Capítulo 6
El impreso de alegación estuvo veinte días encima de la mesa de mi cocina de la calle Chile, debajo del salero y al lado de un tique del súper, y yo lo miraba todas las mañanas mientras se hacía el café.
Es un papel feísimo, hay que verlo: recuadros, letra de nueve, una casilla para el número de expediente que es más grande que la casilla para el nombre, un apartado que se titula «hechos» y un espacio de cuatro líneas para que tú metas ahí los tuyos.
Cuatro líneas. La vida entera de una persona cabe en cuatro líneas si el que diseña el impreso no ha estado nunca en un arcén a las nueve y media de la mañana.
Loli me lo imprimió el primer día y me lo trajo a Berceo en persona, cruzando la oficina con el papel por delante.
— Rellénalo.
— Loli.
— Que lo rellenes, Nerea, que te lo tumban en un mes. Me lo ha dicho el gestor, y el gestor es un rata que no dice nada gratis, así que si lo dice es que es verdad y encima es que le sobra razón.
— Ya lo sé.
— ¿Que ya lo sabes? — Y se puso las gafas en la punta de la nariz para mirarme mejor, que en Loli es peor que gritar —.
¿Que ya lo sabes y no lo rellenas? Maja, que son seis meses.
Seis. De junio a diciembre. Que en junio tengo yo los exámenes de los del instituto, y en septiembre los de los que se van a la universidad, y en octubre los del carné de la gente que vuelve de la vendimia con cuatro perras.
Yo te tengo dos coches y una nómina que sale el día treinta haga sol o caiga granizo. ¿Tú sabes lo que es una nómina?
— Sé lo que es una nómina.
— Pues eso es exactamente lo que es este papel.
Cogió el impreso, me lo puso en la mano cerrándome los dedos encima con las suyas y se fue al despacho sin mirar atrás, y yo me lo llevé a casa y lo dejé debajo del salero, y ahí se quedó veinte días.
Y no lo entendió nadie. Ni Loli, ni Miriam, ni mi madre, ni la de Arnedo, ni ninguna de las cuatro personas que se enteraron.
Y no lo entendieron porque preguntaban mal, todos, sin excepción: preguntaban «¿por qué no alegas?
», y esa pregunta no tiene respuesta, o tiene una respuesta que suena a santa, y yo no soy ninguna santa, y encima con las santas es con quien peor me llevo.
La pregunta buena es otra, y no se le ocurrió a ninguno. La pregunta buena es qué pone en las cuatro líneas.
Porque en las cuatro líneas pone: la maniobra la ejecutó la alumna.
Y debajo, en la casilla de al lado, el nombre de la alumna, con sus dos apellidos y su DNI.
Y eso viaja: eso va a un expediente, y de un expediente sale una resolución, y una resolución la lee un funcionario, y la lee el gestor de Loli, y la lee la chica que la mecanografía, y la lee el que la archiva, y en una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes donde media población ha aprobado conmigo o con mi padre, eso significa que lo lee la ciudad.
Y significa, sobre todo, que se lo tengo que decir yo a la cara.
«Tania, siéntate, que voy a poner por escrito que fue culpa tuya, pero tú tranquila, que es un formalismo y no te va a pasar nada».
Con esa cara. Con la mía, que llevo doce años usando para decirle a la gente que puede.
Así que no lo rellené. Lo miré veinte días, que es una manera muy tonta de tomar una decisión que ya estaba tomada desde el minuto uno en un arcén de Lardero, y el vigésimo primero lo tiré a la basura amarilla con una eficacia asombrosa, sin doblarlo ni nada, y me fui a Berceo a dar teórico a doce críos que aún no sabían lo que es un punto.
———
Al de la Jefatura me lo encontré el jueves siguiente, y no lo busqué, lo juro por lo que haga falta.
Había ido a la ventanilla a preguntar por una cosa de un alumno, un duplicado que llevaba tres semanas sin llegar, y salía por ese pasillo largo de la planta baja que huele a suelo fregado con lejía de garrafa y que tiene los carteles de las campañas de la DGT pegados a media altura, con sus fotos de gente feliz poniéndose el cinturón.
Elías Ibarrola venía de frente con dos carpetas y unas hojas sueltas.
Nos vimos a diez metros, y en un pasillo de diez metros no hay ninguna salida, ni una puerta, ni una máquina de café, ni un compañero al que saludar de repente con mucha efusividad: es un pasillo, y es la peor arquitectura del mundo.
