7. Desahucio
Desahucio
Cuando las cosas van mal, siempre pueden ir a peor.
MonsterSlayer denegó la solicitud de licencia de Brett y Guy.
Al igual que yo, no tenían permiso para cazar monstruos legalmente bajo las leyes de Hope City.
No sabían qué hacer, salvo vivir de sus ahorros y empezar a vender su vasta colección de armas legales y no tan legales.
Guy no me hablaba. Solo lo hacía Brett. Y venía a visitarme casi todos los días.
No me importaba, ni mucho menos. Él estaba aburrido.
Yo estaba aburrida. Duer se hartó de la compañía.
Era introvertido por naturaleza. Al tercer día de que Brett viniera de visita, solo para enfrascarse en el libro de Miriam en silencio mientras yo echaba unas partidas con el móvil, Duer gritó (o, para ser más precisos, chilló):
—¡¿Cuándo vais a salir todos de mi espacio?!
Sentí lástima por mi pixie, a pesar de su mala educación.
Nuestro acuerdo había funcionado anteriormente porque yo rara vez estaba en casa.
Los pixie detestaban la compañía constante.
Especialmente la compañía que no fuera de la Fae.
Por desgracia, Brett y yo éramos muy poco féericos, y Duer estaba bajo mucha presión.
Brett y yo le dimos el gusto a mi compañero de piso pixie y nos fuimos a visitar a Cindy y a mi gato, que me gusta pensar que me echa de menos, aunque parecía sentirse excesivamente cómodo en la casa de Cindy, que era más grande.
Ella también tenía jardín, algo que él apreciaba.
Me alegré por él, aun si eso significaba que prefería a otra persona antes que a mí.
Ya sabéis lo que dicen: si quieres a alguien, déjalo libre.
(Maldito gato).
Brett me acompañó a casa desde lo de Cindy cuando empezaba a atardecer.
Seguía siendo verano y el sol tardaba en ponerse.
Brett me dio el capricho de una hamburguesa con patatas.
Muy saludable. Le recordé que ya no podíamos contar con nuestros trabajos para mantenernos en forma.
Fingió ignorarme, pero vi que le dolió. Y me arrepentí de haberlo dicho.
Había mucha actividad alrededor de mi apartamento cuando volvimos.
Unos hombres estaban quitando los carteles de «Cuidado con la aparición» de la señora Ndlovu y había un hombre supervisando a lo que parecían ser trabajadores de la construcción.
No le di importancia hasta que vi a un hombre cargando con la casita para pájaros de Duer. Con él todavía dentro.
—¡¿Qué está haciendo con mi pixie?!
Corrí hacia el trabajador que manipulaba bruscamente a mi pixie, con la intención de derribarlo al suelo. Un hombre joven con un parecido asombroso con mi casera se interpuso en mi camino y frené en seco.
—¿Señorita Drummond? Sí. Probablemente. Debe usted meses de alquiler.
—¡Perdone! ¿Quién es usted?
—Soy Patrice Ndlovu. Soy el nuevo dueño.
—¿Dónde está la señora Ndlovu?
—Mi... amada... madre ha fallecido. El dolor de perder a mi padre en diciembre fue demasiado y ahora está con los dioses.
—Le... le acompaño en el sentimiento.
—Sí, gracias. Me miró de arriba abajo, deteniendo la mirada en mi abrigo llameante.
—Mi madre anotó en su libro de cuentas que usted debía meses de alquiler, pero le permitía quedarse a pesar de ello por la bondad de su corazón y porque era una inquilina de confianza. Es más, le estuvo cobrando de menos por un apartamento de lujo durante años.
—La señora Ndlovu, su madre, sabía que yo pagaba cuando podía. Y siempre lo hacía...
—Menos cuando no lo hacía —suspiró, y se cruzó de brazos—. Mi madre era una mujer amable. Pero me arriesgo a la ira de los antepasados al decir que se equivocó muchas veces. Y estoy seguro de que se equivocó al confiar en usted.
Abrí la boca para replicar y él levantó un dedo.
—Usted se aprovechaba de mi pobre madre. Y no dejaré que se aproveche de mí. Ya he sacado sus pertenencias al patio. Por favor, deshágase de ellas antes de una hora o la denunciaré a la policía por vertido ilegal.
