4. Bienestar
Bienestar
Andaba mal de dinero. La MonsterSlayer App seguía sin dejarme entrar. Duer incluso se había dado cuenta de mis problemas económicos e insistió en que él se buscaría su propia comida. Aun así, reuní lo que pude para comprarle un tarro de miel. Conseguí pan para mí. Compartimos.
Mi pistola, dos cartuchos de munición y las espadas prestadas de Brett yacían ociosas en el suelo del salón. No quedaban más muebles.
Estaba usando mi seax para untar torpemente un poco de pan (vendí la tostadora) cuando oí que llamaban a la puerta. El sonido interrumpió a Duer, que se estaba lamiendo los dedos, y este agarró un bolígrafo para usarlo como lanza.
—Estoy bastante segura de que no es un enemigo, Duer.
—Podría ser esa señora grande, pidiendo dinero. Es lo suficientemente enemiga.
—No seas grosero. La señora Ndlovu es agradable.
Duer gruñó. No estaba de acuerdo. Pero se veía que los pixies no entendían muy bien el capitalismo.
Miré por la mirilla y vi a Brett, con las manos en los bolsillos, tan incómodo como un enano en una cancha de baloncesto. Abrí.
—¿Brett? Qué alegría verte —intenté sonar entusiasmada—, pero rara vez me visitaba. Y ahora mismo se comportaba de forma extraña. No era habitual.
Le dejé pasar.
—Hola, Kat. Hola, Duer.
Duer brilló. Le caía bien Brett. Me preguntaba si le seguiría gustando si supiera su pasado con el Cuerpo de Exterminio. No sabía si Brett había matado a algún fae, pero sus compañeros soldados del Cuerpo definitivamente lo habían hecho.
—¿A qué debo el placer de que visites mi fastuosa mansión ?
Echó un vistazo a la habitación vacía; casi todo, aparte de la nevera y un hervidor, había desaparecido.
—No sabía que la cosa estaba tan mal —susurró entre dientes, pero aun así le oí.
—Sigo bien alimentada. Sana como una rosa. Solo aburrida. Muy aburrida.
Él sonrió de medio lado. —¿Necesitas un poco de sangre negra para saciar tu sed?
—Siempre. Roja, a veces también. Me conoces, ¿no? Una pequeña asesina.
—No tan pequeña.
—¿Eso es un insulto?
—No lo sé.
Resoplé.
—Te ofrecería un sitio donde sentarte, pero los únicos lugares que quedan son la encimera y mi cama.
Su sonrisa se ensanchó. —¿Qué tal la cama?
—Hoy no, Brett Callahan. En fin, ¿qué pasa?
Él sonrió, aunque no estaba segura de si por el chiste de la cama o por mi rechazo.
Metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un sobre. Me lo tendió. Yo no lo cogí.
—¿Qué es esto? —Miré el paquete con escepticismo.
—Es... es dinero. Para que vayas tirando. Hasta que las cosas mejoren.
Brett. Dándome dinero. Se me cortó la respiración.
—No puedo aceptar tu dinero, Brett.
Me lo puso en las manos. Yo se lo devolví.
—No aceptaré tu dinero.
—Lo necesitas.
—Y me ganaré el mío.
—Te han jodido con lo de MonsterSlayer y los alquileres atrasados, Kat. Nada de esto es culpa tuya. Coge el dinero.
—¡Y tampoco es culpa tuya!
—Pero elijo dártelo yo.
¿Por qué? , quise preguntar.
—No me parece correcto. —Le di la espalda.
—Es un regalo, Kat.
—Preferiría que fuera un préstamo.
—Entonces tómalo como un préstamo.
—Sé que te negarías a dejar que te lo devuelva.
—Kat... hay un momento para la dignidad y otro para la supervivencia.
—Mi supervivencia y mi dignidad están entrelazadas.
No pudo replicar a eso. Entendía de qué estaba hablando. Los cazadores tenían principios similares.
Suspiró. —Bueno, si no coges el dinero, voy a tener que hacer otras cosas.
Me volví hacia él, con las cejas arqueadas. Retrocedió ligeramente.
—Todavía no puedo creer que tengas el ojo del Necroseñor.
—El ojo de Candace —le corregí.
Se acercó más y yo me enfrenté a él, cruzándome de brazos.
—Si no coges el dinero, tendré que comprarte la comida yo mismo. Y luego dejarla aquí.
—No me la comeré.
—Me aseguraré de que caduque pronto —sonrió con malicia—. Para que empiece a oler mal. Y claro, puedes seguir tirándola, pero con todo ese desperdicio... con tu apellido escocés, no podrás soportarlo. El malgasto. La falta de frugalidad. Sé que acabarás cediendo.
Le fulminé con la mirada y él aguantó mi contacto visual hasta que parpadeé y él casi se rió, triunfante.
—Dioses, Brett. Sigues siendo ese irritante cabeza hueca de musculitos de la agencia.
—Pero aun así me quieres por ello.
—Claro que sí. —Suspiré—. ¿Qué te parece esto? No me das el dinero. No pierdes el tiempo comprando y apestando mi apartamento. Y... me inscribiré en Drakenbane.
—¿En serio? —Sus ojos se iluminaron como si le hubiera regalado una bicicleta por su cumpleaños.
Me encogí de hombros. —Ya que estoy... Aunque signifique ver tu fea cara todo el día. Al menos Guy podrá hacerme compañía.
—¡Los dos empezaremos a escribir testimonios! Cindy también.
—¡No los atosigues!
Él ya estaba en la puerta.
—¡Te veo mañana! Te concertaré una entrevista para las ocho de la mañana.
—Espera...
Se había ido.
—Bueno, Treth. Parece que pronto podremos volver a la caza.
Gruñó su respuesta.
