Cede el paso: Perder el carné fue lo de menos Epílogo
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Epílogo

Mi padre estaba sentado en su silla, la de siempre, la del lado de la caseta.

Le habíamos bajado nosotros a las once, y digo nosotros porque ya somos varios, y le habíamos puesto la boina y le habíamos cruzado el bastón encima de las rodillas, y Gonzalo Salcedo llevaba una hora ahí sentado, más lento que el año pasado, viendo pasar a media Logroño, y media Logroño parándose a saludarle.

Un señor de sesenta y tantos con una chaqueta de fiesta se paró y se agachó a darle dos besos.

— Don Gonzalo. Que yo aprobé con usted en el ochenta y nueve.

— Ya — dijo mi padre.

— A la primera, ¿eh?

— No — dijo mi padre.

Y el hombre se rio como un crío durante quince segundos y se fue, y mi padre se quedó mirando el lagar con la boina puesta y una cosa muy pequeña en la boca que en él es una carcajada.

Elías estaba a dos metros, con una camisa de manga corta que le compré yo en julio y que se pone porque se la compré yo, sujetando dos vasos de zurracapote que no eran suyos porque él no bebe, mirando el pisado de la uva con la misma cara con la que miraba el aula 2 en julio: la de un hombre que está tomando datos.

— Se puede saber qué estás calculando.

— Trescientos veinte kilos — dijo —. En ese lagar. Y hay dos personas encima. Y el suelo es de madera.

— Elías, es una fiesta.

— Es una fiesta — concedió —. Y el suelo es de madera.

Y entonces pasó una cosa que yo llevaba un año esperando sin saber que la esperaba: un chaval de unos treinta, con una camiseta de una peña y un vaso en la mano, se paró en seco delante de nosotros, lo miró, lo señaló con el vaso y gritó por encima de cuatro mil personas.

— ¡Eh! ¡El del curso!

— Buenos días — dijo Elías.

— ¡Tú me diste el curso en abril! — El chaval se giró hacia su cuadrilla, que estaba tres metros más allá —.

¡Eh, que este es el del curso! ¡El de los once minutos!

— Y otra vez a él, cogiéndole del hombro con la confianza absoluta de un hombre que lleva desde las nueve de la mañana pisando uva —.

Que se lo he contado a mi padre, ¿eh? Lo de los once minutos.

Y mi padre tiene sesenta y ocho y va como un cabrón, y ahora va a ciento veinte.

A ciento veinte, tío. Por lo de los once minutos.

— Correcto — dijo Elías.

Y el chaval se fue con su cuadrilla y aquel hombre se quedó ahí de pie con dos vasos de zurracapote que no eran suyos, sin decir absolutamente nada, mirando el lagar, y yo me quedé mirándole a él, que llevaba catorce meses en esta ciudad sin que le hablara un desconocido por la calle y ahora no puede cruzar el Espolón el 21 de septiembre sin que le pare alguien.

———

Volví a Berceo el 16 de diciembre, un martes, a las ocho de la mañana, con dos alumnos de tercera convocatoria que estaban hechos un desastre y que aprobaron los dos en febrero.

Sigo en la calle Vitoria, sigo con Loli, sigo cobrando una nómina que no da para nada y sigo llevando el Ocho, que ya tiene doscientos veintitrés mil kilómetros y el mismo freno que chirría medio segundo antes de morder.

Loli me devolvió las horas el 16 y me subió el sueldo en marzo, cuarenta euros, que en Loli Berceo es una declaración de amor con luces de neón, y me lo comunicó apoyada en el capó del Nueve diciendo «son cuarenta, no me des las gracias, que me duele».

En febrero volvimos al setenta y tres por ciento de aprobados y en junio al setenta y ocho, y el señor de Calahorra que pedía en internet que investigaran Berceo entera matriculó a su hija en septiembre y me la puso a mí, y yo no le dije absolutamente nada, y ella aprobó a la primera, y él se quedó tan ancho.

Y colaboro en el piloto. En la segunda edición, como externa, dos horas los jueves.

Eso hay que explicarlo, porque me costó tres meses y catorce impresos.

En la primera reunión de coordinación de la segunda edición, en marzo, delante de Sabino Elizalde, de Puri y de un señor del órgano central que había venido a supervisar, lo primero que hice fue poner encima de la mesa un folio con mis datos y mi DNI declarando por escrito mi relación personal, sentimental y convivencial con el docente titular del programa, y solicitando que constara en el expediente de la edición y en el mío.

