Capítulo 1 #2
Mi padre estaba sentado en su silla de siempre, la que mira a la puerta.
Sesenta y seis años. Treinta y cinco dando clases en Berceo, para Loli, en la misma calle Vitoria y con dos coches que también se llamaban por la matrícula, el Tres y el Cuatro, y que él conducía desde el asiento de la derecha con una mano y un cigarro.
Media Logroño aprobó con él. La otra media, conmigo, y a veces alguien me para en la calle San Juan con un pincho en la mano y me dice «yo saqué el carné con tu padre», y lo dice con esa sonrisa de haber compartido guerra que ponen los hombres de cincuenta años cuando se acuerdan de un examen de mil novecientos noventa y cuatro.
Ya no conduce. Hace cuatro años que no conduce, desde que un neurólogo de Pamplona dijo una palabra de cuatro sílabas en una consulta a la que lo llevé yo, y desde entonces sus llaves están en un cuenco de la entrada, en el mismo cuenco, y nadie las ha guardado y nadie las ha tocado.
— ¿Qué tal la chica? — preguntó.
Le costó la frase. Se le nota cuando le cuesta: no en la voz, en el tiempo. Se toma su tiempo antes, coge aire y luego la suelta entera, corta y limpia, como quien pone una moneda en una mesa.
— Lista — dije —. Aprueba.
— ¿Rotonda?
— Impecable.
— Entonces aprueba.
Y no dijo más, y se puso a comer, y a mí me pasó por dentro esa cosa que no sé nombrar y que se me pone en el esternón cada vez que mi padre habla de mi oficio, que también fue el suyo, con la autoridad intacta de un hombre que ya no puede sujetar un volante y que sigue siendo, sin discusión y sin que nadie lo haya votado, la única autoridad de esta familia en materia de rotondas.
Miriam esperó al café, que es una técnica y yo la conozco perfectamente porque la aprendió de mi madre y mi madre la aprendió en treinta años de conservera de la ribera, donde se aprende, entre otras cosas, que las cosas importantes se dicen cuando la gente ya está de pie y con la chaqueta en la mano, porque así nadie se sienta a discutirlas y porque el que se va tiene prisa y el que se queda tiene el mismo problema pero además tiene los platos.
— Nerea, ¿tú tienes...? Bueno, es que este mes...
— ¿Cuánto?
— Es que la de la agencia me ha dicho que si el día cinco no...
— Miriam. Cuánto.
— Cuatrocientos veinte.
Cuatrocientos veinte, que son exactamente los mismos cuatrocientos veinte que llevo transfiriendo el día uno de cada mes desde hace tres años, ni uno más ni uno menos, con un concepto que pone «M» a secas porque en la casilla del banco no cabe la vergüenza entera y porque la primera vez que lo hice escribí «alquiler Miriam» y luego lo borré y puse la inicial, y desde entonces es «M», y así se ha quedado, treinta y seis veces seguidas.
No lo sabe nadie. Ni mi padre, ni mi madre, ni la de Arnedo, ni Loli, ni la propia Miriam del todo, porque mi hermana tiene un talento natural, casi artístico, para no mirar de frente las cifras que le salvan la vida: sabe que le llega, sabe que le llega el día uno y sabe de quién, y a partir de ahí la cabeza se le va a otro sitio, y yo se lo permito, y ahí está el asunto entero de esta historia, y me ha costado ocho meses y un carné entenderlo.
— El viernes — dije.
— Eres la mejor.
— Soy la que está.
Mi madre entró con la fuente vacía y dijo, sin dirigirse a nadie en concreto y mirando al fregadero, que la hija de la Charo, la del segundo, le había comprado a su madre un colchón nuevo de esos que se levantan solos con un mando, y que la Charo dormía ahora divinamente, y que cuánto se agradece, hija, cuando una llega a cierta edad, dormir bien.
Nadie contestó. Nadie tenía que contestar y todos entendimos la frase entera, porque en esta casa nunca se pide nada: se cuenta lo que ha hecho una vecina, se deja la frase encima de la mesa igual que se deja la fuente, y luego cada uno se sirve lo que le corresponde. Y a mí me corresponde siempre todo.
———
Volví a Berceo a las cinco menos diez para la clase de teórico, con las patatas a la riojana todavía haciéndome compañía y con la cabeza puesta en el viernes, y Loli me estaba esperando de pie en la puerta del despacho con un folio en la mano.
Y Loli Berceo no espera a nadie en la puerta de nada.
Loli te grita desde dentro, te grita desde el mostrador, te grita desde el váter si hace falta; Loli lleva treinta y ocho años dirigiendo un negocio a voces desde una silla con ruedas.
Una Loli de pie, callada y con un papel es un fenómeno atmosférico.
— Siéntate.
— Voy a dar clase.
— Que te sientes, Nerea.
Me senté. Puso el folio en la mesa y lo giró hacia mí con dos dedos, despacio, y era una tabla hecha a mano, con una regla, porque Loli habla en números desde antes de que existieran las hojas de cálculo y no se fía de los ordenadores para las cosas que duelen: cuando quiere hacer daño no levanta la voz, coge una regla y te enseña una columna.
— Convocatorias del año pasado, hasta marzo — dijo, y me señaló con la uña —. Setenta y ocho por ciento de aprobados. Tú. La mejor de la provincia, y no lo digo yo, que soy tu jefa y estoy contaminada. Lo dice el papel.
— Ya.
— Ahora mira abajo.
Miré abajo. Catorce meses en catorce filas, con sus fechas y sus totales, y una última columna que bajaba con esa mala educación con la que bajan las líneas: setenta y ocho, setenta y cuatro, setenta, sesenta y seis, sesenta y uno, y a partir de octubre ya en caída limpia, sin un solo repunte, sin una sola semana buena, hasta el número redondo y sucio del final.
— Cuarenta y uno — dijo Loli —. Cuarenta y uno por ciento, maja. Los mismos coches, los mismos alumnos, la misma profesora y la misma calle. Y cuarenta y uno.
— Loli...
— He llamado a la de Arnedo. He llamado al de la de Calahorra.
He llamado hasta al pesado de la Gran Vía, que me cae fatal y que hoy me ha durado veinte minutos al teléfono.
— Se quitó las gafas y las dejó encima de la tabla, justo encima del cuarenta y uno, como quien tapa una gotera —. ¿Y sabes qué me dicen los tres?
— Qué.
— Me dicen el mismo nombre.