Capítulo 7
Un carné de conducir pesa cuatro gramos.
Lo sé porque el dos de junio lo llevé en la mano todo el trayecto de la calle Chile a la Jefatura, veintidós minutos andando por Vara de Rey con las gafas de sol puestas y sin ninguna prisa, dándole vueltas entre los dedos, y porque un trozo de plástico rosa del tamaño de una tarjeta de crédito no pesa nada y aun así se te cae el brazo.
Hay que entregarlo, y eso no lo sabe nadie hasta que le toca.
Yo lo he explicado doscientas veces en el aula de Berceo, con la pizarra detrás y doce críos delante, y lo he explicado como se explica una cosa que le pasa a otros: cuando el saldo de puntos se te queda a cero y la resolución es firme, tienes cinco días para presentarte en la Jefatura Provincial y entregar el permiso físicamente, en mano, en una ventanilla, con un número de turno, como quien devuelve una raqueta o una llave de taquilla.
Cogí el ciento cuarenta y siete, iban por el ciento treinta y nueve, y estuve cuarenta minutos sentada en una silla de plástico naranja en una sala llena de gente, entre un señor que venía a renovar y una chica que hacía un cambio de titularidad y hablaba por teléfono con su madre en voz muy alta, mirando una pantalla que hacía «ding» cada tres minutos y con mi carné en el bolsillo del vaquero.
Ese permiso lo tenía yo desde los dieciocho años y tres días.
Me llevó mi padre al examen, en el Cuatro, y por el camino no me dijo ni una palabra técnica, ni una, solo me preguntó si había desayunado.
Me examinó un señor que se llamaba Fermín y que llevaba gafas de pasta y que era amigo suyo, y que precisamente por eso me miró la ruta entera con una lupa.
Y cuando aprobé, mi padre no dijo «enhorabuena»: dijo «ahora empieza lo difícil», y nos fuimos a comer al Tirso, y él pidió vino y yo pedí una fanta porque estaba a punto de vomitar de la emoción.
— Ciento cuarenta y siete.
Ding.
La señora de la ventanilla lo cogió, lo pasó por un lector, escribió tres cosas, me dio un resguardo y dijo:
— Ya está.
Y ya estaba. Y ahí es donde una descubre que las cosas grandes de la vida duran once segundos y las hace una señora amabilísima que ya ha hecho hoy otras cuarenta.
Le pregunté si me lo devolvían, y me miró con esa paciencia infinita de la gente que trabaja de cara al público en un sitio al que la gente llega rota.
— Hija, es que ese ya no vale. Cuando pases el curso y el teórico, te dan uno nuevo.
— ¿Y este?
— Este se destruye.
Fue la única vez que se me saltaron las lágrimas en toda aquella historia, y fue en una ventanilla, delante de una señora que no me había hecho nada, por un trozo de plástico.
Que quede claro, porque me da mucha vergüenza: no lloré por la sanción, ni por los seis meses, ni por la nómina, ni por nada de lo que venía detrás y que yo ya sabía perfectamente cómo era, porque llevo doce años viéndolo de cerca.
Lloré porque en la foto tenía dieciocho años y el pelo mal cortado y la cara de una que se cree que ahora empieza todo.
———
Loli me llamó al despacho el tres de junio y cerró la puerta, y Loli no cierra nunca la puerta porque dice que las puertas cerradas dan que hablar y que en una autoescuela lo que hay que dar es horas.
Tenía el cuadrante encima de la mesa, ese cuadrante que lleva colgado en la pared de Berceo desde antes que yo, con los nombres a la izquierda y las horas arriba y las casillas rellenadas a lápiz, siempre a lápiz, porque Loli lleva treinta y ocho años esperando que alguien cambie de idea y ha comprobado que la gente cambia de idea.
— Nerea, tú y yo nos conocemos desde que tú tenías nueve años y venías aquí a hacer los deberes debajo de esa mesa.
— Loli, dilo y ya está.
— No puedo ponerte en un coche.
— Ya lo sé.
— Es que no es que no quiera, maja, es que no puedo. Que si te pongo en un coche con un alumno y sin permiso, me cierran esto. Me lo cierran en veinticuatro horas y con razón. Y detrás de esto hay ocho nóminas, y una es la tuya, y otra es la del chico nuevo que tiene un crío de año y medio.
— Loli, que ya lo sé.
— ¡Es que quiero decirlo entero, joder! — Y dio un golpe en la mesa con la palma abierta, y le tembló la voz medio segundo, y luego se le pasó, porque Loli es de las que se recomponen en medio segundo y llevan treinta y ocho años haciéndolo —.
Te dejo el teórico. Todo el teórico que tengo, todo, y te lo dejo aunque me sobre gente.
Son... — se puso las gafas y contó con la uña — doce horas semanales.
Y en agosto ni eso, porque en agosto aquí no viene ni Dios.
— De veintiocho.
— De veintiocho.
Hicimos las cuentas las dos a la vez y en silencio, cada una en su cabeza, con la puerta cerrada y el cuadrante en medio, y salió lo que tenía que salir, que es lo que sale siempre cuando divides.