Sabino lo leyó dos veces.

— Esto no me lo ha pedido nadie nunca — dijo.

— Ya. Regístremelo igual.

— Es que no hay un modelo para esto, señora Salcedo. Yo no tengo un impreso.

— Pues me lo apunta en un folio en blanco y le pone un sello — dije —. Que aquí lo que no lleva sello no ha pasado, y esto tiene que haber pasado.

Me lo registró. Número de entrada 1.144, del 7 de marzo, a las once cero nueve. Tengo la copia en la carpeta de plástico, y la carpeta de plástico en el cajón, y el cajón lo abre quien quiera.

Y a Elías Ibarrola lo dejaron en Educación Vial de forma permanente y sin posibilidad de reversión, que es lo que decía la resolución del 21 de noviembre y lo que va a decir hasta que se jubile.

La segunda edición del piloto tuvo lista de espera.

En abril llamaron de Soria preguntando si podían mandar gente.

En junio, Sabino tuvo que redactar una circular explicando por qué un programa de reeducación vial para sancionados tenía más demanda que las plazas disponibles, y la circular es una obra maestra del pudor administrativo: dice «acogida favorable» cuatro veces y no dice el nombre del docente ni una.

Elías da cuatro cursos al año. Los prepara los domingos.

Se levanta a las seis y media, nada sus cuarenta largos en la municipal y a las nueve está en el aula 2, que sigue teniendo sillas de pala y un mapa nuevo con las carreteras del año pasado, y ahora tiene una luz que no parpadea desde el 10 de noviembre.

No lo hemos hablado nunca, lo de enero. Ni una vez. Es la única cosa de este año de la que no hemos hablado, y yo tampoco pregunto, porque hay cosas que se ven en las manos de la gente los domingos por la tarde cuando se sientan a preparar una clase que no les obliga a preparar nadie.

———

Cenamos en el Tirso el 21 por la noche, los doce, en la mesa del fondo, porque Fefa Ubago la reserva desde agosto y porque a Fefa Ubago no se le discute una mesa.

— ¡Que se calle el chaval! — gritó Fefa a los diez minutos —. ¡Que no hay quien pare a este chico, majos! ¡Con lo bien que estaba antes, que no decía ni mú, y ahora es que no puedo con él!

Yeray Peñacoba tiene veintitrés años, se sacó el carné en marzo, dejó los repartos en mayo y trabaja en un almacén de Cantabria con horario y con nómina, y no se calla ni debajo del agua.

Estaba explicándole a Tania Quel, que aprobó en enero a la cuarta y que se sienta siempre a su lado, la teoría completa de por qué el arcén de la 232 está mal diseñado.

— Eso lo tengo yo aquí apuntado — dijo Chemari.

— Chemari, ¿tú qué apuntas ahora? — le dije.

Chemari Arnedillo, taxista de Logroño, licencia 118, sacó de la chaqueta un cuaderno nuevo con las tapas ya blandas y lo levantó por encima de la mesa con la solemnidad de un obispo.

— Segunda edición. Sesión por sesión. Todo.

— ¿Y para qué?

— Por si acaso — dijo —. Que ya me pasó una vez y menos mal.

Higinio Zaldívar levantó su vaso a contraluz, lo giró, lo olió durante un tiempo que a cualquier otra mesa le habría parecido excesivo y anunció, para el bar entero:

— Corto de nariz, plano de boca y con un final que da vergüenza ajena. — Bebió —. Y aun así me lo voy a terminar, porque yo cato, no bebo, pero tampoco soy tonto.

A Rebeca Muro le sonó el móvil a los postres y lo cogió, claro que lo cogió, y estuvo cuatro minutos de pie junto a la máquina de tabaco diciendo «no, no, eso lo cerramos mañana» mientras Fefa la señalaba con el dedo y le explicaba a todo el mundo, en voz alta, que esa chica se iba a morir.

Braulio Nalda no dijo nada en toda la cena, ni una palabra, ni cuando Fefa le preguntó dos veces por las ovejas, y se quedó en su esquina de la mesa del fondo del Tirso comiendo despacio y mirando a la gente hablar con esa cara de hombre que lleva treinta años bajando las mismas curvas de Cameros y que ya no necesita rellenar ningún silencio.

