9. A donde pertenezco
A donde pertenezco
Al zombi le faltaba un brazo. Pero aquello no lo ralentizaba.
Ni lo desanimaba ni lo más mínimo. Soltó un poco de saliva mientras se abalanzaba sobre mí.
Lo esquivé justo en el último segundo, dejando que chocara contra un muro de ladrillos.
Se le fracturó el cráneo. Le corté la cabeza de un tajo solo para asegurarme.
—Derecha —gritó Treth.
Lancé un tajo a la derecha y giré sobre mí misma, hendiendo mi hoja en un zombi para luego empujarlo contra otro. Su cabeza salió volando y el torso, al desplomarse, hizo tropezar a sus camaradas. La sangre ennegrecida salió disparada como si fuera gel, siseando al entrar en contacto con mi abrigo.
Más cadáveres andantes aparecieron de entre las sombras al final del callejón de los suburbios. Me vieron y cargaron. Eran veloces. No como en las películas antiguas. Cuando un zombi tenía la motivación adecuada, podía esprintar como el mejor de los atletas.
—No dejan de venir, ¿verdad? —gruñí.
—Ya. Es fantástico, ¿a que sí?
Me di cuenta de que estaba sonriendo.
Me agaché. El impulso del primer zombi lo hizo pasar por encima de mi espalda. Mi abrigo lo chamuscó y el olor a carne quemada sustituyó al de la podredumbre. Ese olor al que tanto me había acostumbrado. A mi manera, me encantaba. Porque olía al lugar al que pertenecía.
—Carga hacia delante.
Así lo hice, sin vacilar. El zombi que había pasado rodando por encima de mí cayó al suelo.
Tenía los ojos quemados y burbujeantes. Utilicé mis dos espadas para ensartar al zombi que tenía delante.
Giré las empuñaduras y tiré hacia fuera.
El zombi se partió como un melón, con los costados abriéndose y cayendo al suelo.
Un recuerdo de mi antiguo yo habría vomitado.
Yo no. Con una intensa satisfacción, retiré las hojas y dejé que el resto del cuerpo del zombi se desplomara.
Unos gruñidos a mi espalda me avisaron antes de que Treth lo hiciera.
Lancé un tajo a ciegas tras de mí, haciendo una pirueta y decapitando a un zombi.
Mi giro terminó cuando mi hoja golpeó una pared con un ruido seco.
Un zombi saltó hacia delante y me di la vuelta, dejando que mi abrigo lo achicharrara mientras ensartaba a otros dos a la vez.
La marea se detuvo y yo jadeé con fuerza. Pero me estaba riendo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien.
—Necesitaba esto —dije.
—Yo también.
—Siento lo de... ya sabes.
—No pasa nada. No te mentiré diciendo que entiendo lo que sientes por Candace, pero no es asunto mío.
Un zombi cargó por el callejón. Me eché a un lado y se ensartó de lleno en mi espada. Su cuerpo decapitado corrió unos metros más antes de desplomarse.
—Debo decir, sin embargo, que prefiero matar zombis a luchar a su lado —añadió Treth.
—Yo también.
Me dirigí a otro callejón, donde los zombis golpeaban ventanas y puertas.
¡Era una auténtica epidemia! La única razón por la que a nadie le importaba era porque estaba en los suburbios.
Y eso significaba que no necesitaba una licencia para encargarme del asunto.
También significaba que no iba a cobrar.
Pero en este momento, eso no me importaba.
Le corté la cabeza al zombi que tenía más cerca.
—¿Qué opinas... —esquivé a otro y lo decapité— ...de la oferta de Brett?
—Prefería a Colin.
—Colin ha muerto.
Treth suspiró. —Colin se habría ocupado de Patrice sin violencia. Habría usado la ley. Puede que incluso te hubiera devuelto la nevera.
—¿Qué habrías hecho tú?
Sentí que sonreía. —Yo le habría cortado la cabeza.
Mi risa atrajo la atención de dos zombis, que cargaron contra mí. Los despaché rápido. No eran cadáveres andantes habilidosos. Probablemente ya ni siquiera tenían un nigromante. Conociendo mi suerte, seguramente eran los restos del ejército de Candace.
—¿Sabes por qué no creo que te guste Brett?
—¿Por qué? —preguntó Treth— detrás de ti.
Lancé un tajo bajo y obligué al zombi a hincar las rodillas. Su cráneo se abrió como un coco cuando su cabeza impactó contra el suelo.
—Porque eres como él.
—Puf.
—No, de verdad. Aparte de sus payasadas, hay algo en ambos. Una sinceridad. Un honor. Y... —fruncí el ceño, incluso mientras mataba al último zombi del callejón—. Hay un dolor profundo.
—Todos sufrimos algún dolor. No tiene nada de especial.
—Una vez me dijiste...
Me interrumpió un grito. Un niño.
Corrí hacia el sonido, olvidando cualquier pensamiento anterior.
Los zombis abarrotaban el callejón y les asestaba tajos cuando no podía esquivarlos. Los gritos continuaban, seguidos de voces y golpes.
Una verdadera horda se extendía hacia el tejado de una chabola. Trepaban unos sobre otros, intentando usarse entre ellos como una escalera de no muertos para llegar hasta una mujer y dos niños.
Había muchos zombis. Demasiados. Incluso para mí.
La mujer lanzaba patadas a los zombis. Uno la agarró por el pie y le arrancó el zapato.
Sabía lo que Treth haría. Hice lo mismo.
Cargué contra los zombis. Algunos se giraron para enfrentarse a mí. Les corté el cuello. Heridas superficiales. Sin ensañarme. Vivirían.
