Capítulo 5
Seis puntos. Ese es el dato con el que hay que entrar en este lunes.
A mí me quedaban seis puntos del carné aquel mayo, y no había cogido una multa en mi vida.
Ni una. Ni de aparcamiento, ni de un semáforo, ni de esas de veinte euros que te llegan tres meses después y que no sabes ni qué son.
Yo conduzco como conduce la gente que se pasa el día viendo conducir mal a los demás: insoportablemente bien, con las dos manos, sin adelantar por deporte y respetando los treinta de la calle Chile aunque detrás me toquen el claxon, que me lo tocan.
Lo que pasa es que el reglamento dice una cosa muy sencilla y muy antigua, y la dice desde antes de que yo naciera: durante una clase práctica, la persona responsable del vehículo es el profesor.
No el alumno. El profesor. El coche tiene doble mando y tú estás sentada en el asiento de al lado con un freno debajo del pie, así que lo que hace ese coche lo haces tú, aunque lo haga un chaval de dieciocho años al que le acabas de explicar por cuarta vez qué es una línea continua.
La multa viene a tu nombre y a tu domicilio.
Los puntos salen de tu carné, no del suyo, que además todavía no tiene.
Cuatro me los llevé en el diecinueve por un crío que se saltó un semáforo en ámbar muy avanzado en la avenida de Colón, un chaval que hoy tiene veinticuatro años y que sigue viniendo por Berceo a saludar y a contarme que se ha comprado un coche.
Dos, en el veintitrés, por una chica que cogió los cincuenta y ocho en una zona de treinta bajando hacia el puente, y que ahora es enfermera en el San Pedro y me pone la vacuna de la gripe todos los octubres.
Seis puntos en doce años. Mi padre perdió muchos más en treinta y cinco, y jamás se quejó, ni una sola vez, ni en una comida de Navidad, ni con dos vinos encima, ni cuando le tocó ir a declarar por lo del escaparate de la peluquería.
Eso es el oficio. Comes lo que hacen tus alumnos.
Ese es el trato, y es un trato que nadie te explica el primer día ni viene escrito en ningún sitio: lo entiendes sola, con los años, en el asiento de la derecha, cuando te llega el primer sobre a tu nombre por una cosa que hizo otro y firmas y pagas y no se lo cuentas a nadie.
———
El lunes de mayo tocaba Lardero.
Llevaba a Tania de vuelta a la carretera desde el suspenso, y las dos primeras clases habían sido un desastre, y no un desastre de conducción, sino un desastre de los otros: a la chica se le había roto algo por dentro.
Miraba los espejos por obligación, con la barbilla, sin ver nada.
Frenaba en sitios donde no hay absolutamente nada que temer.
Me preguntaba tres veces la misma cosa, y no porque no la supiera, sino porque necesitaba que alguien le contestara.
Y en el polígono de Cantabria, un miércoles, en mitad de un descampado donde lo peor que puedes atropellar es una gaviota, paró el coche, puso el freno de mano y me dijo que ella no valía.
Así que la saqué de la ruta de examen, que es una decisión que en Berceo se toma poco y que Loli no aprueba porque las horas cuestan dinero.
Fuimos a Lardero, que es un sitio tonto: un pueblo pegado a Logroño, con sus farmacias y sus coches en batería y sus señoras cruzando por donde les da la gana con el carro de la compra, y donde no se examina a nadie, jamás, y por lo tanto donde no hay nada que demostrar.
Eso se llama recuperar la confianza. No está en ningún libro, no lo pone en el temario, no lo cobra nadie aparte, y funciona.
Y funcionó. Ese lunes funcionó. Tania condujo cuarenta minutos por Lardero y por la carretera de Villamediana como conducía en marzo, con los hombros bajados, riéndose de una señora que salió de detrás de una furgoneta sin mirar y hasta metiendo cuarta a tiempo, y yo llevaba el pie derecho apoyado en la alfombrilla, entero, plano, en el suelo, que es la única condecoración que reparte este oficio y que no la ve nadie más que tú.
Volvíamos ya, pasadas las nueve y media, por la travesía, y el semáforo de la farmacia se puso en rojo.
— Para y respira — dije —. Con el embrague pisado, sin prisa. El semáforo no tiene otra cosa que hacer en toda la mañana.
Paró bien. Frenó suave, se quedó a un metro de la línea, punto muerto, freno de mano, las manos sueltas encima de las piernas. Perfecto. De examen.
Y entonces se puso en verde, y no arrancó, y aquellos tres segundos de nada son el motivo por el que yo llevo desde diciembre sin poder pasar por delante de esa farmacia.
Es una cosa que pasa, y pasa muchísimo más de lo que la gente cree.
El chaval está tan concentrado en no hacerlo mal que se le va la secuencia entera: embrague, primera, gas, freno de mano.
