Cazadora Perdida (Serie Kat Drummond 6) 19. Perspectiva
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19. Perspectiva

Perspectiva

Normalmente era yo quien yacía en la cama del hospital.

A solas con mis pensamientos febriles. Con la única compañía de la constante presencia de Treth en mi estado amnésico y carente de sueños.

Estaba acostumbrada a que me envolvieran las sábanas blancas, a despertarme con los pitidos del monitor cardíaco y a sentir el dolor sordo de las heridas que no habían logrado matarme.

No estaba acostumbrada a estar de pie junto a la cama.

Era una experiencia extraña para mí: estar completamente lúcida en esta habitación y ser yo quien miraba a Brett mientras respiraba lentamente con los ojos cerrados.

¿Cuántas veces habría hecho pasar a otros por esta experiencia?

¿Cuántas veces se habrían sentado o quedado de pie Trudie y Pranish a mi lado, observando el lento inflarse y desinflarse de mi pecho, sin saber cuándo se detendría?

¿Cuántas veces habrían mirado mi monitor cardíaco, guiándose solo por escenas de películas para saber si estaba bien o no?

Ahora sabía que el personal médico no servía de mucha ayuda.

No respondían a mis preguntas. Se limitaban a sonreír con debilidad y salían corriendo hacia otro paciente.

La mayoría tenían los ojos hundidos. Como si les hubieran drenado físicamente toda su vitalidad.

¡Bueno, por supuesto que lo habían hecho!

Los sortílegos estaban canalizando su chispa directamente a los pacientes mientras los magos jugaban con las palabras de poder primordiales.

Estuve presente en la cirugía de Brett y vi a Cindy, entre otros sanadores, retirar un fragmento roto de garra de minotauro e incontables trozos de cristal de su cuerpo, que se deterioraba rápidamente.

Mis rudimentarios primeros auxilios, guiados por Treth, le habían dado segundos.

Solo segundos. Cindy intentó decirme que esos segundos posiblemente le salvaron la vida, pero no era eso.

Si tan solo hubiera hecho más, Brett no estaría aquí tumbado ahora mismo.

Estaría luciendo esa estúpida mueca suya, llamándome Katty e insistiendo en que fuéramos a comprar munición y cola .

Las lágrimas asomaron a mis ojos. Dejé que fluyeran.

Solo estábamos yo y la tenue luz de la habitación del hospital.

Yo y Brett. Y Treth, aunque no estoy segura de si él cuenta.

Y Candace, en cierto modo, pero estaba ocupada.

Haciendo algo. Espero que nada demasiado oscuro.

Confiaba en que el hecho de seguir con nuestros ojos intercambiados evitara que volviera a sus andadas.

Con los ojos húmedos, toqué la mano de Brett. No hubo respuesta. Ni siquiera un tic.

—Idiota —murmuré—. Eres un puto idiota.

No sabía si hablaba de él o de mí. Las piernas aún me punzaban. Ya habían sido sanadas, pero siempre quedaban secuelas. Siempre quedaban cicatrices. Me senté, frotándome las rodillas.

Guy y Cindy habían logrado escapar del minotauro, pero no se habían dado cuenta de que elegiría a la presa más fácil y saltaría hacia nosotros.

En cuanto oyeron el estruendo del impacto en la misma planta en la que estábamos Brett y yo, hicieron todo lo posible por llegar hasta nosotros.

Pero, por lo que Cindy supo después, el minotauro en realidad había convertido el centro comercial en su propio laberinto.

No físicamente, claro. Pero no le hacía falta.

Su magia de corrupción había retorcido la percepción de cualquier otra persona que pisara su dominio.

¡Podríamos haber estado en un pasillo vacío y aun así habernos perdido!

Pero tras la muerte del minotauro, su influjo sobre el centro comercial se disipó.

Guy y Cindy pudieron encontrarnos rápidamente después de aquello.

Cindy dijo que yo había matado al minotauro. Recordaba vagamente haberlo apuñalado. ¿Pero cómo pudo funcionar eso cuando nada más funcionó? Las balas, las bombas y mis tajos anteriores no sirvieron de nada. ¿Qué hice de forma diferente?

—Cumpliste el mito —sugirió Cindy—. Es lo único que se me ocurre. Hiciste algo que activó la debilidad del minotauro. ¿Recuerdas qué hiciste?

No pude responderle. Negué con la cabeza.

Lo único que hice fue apuñalarlo. Y de algún modo, mis hojas atravesaron su pellejo.

No creí que lo harían, pero era todo lo que podía hacer.

Todo lo que podía hacer para proteger a Brett, que estaba detrás de mí.

Y aun así, todavía no estaba bien. Los médicos y sanadores me dijeron que se pondría bien, pero yo no...

no podía creerles. Pero tenía que hacerlo.

¡Se trataba de Brett! Le había metido una granada por la garganta a un vampiro, había cruzado la ciudad entera para encontrarme cuando desaparecí y me había ayudado a reducir a un trol. Estaría bien. Tenía que estarlo.

Porque una gran parte de mí no podía ni pensar en qué haría si no lo fuera.