— Seis meses — dijo.
— De junio a diciembre.
— ¿Y luego el papel ese?
— El curso. Y el teórico otra vez.
— ¿Otra vez el teórico? — Loli se echó hacia atrás en la silla, y la silla protestó —. ¡Pero si tú das el teórico!
— Ya.
— ¡Que lo das tú, maja! ¡Que llevas doce años dándolo ahí al lado, en esa habitación, con esa pizarra!
— Ya, Loli.
— Pero eso es de tontos.
— Eso es lo que hay.
———
Y entonces empezó la parte que no sale en ninguna estadística, la que no se cuenta en ningún artículo de Riojapress y la que no cabe en las cuatro líneas de ningún impreso.
El seis de junio mi padre tenía revisión en el San Pedro.
La tenía apuntada yo en el calendario de la cocina de Varea, con boli azul, desde febrero, porque las citas de mi padre las apunto yo, las pido yo, las recuerdo yo y a ellas lo llevo yo, y eso lleva siendo así cuatro años y a nadie se le ha ocurrido nunca discutirlo, y la primera que no lo ha discutido nunca soy yo.
El seis de junio nos llevó mi madre, y esa frase, que son ocho palabras y parece que no dice nada, es la primera vez en cuatro años que se escribe en esta casa.
Mi madre conduce. Tiene el carné desde los treinta y ocho, se lo sacó con un señor de otra autoescuela precisamente para no sacárselo con mi padre, que es la decisión más inteligente que ha tomado en su vida, y en treinta años no ha salido de Logroño más que para ir a la ribera y a la conservera.
Conduce como conduce la gente que tiene el carné para lo justo: bien, muy despacio, con las dos manos, sin música y sin hablar.
Mi padre iba detrás, porque desde que la mano izquierda le hace lo que le da la gana necesita el asiento entero para colocarse, y porque delante, con el airbag y el cinturón cruzándole el pecho, dice que va como un paquete.
Así que yo iba de copiloto. Yo, en el asiento de la derecha, mi sitio de toda la vida y el único sitio del mundo en el que llevaba doce años sin ser una pasajera.
Y en la rotonda de la avenida de Burgos, mi madre entró un pelín justa detrás de un autobús, y yo levanté el pie derecho y lo estampé contra una alfombrilla que no tenía debajo ningún freno, porque aquel no era el Ocho, ni el Nueve, ni ningún coche con doble mando: era el coche de mi madre, y yo era una señora de treinta y cuatro años sin permiso de conducir dando patadas a un salpicadero.
Sonó. Ahí está la desgracia: que sonó.
Mi madre no dijo nada. Siguió con las dos manos al volante y la vista al frente, y a los cuatro segundos giró la cabeza y me miró.
Me miró un segundo entero, con el intermitente sonando y el autobús delante, y luego volvió a la carretera y no volvimos a hablar del asunto ni aquel día ni nunca.
Y yo me quedé en el asiento de la derecha con la pierna todavía tensa, mirando por la ventanilla la avenida de Burgos, los carteles, el arcén, el mundo pasando a cuarenta por hora, y con la radio puesta en esa emisora que ponen todas las madres de este país, en la que a aquella hora estaban hablando de Haro.
Porque era junio, y en junio, aquí, se habla de Haro.
La Batalla del Vino, la subida a los riscos de Bilibio a las siete de la mañana, treinta grados a las nueve, la provincia entera vestida de blanco poniéndose morada, los autobuses, las peñas, la gente que viene de Alemania a que la mojen con vino tinto y se va contando que los españoles están locos.
En la radio decían que este año se esperaba récord de asistencia, y lo decían con esa alegría de junio, y mi madre lo escuchaba con las dos manos al volante, y mi padre iba detrás mirando por la ventanilla, y yo iba delante con el pie en el aire, y los tres íbamos al hospital.
En el San Pedro pedí yo la cita siguiente en el mostrador, porque eso todavía lo podía hacer, y la de admisión me dijo:
— La de Pamplona, la del neurólogo, la tiene en octubre.
— Octubre.
— Día dieciséis. ¿Se lo apunto?
— Sí, apúntemelo.
Octubre. Pamplona son noventa y tres kilómetros y una autopista, y mi madre no ha cogido una autopista en su vida y no la va a coger ahora.
Y aquel día, en aquel mostrador, hice lo que hago siempre: apuntarlo, decir que sí, sonreír y guardármelo en ese sitio que tengo dentro y que no sé cómo se llama, donde voy metiendo las cosas que no tienen solución para volver a sacarlas más tarde, a las tres de la mañana, y descubrir que siguen sin tenerla.
———
Y quedaba Miriam, que es la parte que no le conté a nadie y la parte que me habría ahorrado media vida si la hubiera contado.
Yo cobro mil seiscientos ochenta euros. Cobraba.
Con doce horas de teórico se me quedaba en poco más de la mitad, y el alquiler de la calle Chile son seiscientos veinte, y el coche son ochenta de seguro y lo que caiga, y mi padre tiene una cosa de la fisioterapia que la Seguridad Social te cubre hasta cierto punto y a partir de ahí ya no, y esa diferencia la pago yo desde hace dos años y tampoco lo sabe nadie.
