Cazadora de Monstruos por Horas (Serie Kat Drummond 1) 19. Informe final
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19. Informe final

Informe final

—No solo ha arriesgado su vida —siseó Conrad entre dientes—. Es que se ha quedado sin cobrar.

Tenía los dedos entrelazados en forma de uve, cubriéndose los labios mientras se apoyaba sobre los codos.

Su pelo, habitualmente de un negro engominado, mostraba rastros de canas.

No se lo había teñido ni echado hacia atrás con gomina.

Se le veía extrañamente vulnerable y muy enfadado.

Acababa de bajar del avión de su, supongo, viaje de negocios a la Soberanía de Mauricio.

Bueno, espero que fuera por negocios. Si se tratara de unas vacaciones cualesquiera, me cabrearía muchísimo.

Y lo que es peor, yo no tenía motivos reales para estar cabreada.

Había metido la pata y ahora lo estaba pagando.

—La Pureza, o Jeremiah Cox, como dice que se llama, se ha ido. Probablemente esté fuera de Ciudad Esperanza o tan refugiado en los suburbios que hará falta un dragón anciano o una horda de ogros para sacarlo de allí.

Abrí la boca para hablar, pero él levantó la mano para detenerme. Tenía la cara roja.

—Es buena en lo que hace, Kat, pero hay muchos cazadores ahí fuera. Es especial porque es una novedad. Estudiante a tiempo parcial, cazadora de monstruos a tiempo parcial. Es un truco publicitario. Pero los trucos solo llegan hasta cierto punto. Anoche arriesgó su reputación y la mía.

Quise discutir. Quise gritar que no había tenido otra opción. Que no debería haberse marchado si no quería que yo me precipitara. Tenía un plazo. Un plazo de vida o muerte para acabar con ese nigromante…

Pero sabía que no tenía razón.

Me lancé allí de cabeza. Estúpidamente. Intenté acabar con un nigromante y su horda yo sola, como una idiota.

El hecho de que hubiera que acabar con él pronto era irrelevante.

Lo que hice fue impulsivo. Temerario. Imperdonable.

¡Podría haber muerto! Estuve a punto. Pero eso no evitó que me enfadara por lo que Conrad estaba diciendo.

¿Truco publicitario? ¡Le voy a enseñar yo lo que es un maldito truco, por la Grieta! Bueno, no sé muy bien cómo. Pero parecía una buena réplica interna.

Conrad no me despidió. Me dejó marchar con un primer aviso. Me pidió amablemente que no le diera motivos para otros dos avisos más. Antes de salir de su oficina, le pregunté:

—¿Cómo supo adónde enviar a Drakenbane?

Me miró con escepticismo, entornando los ojos. La pregunta le pilló desprevenido y respondió con cortesía.

—No lo sabía. Recibieron un soplo anónimo. Probablemente algún vecino que oyó el alboroto.

Cerré la puerta de Conrad tras de mí y me encontré con los sucios pasillos de servicio del pub Gravekeeper. Allí seguían pegados a las paredes folletos rotos de hace décadas. Pudriéndose. Descoloridos por el sol incluso en una sala en penumbra.

¿Un vecino? Lo dudaba. Los lugareños ni siquiera se daban cuenta de que una horda de zombis pasaba por delante de sus casas.

No había nadie al alcance del oído de la fábrica de helados.

Ningún vecino que oyera mis gritos. Pero alguien había llamado a Drakenbane y les había dado mi ubicación.

Pero los únicos que conocían la ubicación de la guarida del nigromante eran el propio Jeremiah y yo. Y… la figura encapuchada.

¿Qué demonios estaba pasando?

Estaba bastante segura de que la figura encapuchada también era un nigromante.

Había estado cerca de aquel zombi del motel y había usado magia oscura conmigo.

Vale, puede que no fuera un nigromante. Muchos magos oscuros se especializaban en magia de corrupción sin adentrarse en las prácticas nigrománticas aún más oscuras.

Pero mi instinto me decía que era un nigromante.

Nada concreto, pero su proximidad a aquel zombi en el motel despertó mi intuición.

Pero fuera o no un nigromante, era un mago oscuro. Y me ayudó.

¿Por qué?

¿Quizá una rivalidad entre nigromantes? Los nigromantes, cuando no trabajaban juntos en cábalas, no se llevaban demasiado bien.

Había leído sobre guerras callejeras totales entre hordas de zombis pertenecientes a nigromantes rivales tras el Cataclismo.

Podría ser un asunto de bandas de ese tipo.

Tendría sentido. Y si era así, significaba que me habían manipulado desde el principio.

La figura encapuchada quería que la siguiera.

Me había llevado a la guarida de su rival y esperaba que yo hiciera el trabajo sucio.

Pero también me había atacado.

¿Acaso debía morir en la fábrica de helados de Cox? Pero si ese era el caso, ¿por qué avisaron a Drakenbane?

Simplemente no lo sabía. Pero necesitaba saberlo. Algo mucho más siniestro y complejo de lo que solía ser cazar monstruos estaba en marcha. ¿Estaría a la altura?

Espero que sí.

Tenía que encontrar a la figura encapuchada. Pero no sabía quién era. Ni siquiera qué era. Pero sí conocía a alguien. A un tal Jeremiah Cox. El objetivo potencial de la figura encapuchada y alguien a quien todavía tenía que destruir.

La pregunta era: ¿me dejaría Conrad seguir con el caso? Y lo que es más pertinente: ¿eso me detendría?

—¿Kat?