Se paró.
— Buenos días.
— Buenos días.
Y entonces pasó, y pasó tan deprisa que si hubiera parpadeado me lo pierdo.
Yo llevaba semanas queriendo verle una grieta a aquel hombre.
La quería tanto que se me había puesto en la garganta, y me imaginaba la escena de veinte maneras distintas: yo diciéndole cuatro cosas bien dichas, y él por fin descolocado, y yo yéndome.
Y me la enseñó allí, en un pasillo, gratis, sin que yo hiciera absolutamente nada.
— No ha alegado.
— No.
— El plazo terminó el martes.
— Sí.
Y se quedó mirándome. Un segundo. Dos. Tres.
Un hombre que camina a la misma velocidad todos los días de su vida, parado en mitad de un pasillo con dos carpetas contra el pecho y sin ninguna cosa que decir, mirándome con esos ojos tan oscuros que no se les ve el fondo, con la nariz torcida y con las cejas juntas, y buscando, buscando de verdad, la casilla en la que meterme.
Se le veía trabajar por dentro. Era la primera vez que yo lo veía trabajar por dentro y no fue nada agradable, porque yo llevaba dos meses convencidísima de que ahí dentro no había nada, y resulta que sí había, y que lo que había estaba estropeado por mi culpa.
— ¿Puedo preguntarle por qué?
— No.
— Correcto.
Y se apartó para dejarme pasar, pegándose a la pared, con las dos carpetas contra el pecho, y yo pasé, y en el metro y medio que dura pasar por un pasillo al lado de una persona me llegó su colonia, que era una colonia normal, de las de siempre, de las que se compran en el súper por seis euros y que huelen a limpio y a nada, y que a mí, no sé por qué, me pareció la cosa más triste de aquel edificio.
Salí a la calle. Me puse las gafas de sol. Y me fui andando a Berceo, veinte minutos, con el sol de finales de mayo dándome en toda la cara y con la ciudad entera haciendo lo suyo alrededor, pensando en una arruga entre dos cejas.
———
Fue firme el veintiocho, aunque «firme» es una palabra que yo entonces todavía no sabía leer del todo, porque una cosa es explicarla doscientas veces en un aula con una pizarra detrás y otra cosa es que te la apliquen a ti.
Y el aviso vino a Varea, claro. Porque yo llevo ocho años viviendo en la calle Chile y sigo empadronada en casa de mis padres, como media España, porque cambiar el domicilio es rellenar un papel y llevarlo a un sitio, y yo relleno papeles de otra gente todo el día y de mí no me ocupo nunca.
Mi madre me llamó a las seis de la tarde.
— Nerea, que ha venido una carta de Tráfico.
— Vale.
— ¿La abro?
— No.
— Que la puedo abrir, hija, si quieres. Que a mí no me cuesta nada.
— No, mamá.
— Es que pone «notificación».
— Ya sé lo que pone.
— Nerea, que la de la Charo, la del segundo, tuvo una con lo del hijo y era una cosa de nada, que al final ni...
— Mamá. Que no.
Colgué y me senté en el sofá y me quedé un buen rato quieta con el móvil en la mano y con la persiana a medio bajar, con esa luz naranja de las siete de la tarde de mayo entrando en rayas por el salón y cortándome las piernas, y con el ruido de la calle Chile subiendo desde abajo: un carrito de la compra, un niño protestando, alguien aparcando fatal, tres maniobras, la cuarta peor que la primera.
Y me acordé de mi padre.
Mi padre comió esto durante treinta y cinco años, treinta y cinco, multas de alumnos y puntos de alumnos y sustos de alumnos y denuncias de alumnos, y un día de otoño del noventa y siete un chaval de diecinueve años le metió el coche de la autoescuela en el escaparate de una peluquería de la calle Duquesa de la Victoria, con dos señoras dentro con los rulos puestos, y quien fue a declarar fue él.
Yo tenía seis años. Me acuerdo de mi madre gritando en la cocina de Varea, que era la única cocina que yo conocía entonces, y me acuerdo de mi padre callado en el marco de la puerta, con la chaqueta puesta y las llaves todavía en la mano, esperando a que mi madre acabara.
Y me acuerdo de que al día siguiente se levantó a las siete y se fue a trabajar.
