Capítulo 4
La puerta de Berceo tiene una campanilla de latón que Loli compró en el noventa y ocho en una tienda de la calle Portales y que suena como una vaca pequeña, y aquel jueves sonó a las nueve y cuarto de la mañana, que es una hora en la que por esa puerta solo entran madres.
No entró una madre: entró un impreso, y detrás del impreso venía Elías Ibarrola.
— Buenos días. Vengo a una inspección de los medios materiales del centro. Aquí tiene la comunicación.
Loli cogió el papel con dos dedos, se puso las gafas y lo leyó entero, y a mitad de la lectura yo ya sabía perfectamente cómo iba a acabar la mañana, porque a Loli se le pone una vena en la sien izquierda que funciona igual que un semáforo y que yo llevo doce años consultando antes de abrir la boca.
— Esto está fechado hoy.
— Correcto.
— Hoy es hoy.
— Sí.
— Digo que no avisan.
— No se avisa. Está en el artículo cuarto del reglamento de las escuelas particulares de conductores. Si quiere, le indico el apartado.
— No hace falta, majo.
— Es el b.
Empezó por los coches. El Ocho y el Nueve estaban en la puerta, en la calle Vitoria, medio subidos al bordillo como llevan medio subidos al bordillo desde que existe la calle Vitoria y desde que existe el bordillo, y él los rodeó despacio, dos vueltas enteras a cada uno, agachándose en cada rueda y pasando el pulgar por el dibujo de los neumáticos.
Yo salí detrás con una taza de café en la mano y con la absoluta seguridad de que aquello era una represalia, y con unas ganas enormes de que lo fuera, porque una represalia se puede denunciar, se puede contar en un bar y se puede llevar a un sindicato, y en cambio un hombre con razón no se puede hacer nada.
No era una represalia. Y esa es la peor noticia que me han dado en la vida.
— La placa de la ele del vehículo nueve está decolorada. El fondo debe ser blanco y la letra verde, y aquí el verde es azulado. Hay que cambiarla.
— Han sido doce años de sol.
— Doce años de sol — repitió, apuntando —. La ele del ocho está correcta.
— Gracias.
— El neumático delantero derecho del ocho está a uno coma siete milímetros.
— El mínimo legal es uno coma seis.
— Correcto. Está usted a una décima. — Se levantó y se limpió las manos una contra otra, dos veces, y me miró —. No lo apunto. Se lo digo.
Y siguió, y aquello duró cuarenta minutos que yo viví enteros, paso a paso, detrás de él, con la taza en la mano y sin dar un sorbo.
Entró en el aula, contó las sillas, midió con los ojos la distancia del proyector a la pared, miró la señalización de la salida de emergencia, pidió el registro de mantenimiento del doble mando y lo leyó de arriba abajo, fecha por fecha.
Y en el pasillo, junto a la puerta del baño, se paró delante del extintor y le dio la vuelta a la etiqueta con un dedo.
— Retimbrado en marzo del año pasado. La revisión anual venció hace dos meses.
Loli, detrás de mí, dijo una palabra que no voy a escribir, y que se oyó en la calle, y que en Logroño se usa con cariño la mitad de las veces y aquella no era una de esas mitades.
— ¿Eso qué es? — preguntó —. ¿Eso es multa?
— Eso es un extintor que no funciona.
— Que funciona perfectamente.
— No lo sabemos. Eso es exactamente lo que significa que haya vencido la revisión: que no lo sabemos.
Encontró cuatro cosas más, y todas eran verdad, y esa es la parte que me hizo pasar la noche del jueves con los ojos abiertos mirando la persiana de mi habitación de la calle Chile.
El libro de reclamaciones estaba en un cajón y debe estar a la vista.
Faltaba una firma en dos fichas de alumno de febrero, dos, de ciento y pico, y las dos eran mías.
El botiquín del Nueve tenía las gasas del año de la polca y una tijera oxidada.
Y el cartel de tarifas de la entrada, ese que Loli lleva sin cambiar desde que el euro era una novedad, tenía los precios en un cuerpo de letra que a saber si cumplía o no cumplía, pero él lo apuntó igual, y anotó al lado, con esa letra pequeñísima y recta, que se comprobaría.
Todo verdad. Todo pequeño. Todo llevaba ahí años, tres, ocho, doce, encima de nosotros, delante de nosotros, tan visible que era invisible, en un local por el que pasan doscientas personas al año y en el que trabajamos ocho.
