Cazadora Perdida (Serie Kat Drummond 6) 20. Salvador
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20. Salvador

Salvador

Brett se estremeció bajo el gélido aire invernal.

Su camiseta no era ni de lejos suficiente para protegerlo del frío.

Sin embargo, no tenía frío. No sentía el mordisco de la escarcha a su alrededor.

Ni el calor de los fuegos, ahora extintos.

No sentía nada sobre la piel. Ni sus lágrimas contenidas, ni su sudor seco, ni la sangre costrosa.

Se quedó mirando en dirección a los ladrillos chamuscados. Pero su mirada, en realidad, contemplaba algo distinto. Algo que olía a sangre, a heces y a muerte.

Y sonaba…

No…

Gritaba.

Varios hombres murmuraban entre sí. Brett no oyó ni una palabra.

Alguien pasó a su lado a toda prisa. Llevaban una manguera contra incendios.

Brett había querido ser bombero. Lo recordaba, vagamente.

Ayer, se habría emocionado al ver los camiones rojos.

Les habría hecho un montón de preguntas a los hombres de chaquetas reflectantes.

Tantas que su madre habría tenido que llevárselo a rastras, ahorrándoles a los bomberos la inocente molestia de un chiquillo.

Se habría maravillado ante los hidromantes y su control de la espuma ignífuga y el agua.

Habría sonreído como solo un niño puede hacerlo.

Pero hoy no.

Estaba sentado sobre lo que solía ser parte de su casa.

A lo lejos, vio humo. Las otras explotaciones agrícolas.

No habían sido los únicos. Una mujer intentó hablar con él.

No respondió. No pudo. Mantuvo la mirada baja cuando no observaba el horizonte ahumado.

Las luces de multitud de vehículos de emergencia aportaban una cacofonía visual a la escena.

Brett habría disfrutado con ello el día anterior.

Ahora… no sentía nada .

Cuando sentía algo, solo era resentimiento.

Porque habían llegado demasiado tarde. Porque no llegaron cuando importaba.

Y nunca podrían llegar a tiempo. Y nunca lo harían.

Brett ignoró a un hombre con uniforme de policía y a otro con equipo de paramédico. Sacudieron la cabeza y lo dejaron en paz. Registraron el cascarón de la granja. Brett no estaba seguro de por qué o para qué.

Todo lo de valor estaba muerto.

—Vacío.

El sonido de la voz, ronca, casi desagradable, mordaz y, sin embargo, mucho más profunda…

fue lo único que hizo que Brett levantara la cabeza.

El sol naciente recortaba la silueta del hombre que estaba ante él.

A medida que los ojos de Brett se adaptaban, pudo ver al hombre con detalle.

Y los números 16–1, tatuados en tinta azul en su brazo.

—Vacío —repitió el hombre—. ¿Lo sientes?

Brett se vio a sí mismo asintiendo, antes de que pudiera siquiera considerar las palabras.

—Seguirás sintiéndolo, muchacho. Para siempre. Hasta que realmente haya vacío. Ahora hay un agujero en tu alma. Un agujero gigantesco que nunca podrá llenarse de verdad. Y supura un veneno que exige un antídoto.

—¿Por qué? —preguntó Brett, simplemente. Tenía la voz ronca de tanto gritar.

—¿Por qué? —preguntó el hombre, consternado—. Porque el mundo es un lugar cruel, muy cruel. Y cuando alguien te amenace con el infierno, solo deberías señalar el mundo que te rodea. Y decirles que ya estás allí. Pero… no tiene por qué ser así.

Se puso en cuclillas y Brett pudo verlo con más detalle. Sus ojos eran severos. Casi inexpresivos. Como si fuera un robot. Pero bajo todo eso… Brett vio tristeza. Un agujero en su alma. Y Brett también lo sintió.

—Muchacho… ¿quieres que esto les pase a otras personas?

Fuego. Sangre. Gritos.

Se han ido…

—No.

—¿Quieres venganza, muchacho? ¿Contra aquellos que te han hecho daño? ¿Contra los monstruos que se llevan a las niñas pequeñas? ¿Contra las bestias de la noche que te han dejado solo? ¿Quieres el antídoto para el veneno?

—Sí.

Brett sintió que alguien le ponía una manta sobre los hombros. El hombre se la quitó de inmediato y la arrojó a un lado.

—Ya es un hombre —dijo—. Y un hombre debe sentir el frío.

Se puso en pie y le tendió una mano a Brett, ayudándolo a levantarse.

—Mi nombre es Rupert Finley. Me llamarás Finley o señor.

—Sí, señor.

Guió a Brett por delante de los cadáveres, ya cubiertos, de su familia muerta y destripada. Faltaba un cuerpo. Brett sabía que así sería. Ella fue la primera en irse. Hacia la oscuridad.

Su hermana. Se la habían llevado los bebedores de sangre. Los mismos bebedores de sangre que ella había invitado a entrar en su hogar.

Una furgoneta negra esperaba en la esquina de la propiedad, más allá de los coches de policía, las inútiles ambulancias y los camiones de bomberos.

No llevaba insignias. No tenía sirenas. Sus cristales estaban tintados.

Finley abrió la parte trasera de la furgoneta.

Brett entró y se sentó entre un grupo de chicos de su edad.

Algunos estaban cubiertos de sangre y hollín.

Otros tenían heridas, cubiertas apresuradamente con vendas.

Todos tenían la misma expresión solemne.

Un chico miró a Brett a los ojos y asintió. Él le devolvió el gesto. Se entendían. Más de lo que nadie jamás podría hacerlo.

Finley se quedó en la parte trasera de la furgoneta, examinando a los atormentados pasajeros.

—Bienvenidos al Cuerpo —anunció y cerró las puertas.