Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Capítulo 1
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Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos

Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos

Por Berta Colmenar

© inepub.com

Capítulo 1

— Espejo, intermitente, maniobra — dije —. En ese orden. No es una manía mía: es que del revés te matas.

Tania Quel tenía dieciocho años, las manos a las diez y diez con una fe de novicia y llevaba sin parpadear desde que habíamos salido del polígono de Cantabria, que es por donde empiezo siempre porque allí no hay nadie a quien matar salvo un camionero dormido y las gaviotas que suben del vertedero.

Iba por su tercera convocatoria. Su madre pagaba las clases en plazos de cincuenta euros que dejaba doblados por la mitad en el mostrador de Berceo, con una goma alrededor, y por eso yo sabía perfectamente qué había dentro de aquel coche además de nosotras dos.

— ¿Meto tercera?

— Mete tercera. Y suelta el embrague como quien deja un vaso en la mesa, no como quien lo estampa.

El Ocho es uno de los dos coches de la autoescuela, blanco, con la L verde en el techo y doscientos mil kilómetros de gente aprendiendo a girar.

Se llama así por la matrícula, igual que el Nueve, y tiene una particularidad que a mí me viene de maravilla: el doble mando del freno chirría medio segundo antes de morder, lo justo para que el alumno oiga que la he salvado.

La humillación pedagógica es una herramienta infravalorada.

Salimos a la N-232 por el enlace y entonces empezó lo bueno, porque la 232 a las once y veinte de un martes de mayo es un desfile de camiones que vienen de Zaragoza con prisa y de coches de Logroño que van a Fuenmayor sin ninguna. Tania se pegó al arcén.

— Estás rozando la línea blanca.

— Es que el camión...

— El camión pesa cuarenta toneladas y tú no le importas nada, pero tampoco te quiere matar. Métete al centro del carril. El carril es tuyo, Tania. Lo pagas con tus impuestos, o los pagará tu madre, que para el caso es lo mismo.

Se rio y se metió al centro del carril, que era exactamente lo que yo quería que pasara y en ese orden: primero la risa, luego el volante.

A la gente aterrorizada no se le enseña nada.

Llevo doce años en esto y esa es la única cosa que sé de verdad, más allá de las distancias de seguridad y de la tabla de multas: que un alumno con miedo no aprende, solo obedece, y que obedecer no sirve en una rotonda a las ocho de la tarde de un viernes.

Yo tenía el brazo derecho apoyado en el respaldo de Tania, la mano izquierda quieta sobre la rodilla y el pie derecho a dos centímetros del suelo, en el aire, listo, y lo tenía así no porque desconfiara de aquella chica en concreto, que sabía perfectamente lo que hacía, sino porque llevo doce años sin confiar en nadie que lleve un volante en las manos, empezando por mí.

Mi padre decía que un profesor de autoescuela es alguien que se pasa la vida de copiloto sin ser copiloto nunca, y luego se iba a la cocina a fumar por la ventana como si aquello no fuera un diagnóstico.

— Ahora la rotonda — dije.

— La de...

— La de la muerte, sí.

Se llama así en Berceo desde antes de que yo entrara.

Es la de la salida de Villamediana, tiene tres carriles pintados por alguien que odiaba a la humanidad y una señal de ceder el paso que a la mitad de Logroño le parece decorativa.

En una rotonda no se aprueba: en una rotonda se descarta.

Ahí ves quién mira, quién cuenta y quién reza.

Tania miró, contó, entró. Salió por donde tenía que salir, sin arañar la línea, y hasta le dio tiempo a poner el intermitente antes y no a la vez, que es la diferencia entre avisar y narrar.

Bajé el pie, que lo tenía suspendido en el aire desde la entrada, con la puntera apuntando a una alfombrilla debajo de la cual hay un freno de verdad que yo no había necesitado tocar, y lo apoyé en el suelo despacio, con esa vergüenza pequeña de quien se pilla a sí mismo haciendo un gesto que no sabe dejar de hacer.

— ¿Bien? — preguntó.

— Muy bien.

— ¿Muy bien de aprobar o muy bien de «no te has muerto»?

— Muy bien de aprobar.

Y entonces me reí, y me tapé la boca con la mano, y me odié durante medio segundo con esa eficiencia con la que una se odia por cosas que lleva odiándose desde los quince, porque tengo el incisivo izquierdo un poco montado sobre el otro, dos milímetros, nada, dos milímetros que llevo tapando media vida con un gesto que ya no decido yo y que se me dispara antes que la risa, siempre, en las bodas, en las cenas y en un coche de autoescuela con una cría de dieciocho años que acaba de hacer bien una rotonda.

Volvimos por Villamediana con las viñas a la derecha, ya con hoja, y con Logroño delante haciéndose grande y llana bajo ese cielo que aquí se pone en mayo de un azul de folleto, y yo iba haciendo lo que hago siempre en los últimos diez minutos de una clase, que es un inventario en silencio: cómo ha cogido el volante al salir, cuántas veces ha mirado el retrovisor interior sin que se lo pidiera, si ha frenado antes de la curva o dentro, si ha mirado a la izquierda en el cruce del cementerio o solo ha girado la cabeza, que no es lo mismo.