—Ve a comer algo —susurró Treth—. No se va a ir a ninguna parte.

—No tengo hambre —respondí simplemente .

Percibí que Treth no me creía. Pero no discutió.

¿Qué pensaba él de esto? ¿Se sentía reivindicado?

¿Porque Brett casi había muerto? ¿Porque su teoría de que Brett no sería un compañero seguro por ser también un cazador fuera, al menos en parte, cierta?

No... no lo creo. Treth era demasiado íntegro para ese tipo de pensamientos. Pero lo había predicho.

Aunque, por otra parte, Colin no había sido cazador. Quizá todos a mi alrededor estaban condenados.

—Todo iba tan bien —murmuré—. Pero la vida parece estar siempre esperando a que ocurra la siguiente desgracia. Si no hubiera sido por esto... podría haber sido Cindy, o Guy, o yo.

De algún modo, ninguna de esas tres opciones me parecía tan mala. Y darme cuenta de eso me hizo sentir no solo un poco culpable, sino también sumamente confundida.

¿Quién era Brett para mí?

¿Un amigo?

¿Un colega?

¿Un compañero cazador?

¿Algo más?

Sabía lo que estaba pensando, pero no podía verbalizarlo. Porque, tal vez... tenía miedo. Y este suceso no ayudaba. Porque me recordaba...

Que podía perder a alguien de nuevo. Que podía tener a alguien a quien perder.

Brett podría ser como Colin. Pero Colin estaba muerto. Y Brett también podía morir.

¿Y de verdad podría pasar por eso otra vez?

—No creo que pueda hacerlo, Treth.

—No sé qué es eso , Kat. Pero si tú no puedes hacerlo, nadie puede.

Solté un bufido corto, casi divertido, pero que no contenía alegría alguna.

—¿Recuerdas lo que dijo el archidemonio? Que tengo un alma rota.

—Creo que cambió de opinión respecto a eso.

—Rota o no... me siento al límite. Exprimida como un trapo que ha pasado por cien manos durante cien años.

—Aún somos jóvenes, Kat.

—Y sin embargo... me siento tan vieja. Tan harta...

Miré la figura comatosa de Brett.

—¿Cómo lo hace, Treth? ¿Cómo consigue sonreír a pesar de todo lo que le ha pasado? ¿Cómo consigue hacerme sonreír a mí a pesar de todo lo que me ha pasado?

Treth guardó silencio durante un largo rato. Alargué la mano de nuevo para tocar la de Brett y acariciar su nudillo con mi pulgar. Su mano estaba caliente. Eso tenía que ser bueno, ¿verdad?

—Le quieres —dijo Treth. Sonaba resignado. Antes de que pudiera confirmar o negar la afirmación, la mano de Brett tuvo un espasmo. Retiré la mía de golpe.

Brett tenía los ojos abiertos. Aún aturdido. Podía ver las brumas del sueño nublando todavía sus ojos castaños.

—¿Con quién hablabas? —preguntó; su voz era baja y arrastraba un poco las palabras.

—¡Brett! Estás vivo.

Esbozó una sonrisa débil, pero sincera. Sentí que yo también sonreía.

—La última vez que lo comprobé, sí.

Sentí que nuevas lágrimas me humedecían los ojos, a pesar de lo mucho que me obligué a contenerlas. No era bueno llorar delante de Brett. Soltaría algún chiste al respecto. Y yo necesitaba parecer dura. Al fin y al cabo, era mi compañero cazador.

Pero a pesar de todo, las lágrimas cayeron libremente por mis mejillas. Si yo fuera mi propio oficial, me mandaría azotar. Pero en ese momento, lo único que pude hacer fue tender la mano y apretar la suya, que pedía un gesto, aún casi inmóvil sobre la cama.

Entre sollozos, logré articular:

—Siento tanto lo ocurrido.

—¿Por qué? —preguntó; su voz era tan tenue que me entraron ganas de llorar. ¡Contrólate, Kat!

—Debería haber... debería haber luchado con más fuerza. No debería haber dejado que esto pasara. No fui lo bastante fuerte.

—Kat —susurró él, y me devolvió el apretón de manos—. Si estoy vivo, estoy bastante seguro de que es porque tú me salvaste.

—Cindy... —empecé, antes de que él me interrumpiera.

—Cindy solo puede recomponerme. Tú hiciste que quisiera ser salvado.

Se me cortó la respiración. No pude responder. Incluso Treth se quedó perplejo.

Brett sonrió mientras sus ojos se cerraban lentamente.

—¿Brett? —casi grité.

—Estoy vivo, Kat. Pero... solo... —bostezó—. Tengo sueño. Voy a descansar un poco más. Ve a comer algo. Pareces un cadáver andante.

—No tengo hambre.

—Ve a comer. Es una orden.

—¿Quién te ha nombrado jefe?

Sonrió muy levemente mientras su respiración se estabilizaba y sentí que su mano se relajaba. Parecía estar tan en paz... Pero, aun así, me aseguré de comprobar sus constantes vitales.

