6. Conspiración
Conspiración
Pasaron los días y acepté una invitación para comer en casa de los Davison (con Pranish ausente), otra en casa de Cindy y una con Miriam LeBlanc, que me regaló un libro sobre leyendas de vampiros.
—Solo porque te hayas dado cuenta de la futilidad del mundo académico no significa que no puedas seguir aprendiendo —dijo ella.
Fue un gran alivio descubrir que, en realidad, apoyaba mi decisión de dejar los estudios.
Dijo que se daría un año más de plazo y que luego ella también abandonaría la UCT.
El mundo académico era tóxico, sostenía.
No les importaba la verdad; solo publicar artículos en revistas sin parar y ser colectivamente presuntuosos.
Aunque no aceptaría el dinero de Brett, por dignidad y otros motivos, estaba más que dispuesta a comer gratis. ¡Solo soy humana!
Durante este tiempo, también tuve un pequeño avance con Treth.
Expresó interés por aprender a cazar dracos menores y usamos el carné de la biblioteca de Miriam para entrar en la de la UCT e informarnos sobre las criaturas.
Aunque todavía no estábamos tan relajados el uno con el otro como antes, sentí que aquello era como en los viejos tiempos.
Investigando monstruos, juntos, rodeados de polvo y tomos.
En cierto modo, era nuestro tratado de paz, y significaba que podríamos volver a ser amigos una vez que superáramos nuestros problemas.
Estaba en casa cinco días después de mi entrevista con Drakenbane cuando oí que llamaban a la puerta.
—No hagas trampas —le dije a Duer. Estábamos jugando a ¡Vete a pescar! Sabía que iba a hacer trampas, así que esperaba que quienquiera que estuviese a la puerta tuviera una buena excusa.
Le abrí la puerta a Guy. Parecía... cabreado. Muy enfadado, de verdad. Tanto como cuando lo vi matar vampiros, incluso. Y detrás de él estaba Brett, de espaldas. Con los brazos cruzados. No podía ver su expresión, pero sabía que estaba que echaba chispas.
—¿Qué ha pasado? —pregunté de inmediato, incapaz de ocultar el miedo en mi voz.
Guy entró de sopetón, dándome apenas tiempo a apartarme para que pudiera pasar.
—¡¿Qué ha pasado?! —repetí.
Brett lo siguió. Evitaba mirarme a los ojos. Guy caminaba de un lado a otro. Duer debió de sentir que la tensión era demasiada para él y se había metido en su pajarera.
Estaba a punto de repetir la pregunta cuando Guy empezó a hablar.
—Drakenbane ha rechazado tu solicitud.
Lo dijo de forma escueta y con rabia. Pero su enfado se debía a otra cosa.
—Joder, bueno. Vuelta a empezar. —Intenté sonreír, pero no pude. Qué puta mala suerte la mía. ¿Había sido por mis chistes? ¿O porque insistí en salvar antes de matar?
—Es algo más que eso. —Guy señaló a Brett con tono acusador.
—Este imbécil, en su infinita sabiduría, organizó una protesta unipersonal en la sede de Drakenbane, acusándolos de corrupción y de colusión con policías corruptos y sociedades secretas.
Miré a Brett con consternación.
—¡No lo habrás hecho!
Guy asintió, irritado. —Vaya si lo ha hecho. Y, como es lógico, lo han despedido.
—Brett... lo siento.
—No lo sientas —intervino Guy—. Porque después me han despedido a mí.
—¡¿Qué?!
—Lo que oyes. Estaba fuera comprando café y dónuts para los de la planta con Busani cuando vi a este tío salir furioso de Recursos Humanos. ¡Y entonces me llamaron a mí!
—¿Han... han dicho por qué?
—La típica palabrería corporativa. Que están recortando gastos. Y que tienen exceso de personal.
—La semana pasada les faltaban veinte hombres —masculló Brett.
—¡Gracias, Capitán Obvio! ¿O debería decir Civil Obvio ahora?
Brett hizo un amago de amenaza hacia su amigo y yo me puse en medio, poniéndole la mano en el pecho y levantando la otra para detener a Guy. Pero aunque sus palabras fueran duras, Guy aún podía mantener la cabeza fría. No se movió.
—Kat... nos hemos quedado sin trabajo. Sin licencia. Sin sueldo —dijo Guy. No sonaba enfadado. Era... más bien una súplica.
—Bienvenidos al club —dije con desesperación. Odiaba el tono de mi propia voz.
La habitación se quedó en silencio. Incluso sentí la tensión de Duer.
¿Qué íbamos a hacer?
—Lo... lo siento. Esto es culpa mía.
—No lo es... —empezó Brett. Le apreté la tela de la camisa para que se callara.
—No. No debería haber dejado que os jugarais el cuello por mí. Tengo demasiados enemigos y ahora he hecho que sean vuestros también.
Negué con la cabeza y solté la camisa de Brett. Ahora parecía tranquilo. Guy se apoyó contra la pared. Miraba al vacío con la mirada perdida.
—Debería haber vuelto a introducir datos.
—Al menos tú puedes —dijo Guy—. Todo lo que Brett y yo hemos conocido siempre es matar.
—La introducción de datos no es exactamente un trabajo que requiera mucha experiencia laboral. Podría intentar que os...
—No, gracias. Al menos, no todavía. —Brett intentó sonreír. No pudo.
—Encontraremos algo, Kat —dijo Guy, pero sonaba resignado—. Puede que MonsterSlayer acepte nuestra solicitud de licencia y entonces podremos cazar como hacías tú. Quizá incluso se nos dé mejor.
—Y luego podremos añadirte al equipo —añadió Brett—. Nosotros actuamos como fachada y tú te llevas parte de la paga.
—No repartamos el botín antes de que haya botín —dijo Guy, sonando irritado.
—Espero que salga bien, chicos. De verdad. Y lo aceptéis o no, lo siento. Por todo y más. Y lo arreglaré.