Vi mis pertenencias, por pocas que fueran ahora, apiladas en el jardín delantero.
Mis libros, mis notas, mi portátil, el hervidor, mantas, almohadas, las espadas de Brett.
Incluso Voidshot, tirada de cualquier manera junto a la casita de Duer, sobre la que él permanecía erguido tan indignado como un gato mojado.
—¿Dónde está la nevera ?
—Pertenece al apartamento.
—La compré yo misma —siseé.
—Con el dinero que le debía a mi madre.
—La compró ella —dijo Brett. La amenaza en su voz hizo que Patrice retrocediera.
—Es una ladrona, seas quien seas. ¡Debería estar agradecida de que deje que se quede con algo!
La mano de Brett se deslizó hacia su cintura. Se me paró el corazón y busqué su mano, agarrándola para evitar que sacara su arma. Miró mi mano sobre la suya y pareció olvidarse de su posible homicidio.
—Por favor —le rogué, intentando ser diplomática. Sabréis que he estado perdiendo mucho cuando recurro a este enfoque—. No tengo dónde quedarme. Ha visto la habitación. Ni siquiera tengo comida.
—¿Quiere caridad?
Se rió.
—¿Acaso los suyos nos dieron caridad a los míos hace cuarenta años? ¿Cincuenta? ¿Cien? No. Nos dominaron.
—Y ahora poseéis tres cuartas partes de lo que una vez fue un país —comentó Brett.
—¡Y serán las cuatro cuartas partes! —escupió Patrice, señalando acusadoramente a Brett. Nos dio la espalda.
—Retiren sus pertenencias antes de que mi paciencia se agote todavía más.
Caminó hacia su cuadrilla de construcción. No intenté perseguirlo. Sabía que no tenía razón. Y no se trataba de justicia. En cierto modo, me había aprovechado de la amabilidad de la señora Ndlovu. Pero ahora...
Me arrodillé junto a la pila de todo lo que poseía y examiné a mi pixie.
—¿Te han hecho daño?
—¡No se atreverían!
Sonreí débilmente. —Me alegro.
Sentí que se me saltaban las lágrimas, pero la presencia de Brett detrás de mí me detuvo. Me puso la mano en la espalda.
—Iré a por la furgoneta.
—¿Dónde me voy a quedar? —sentí que la pregunta era retórica. Más resignación que otra cosa.
—Tú... puedes quedarte conmigo.
Lo miré. El corazón me latía rápido. Y no alcanzaba a comprender por qué. Me miraba con tanta sinceridad y tristeza. Él quería esto. Pero ¿cómo podía hacerlo? Después de lo que les había hecho a él y a Guy. Puede que él me hubiera perdonado, pero Guy seguía irritable. Pero era algo más que eso...
—Yo... no creo que pueda.
—¡Claro que puedes! A Guy no le importará. Me aseguraré de que no le importe. Y podemos convertir la armería en una habitación. Total, ya no necesitamos tantas armas...
—¡Brett! —le interrumpí.
Se calló, pero seguía inquieto como un cachorro esperando a que le lancen la pelota.
—No creo que sea apropiado —dije. Eso era todo lo que sentí que podía decir.
—¿No es apropiado? —parecía destrozado.
—¿Por qué no te mudas con Cindy? —propuso Duer—. La muchacha tiene sitio de sobra. Y el demonio felino me echa de menos.
—¿Por qué no es apropiado? —insistió Brett.
—¡Porque no!
—No te importaba vivir con aquel otro tipo... —masculló.
Se me enrojecieron las mejillas, y no de vergüenza. Sentí que me invadía la rabia.
—Yo amaba a aquel tipo . Y ahora está muerto. ¡No quiero vivir contigo, Brett!
Esperaba un estallido. Que me gritara también. Esperaba que me devolviera el grito. No lo hizo. Parecía herido. Muy herido. Me dio la espalda.
—Iré a por la furgoneta —dijo de nuevo. Y se marchó.
Tardé un rato en recoger mis cosas. Al menos, fuera donde fuese a acabar, no me quedaba mucho que trasladar.