3. Amistad #2
—¿Por qué... por qué no me lo dijo? —la pregunta me salió con la voz más débil que jamás hubiera usado.
Charne puso la cafetera y con cuidado me llevó a sentarme en una silla de la cocina.
—Cuando te acogimos —dijo, tranquila, pausada—, no sabíamos por lo que habías pasado.
Y sabíamos que no podíamos saberlo. Estábamos preocupados.
Tan preocupados de que no pudieras salir adelante.
De que te perdiéramos. No pensábamos que alguna vez seríamos capaces de cuidar de ti.
Después de lo que había pasado. Pero... te hiciste más que amiga de Trudie.
Os hicisteis hermanas. Y os peleasteis y jugasteis.
Y, espero que tú sientas lo mismo, nos convertimos en una familia.
Y cuando finalmente nos dejaste para buscar tu propio camino, lloré.
Pero también sonreí. Porque sabía que habías sobrevivido.
Y que el bebé que mi mejor amiga me enseñó hace veinte años seguía ahí y todavía podía sonreír.
Se detuvo mientras miraba al vacío. Sonrió, pero sus ojos estaban tristes. La cafetera silbó, la apartó del fuego y sirvió. Café para mí. Como a mí me gusta. Se acordaba. Se sentó frente a mí.
—Kat... Trudie nos ha dejado. Para seguir su propio camino. Del mismo modo que hiciste tú. Y por mucho que eso nos disguste a Mike y a mí, y a ti, ella necesita que la dejemos ir. Solo ella puede encontrar su camino. Y espero que, como tú, averigüe cómo superar esto.
Miré mi café y no respondí. No pude responder.
Sentí que Charne me cogía la mano. Levanté la vista y me di cuenta de que tenía lágrimas en los ojos.
—Volverá con nosotros, Kat.
Tenía un ligero sollozo en la voz y vi cómo sus ojos brillaban con lágrimas no vertidas.
Me estiré por encima de la mesa, volcando el café, rodeé el cuello de Charne con mis brazos y lloré.
Ella me dejó mientras su mano sostenía la parte posterior de mi cabeza y yo lloraba un torrente de lágrimas, mojándole la camisa y el cuello.
Me sostuvo lo mejor que pudo. Durante mucho tiempo.
Hasta que mi llanto se convirtió en sollozos secos y sorbidos por la nariz.
—Me alegro tanto de que hayas vuelto con nosotros, Kat —dijo, con la voz quebrada.
No recuerdo cómo llegué al sofá, pero allí lloramos juntas.
Ella por el dolor de su hija. Yo por lo que le había hecho a Trudie.
Por mi descuido hacia mis amigos. Por Colin, que no iba a volver.
Por Candace luchando contra sus demonios.
Por Treth, de quien temía que me odiara.
Y por mí misma. Porque echaba de menos a mi madre y amaba a Charne.
Pero ella no era mi madre real y nunca podría serlo.
Y cada pizca de amor que me daba me ponía más triste, porque debería haber sido mi madre quien me lo diera. Pero nunca sería así.
Pranish llegó más tarde esa noche. Desde que lo desheredaron, necesitaba un lugar donde quedarse. Y los Davison siempre eran el hogar de los que no tenían casa. Y con Trudie fuera, estaba segura de que querían llenar sus habitaciones vacías.
Pranish me encontró con los ojos hinchados, ya secos, cenando y evitando contarle a Mike Davison la verdad sobre el ojo de Candace.
—Un extraño accidente mágico —dije.
—Te hace parecer un husky —se burló él.
—No seas grosero, Mike —dijo Charne, poniéndome más comida en el plato.
—¡Gracias! Pero no puedo con todo.
—Claro que sí. Además, estás en los huesos. ¿Qué has estado comiendo?
Nada .
—Lo suficiente —mentí.
La puerta se abrió y todos nos giramos para ver entrar a Pranish. Se detuvo al verme. Charne, mujer bendita, se negó a permitir ninguna incomodidad.
—¿Qué tal la presentación, Prani?
Casi escupo mis patatas al oír el viejo apodo de Pranish.
—Fue bien, señora Davison. Hola, Kat.
Asentí y articulé un saludo sin voz.
