Capítulo 2
El examinador nuevo llegó a las nueve y veintisiete a un examen que empezaba a las nueve y media, y todo el mundo en aquel aparcamiento tuvo a la vez la misma sensación desagradable: que llegaba tarde y que aun así llegaba antes que nosotros.
Yo estaba apoyada en el Ocho con Tania al lado, muerta de miedo, y con otras dos chicas de la autoescuela de la Gran Vía que se sabían el temario de memoria y no sabían dónde poner las manos.
Hay que ver alguna vez el aparcamiento de la Jefatura Provincial de Tráfico de Logroño a las nueve y media de una mañana de mayo, porque es el sitio más triste de La Rioja y nadie lo pone en los folletos: un edificio de ladrillo de los años setenta, una verja, unas rayas de aparcamiento medio borradas, tres coches de autoescuela con la L verde puesta y una fila de críos de dieciocho años a los que se les está jugando el verano, el trabajo de camarero en Laurel, el llevar a la cuadrilla a Haro en junio y la primera cosa de su vida que no les va a regalar nadie.
Cruzó el aparcamiento en línea recta, alto y delgado, con la camisa blanca por dentro y una carpeta gris bajo el brazo izquierdo, y no saludó a nadie con la mano ni con la cabeza y sin embargo fue diciendo «buenos días» al pasar por delante de cada uno de nosotros, uno detrás de otro, con la misma pausa exacta entre uno y el siguiente, que es una cosa que no había visto hacer a nadie en doce años y que a mí, aquella mañana, me pareció simplemente una manera rara de no mirarte.
Cuando llegó a nuestra altura se paró y miró el papel.
— ¿Tania Quel Ruiz?
— Sí. Yo. Soy yo.
— Correcto. Documentación.
Tania le dio el DNI con las dos manos, que es un gesto que se le hace al director del instituto y a la Guardia Civil.
Él lo cogió con una, lo comprobó, se lo devolvió y se metió en el asiento de atrás del Ocho sin decir nada más, y yo me subí delante y me abroché el cinturón y, por el retrovisor, lo vi hacer tres cosas seguidas en un orden que después supe que era invariable: colocar la carpeta en la rodilla derecha, poner el bolígrafo paralelo al borde del cuaderno y mirar el reloj, un reloj analógico y viejo, de correa marrón, que miró exactamente igual que se mira una prueba pericial.
— Nueve y treinta y cinco — dijo.
Eran las nueve y treinta y dos. Lo sé porque miré el salpicadero, y no dije nada, porque mi trabajo durante un examen es ser un mueble con cinturón, pero lo guardé en ese cajón de la cabeza donde una va metiendo las cosas raras de la gente por si algún día sirven para algo.
— Cuando quiera — añadió —. Salga del aparcamiento y tome la primera a la derecha.
— ¿La primera?
— La primera a la derecha.
Tania arrancó, caló, se puso roja hasta el cuero cabelludo, arrancó otra vez y salió a la calle con las manos tan agarradas al volante que se le veían los tendones, y yo pensé que aquello ya empezaba mal, y pensé también, con una tranquilidad que se me pasó a los cuarenta minutos, que daba igual, porque una calada al principio no es nada y porque la chica sabía.
———
Han examinado conmigo detrás muchos hombres y muchas mujeres a lo largo de doce años, y hay tres escuelas.
Están los que hablan del tiempo para relajar al chaval, que suelen ser los mayores, y que preguntan por el pueblo y por el instituto y por si es hija de fulano.
Están los que suspiran, que son los peores para los nervios porque un suspiro detrás de tu nuca a cuarenta por hora es una sentencia.
Y están los que ponen la mano en el respaldo del copiloto y se pasan la prueba mirando el móvil, y esos son los peores de verdad, aunque aprueben a todos, y aprueban a todos, y por eso les caen bien a todo el mundo.
Elías Ibarrola no hizo ninguna de las tres cosas.
Hizo otra que yo no había visto hacer nunca, que fue mirar: cuarenta minutos mirando, sin un adjetivo, sin un chiste, sin una tos, sin un ruido de tela, anotando cada cierto tiempo con un boli que no rascaba, y con esa manera de estar detrás sin pesar que a mitad de la ruta hace que se te olvide que hay alguien y que a las dos curvas siguientes te acuerdes de golpe.
En el polígono de Cantabria dijo «correcto» cuando Tania hizo el cambio de sentido.
En la N-232 dijo «correcto» cuando dejó pasar al camión de Zaragoza en vez de meterse por delante, que es lo que hacen ocho de cada diez.