Y venía un señor de Pamplona con una carpeta y una camisa por dentro y lo veía en cuarenta minutos.
Se plantó en el mostrador a las diez y diez y le tendió a Loli una copia del acta con las dos manos, igual que Tania le había dado el DNI a él.
— Tienen quince días para subsanar. Le dejo constancia de que la mayoría son deficiencias leves.
— ¿La mayoría?
— El extintor no.
Y entonces yo abrí la boca, que es lo que hago siempre, y es lo que llevo haciendo desde los quince años, y es lo que me ha traído hasta aquí.
———
Salí detrás de él a la calle Vitoria y lo alcancé a la altura del portal que hace esquina, donde hay un banco, una parada de bus, la frutería de toda la vida y, a esa hora de la mañana, ocho o nueve señoras haciendo la compra y un par de jubilados sentados que llevan sentados en ese banco desde que yo iba al colegio y que probablemente vieron a mi padre aparcar el Tres ahí mismo en el noventa y cuatro.
Público. Había público. Eso también hay que decirlo, porque no fue un accidente: yo salí a esa acera sabiendo perfectamente que en esa acera hay gente a las diez de la mañana.
— ¿Todo esto es por el artículo?
Se giró entero, igual que la otra vez, y esperó con las manos quietas.
— No.
— Doce años sin que nadie entre por esa puerta con un impreso. Doce. Y a los ocho días de que salga mi nombre en Riojapress, aparece usted a las nueve y cuarto de la mañana con un extintor entre ceja y ceja.
— La inspección estaba programada desde febrero.
— Programada.
— En el plan anual. Le puedo dar el número de registro.
— ¡Pues claro que me lo puede dar! — Y ya estaba gritando, ya, a las diez y cuarto de la mañana en la calle Vitoria, con la frutería de fondo y dos señoras parándose con el carro —.
Usted me puede dar el número de registro de todo, ese es su problema, que usted tiene número de registro hasta para respirar.
Y luego se sube al asiento de atrás de mi coche y le arruina el verano a una cría por medio segundo.
— Por una prioridad.
— ¡Por medio segundo!
— La prioridad no dura medio segundo. Dura lo que dura la señal.
Y ahí lo vi, y fue un instante, y a lo mejor me lo estoy inventando entero desde entonces, pero yo lo vi: se pasó el pulgar por el borde de la carpeta, la enderezó contra el antebrazo hasta ponerla paralela a la costura de la manga y luego dejó la mano quieta encima.
Un hombre poniendo derecho un objeto en mitad de una calle.
— ¿Usted sabe lo que es esto? — dije, y señalé alrededor, la acera, la frutería, la parada del bus, el banco, la ciudad entera —.
Esto es un sitio donde la gente se conoce.
Aquí un carné no es un carné: es ir a trabajar a Agoncillo a las seis de la mañana, es llevar a tu madre a Zaragoza cuando le toca lo suyo, es que te cojan en el almacén en vez de al otro.
¿Y usted qué hace? Usted viene, mira el cronómetro, dice «no apto» y se va a comer solo a su casa.
Se quedó callado, y aguantó, con la carpeta bajo el brazo y sin mover un pie.
Yo debí parar ahí. Habría sido un sitio excelente para parar. Espejo, señal, maniobra.
— ¿Le he dicho algo que no sea cierto? — pregunté.
— Ha dicho usted seis cosas — contestó —. Dos son datos y son inexactos.
— Ah, perdone.
— Y de las otras cuatro yo no tengo información.
— ¡Es que no le estoy pidiendo información!
— Entonces no sé qué me está pidiendo.
Y esa fue la frase. Esa, y no otra, es la que sale en el vídeo, porque el vídeo empieza justo ahí.
Lo grabó alguien desde la parada del autobús: cuarenta y un segundos, en vertical, con el pulgar de quien lo grababa tapando media esquina superior y un ruido de bolsa de plástico durante toda la primera mitad.
Se ve a una mujer de metro sesenta y seis con las gafas de sol en la cabeza y el brazo estirado señalando a un tío alto de camisa blanca que está quieto, con la carpeta bajo el brazo, mirándola.