La voz incorpórea de Treth me sacó de mi ensimismamiento.

Seguía parada ante la puerta de Conrad. No me había movido.

Di un paso adelante. Me costó. No tenía ganas de moverme.

Tenía ganas de pensar. De pensar mucho. En todo.

En lo que significaba todo aquello y en cómo casi había muerto la noche anterior.

Treth no dijo ni una palabra más. Mis pasos resonaron de forma casi melancólica por el linóleo gris. Incluso el pub estaba inquietantemente silencioso. Estaba lloviendo, y mi salida del establecimiento fue recibida por una ráfaga de agua fría en la cara.

El autobús llegaba tarde. ¡Cómo no!

Treth seguía en silencio mientras esperábamos bajo la marquesina de la parada, con la lluvia golpeando el techo de plástico traslúcido como si fueran guijarros.

—¿Qué pasa, Treth? —pregunté finalmente. Estábamos solos bajo el aguacero. No había por qué preocuparse de que alguien me oyera.

Sin respuesta inmediata. Un largo y tenso silencio. Una pequeña parte de mí se preguntó si Treth se habría dormido o se habría marchado, de alguna manera. Entonces llegó su voz, baja, susurrada para enfatizar la importancia de lo que estaba diciendo.

—¿Por qué lo has hecho, Kat?

—¿Hacer qué? —Ya sabía a qué se refería. ¿Por qué arriesgué mi vida? ¿Por qué entré cargando? ¿Por qué hago todo esto? Menuda pregunta viniendo de él. Estaba muerto. Muerto por arriesgar su propia vida. Y no es que no me hubiera animado. Él fue quien me metió en esta misión en primer lugar.

Treth suspiró. Sabía que yo sabía que él sabía la respuesta.

—No soy quien para hablar —dijo—. Te he jaleado, te he enseñado, te he animado a arriesgar tu vida por esta empresa. Sería hipócrita por mi parte que te advirtiera en contra .

—¿Entonces por qué intentas detenerme ahora? Hace mucho tiempo que nos conocemos, Treth. ¿Por qué intentas ahora evitar que haga lo que he estado haciendo todo este tiempo?

Vaciló. Creía que no me había dado cuenta. De la creciente vacilación en su voz. De sus dudas. Nunca era descarado. Pero me fijé. Ya no estaba tan entusiasmado con la misión como yo.

—Tengo miedo, Kat —dijo finalmente. La respuesta me dejó atónita.

—¿Por qué? Hemos lidiado con cosas así antes. Solo hemos tenido dos, quizá tres, apuros por los que merezca la pena asustarse últimamente. ¿Por qué tener miedo ahora y no antes? Podría haber muerto igual de fácilmente entonces que ahora.

—No es eso. Yo me resigné a morir, y no creo que pueda, sin ser un hipócrita, quitarte ese derecho a ti.

Los dos somos no muertos a nuestra manera.

Nos tambaleamos en el borde de la muerte.

Cada aliento que tomamos podría ser el último.

Ya fue el mío. Somos el puente entre la oscuridad y la luz, los cazadores y los cazados.

Y eso no es lo que me preocupa. Lo he aceptado para mí y para ti.

—¿Entonces qué es lo que te preocupa?

Más vacilación. Una larga pausa. —¿Por qué haces esto, Kat?

—Para matar monstruos.

—¿Por qué?

¿Por qué? ¡Vaya pregunta más estúpida! Era obvio. Por supuesto que era obvio. Había dedicado mi vida a esto. Claro que la razón por la que lo hacía era evidente.

Pero entonces: ¿por qué me costaba tanto responder?

—Una misión no es nada sin un motivo, Kat. ¿Por qué luchas?

¿Por qué?

Una mesa de piedra. Una daga de obsidiana. Una horda de no muertos babeantes. Un hombre con túnica negra y mis padres, que ya no estaban conmigo.

—Porque los odio, Treth. Porque son monstruos y tienen que morir.

—Así que te lanzas, de nuevo a la brecha, una y otra vez… cegada por la rabia. Motivada por el odio.

Un coche pasó a toda prisa y casi me salpica. No presté atención a las ráfagas de agua que se lavaban sobre la acera. Respondí con los dientes apretados.

—Si no los mato yo, no lo hará nadie más. Si eso significa arriesgar mi vida, lanzarme hacia la muerte, que así sea.

—¿Pero por qué?

—Porque tienen que morir.

—¿Pero por qué? —Fue casi un grito. Una súplica. Oí cómo la voz de Treth casi se quebraba en ese punto. Su fachada caballeresca se venía abajo. No respondí. Treth lo hizo por mí.

—¿Porque los odias?

Asentí.

Treth negó con la cabeza. Sentí una intensa decepción emanando de su ser incorpóreo.

Me hizo sentir avergonzada y, con esa vergüenza, sentí rabia.

¿Quién era él para juzgarme? ¿Quién era él para juzgar mi odio por aquellos que me lo habían quitado todo?

¿Importaba por qué mataba monstruos? ¿Importaba por qué quería eliminar la oscuridad y todo lo que contenía?

—¿Por qué debería matar monstruos si no es por odio, Treth?

—Por amor —respondió él, simplemente.

Me mofé. Apreté los puños y miré el pavimento inundado a mis pies. Un periódico estaba pegado al suelo, y la lluvia desgarraba el frágil papel. Apenas pude distinguir el titular. Algo sobre las manadas de ogros del norte.

—Todos a los que amo están muertos —respondí finalmente. Llegó el autobús y eso fue todo.