Cuatro cosas que llevan haciéndose solas veinte clases y que de pronto vuelven a ser cuatro cosas separadas, cuatro, cada una con su nombre.
Tania miró el cambio, miró el pedal, se le caló el motor y arrancó otra vez, ya con las orejas rojas.
Y el de detrás le dio al claxon. Y luego el de detrás del de detrás, porque esto es España y el claxon es contagioso, y porque a las nueve y media de la mañana de un lunes en la travesía de Lardero todo el mundo tiene una prisa que no tiene.
— Tania. Mírame. Embrague. Primera. Suelta despacio.
— Ya, ya, ya voy...
— Tania, no corras, que no hay...
Y ahí la perdí, y la perdí en el segundo exacto en que un señor de una furgoneta blanca bajó la ventanilla y le gritó algo desde tres metros, y ella dejó de estar dentro del coche.
Se le pusieron las manos blancas en el volante.
Metió primera, soltó el embrague de golpe, nos tiró a las dos contra el respaldo con un acelerón que se oyó en el pueblo entero y, en vez de seguir recto, giró.
Giró a la izquierda. Se metió en el carril contrario cruzando la línea continua para adelantar a nada, porque no había nada delante de nosotras, porque el semáforo estaba en verde y la calle estaba libre y no había ni un obstáculo ni una razón ni una lógica, y lo hizo porque quería salir de allí, de aquel sitio, de aquel claxon, de aquella ventanilla bajada y de aquella mañana.
Y por el carril contrario venía un coche.
Pisé. Pisé el freno de mi lado con toda la pierna, con toda la espalda y con doce años encima, y giré el volante desde mi asiento con la mano izquierda, que es una cosa que no se puede hacer, que no viene en ningún manual y que se hace.
El Ocho se plantó en diagonal, medio metro dentro del carril contrario, con las dos ruedas de delante chirriando en el asfalto.
Y el otro coche pasó. Pasó. Frenó, dio un volantazo hacia su derecha, se subió con dos ruedas al arcén de tierra, levantó una polvareda que se vio desde la farmacia y siguió cincuenta metros y paró.
No pasó nada más. Eso es lo que hay que entender, y lo voy a repetir porque durante meses nadie lo entendió: no pasó nada más.
Nadie se tocó. No hubo un golpe, ni un rasguño, ni un cristal roto, ni una ambulancia, ni una grúa, ni un parte, ni un teléfono de una compañía.
Un coche en el arcén, un coche en diagonal, dos mujeres respirando fuerte y un señor de una furgoneta blanca que se calló de golpe y que a partir de aquel momento fue la persona más silenciosa de La Rioja.
Aparqué yo el Ocho, desde mi asiento, con el freno de mano, con Tania quieta y con las manos todavía a las diez y diez, sin llorar, sin hablar, blanca.
Y del otro coche se bajó un señor mayor, que vino andando por el arcén con el brazo levantado, sin gritar, sin insultar, sin sacar el móvil, y dijo, con las manos abiertas:
— ¿Estáis bien?
Y luego vio la L verde en el techo.
— Ay, hija.
Y volvió a su coche, se subió y se fue. Eso es Lardero, y eso es esta tierra, y por eso yo aquí me quedo aunque me paguen fatal: aquel hombre podría habernos puesto de vuelta y media con todo el derecho del mundo, podría haber llamado a la Guardia Civil, podría haber grabado un vídeo de cuarenta y un segundos.
Y lo que hizo fue preguntarnos si estábamos bien y decirnos «ay, hija».
Ojalá lo hubiera visto solo él.
———
Elías Ibarrola estaba a cuarenta metros, en el arcén de enfrente, de pie al lado de un coche gris, con una carpeta bajo el brazo.
Ya no examinaba, pero al parecer, cuando a un hombre así lo apartas de los exámenes, no lo apartas de nada: lo mandan a control de rutas, a mirar por dónde circulan los coches de las autoescuelas de la provincia, con un impreso y un boli, a las nueve y media de la mañana de un lunes de mayo, en la travesía de Lardero.
Lo había visto todo, desde el calado hasta la polvareda, los cuarenta metros justos, de frente, con el sol de espaldas.
Vino andando. Sin correr. A la misma velocidad de siempre, esa velocidad de hombre que ha calculado la distancia.
— ¿Están heridas?
— No.
— ¿La alumna?
— Está bien. Tania, ¿estás bien?
Tania no contestó. Se bajó del coche, dio tres pasos hasta la acera y se quedó allí de pie, temblando, con los brazos cruzados y agarrándose los codos con las dos manos, y ni siquiera lloraba, que era lo peor de todo.
Elías miró el Ocho, la línea continua, el arcén de tierra con las dos marcas de la frenada, la posición del semáforo, la farmacia, la furgoneta blanca que se estaba yendo muy despacito y muy dignamente. Escribió. Y luego dijo, sin mirarme:
— Invasión del sentido contrario rebasando una línea continua, con vehículo circulando de frente. Es una infracción muy grave.