Mi padre lo llamaba «la cuenta». Decía que un profesor que no lleva la cuenta es un señor sentado.

Y la cuenta de Tania Quel aquel martes salía bien, salía muy bien, salía de aprobado con nota, y por eso me pasé todo el camino de vuelta con una alegría tonta que no le enseñé a nadie.

Tania paró en el semáforo de la avenida y me miró de reojo.

— Nerea.

— Dime.

— Si suspendo otra vez, mi madre...

— Tania, mírame a mí no: mira el semáforo. Está en verde desde hace tres segundos y detrás hay un señor a punto de descubrir el claxon.

Arrancó. El señor descubrió el claxon igualmente, porque esto es Logroño y aquí el claxon es una forma de saludo.

———

En Berceo, Tania se bajó del Ocho, me dio las gracias cuatro veces y se fue calle Vitoria abajo con la mochila colgando de un hombro y andando de esa manera en que anda la gente de dieciocho años cuando le acaban de decir que va a aprobar: sin correr, pero deseando doblar la esquina para poder correr.

Yo me quedé rellenando la ficha en el capó, con el papel pegado al blanco caliente de la chapa, apuntando fecha, kilómetros, ruta y observaciones, y en observaciones escribí «lista» y subrayé la palabra, y luego pensé que subrayar no era muy profesional y la subrayé otra vez.

La autoescuela Berceo lleva en el mismo bajo de la calle Vitoria desde el ochenta y siete: un escaparate con dos señales de tráfico de plástico descolorido, un mostrador, un cuarto con doce sillas que llamamos «el aula» sin ninguna vergüenza y un despacho al fondo donde Loli Berceo lleva treinta y ocho años sumando.

Yo entré por esa puerta por primera vez con nueve años, a hacer los deberes debajo de la mesa del mostrador mientras mi padre daba clase, y no me he ido nunca del todo.

Aquel martes, Loli estaba dentro, al teléfono, con las gafas en la punta de la nariz y esa cara suya de estar echando cuentas mientras finge que escucha.

No entré. Tenía comida en Varea y a mi hermana esperándome en doble fila, con los cuatro intermitentes puestos, que es la manera que tiene Miriam de decir que ella tiene prisa y el mundo no.

Llevaba el codo fuera de la ventanilla y la música a un volumen de fiesta patronal.

— Anda, sube, que llevo aquí una hora.

— Llevas cuatro minutos.

— Llevo una hora emocionalmente.

Me senté de copiloto. Y entonces pasó lo que pasa siempre, lo que llevo pasándome doce años y que ya es menos un hábito que una avería: mi hermana se acercó al coche de delante en el semáforo de Vara de Rey y yo frené.

Con el pie derecho. En el aire. Contra la alfombrilla de un coche que no era mío y que no tenía doble mando ni nada que se le pareciera, porque el único pedal que había ahí abajo era el de mi propia dignidad.

— Otra vez — dijo Miriam, sin apartar la vista del semáforo.

— No he hecho nada.

— Has frenado.

— He estirado la pierna.

— Has frenado, Nerea. Un día te vas a hacer un esguince en el coche de otro y vas a tener que explicárselo al médico.

Miré por la ventanilla, hacia el Espolón, con las farolas y los plátanos podados a lo bestia y los abuelos ya colocados en los bancos a las dos menos cuarto, y no le contesté, porque lo que tenía en la boca era que había entrado tres metros corta detrás de una furgoneta parada y que si la furgoneta arranca y frena, mi hermana se come el portón, y porque llevo doce años sabiendo que eso no se le dice a nadie que te esté llevando a comer a casa de tus padres.

Le di dos golpecitos con el índice al reposabrazos.

Dos. Sin darme cuenta, que es lo que hago desde siempre cuando me estoy tragando una frase entera y no tengo dónde ponerla.

———

En casa de mis padres, en Varea, se come a las dos y media y se pone la mesa a las dos y veinticinco, ni un minuto antes, porque mi madre dice que la mesa puesta antes de tiempo enfría la comida y también la conversación.

Había patatas a la riojana, que en mayo son un exceso de temperatura y de intención, y mi madre las había hecho igualmente, con su chorizo y su guindilla y su hora y media de fuego bajo, porque es lo que hace cuando quiere algo y no sabe cómo pedirlo: cocinar por delante lo que va a decir por detrás.

Varea está pegado a Logroño, río arriba, y es uno de esos barrios que fueron pueblo y que siguen siendo pueblo aunque el ayuntamiento diga otra cosa: casas bajas, huertas, el Ebro ahí al lado con sus chopos y sus mosquitos, y una peña con la persiana bajada once meses al año.

Mis padres compraron aquella casa en el noventa y dos, cuando mi padre llevaba ya seis años en Berceo y a media ciudad le sonaba su cara, y desde entonces se han cambiado los muebles dos veces, la cocina una y nada más.