Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 3
12%

Capítulo 3

La Cepa Torcida es un bar de la calle San Juan al que va la gente que no quiere que la vean, y como en Logroño eso es materialmente imposible, lo que hace la gente es ir igual y saludar mucho.

Yo llegué a las ocho y diez con las gafas de sol todavía en la cabeza a pesar de que ya casi era de noche, y con un cuaderno de la autoescuela debajo del brazo en el que llevaba dos semanas apuntando cosas con la disciplina de una loca.

Porque eso es lo que había hecho durante dos semanas: apuntar.

Los tres suspensos de Berceo del martes.

Los dos de la Gran Vía del miércoles. El chaval de la de Calahorra que se presentó por sexta vez, aprobó el teórico con un diez, hizo cuarenta y cinco minutos impecables y salió del práctico con los ojos rojos y una hoja que decía «no apto» por no haber mirado dos veces el ángulo muerto en una calle en la que no había ni un coche ni un gato ni un alma.

Nombres, fechas, autoescuelas y motivos, en cuatro columnas, con mi letra de profesora.

Y todos los motivos eran correctos. Ese era el problema, y por eso yo no dormía.

Yo no llevaba dos semanas apuntando errores de un examinador: llevaba dos semanas apuntando aciertos, uno detrás de otro, veintitrés aciertos seguidos, y cada acierto tenía dentro un chaval de dieciocho años y un verano.

Ione Vergara llegó a las ocho y cuarto, pidió una caña y un champi y puso el móvil en la mesa con la pantalla hacia arriba, sin disimular, cosa que le agradecí entonces y que le agradezco todavía.

— Grabo — dijo —. Te lo digo antes, no después.

— Graba.

— ¿Tú eres la hija de Gonzalo Salcedo?

— Ajá.

— Mi padre sacó el carné con el tuyo en el ochenta y siete. Dice que le hizo aparcar en la cuesta de la calle Once de Junio hasta que lloró.

— Eso lo hace todavía.

— Ya no conduce, ¿no?

— Ya no.

Ione Vergara tendría cuarenta años y esa manera de escuchar de la gente que ha escuchado mucho: sin asentir, sin darte la razón, sin ponerte caritas de comprensión, dejando el silencio ahí puesto encima de la mesa entre la caña y el champi para ver si tú lo llenas, que es un truco viejísimo y que funciona siempre, porque en este país el silencio no lo aguanta nadie y yo tampoco.

Riojapress es un digital pequeño, cuatro personas y una redacción que es un piso, y sacan de todo, desde el presupuesto del ayuntamiento hasta el orden de los cabezudos.

Los leemos todos. Todos, quiero decir todos: en Logroño somos ciento cincuenta mil y leemos lo mismo, y lo comentamos en la misma barra, y por eso aquí un artículo no es un artículo: es una conversación que empieza el jueves a las siete y media y que no se acaba.

— Bueno — dijo —. Cuéntame.

Y aquí tengo que parar un segundo y explicar cómo se llega a una mesa de La Cepa Torcida un martes por la noche con un cuaderno debajo del brazo, porque la gente se piensa que estas cosas se deciden y no se decide nada: se llega.

Se llega después de catorce meses viendo salir a chavales de un aparcamiento con una hoja en la mano.

Se llega después de que Loli te enseñe una columna.

Se llega después de tres semanas apuntando de noche en la mesa de tu cocina, con la persiana bajada, como una loca, convenciéndote de que apuntar es una forma de trabajar y no una forma de rumiar.

Se llega después de que una cría de dieciocho años diga «mi madre» tres veces seguidas dentro de tu coche.

Y se llega, sobre todo, porque yo soy la que arregla las cosas: es lo que soy desde los quince años, es lo único que sé ser, y cuando algo está roto delante de mí yo no puedo estarme quieta, no puedo, se me pone el cuerpo malo, y llevo treinta y cuatro años sin que nadie me haya explicado que eso no siempre es una virtud.

Y yo se lo conté, y aquí es donde tengo que ser honesta, porque llevo mucho tiempo contándome esto de otra manera y ya no me vale.

No me engañó nadie. No me sacó nada. Ione Vergara no me hizo ni una sola pregunta capciosa, ni me tendió una trampa, ni me sacó de contexto, ni me dijo «esto queda entre nosotras»: puso una caña en la mesa, un móvil grabando y una cara de interés profesional, y yo le serví la historia entera en una fuente, con guarnición, con los números por encima y con el pan al lado.