Al final, cuando pedimos la cuenta y las doce personas de aquella mesa empezaron a sacar la cartera y a discutir a gritos sobre quién había tomado postre, resultó que Braulio ya había pagado en la barra hacía veinte minutos, de camino al baño, sin decírselo a nadie; y se puso el chaquetón tranquilamente mientras doce adultos se peleaban por un dinero que ya no existía.

Mi hermana Miriam llegó tarde, como siempre, con las botas de siempre, y me dio ciento cincuenta euros doblados por la mitad debajo de la mesa, sin mirarme y sin decir nada, con la misma técnica exacta con la que la madre de Tania Quel dejaba los plazos de cincuenta euros en el mostrador de Berceo.

Se los cogí. Los primeros ciento cincuenta de tres años, y me los guardé en el bolsillo del abrigo sin decir ni gracias, porque decir gracias habría sido devolvérselos, y no me temblaron las manos hasta que salí al baño y me apoyé en el lavabo.

———

En casa de Elías hay dos tazas.

Una blanca, la de siempre, la del piso vacío del Casco Antiguo; y otra que compramos en un puesto del mercadillo en enero, verde, fea, con un asa demasiado gorda, y las dos están en el mismo armario y ninguna de las dos está alineada con nada.

Y hay una cosa colgada en la pared del salón.

Es el mapa de la provincia del aula 2. El viejo.

El descolorido, el que quitaron en octubre para que el jefe provincial no lo viera y que el de mantenimiento dejó apoyado detrás de la puerta con la intención de tirarlo, y que yo me llevé bajo el brazo un lunes de noviembre por un pasillo de linóleo verde sin pedirle permiso a nadie.

Tiene las carreteras de hace veinte años, tiene una mancha de humedad encima de Calahorra y tiene, en la esquina de abajo a la derecha, una firma a boli de alguien que estuvo muy aburrido en algún momento de 2006.

Lo enmarcó él. Fue y lo enmarcó, en una tienda, pagando, como un señor.

— Es objetivamente horroroso — le dije el día que lo colgó.

— Sí.

— Y está mal. Ese enlace de Nájera ya no existe.

— Ya.

— Entonces por qué...

— Porque es mío — dijo Elías, dando un paso atrás para mirarlo desde el sofá —. Está torcido.

— Está recto.

— Está torcido dos grados.

— Está recto, Elías.

— Correcto — dijo, y no lo tocó.

Y no lo ha tocado. Llevo desde enero mirándolo de reojo cada vez que paso por ese salón, esperando el día que lo pille con el nivel, y ese hombre se sienta todas las noches en el sofá enfrente de un mapa de la provincia de La Rioja torcido dos grados con una mancha de humedad encima de Calahorra, y no lo toca.

Yo creo que lo hace por deporte. Yo creo que lleva desde enero esperando a que lo enderece yo, y que el día que lo enderece va a decir «correcto» y se va a quedar tan ancho, y por eso no lo pienso enderezar en la vida.

Aquella noche del 21, cuando salimos del Tirso a las tres menos cuarto, con la calle San Juan llena de peñas y un pasacalles perdido sonando por algún sitio del Casco, me fijé en su muñeca mientras me ponía el abrigo por encima de los hombros.

Las tres menos cuarto. Y eran las tres menos cuarto.

El reloj de Elías Ibarrola llevaba desde febrero en hora, y yo no me había dado cuenta hasta esa noche, y no dije nada, y él tampoco.

Subimos hacia el Casco por San Juan con el frío bueno de septiembre, entre la gente que volvía y la gente que todavía no, con las bombillas de la peña colgadas de fachada a fachada y el ruido de Logroño el 21 por la noche, que es un ruido que no se parece a ningún otro y que se compone, si te paras a escucharlo, de un pasacalles a dos calles de distancia, de trescientas conversaciones a gritos, de un camarero recogiendo una terraza y de alguien, en algún balcón, poniendo música a un volumen por el que mañana se van a quejar cuatro vecinos y ninguno esta noche.

Fefa se despidió en la esquina, gritando, con el bolso en alto.

— ¡El año que viene lo mismo, majos! ¡Y el que no venga, que se muera!

En el cruce de arriba venía un coche.

Frenó a diez metros, dio las largas una vez y se quedó parado, y Elías levantó la mano, y cruzamos.

Detrás de nosotros, calle abajo, el Ebro; y encima, el cielo, y las bombillas balanceándose despacio de un balcón a otro, y toda la ciudad ahí, encendida, dándolo todo.