Y cuatrocientos veinte, el uno de cada mes, concepto: «M».
Me senté una noche en la mesa de la calle Chile con un boli y el reverso de un impreso de la autoescuela, y lo puse en columnas, porque yo esto lo hago como me enseñaron a hacerlo todo: dato, dato, dato, resultado.
Y el resultado fue que no. Que no salía.
Que no había manera de que saliera ni quitando el pilates, ni el súper, ni la peluquería, ni la vida entera, y que si aguantaba tres meses era rascando de lo que tenía ahorrado para cambiar el coche, y que en tres meses estábamos en septiembre y todavía quedaban otros tres.
No se lo dije a nadie. Ni a ella, ni a mis padres, ni a Loli, ni a la de Arnedo, que es lo más parecido que tengo a una amiga y que me llama a las once de la noche.
El uno de julio hice la transferencia igual. Cuatrocientos veinte euros. Concepto: «M». Y cerré la aplicación del banco muy deprisa, con esa velocidad con la que una cierra las cosas que ha decidido no mirar.
———
El curso lo pregunté el diez de junio, y hasta aquel día yo pensaba que el curso era el único trámite fácil de todo el asunto: un papel más, un dinero más, unas horas de mi vida sentada en una silla oyendo cosas que me sé.
Fui a la Jefatura otra vez, cogí número otra vez, el ciento nueve, y le pregunté a la chica del mostrador por el curso de recuperación del permiso, que es otra de las doscientas cosas que yo he explicado en el aula de Berceo con la pizarra detrás: son veinticuatro horas, lo dan centros autorizados, hay varios en la provincia, eliges el que mejor te venga, pagas y vas.
— Ah, no — dijo ella —. Este trimestre no.
— ¿Cómo que este trimestre no?
— Que este trimestre lo damos aquí.
Y me lo explicó, y yo tardé tres frases enteras en entenderlo, porque era demasiado bonito para ser verdad en el sentido de que era demasiado feo.
La Rioja es pequeña. Somos trescientos mil habitantes en toda la comunidad, una provincia, una Jefatura, una ciudad y ciento setenta y cuatro pueblos, y eso, para la gente que prueba cosas, nos convierte en un laboratorio ideal: aquí se ensaya, se mide, y si sale bien se lleva a los sitios grandes, y si sale mal no se entera nadie.
Y este año le había tocado a los cursos de reeducación vial.
Un programa piloto. Experimental. Propio, de la casa, con sus docentes, su cuestionario y su memoria final.
Y con seis meses por delante en vez de veinticuatro horas, porque cuando la administración prueba una cosa la prueba entera: de julio a diciembre, martes y jueves, de siete a nueve, que es exactamente lo que dura una sanción.
O sea, y lo digo como lo entendí yo, de pie, delante de un mostrador: la Jefatura había absorbido todos los cursos de la provincia.
Todos. Los centros de fuera no daban ninguno este trimestre porque no tenían a quién dárselo, porque todos los sancionados de La Rioja entrábamos en el mismo grupo, en el mismo edificio, con el mismo profesor y a la misma hora.
Un grupo. Once o doce personas. Una sola convocatoria en todo el trimestre.
— ¿Y si no puedo ir a esa?
— Pues... a la siguiente.
— ¿Y cuándo es la siguiente?
— Uy, hija, eso ya no lo sé. Depende de cómo salga esta.
Una sala. Un profesor. Una oportunidad.
Sin curso no hay teórico. Sin teórico no hay carné. Sin carné no hay coche. Sin coche no hay veintiocho horas. Sin veintiocho horas no hay nómina, y sin nómina no hay calle Chile, ni fisioterapia, ni citas de mi padre, ni transferencia el día uno con el concepto «M».
— ¿Y me apunto aquí? — pregunté.
— Aquí mismo, sí. — Sacó un impreso de un cajón, lo puso encima del mostrador y lo giró hacia mí con dos dedos, exactamente igual que había hecho Loli con la tabla en mayo, exactamente igual, con el mismo gesto y la misma velocidad, y a mí me dio la risa de pura desesperación y me tapé la boca —. Rellenas eso, firmas abajo y ya está.
Rellené eso. Nombre, apellidos, DNI, domicilio (Varea, cómo no), número de expediente. Y firmé abajo.
La chica lo cogió, le puso un sello con esa energía que le ponen a los sellos en los sitios donde ya nada tiene remedio, arrancó la copia de color rosa y me la devolvió por encima del mostrador.
— Toma, guárdatelo. Y no faltes ni un día, ¿eh?, que aquí no perdonan ni una.
Miré la copia rosa. Arriba a la izquierda ponía «Programa piloto de reeducación vial. Jefatura Provincial de Tráfico de La Rioja. Aula 2».
Y abajo del todo, en una casilla que decía «fecha de inicio», había un número escrito con boli azul por alguien que tenía una letra bonita y ninguna prisa.
Tres de julio.