Pranish se sentó y seguimos cenando juntos.
Había estado continuando con DigiLaw. Aún no se estaba comercializando, pero estaba en proceso de establecer una división en UhuruTech, el mayor competidor de sus padres.
Para ser justos, no los estaba traicionando realmente.
Lo desheredaron antes de que él se acercara a su enemigo.
Durante toda la comida siguió prometiendo devolver el favor a los Davison por su hospitalidad en cuanto pudiera. Charne no dejaba de rechazar la oferta.
Finalmente, con el estómago más lleno de lo que lo había tenido en mucho tiempo, insistí en que tenía que irme.
—Para alimentar a mi pixie —dije, y no era del todo mentira. Duer se ponía de mal humor cuando tenía hambre. Pero más bien porque sentía una tensión en el aire con Pranish.
Después de insistir con éxito en mi marcha, me dirigí a la puerta y me detuve justo cuando Charne dijo:
—Pranish, ¿ por qué no la llevas?
Estaba a punto de discutir cuando él respondió.
—Claro. Vamos, Kat.
Salimos hacia donde estaba aparcado el coche de Pranish.
—¿Te dejaron quedarte con el coche? —pregunté.
—Al final —dijo, con frialdad en la voz—. Marqué un farol y dije que sacaría a la luz su evasión de impuestos si me quitaban el apartamento y el coche. Solo funcionó a medias.
—Pranish...
Abrió la puerta con un tirón brusco y enérgico. Capté la indirecta y subí.
Condujimos durante unos minutos, pero parecieron una eternidad, hasta que detuvo el coche y se echó a un lado. Evité el contacto visual.
Nos sentamos en silencio un rato más, mientras los coches pasaban zumbando a nuestro lado. Estaba a punto de hablar cuando Pranish empezó a hablar, gritando.
—¿Por qué coño no viniste?
—Pranish... —susurré, casi con timidez.
—¿Por qué no la visitaste? ¿Por qué no hablaste con ella? ¿Por qué ignoraste mis mensajes? —gritó.
Me miró con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué no impediste que se fuera?
—Yo... no lo sabía.
—¡Yo tampoco! Me desperté una mañana y se había ido. Les dejó una nota a sus padres. Decía que se iba a visitar a sus primos en Estados Unidos. ¿Pero sabes qué? Busqué los registros de vuelo. Me salté algunas leyes. ¿Y sabes lo que encontré?
Hizo una pausa, como si yo fuera a saber la respuesta.
—No se fue a la puta América —continuó finalmente—. Sigue en Hope City.
—¿Por qué? ¿Por qué haría eso?
—No lo sé —dijo con rabia—. ¡Quizá sea porque mataste a su novio justo delante de ella!
—¡Ese monstruo mató a Colin!
—¿Y matarlo trajo a Colin de vuelta?
—¡No, no lo hizo, joder! —le grité yo también—. Pero lo hice de todos modos. Porque eso es lo que hago. Mato monstruos.
—¿Y cuántos monstruos tienes que matar para traernos a Trudie de vuelta?
—¡YA LA RECUPERÉ ANTES!
El volumen de mi voz trajo el silencio al coche. ¿O fue porque le había metido una abolladura al salpicadero de un golpe?
—Lo haré otra vez —susurré—. Tengo que hacerlo.
—¿Eres realmente la persona adecuada para hacer eso, Kat? —siseó él—. ¿Después de todo lo que has hecho? ¿Después de todo lo que nos has hecho ver a ella y a mí?
Sacudió la cabeza. —Quizá Trudie tenía razón. Esta vida tuya... no es compatible con... con nosotros.
Me desabroché el cinturón de seguridad y abrí la puerta, a pesar de estar en una carretera muy transitada.
—Gracias por llevarme. Te pagaré lo del salpicadero. Algún día.
Él gruñó.
—¿Y sabes qué, Pranish? Ella no me vio hacerlo. Ese cabrón la golpeó tan fuerte que pensé que se había muerto. Y entonces lo maté por eso. Y por todo lo demás. Y luego le salvé la vida. Otra vez. Y lo haré de nuevo. Siempre lo hago.
Cerré la puerta de un portazo. Él no arrancó el coche hasta que yo ya me había alejado mucho.