—Te estás portando como Trudie —dijo Treth.

—Ahora entiendo por qué —respondí.

—Saldrá adelante. Vamos a comer.

Miré a Brett unos segundos más y me di la vuelta, saliendo de la habitación del hospital cojeando ligeramente.

—Odio la comida de hospital. Pero ese restaurante chino de ahí abajo podría estar bien.

—¿Así que vas a ir a comer algo?

Enarqué una ceja y asentí con vacilación.

—¿Entonces vas a seguir mis órdenes? —Casi podía sentir el júbilo infantil de Treth.

—¿Cuándo no lo he hecho?

Treth resopló con tal incredulidad que, si hubiera estado bebiendo leche, podría haberla usado como arma.

Me despedí con la mano de algunos miembros del personal médico que me reconocían de mis frecuentes visitas y salí al exterior del hospital, teñido por los tonos rojizos del atardecer. Esperándome, apoyado contra la pared bajo un cartel de prohibido fumar, estaba Pranish. Fumando.

Lo incongruente de la escena me hizo olvidar nuestro último encuentro. Aunque solo fuera por un momento.

—Hola —dije simplemente, cruzándome de brazos. No llevaba mi abrigo y mis brazos desnudos estaban cubiertos de pequeñas tiritas.

—Hola —respondió él, y dio una calada, la apagó contra la pared y tiró la colilla a la papelera. Un lanzamiento impresionante, por cierto.

—No sabía que fumabas.

—Un nuevo... hábito —contestó. No sonreía. Y noté cierta vacilación en sus gestos.

—¿Qué lo provocó? —pregunté.

—Tú, en parte.

Resoplé. —No me cargues con tu adicción a los palitos de la muerte. Trudie empezó a fumar mucho antes de que yo me convirtiera en una carga estresante.

Él suspiró.

—Lo sé. Pero... sí. El estrés por tu desaparición, Trudie todavía con lo suyo... bueno, eso no importa... Colin, la desheredación. Fue demasiado. Trudie me enganchó. Dijo que me ayudaría a relajarme.

—¿Lo hace?

Él se encogió de hombros.

Me quedé frente a él un rato, esperando a que dijera algo. A que hiciera algo.

—Me alegra volver a verte —dijo finalmente, y sonaba sincero—. Especialmente fuera del hospital y no dentro.

Abrí la boca para responder, pero él se me adelantó.

—Lo siento, Kat. Siento mi comportamiento. Siento haberte echado la culpa. He estado tan... frustrado. Enfadado. Pensé... pensé que después de que mataras a Andy, tendría una oportunidad con Trudie. Pero entonces ella simplemente...

—Está viva, Pranish. Conrad la rastreó hasta Goldfield.

Sus ojos se agrandaron.

—¿Estás segura? —sacudió la cabeza—. Claro que lo estás. Conrad siempre tiene razón. Incluso cuando se equivoca.

—También es un ángel.

—Yo no iría tan lejos.

Los dos logramos mantener la cara seria durante aproximadamente tres segundos. No admitiré quién se rió primero (fui yo).

—¡Grietas, Kat! —dijo finalmente Pranish, con lágrimas en los ojos de tanto reír por nuestro mal chiste—. Te he echado de menos.

Crucé casi al trote la distancia que nos separaba y abracé a mi amigo con fuerza.

—Lo siento, Prani. Siento haberos abandonado. Siento no haber estado allí. Siento haberos hecho pasar por todo esto. Todo el tiempo. Siento los viajes nocturnos en coche. Las visitas al hospital. Los deberes que hiciste por mí mientras estaba en coma.

Él dudó un segundo antes de abrazarme, pero luego me devolvió el gesto.

—He venido a pedir disculpas. No a que me las pidan a mí. Soy el idiota que te gritó porque Trudie decidió huir de casa.

—Pero tenías razón. Debería haber estado allí. Por ti y por ella.

—Mataste a su novio. Entiendo que no quisieras enfrentarte a ella. Aunque fuera un monstruo y un imbécil, es difícil explicárselo. Especialmente a ella.

Él sonrió con tristeza.

—Es difícil explicarle cualquier cosa a nuestra querida Trudie. No es tonta. Ni mucho menos. Pero eso significa que no cree tener que escuchar a nadie más. Ella ya conoce la respuesta correcta .

Fruncí el ceño. —¿Pero significa eso que sabe lo que está haciendo ahora?

—¿En Goldfield? —consideró la pregunta—. No lo sé. Pero... vamos a averiguarlo.

Asentí. —No tengo planes de ir a Goldfield. Al menos de momento. Pero veré qué descubre Conrad.

—Va a volver. Sé que lo hará.

Sonreí. —Lo sé. Y cuando lo haga, estaremos aquí para ella.

Igual que ella había estado allí para mí tantas veces antes. A pesar de las broncas. A pesar de los sermones. Había estado a mi lado. Y ahora comprendía lo doloroso que debió de ser para ella; y aun así lo hizo.

Cuando por fin vuelva, será mi turno de ser una buena amiga. Se lo debía. Eso y mucho más.