites una reformulación?
— No.
— Te la voy a hacer igual. — Y lo dijo con una voz de yoga, con una sonrisa suave, sin subir el tono ni medio punto ni mirarlo con superioridad, que era lo peor —. Tú estás aquí porque conduciste más rápido de lo que debías. El radar solamente estaba mirando.
Fefa soltó una carcajada tremenda, con la boca abierta y sin taparse nada, y le dio una palmada en el brazo a Higinio Zaldívar, a quien no conocía de nada y a quien no le habían tocado el brazo en treinta años.
— ¡Ay, madre! ¡Que te la ha metido doblada, majo!
— Señora — dijo Chemari, muy digno —, esto lo apunto.
Y lo apuntó, ahí, delante de todos: abrió el cuaderno por una página que ya tenía cosas escritas, puso la fecha, subrayó la fecha y escribió tres líneas mientras once personas lo miraban en silencio.
Puri siguió, y pasó por todos, uno por uno, sin saltarse a nadie.
Higinio dijo «yo cato, no bebo» y Puri dijo «correcto, y además diste positivo», e Higinio se colocó el pañuelo y no volvió a hablar en veinte minutos.
Rebeca dijo que ella hace sesenta mil kilómetros al año, sesenta mil, «que son cuatro veces lo que hace una persona normal, o sea, estadísticamente yo debería estar aquí cuatro veces», y Puri dijo «has venido una, aprovéchala».
La señora del bolso dijo que ella era culpable de todo y se echó a llorar antes incluso de contar de qué.
Y llegó al fondo.
— ¿Y tú?
— Yeray — dijo el chaval de la sudadera, levantando la cabeza.
— ¿Qué te ha traído aquí, Yeray?
— Los doce puntos.
— ¿En cuánto tiempo?
— Tres meses.
— ¿Los doce en tres meses, majo? — Fefa se giró entera en la silla, con el abanico parado en el aire —. ¡Pero eso hay que hacerlo aposta!
— No — dijo Yeray —. Se hacen solos.
Y ya está. No dijo nada más. Puri esperó, porque Puri sabe esperar como no sabe esperar nadie, y le preguntó si quería contar algo, y el chaval se encogió de hombros y dijo:
— Me lo merecía.
Y esas cuatro palabras cayeron encima del aula 2 con un peso que no le corresponde a un crío de veintidós años, y hasta Fefa se quedó callada, y el fluorescente hizo tac.
Puri pasó al del polo azul, el de la esquina del fondo, que llevaba cuarenta minutos con las manos cruzadas encima de la pala sin mover un músculo.
— ¿Y tú?
— Braulio. Nalda. De Cameros.
— ¿Qué te ha traído aquí, Braulio?
— El cinturón.
— ¿El cinturón, majo? ¿Y te quitan los doce puntos por el cinturón? — Fefa se giró otra vez, y a esas alturas yo ya me estaba dando cuenta de que Fefa se gira siempre, de que Fefa es el único ser humano de aquella sala que no ha oído hablar nunca de la vergüenza.
— Muchas veces.
— ¿Cuántas?
— Las que hicieron falta.
— ¡Pero ponte el cinturón, hombre de Dios!
Y Braulio Nalda, ganadero, cincuenta y cinco años, treinta de subir y bajar la misma carretera de Cameros, esperó tres segundos enteros y contestó sin mover ni una ceja:
— Yo voy a veinte por hora detrás de las ovejas.
Y luego me tocó a mí, y aquí está el momento: once personas, una sala, un edificio público, un fluorescente estropeado y la pregunta más fácil del mundo.
— ¿Y tú?
— Nerea Salcedo.
— ¿A qué te dedicas, Nerea?
— Soy profesora de autoescuela.
Se hizo un silencio de tres segundos enteros y luego el aula 2 se vino abajo.
— ¡Anda ya!
— ¡No me jodas!
— ¡¿Que eres profesora de autoescuela?!