Del setenta y ocho al cuarenta y uno. Catorce meses. Veintitrés aciertos. Un nombre.

— ¿El examinador es siempre el mismo?

— No siempre. Son tres. Pero el porcentaje se cae en los suyos, y se cae en los suyos en las cinco autoescuelas de la ciudad a la vez, que es lo que hace que esto no sea una manía mía.

— ¿Tienes eso?

— Tengo eso.

Le pasé el cuaderno, y Ione lo hojeó despacio, hoja por hoja, sin hablar, mojándose el dedo, y en algún momento levantó la vista y me miró de una forma que aquella noche me pareció admiración, con lo cual me esponjé como una idiota, y que hoy sé perfectamente lo que era: era la mirada de alguien calculando cuánto le vas a durar.

— Nerea, esto es muy sólido — dijo —. ¿Tú entiendes que si yo saco esto sale con nombre y apellidos?

— Entiendo.

— Y que la Jefatura no va a decir nada, pero va a hacer algo. Siempre hacen algo. Nunca dicen nada y siempre hacen algo. Llevo doce años en esto y no he visto una sola excepción.

— Bien.

— ¿Bien?

— Bien — dije, y le di dos golpecitos con el índice a la mesa, dos, sin darme cuenta, y me oí soltar la frase que llevaba tres semanas en la recámara —.

Es que hay una cría de dieciocho años en mi autoescuela que no se atreve a pedirle a su madre el dinero de la cuarta convocatoria.

Esa es la noticia. Lo demás son porcentajes.

Ione apagó el móvil, cogió el champi y se lo comió en dos mordiscos, y dijo, con la boca todavía llena, la única frase de aquella noche que yo debería haber escuchado:

— Lo publico el jueves.

———

Lo publicó el jueves a las siete y media de la mañana, y a las nueve menos cuarto ya me habían escrito once personas, y a las once, cuarenta.

El titular era bueno. Era muy bueno, lo reconozco incluso ahora, y no decía ni una sola mentira: «El examinador que suspende a media provincia: los aprobados caen del 78% al 41% en catorce meses».

Debajo, la tabla, limpia y desnuda, con las cinco autoescuelas.

Debajo, tres directores hablando en off.

Debajo del todo, una declaración mía con mi nombre y mi apellido, porque a mí Ione me preguntó si quería salir en off y yo le dije que no, que de qué, que yo firmo lo que digo, y lo dije con toda la boca y muy orgullosa de mí misma.

Y la foto era una foto de archivo del edificio de la Jefatura, ladrillo y verja y una farola, con ese aire de sitio donde no se resuelve nada.

Y luego pasó lo que pasa en una ciudad de ciento cincuenta mil habitantes: se compartió, y se compartió tanto que a mediodía me llamó mi madre desde Varea para preguntarme si me iba a pasar algo, porque en la panadería «estaban todas con eso».

En la peluquería de la calle Chile me pararon.

En Berceo, Loli imprimió el artículo, lo colgó en el corcho de recepción con una chincheta roja, justo al lado de las tarifas del noventa y ocho, y estuvo dos días saludando a los clientes con una alegría que yo no le había visto desde la pandemia.

Un taxista al que no conocía de nada bajó la ventanilla en Vara de Rey y me gritó «¡bien dicho!

» sin que yo supiera qué había dicho, ni a quién, ni por qué me lo gritaba a mí.

Media Logroño opinó, y los comentarios de Riojapress fueron un festival de tres días: que si esto es puramente recaudatorio, que si el radar de la 232 está mal puesto y lo sabe todo el mundo, que si mi cuñado lleva conduciendo cuarenta años sin un rasguño y ahora resulta, que si el de la foto tiene cara de mala persona (en la foto no había nadie, la foto era un edificio), que si en mis tiempos te sacabas el carné en el pueblo con el guardia civil delante y qué pasa, que estamos todos vivos y aquí seguimos.

En casa, mi padre leyó el artículo entero en la tableta que le regalamos por su cumpleaños y que maneja con dos dedos porque los demás ya hacen lo que les da la gana.

Tardó bastante. Yo estaba delante, comiendo pipas de girasol de un cuenco que hay siempre en esa mesa, mirándole leer y esperando lo que se espera de un padre: que levantara la cabeza y dijera «esta es mi hija».

Cuando terminó, dejó la tableta boca abajo sobre el hule, cogió aire, se tomó su tiempo, y no dijo eso.