Se oye mi voz, se oye clarísimamente porque en la calle Vitoria a esa hora no hay tráfico, y me oigo decir cosas que llevaba dentro catorce meses y que sonaban muchísimo mejor dentro.
Y luego se ve lo peor, que es que él no hace nada: ni contesta, ni se defiende, ni levanta la voz, ni se va, ni mira alrededor buscando ayuda, ni pone los ojos en blanco.
Se queda. Cuarenta y un segundos quieto delante de una mujer que le grita en mitad de la calle, y al final dice tres palabras que no se entienden, se da la vuelta y camina.
Yo, en el vídeo, salgo gritando. Él, en el vídeo, sale escuchando. Y hay una cosa que aprendí aquella semana y que no se me ha olvidado, y es que en un vídeo de cuarenta y un segundos gana siempre el que se calla.
———
Circuló el viernes, y al principio circuló con la mía.
«Esta tía es una crack», «bien dicho, Nerea», el taxista de Vara de Rey, la gente de Berceo, la de Arnedo, una peña de San Mateo que lo compartió con un emoji de aplauso y otro de una copa de vino.
Mi hermana me lo mandó a mí. A mí, que salía en él.
Con un «JAJAJA estás loca» y siete signos de exclamación.
Y el sábado empezó a girarse, despacio, como se giran estas cosas, sin que nadie dé la orden, y aparecieron los otros: que si esa mujer parece una energúmena, que si al pobre hombre solo le falta que le peguen, que si claro, como el señor no le contesta, ella se crece, que si a mí me grita así una en la calle y no sé yo, que si esta es la del artículo, que si ya decía yo, que si ahora se entiende todo.
En dos días pasé de tener razón a ser el vídeo, y en esta ciudad eso son cuarenta y ocho horas exactas y una barra de bar.
Yo tenía un examen el lunes, y me pasé el fin de semana entero preparándome para que me llamaran de la Jefatura, y me lo preparé como se prepara una un examen, porque es lo único que sé hacer: escribí lo que iba a decir, lo tuve encima de la mesa de la cocina, lo ensayé en voz alta y hasta le puse un titular por dentro.
Iba a ir con mis números. Iba a ir con las fichas y con el cuaderno.
Loli me dijo tres veces que ni se me ocurriera abrir la boca, y yo le dije que sí, que descuida, y me fui a Varea a comer arroz con leche y a mirar a mi padre comer despacio.
No me llamó nadie.
El lunes por la mañana llevé a un alumno al examen y en el aparcamiento de la Jefatura estaba el de siempre, el examinador mayor, el que suspira, con su cara de aburrido y su bolígrafo mordido.
Aprobó. El martes, otro alumno y otra examinadora, y aprobó también, y a la salida la mujer me dijo «qué bien la traes» y yo le di las gracias con la boca pequeña, porque llevaba tres días con una cosa fría en el estómago.
El miércoles pregunté. Y me lo dijo la chica del mostrador, en voz baja, con esa media sonrisa de quien te está haciendo un favor: Ibarrola ya no estaba en la unidad de exámenes.
Lo habían apartado. Con el escándalo del artículo, el vídeo dando vueltas por la ciudad y no sé qué reunión no sé dónde, se lo habían llevado del edificio de exámenes a la espera de una revisión de no sé qué.
Ni un examen más. Ni un cronómetro más. Fuera.
Fuera del sitio al que un hombre iba andando a la misma velocidad todos los días de su vida.
— ¿Y dónde está? — pregunté.
— Uy, hija. Por ahí. Educación vial, creo. Cursos y esas cosas.
Me fui al Ocho, me senté, cerré la puerta y me quedé con las llaves en la mano sin meterlas en el contacto, y estuve así un buen rato, con las ventanillas subidas y el aparcamiento entero para mí.
Había ganado. Eso era ganar. Yo había pedido exactamente eso, lo había pedido en voz alta y por escrito, con nombre y apellidos, en la única cosa que lee esta ciudad entera, y lo había conseguido en tres semanas, que es un tiempo récord para conseguir cualquier cosa en España, y encima con público, y encima con la razón.
Había apuntado, había llamado, había hablado y había gritado, y todo había funcionado a la primera, en el orden correcto, exactamente como yo lo había calculado.
Y estaba allí sentada, en el asiento del conductor de un coche parado, con la boca seca. Y no me sabía a nada. A nada de nada. A vaso de agua del grifo.