— ¿De cuál? — dijo la señora del bolso, incorporándose —. ¿De cuál, maja?
— De Berceo.
— ¡De Berceo! ¡Ay, madre, si yo aprobé con vosotros! ¡Yo aprobé en Berceo el año pasado, hija, con una chica! ¿Eras tú?
— Puede.
— ¡Si eras tú! ¡Si eras tú, que tienes las gafas en la cabeza! ¡Ay, que ha sido esta!
— Yo saqué el carné con Salcedo — dijo Chemari, muy serio, señalándome con el boli por encima del hombro —. En el noventa y seis. ¿De qué eres?
— Su hija.
— ¿Tú eres la hija del Salcedo? — Y cerró el cuaderno, que fue lo único que le vi cerrar el cuaderno en cuatro meses.
— Sí.
— Tu padre me suspendió tres veces.
— Lo siento mucho.
— No lo sientas, que tenía razón.
— ¡Ay, pero espera, espera! — Fefa se había puesto de pie, de pie, con el abanico en una mano y el bolso en la otra, en mitad de un aula de la Jefatura, con la misma naturalidad con la que se pregunta el precio de las alcachofas —.
A ver, maja, que no me entra: ¿y una profesora de autoescuela cómo se queda sin puntos?
¡Pero si tú te los sabes todos! ¡Si tú te sabes hasta los que no existen!
Y once personas se giraron a la vez.
Yo tenía la respuesta preparada desde el diez de junio, y era una respuesta buena, con sus fechas y sus artículos, y era una respuesta que en aquella sala y con aquella gente no valía absolutamente nada, porque sonaba exactamente igual que el millón cuatrocientos mil euros de Chemari, y que el «yo cato, no bebo» de Higinio, y que el manos libres de Fefa, y que las ovejas de Braulio.
Todos teníamos razón. Ese era el chiste, y era un chiste enorme: éramos once personas con razón sentadas en unas sillas de pala debajo de un fluorescente roto.
Así que no dije nada. Y en el silencio, desde el fondo, desde la esquina, sin levantar la voz y sin descruzar las manos, habló el ganadero por segunda vez en toda la tarde.
— Conduciendo otros.
———
A las siete y veinte Puri Belloso miró el reloj de la pared, recogió su carpeta y la puso en el borde de la mesa.
— Bien. Yo estoy con vosotros en los módulos de sensibilización, pero el curso no lo doy yo. La parte normativa, que son la mayoría de las horas, la da un compañero de la casa. — Sonrió otra vez, con esa cara suya de estar viendo algo que los demás todavía no han visto —. Llega ahora.
— ¿Y quién es? — preguntó Fefa.
— Un examinador.
— ¡Ay, la leche!
— ¡Toma ya! — dijo Chemari, y abrió el cuaderno de golpe —. Un examinador. O sea, que la casa nos manda a la casa. Esto lo apunto.
Y entonces se abrió la puerta del aula 2.
Yo estaba mirando el mapa descolorido de la provincia, me acuerdo perfectamente, estaba mirando el trozo de La Rioja Alta donde no se lee Fuenmayor porque se lo ha comido el sol de cuarenta veranos, y estaba pensando que a aquel mapa le faltaba media 232.
Y oí los pasos antes de girarme: tres pasos hasta la mesa, a esa velocidad de hombre al que le sobran cuarenta segundos, y el ruido de una carpeta apoyándose en la madera, y una voz diciendo «buenas tardes» a once personas, una detrás de otra, con la misma pausa exacta entre una y la siguiente.
Y para cuando levanté la vista, Elías Ibarrola ya se estaba mirando el reloj, ese reloj analógico y viejo que iba tres minutos por delante de toda La Rioja, para decirles a once sancionados que eran las siete y veinticinco cuando eran las siete y veintidós.
Fefa fue la primera. Cómo no.
— Anda — dijo, encantada, con el abanico a medio abrir y una alegría que se oyó en el pasillo —. Pero si es el del vídeo.