Y no dijo nunca, ni una sola vez, ni con dos vinos, ni en una comida de Navidad, ni a mí, que soy la que hace lo mismo que él, que aquello fuera injusto.
Ni una vez en treinta y cinco años. Y yo, con seis, aprendí esa lección entera sin que nadie me la explicara y sin que nadie supiera que me la estaba enseñando, y la aprendí tan bien, tan requetebién, con tanta nota, que a los quince ya se la estaba aplicando a mi hermana.
———
El sábado hubo cena en Varea. No por nada especial: en Varea hay cena los sábados desde que existe el mundo.
Cuando llegué, el sobre estaba encima de la mesa de la cocina, blanco, con la ventanita de plástico transparente y mi nombre dentro de la ventanita, y ese sello de la administración que consigue ser gris hasta cuando es de color.
Estaba cerrado: mi madre no lo había abierto.
Y estaba puesto justo en el centro del hule, exactamente en el centro, en un sitio en el que era imposible poner otra cosa encima y era imposible no verlo, que es donde mi madre pone las cosas de las que no piensa hablar y sobre las que piensa hablar toda la noche.
Miriam llegó tarde, como siempre, y con una anécdota buenísima sobre por qué llegaba tarde.
Mi madre sacó las croquetas y la ensaladilla y dijo dos veces que la ensaladilla le había quedado sosa, que no le había quedado sosa.
Mi padre se sentó en su silla de siempre, la que mira a la puerta, y comió despacio, y le costó, y no dejó que le ayudara nadie con nada, porque para eso no hay párkinson que valga.
Durante aquellas dos semanas me lo habían preguntado todos.
Loli, tres veces. Miriam, dos, y una de ellas por escrito.
Mi madre, ninguna directamente y catorce por la vía de la Charo.
La de Arnedo me llamó a las once de la noche un martes para preguntármelo.
Hasta la chica del mostrador de la Jefatura me lo preguntó con la cara, que es peor que con la boca.
Por qué no alegas. Por qué no alegas, Nerea.
Por qué no alegas, con lo tonto que es rellenar un papel, con lo que tú te sabes esto.
Y esa noche, entre la croqueta cuarta y la quinta, Miriam lo soltó otra vez, con la boca llena y sin ninguna maldad, porque mi hermana nunca tiene maldad: tiene otra cosa, que es peor y que no tiene nombre.
— Pero ¿tú por qué no alegaste, tía?
Mi madre miró el mantel. Yo miré el sobre. Y mi padre dejó el tenedor, se tomó su tiempo, cogió aire y no preguntó nada de eso.
— ¿Y la chica? — dijo.
Se me atragantó una croqueta de verdad, con tos y con vaso de agua, y mi madre aprovechó el revuelo para levantarse y decir por tercera vez que la ensaladilla estaba sosa.
— Bien, papá. Ha vuelto a clase el jueves.
— ¿Conduce?
— Conduce.
— Ah.
Y cogió el tenedor otra vez, con las dos manos, despacio, y siguió comiendo.
Y eso fue todo. Ni una pregunta más en toda la noche, ni esa ni ninguna, porque el único de aquella mesa que había estado treinta y cinco años en el asiento de la derecha era él, y a él no había que explicarle nada, ni el impreso, ni las cuatro líneas, ni el nombre de la alumna, ni lo que pasa cuando una cría de dieciocho años deja de subirse a un coche; y por eso aquella noche, en aquella cocina, el que más me dolía era el que más callado estaba.
Y hablamos de todo.
Hablamos de que a la vecina del tercero le han puesto un ascensor y de que la comunidad está que arde.
Hablamos de que Miriam se ha apuntado a pilates y de que el pilates es carísimo y de que a ella le viene muy bien por lo de la espalda.
Hablamos de las peñas, de si este año San Mateo cae en fin de semana, de que Haro se pone imposible en junio y de que ya no hay quien vaya a la Batalla del Vino porque va todo el mundo, y de que antes ibas y estaba la gente del pueblo y cuatro más y ahora hay autobuses.
Mi madre contó que la hija de la Charo, la del segundo, se había comprado un coche de esos que aparcan solos, y que la Charo dice que le da un miedo horrible ir sentada.
Nadie dijo nada del sobre.
Y estuvo ahí toda la cena, en el centro del hule, entre la fuente de las croquetas y la jarra del agua, con mi nombre en la ventanita, blanco y quieto y cerrado, mientras cuatro personas hablaban de un ascensor.