Y en Villamediana no dijo absolutamente nada durante once minutos, y yo empecé a mirarle las manos por el retrovisor, porque a los once minutos de silencio una empieza a hacer cosas raras.
— En la rotonda, tercera salida.
— Sí.
— Cuando quiera.
La rotonda de la muerte a las diez y diez de la mañana de un martes estaba tranquila, que es lo peor que le puede pasar a un examen: un turismo entrando por la derecha, lejos, y un tractor a lo lejos que era puro decorado. Tania puso el intermitente, miró, contó y entró.
Y entró medio segundo antes de tiempo, y yo lo vi salir del capó del otro coche, ese frenazo mínimo de alguien que no ha corrido ningún peligro pero que ha tenido que decidir, ese levantar el pie que hacemos todos en este país cuarenta veces al día.
El del turismo levantó el pie. Nadie tocó el claxon, nadie se murió, nadie se enteró: Tania salió por la tercera y siguió por la 232 tan feliz, con los hombros por fin bajados, y yo me quedé con la mano izquierda quieta encima de la rodilla y la boca cerrada, que es lo único que se puede hacer y que es exactamente lo que me pagan por hacer.
Detrás, el boli escribió tres palabras. Se oyeron.
— A la derecha, y estacione delante del edificio — dijo Elías Ibarrola, y no dijo nada más: ni «lo ha hecho muy bien», ni «no se preocupe», ni «tranquila», ni ninguna de esas cosas que se dicen al final de una prueba y que no significan nada y que por eso mismo hay que decirlas.
Aparcó bien, además: en dos maniobras, sin rozar, con el volante recto y el freno de mano puesto, un aparcamiento de manual, de esos que yo pongo de ejemplo en el aula de Berceo.
Y entonces se giró en el asiento con esa cara de perro esperando que se les pone a los dieciocho años, y él cerró el cuaderno.
— No apto.
Tania parpadeó dos veces, sin entender, porque cuando llevas cuarenta minutos haciéndolo todo bien tu cabeza no admite esas dos palabras a la primera.
— ¿Cómo?
— No apto — repitió —. En la rotonda de la salida de Villamediana no ha respetado usted la prioridad. Había una señal de ceder el paso y un vehículo circulando ya por la calzada anular. Ha entrado antes.
— Pero si iba lejísimos...
— Ha tenido que reducir la velocidad por su maniobra. Eso es no respetar la prioridad.
— ¡Pero si me ha dejado pasar!
— Le ha dejado pasar. Eso no es lo mismo que tener prioridad.
Y quiero que quede escrito, porque en todo lo que vino después nadie lo dijo nunca en voz alta: tenía razón.
La tenía. Un cede el paso es un cede el paso, y si el que viene por la rotonda tiene que levantar el pie, tú no le has cedido nada, le has obligado a cedértelo a ti, y eso, repetido diez mil veces a lo largo de una vida, es exactamente la manera en que la gente se mata en las rotondas de este país un domingo por la noche.
Yo eso lo explico en el aula de Berceo con esas palabras.
Con esas mismas. Y aquella mañana, en aquel aparcamiento, con aquella cría hundiéndose a mi lado, lo que yo quería era que aquel hombre estuviera equivocado, y no lo estaba, y llevo desde entonces sabiendo que ese es un deseo feo y que lo tuve igual.
Y ahí Tania se rompió, y no fue bonito ni fue de película, fue una cría de dieciocho años llorando con la boca abierta dentro de un coche de autoescuela, en el aparcamiento de la Jefatura, delante de dos chicas de otra autoescuela que la estaban viendo por el parabrisas y que a partir de ese momento iban a examinarse muertas de miedo, y diciendo «mi madre», «mi madre», «mi madre», tres veces seguidas, que es lo único que dice la gente en este país cuando le quitan algo por lo que ha pagado a plazos.
Elías Ibarrola le dio la hoja, esperó a que la cogiera, esperó de verdad, con el brazo estirado, los segundos que hicieran falta, y luego dijo:
— Puede volver a presentarse. Tiene el plazo en el reverso.
Y se bajó del coche.
———
Lo alcancé a mitad del aparcamiento. Sé que lo alcancé porque me acuerdo del ruido de mis propias zapatillas en la grava, y de las gafas de sol resbalándoseme de la cabeza, y de que en algún momento del camino pensé con muchísima claridad «Nerea, esto es un cambio de sentido en una continua», y lo hice igual, y esa frase, la de la continua, es la frase que resume los ocho meses siguientes de mi vida.