Conrad me invitó a una reunión y una cena pendientes desde hacía tiempo en el Gravekeeper esa noche.
Era la primera vez que le veía desde que James Montague intentó pegarme un tiro en la cabeza y Conrad reveló que era un ángel.
Creo. No me había contado los detalles y esperaba remediar esa situación esta noche.
—Entonces, ¿todavía tienes tu oficina? —pregunté, charlando trivialmente mientras me acompañaba a un reservado.
—Qué va. Renuncié al contrato. No podía permitirme renovar.
—¿Adónde fue a parar todo el dinero que te hice ganar? —sonreí de medio lado, pero con un deje de acusación.
—Es una larga historia.
—Normalmente, eso significa que no me la vas a contar.
Sacudió la cabeza mientras yo me sentaba.
—No, Kat. Lo haré. Y ahora mismo.
Dejamos de hablar cuando una camarera pasó por allí. Conrad pidió para ambos una pinta de cerveza ámbar. Pagaba él, a pesar de sus exiguos fondos. Al menos no tenía cero dólares. La camarera se fue y yo me incliné hacia delante, hablando en voz baja.
—Empecemos, señor Khoi. Y espero que me digas la verdad. No más actuaciones. No más traje de comercial. Ya no eres mi agente. Así que no necesitas venderme nada. Pero me gustaría la verdad.
Suspiró y se echó hacia atrás, hablando con naturalidad a pesar de la delicada naturaleza del tema.
—Mi verdadero nombre no es Conrad Khoi. Aunque lo prefiero. Aun cuando surgió de un malentendido. ¿Mal entendí a alguien que me llamaba camarada? ¿Puedes creerlo? Bueno, eso fue hace mucho tiempo.
—¿Cuál es tu nombre real?
—Zephon. De la hueste número cincuenta y seis. Portadores de la última luz. Pero hace más de cuarenta años que no me llamo así.
—¿Eres... realmente un ángel?
—¿Un miembro alado de los Serafines? ¿Los altivos policías autonombrados de los reinos, el Entremedio y todo lo relacionado con él?
Su expresión se agrió.
—Supongo que sí.
—¿Supones que sí? ¡Te das cuenta de que esto no es como si hubiera descubierto que eres secretamente un fan de una boy band rancia! ¡Estás a un paso de ser un dios en la escala metafísica!
Él descartó el comentario con un gesto.
—Y de poco me sirvió. Todo lo que conseguí siendo un ángel fue una sola audiencia.
—¿Audiencia?
—Al final del mundo.
—¿Qué?
—Ah, claro. Solo hablé de estas cosas con Cindy. Olvido que otras personas no lo saben.
—¿Qué pasó?
Esta vez habló en voz baja.
—Seis años después de mi llegada a la Tierra, mis hermanos y hermanas pretendieron destruir el mundo.
—¿Los Serafines? ¿Por qué? Pensaba que eran los buenos.
—¿Por qué visten de blanco y brillan como putas joyas?
Los buenos de verdad no sacrifican mundos, Kat.
Y no parecen salidos de un coro. Los santos de verdad parecen escoria, y la escoria de verdad parece santa.
Los Serafines estaban tan obsesionados con su necesidad de orden que destruirían un mundo entero porque pudiera haber permitido o no a los demonios de Raz’ed la entrada al Entremedio.
—La Tierra... ¿estuvo a punto de ser destruida? ¿Qué lo impidió?
—Me gusta pensar que fui yo. Pero fue más cosa de Azrael.
—¿El ángel de la muerte?
—No, de hecho. Es la hija del emperador de Raz’ed.
Un demonio. Pero hay poca diferencia entre muchos demonios y ángeles.
Somos de la misma esencia. Y aunque mis hermanos y hermanas se crean en el lado luminoso del espectro, creo que tienen tanta oscuridad en sus corazones como las legiones infernales.
Nadie debería tener tanto poder como el que nosotros podemos tener.
Y por muy buenas que sean las intenciones, el poder absoluto corrompe absolutamente.
—¿Qué hizo Azrael?
Conrad me miró fijamente.
—Se sacrificó a sí misma. Su libertad. Su poder. Todo. Para mantener la puerta cerrada. Para que los Serafines no tuvieran que destruir la Tierra. Y me dejó...
Llegó la camarera para tomar nota del pedido. Conrad no habló, así que pedí yo por él. Salchichas con puré de patatas. Lo hacían bien aquí. Conrad no continuó después de que la camarera se fuera.
—¿Qué pasó después? —insistí por fin—. ¿Por qué ya no eres un ángel?
—Técnicamente todavía lo soy. Pero sin mis poderes. Probablemente podría enseñar mis alas, pero no sería capaz de usarlas. Y mi magia de purificación está muerta. Necesitaría usar una línea ley si quisiera volver al ruedo. Pero...
Miró su vaso intacto.
—Ya no me siento con ganas, Kat. Estoy cansado. Demasiado cansado. Y necesito un descanso.
Me miró con una tristeza que nunca pensé ver en su rostro.
—Lo siento, Kat. Siento tener que abandonarte. No haber podido acompañarte hasta el final. Y que mi última misión para ti causara... esto. Te dije una vez que eres una buena cazadora. Me equivoqué. Eres la mejor.
—Pfff. Ni de lejos.
—No llames mentiroso a un viejo.
—No pareces tener ni un día más de cuarenta.
—Tengo ocho mil años, año arriba, año abajo.
Y eso es demasiado tiempo para ser... cualquier cosa.
Y la mayor parte de ese tiempo, no me sentí vivo.
Hasta ahora. Estos últimos cuarenta años en tu...
nuestro planeta... han sido los mejores años de mi eternidad.
A pesar de todo el dolor. A pesar del riesgo de poder perderlo todo.
—¿Perderlo?