— ¿Qué? — pregunté.

— Que ya está hecho.

— Papá.

— Que ya está hecho, Nerea.

Y se levantó a por agua, despacio, sujetándose en el respaldo de la silla y luego en el marco de la puerta, y en aquel momento yo pensé que era un comentario de viejo, uno de esos «ya está hecho» suyos de los últimos años, cortos y sin filo, que no significan nada.

———

La Jefatura no dijo nada, y la Jefatura hizo algo, exactamente como me había avisado Ione mientras se comía un champi.

Me enteré por Loli, que se enteró por la de Arnedo, que se enteró por su cuñado, que trabaja en la Seguridad Social pero come todos los días con un señor de la Jefatura, que es como funciona la información en esta provincia y como ha funcionado siempre: el Jefe Provincial en persona, Sabino Elizalde, había convocado a Elías Ibarrola a su despacho el martes a primera hora, con el artículo impreso encima de la mesa.

Impreso, subrayó Loli tres veces, y para nosotras era el detalle importantísimo, porque significaba que alguien lo había impreso, que alguien había ido a la impresora, que alguien había cogido el papel todavía caliente y lo había llevado por un pasillo.

Y yo, que llevo doce años calculando lo que va a hacer un coche antes de que lo haga, hice lo único que no debía hacer: fui.

Aparqué el Ocho en la calle de enfrente el martes a las nueve y cuarto, con la excusa de que tenía a un alumno a las diez en el polígono, que era mentira, y me quedé dentro del coche mirando la puerta de la Jefatura con las manos en el volante y con la sensación exacta, precisa, indiscutible, de estar haciendo algo repugnante.

No me bajé. Ni siquiera apagué el motor, y estuve veinticinco minutos con el aire acondicionado puesto en una mañana en la que no hacía calor, mirando una puerta, en una ciudad en la que media población ha aprobado conmigo y la mitad de esa mitad pasa por esa acera.

Salió a las diez menos veinte.

Y yo esperaba algo, no sé qué, algo. Que saliera pálido.

Que saliera con las orejas rojas. Que saliera con esa cara de perro apaleado que se le pone a la gente cuando la echa la bronca su jefe y todavía no ha llegado al coche para llamar a alguien.

Cualquier cosa que me devolviera algo por las tres semanas de cuaderno y por las noches sin dormir y por Tania diciendo «mi madre» tres veces.

Elías Ibarrola bajó los cuatro escalones de la entrada, se paró en la acera, se metió la camisa por dentro por detrás con dos dedos en un gesto de un segundo, y miró a un lado y a otro antes de cruzar. Miró a los dos lados de una calle de sentido único. Y cruzó.

La misma cara. Exactamente la misma cara del aparcamiento, la del reloj, la del «correcto», ni una arruga de más ni una de menos, la carpeta bajo el brazo izquierdo y esa velocidad de hombre que ha calculado la distancia y le sobran cuarenta segundos.

Pasó a seis metros del Ocho y no me vio, porque no miró: cruzó, subió a la otra acera y siguió calle abajo hacia el centro, entre la gente que iba a trabajar y las madres que volvían del colegio, y se lo tragó Logroño entero, un tío alto con una camisa blanca en una ciudad donde todo el mundo sabe quién es todo el mundo y donde, desde el jueves a las siete y media de la mañana, todo el mundo sabía quién era él.

Me quedé en el coche con el motor encendido, y me subió por dentro una cosa que tardé un rato en reconocer, porque yo no soy de esas y porque llevaba tres semanas absolutamente convencida de estar haciendo justicia.

Me ardía la cara. Tenía las palmas mojadas en un volante que llevo doce años tocando.

Y me acordé de mi padre dejando la tableta boca abajo sobre el hule y tomándose sus dos segundos de aire para decir tres palabras.

Ya está hecho.

Metí primera y me fui al polígono de Cantabria a esperar a un alumno que no existía, y me quedé allí sentada con el freno de mano puesto cuarenta minutos, en un descampado lleno de gaviotas que subían del vertedero, mirando un cambio de sentido que llevo doce años usando y que aquella mañana no usé.

Y en algún momento de aquellos cuarenta minutos me acordé de la cara de Ione Vergara mirándome por encima del cuaderno en La Cepa Torcida, calculando cuánto le iba a durar, y de que yo, en aquel momento, con una caña delante y toda la razón del mundo encima, había pensado que aquella mujer me admiraba.