Me agaché al borde del tumulto y les corté los tobillos a los de la última fila.
Cayeron y salté, usándolos como peldaños.
Caminé pesadamente sobre los hombros de zombis sorprendidos, cortando sus manos curiosas.
Encontré dónde pisar firmemente en el borde del tejado de la chabola y lancé un tajo amplio, haciendo retroceder a la marea creciente.
La mujer me miró, confusa y desesperada.
—Llega hasta aquel tejado —dije, señalando la casa de al lado. Ella vaciló. Grité: —¡Llega hasta el tejado!
Se levantó y cogió al niño más pequeño mientras guiaba a la mayor de la mano. Un zombi logró subir al tejado. Clavé una de mis hojas en su espalda y, mientras arañaba mis botas, le corté la cabeza.
La mujer se esforzaba por subir a sus dos hijos al siguiente tejado, mientras los zombis no daban tregua. No podían dar tregua. Estaba en su naturaleza, después de todo. Los implacables, los que nunca cesan, los que nunca desisten, los que nunca descansan... los muertos.
—Necesitan ayuda —afirmó Treth, con un tinte de ansiedad en la voz. Pero también... confianza. Creía que yo podía hacerlo.
Un zombi trepó hasta mi tejado. Clavé mis dos espadas en su cabeza y lo arrastré más cerca, usándolo como una funda improvisada. Arañó impotente mientras su cabeza permanecía clavada al tejado.
Agarré a la niña mayor y la alcé hasta el tejado más alto.
La mujer le pasó el niño pequeño a su hermana y luego subió ella misma.
Un zombi, que había usado a su camarada para trepar hasta nuestro puesto, cargó contra mí.
Le di una patada para mandarlo atrás, recuperé mis espadas y luego le corté la cabeza rápidamente con ambas hojas al unísono.
La mujer me tendió la mano. Envainé una espada y la acepté. Me ayudó a subir.
—No podemos seguir trepando —dijo Treth.
—Pero podemos hacer que esto sea el problema de otro —respondí en voz alta. Para desconcierto de la mujer.
Me dirigí a ella: —Sígueme.
Corrí por el tejado más alto. Los zombis tenían dificultades para encontrar dónde apoyarse y subir tanto, pero solo era cuestión de tiempo.
La mujer jadeaba mientras corría. Su hija parecía mucho más tranquila. En cierto modo, estaba orgullosa de ella. Aunque no la conociera.
Un hueco ponía fin al tejado. Al otro lado había una estructura de hormigón, con una puerta en la azotea. Detrás de nosotros, los zombis habían logrado escalar la estructura hasta nuestro nivel.
—¡Tenemos que saltar! —grité.
La mujer retrocedió, negando con la cabeza. Los pies de los zombis eran una tormenta sobre el tejado de metal. Miró hacia atrás, hacia ellos, y luego a mí.
—Pasa tú primero. Y yo te lo pasaré.
Miró a su hija. Ella asintió. Acepté al niño pequeño. Los zombis estaban cada vez más cerca.
La mujer dio el salto.
—Ve tú —le dije a la niña. Ella asintió de nuevo y saltó en carrera. Su madre la atrapó.
Los golpes eran demasiado fuertes. Estaban casi encima de nosotros.
Le acerqué al niño pequeño. Estaba llorando. Tenía los brazos extendidos hacia su madre. Ella se inclinó hacia él todo lo que pudo. Su hija se aferraba a su ropa, tirando con todas sus fuerzas. Yo me esforzaba más y más. Podía oír los rugidos de los zombis.
Logró quitármelo de las manos.
—¡Esquiva! —gritó Treth.
Lo hice, y el zombi pasó a centímetros del niño antes de caer al suelo de abajo. Pero su brazo enganchó al pequeño y la mujer lo soltó. Ella gritó mientras yo me lanzaba hacia abajo.
La luz de mi abrigo iluminó el callejón mientras descendía. Envolví al niño que lloraba entre mis brazos y lo estreché con fuerza. Deseando que estuviera bien. Que sobreviviera. Sin importar qué más pasara.
Mi abrigo resplandeció.
Y golpeé algo crujiente que amortiguó mi caída. Otros zombis aterrizaron cerca de nosotros, como si fuera lluvia. El niño seguía en mis brazos, sollozando, pero ya no gritaba.
—La puerta —gritó Treth, dirigiendo mi atención a la pared del callejón.
Vi la puerta y la abrí de un hombrazo. Utilicé una mano libre para cerrarla. Oí los golpes sordos de los zombis al caer al suelo. Algunos morirían. Otros sobrevivirían. Dejé al niño en el suelo y levanté una mesa frente a la puerta, a pesar del dolor en mis costados.
Todo se quedó en silencio.
—¿Mami?
Levanté la vista. El niño miraba a su madre, que se tapaba la boca con una mezcla de felicidad e incredulidad. Ella bajó corriendo las escaleras y envolvió al niño en sus brazos. Su hija se unió a ella y lloraron juntas. De alivio. De felicidad.
Sonreí.
—Es esto, Treth —dije—. Una vez me dijiste que no debía matar por odio.
Y creo que tú lo olvidaste cuando querías ver muerta a Candace.
Y sé que Brett no lo sabe, cuando sigue matando vampiros.
Pero esa no es la verdadera razón por la que deberíamos hacer esto.
Porque por mucho que me haya gustado matar zombis... esto se siente mejor.
Treth y yo observamos juntos, mitad atentos por si los zombis intentaban entrar y mitad mirando a la familia que habíamos salvado mientras se abrazaban, llorando de alegría por el simple hecho de estar vivos.