— Ya sé lo que es.
— Seis puntos.
— Ya sé cuántos puntos es.
— Y la responsable durante la clase práctica es usted.
— Ya sé quién es la responsable durante la clase práctica.
Levantó la vista.
— Entonces ya lo sabe todo.
Y no había ni gota de sarcasmo. Ni una gota, y ese es el problema entero de aquel hombre y me costó cuatro meses entenderlo: que cuando dices «entonces ya lo sabe todo» con retintín eres un impertinente y la otra persona puede enfadarse contigo, que es una manera cómoda de pasar la mañana; y que cuando lo dices en serio, sin nada dentro, porque es literalmente lo que estás pensando, la otra persona se queda sin ningún sitio donde apoyarse.
Levantó el acta allí mismo, en el capó de su coche gris, con la letra más pequeña y más recta que he visto en mi vida, y tardó siete minutos, y yo me los pasé de pie a su lado, mirando cómo un hombre escribía.
Hora, lugar, matrícula, identificación, hechos.
Yo firmé. Se firma. No firmar no sirve absolutamente de nada y encima queda fatal.
Seis puntos. Seis y seis, doce, y el saldo a cero, y así de rápido y así de tonto se acaba una cosa que a mí me había costado dieciséis años levantar: en un capó gris, en un arcén de Lardero, un lunes por la mañana, con una firma mía.
———
Guardó el boli en el bolsillo interior de la carpeta, cerró la carpeta y se la puso debajo del brazo izquierdo, y entonces hizo una cosa que no estaba en el guion de nada ni de nadie.
Se quedó.
— Puede alegar.
— ¿Perdone?
— Que puede usted alegar. Tiene veinte días.
— Miró un segundo hacia la acera, hacia Tania, y volvió —.
La maniobra la ejecutó la alumna. Usted actuó sobre el doble mando de forma inmediata y evitó la colisión, y eso consta en mi acta, lo he escrito ahí, en hechos.
Hay jurisprudencia en ese sentido y hay resoluciones de alegación estimadas con menos que esto.
Si alega, hay una probabilidad razonable de que me la tumben.
Me lo estaba diciendo él. El hombre que acababa de firmar el papel me estaba explicando, de pie, en un arcén, cómo romperlo. Sin bajar la voz, sin mirar alrededor, sin ese tonito insoportable de estoy-haciéndote-un-favor-y-lo-sabes. Como quien te da una dirección en la calle.
— ¿Y por qué me dice usted eso?
— Porque es información y usted tiene derecho a tenerla.
— ¿Y su acta?
— Mi acta es correcta. Que sea correcta y que prospere son dos cosas distintas.
Miré hacia la acera.
Tania Quel, dieciocho años, tercera convocatoria, tres semanas de yo no valgo, un examen suspendido por medio segundo y una madre que dejaba cincuenta euros doblados con una goma encima de un mostrador.
Estaba de pie junto a la puerta de la farmacia, agarrándose los codos, temblando de arriba abajo en una mañana de mayo a veintidós grados, mirando el asfalto.
Y si yo alegaba, la alegación decía una sola cosa.
Una. Decía: la maniobra fue de la alumna.
Con su nombre y su apellido, en un papel, que iría a un expediente, y de un expediente sale una resolución, y una resolución la lee un funcionario y la lee el gestor de Loli y la lee la que la mecanografía, y en Logroño eso significa que la lee la ciudad.
Y significa, sobre todo, que se lo tengo que decir yo a ella.
«Tania, mira, voy a poner por escrito que fue culpa tuya, pero tú tranquila, que es un formalismo». Con esa cara. Con la mía.
Y esa cría no se sube a un coche nunca más. Ni con dieciocho, ni con treinta, ni con cincuenta. Y lo sé porque llevo doce años sentada en el asiento de la derecha y sé perfectamente, sin equivocarme casi nunca, cuándo hay alguien a un empujón de no conducir en su vida.
Volví la cabeza.
— No voy a alegar.
Se quedó quieto. Fue la primera vez, en catorce meses de oír hablar de él y en todos aquellos papeles, que Elías Ibarrola tardó en contestar.
— Son doce puntos — dijo —. Serían seis meses.
— Ya sé lo que son.
— Es su permiso.
— Ya sé de quién es el permiso.
Abrió la boca. Y la cerró. Y no dijo nada, ni «correcto», ni un artículo, ni una cifra, ni un plazo, nada, y se quedó allí de pie en el arcén de la travesía de Lardero con la carpeta bajo el brazo, mirándome, con la nariz torcida y una arruga entre las dos cejas que yo no le había visto nunca y que a partir de aquel día aprendí a buscar, mientras a mis espaldas una chica de dieciocho años dejaba por fin, por fin, de temblar.