— Perdone.
Se paró. Se giró entero, no solo la cabeza, y esperó.
— Medio segundo — dije —. Medio segundo, y el otro no tuvo que frenar: levantó el pie. Le he visto levantar el pie desde el asiento de delante.
— Redujo la velocidad.
— Redujo la velocidad porque estamos en España, y aquí todo el mundo levanta el pie en las rotondas, es un tic nacional, lo hacemos hasta cuando tenemos preferencia, lo hacemos hasta con el semáforo en verde. Esa chica no ha puesto en peligro a nadie.
— La prioridad no se mide por el peligro que se produce. Se mide por la que se cede.
— Esa chica lleva tres convocatorias.
— Lo sé.
— ¿Lo sabe y aun así...?
— Lo sé porque está en la hoja. — Se cambió la carpeta al otro brazo, sin prisa —. Si eso fuera un criterio, sería un criterio distinto para cada alumno. Y entonces no sería un criterio.
Odié esa frase. La odié con toda mi alma, y la odié sobre todo porque era verdad, y porque no hay nada peor a las diez y media de la mañana en un aparcamiento de grava que un hombre con razón, y porque llevaba catorce meses oyendo hablar de aquel señor en las autoescuelas de esta provincia como se habla de una plaga y aquella era la primera vez que lo tenía delante y ya me estaba dando cuenta de que iba a ser mucho peor de lo que me habían contado.
— Llevo doce años trayendo alumnos aquí — dije, y ya me estaba subiendo el tono, y lo noté, y no hice nada por bajarlo —.
Doce. Mi padre trajo alumnos treinta y cinco.
Media Logroño ha aprobado con uno de los dos, y a la otra media la conocemos.
Y en catorce meses, desde que está usted, hemos pasado del setenta y ocho por ciento al cuarenta y uno. ¿Sabe qué significa eso?
— Sí.
— ¿Ah, sí? Ilústreme.
— Significa que durante mucho tiempo aprobó gente que no debía aprobar.
Lo dijo sin subir la voz, sin adjetivos y sin ninguna intención de hacer daño, que es exactamente lo que hace que una frase haga daño de verdad.
En esta ciudad la gente se insulta con cariño, discute a gritos, se dice de todo en la barra y luego se toma un vino y se acabó.
Aquello no era discutir: aquello era que te leyeran un dato en voz alta, y contra un dato no se puede levantar la voz, y por eso la levanté.
— Usted no tiene ni idea de esta ciudad.
— Correcto.
— Se lo digo como un reproche.
— Lo he entendido así.
Y entonces miró el reloj otra vez, y ese gesto, el de mirar el reloj en mitad de una bronca, me sacó de mis casillas más que todo lo demás junto, porque significaba que yo era una cosa que le estaba ocurriendo dentro de un horario.
— ¿Le estoy quitando tiempo?
— Tengo un examen a las once.
— Son y veinte.
— Son y veinticinco.
— Son y veinte — dije —. Su reloj va adelantado.
Se me quedó mirando dos segundos largos, con esos ojos marrones tan oscuros que no se les ve el fondo, y por un momento pensé que iba a decir algo, que iba a explicarse, que iba a defenderse, que iba a corregirme, que iba a hacer cualquiera de las cosas que hace la gente cuando le señalas una avería.
— Correcto — dijo. Y se fue.
———
Me quedé allí de pie con las manos en las caderas, respirando por la nariz, con la grava y el ladrillo y la mañana entera de mayo cayéndome encima, y con Tania dentro del Ocho, veinte metros más allá, llorando contra un volante que había manejado perfectamente durante cuarenta minutos menos medio segundo.
Elías Ibarrola llegó a la puerta del edificio. Y antes de entrar hizo una cosa que no tenía por qué hacer, que no le pedía nadie y que no venía en ningún impreso: se paró debajo del dintel, apoyó la carpeta en el antebrazo, la abrió y sacó el cuaderno.
Pensé que apuntaba lo de Tania: la hora, el resultado, el número de expediente, lo que sea que apunten esas personas cuando terminan de hacernos daño y se van a casa a comer.
Pero es que yo veía la hoja. Estaba a veinte metros, sí, y el sol de mayo pegaba de lleno contra aquel papel, y la hoja del cuaderno estaba casi en blanco, y lo que escribió no ocupó una línea de acta ni un párrafo de informe ni una casilla de nada: fueron tres palabras, tres, y las conté por el movimiento del boli, y la última era larga y terminó con ese golpecito seco que da la gente cuando remata una letra que va sola.
Salcedo.