17. Prueba
Prueba
¿Alguna vez habéis olido vuestro propio agotamiento extremo?
¿Ese aroma a fuego en las fosas nasales, como si pudierais oler vuestro cerebro cocinándose como un motor averiado?
¿Habéis sentido alguna vez el cerebro ratear, haciendo que la vista os falle?
¿Cómo si alguien intentara poneros una venda en los ojos a la fuerza?
¿Os habéis pasado la mitad de un examen durmiendo porque habéis estado toda la noche rastreando sombras?
Yo sí, y dejad que os diga que no es nada agradable.
Llegué al examen de Estudios de los No Muertos cuando faltaban tres minutos. Pasé esos tres minutos en un delirio febril, debatiéndome entre intentar mantenerme despierta, recordar mis apuntes y contemplar la aterradora inmensidad de lo que había presenciado apenas unas horas antes.
Cuando el encargado del examen dio la orden de empezar a escribir, me las apañé para soltar un montón de basura.
Ni siquiera respuestas accidentales e inapropiadas basadas en mi trabajo, sino simplemente galimatías.
En realidad, ni siquiera puedo estar segura de eso.
No recuerdo nada de lo que escribí. Recuerdo a Treth intentando ayudar.
Recuerdo haberme saltado algunas preguntas.
Corrección: haberme saltado un montón de preguntas.
Pero lo que sí recordaba era lo que vi esta mañana. Mi objetivo. El nigromante. De algún modo, había logrado salir de allí a pesar de que la figura encapuchada me detectó y prácticamente me guió hasta la guarida. ¿Por qué hizo eso? ¿Por qué guiarme hasta su lugar de poder y luego dejarme marchar?
Reflexioné sobre ello entre rachas de mente en blanco, con el puño clavado en la mejilla y el codo en el pupitre. Mi bolígrafo garabateaba sin sentido por la página. Juro que algunas de mis respuestas eran dibujos abstractos.
El aviso de soltar los bolígrafos fue un alivio.
Estaba demasiado agotada para que me importaran los resultados de este examen.
No importaban. Lo único que importaba era la guarida del nigromante, la figura encapuchada que me llevó hasta allí y el ejército de los no muertos formándose en el Camino del Norte, junto a las marismas.
No solo zombis escondidos en las marismas y los barrios bajos, sino también abominaciones.
Si los soltaban en la ciudad, podrían matar a decenas, si no a cientos de personas.
Y cada muerte sería un miembro más de su horda.
Moriría tanta gente antes de que las agencias más grandes pudieran hacer algo al respecto.
.. Y eso asumiendo que pudieran hacer algo.
Salí del aula magna con un vigor y una determinación temporales. Había preguntas reales que necesitaban respuesta. Preguntas con consecuencias reales. Si me equivocaba, si cometía un error o no las resolvía dentro del plazo, moriría mucha gente. ¡Yo podría morir!
La pregunta más importante, por supuesto, era la naturaleza de la figura encapuchada.
Sabía que era malvada. Nadie podía usar magia oscura y seguir siendo bueno.
La propia naturaleza de la magia oscura corrompía al usuario.
¡Y eso sin mencionar que la figura había usado su magia oscura conmigo! No se lo perdonaría.
Estaba convencida de que la figura encapuchada era mi enemiga. De eso no había duda. Pero ¿era La Pureza , el nigromante que me habían contratado para cazar, la misma persona que la figura encapuchada? Y si fuera así, ¿por qué iba a guiarme hasta su propia guarida para luego dejarme ir?
No tenía sentido. ¿Evité una trampa por accidente? ¿Estaba el nigromante distraído con algo, permitiéndome el paso temporalmente?
Ambas opciones parecían poco probables. Si el nigromante hubiera querido, podría haberme hecho sangrar por cada orificio con un solo encantamiento vil.
Hice una mueca ante ese pensamiento. Había sido muy estúpida anoche.
Si el nigromante hubiera estado en la guarida, probablemente habría muerto.
Pero si no hubiera descubierto la guarida, los planes del nigromante seguirían siendo desconocidos.
Decidí aceptar que la información obtenida había valido el riesgo.
Pero seguía pendiente el asunto de la figura encapuchada que desapareció tras guiarme a la fábrica de helados.
¿Acaso la figura no era mi objetivo? ¿Un tercero? ¿Me llevó la figura encapuchada a la fábrica de helados a propósito? ¿Para ayudarme...?
Tal vez, pero ese pensamiento me hacía sentir aún más incómoda. Cazar nigromantes era una cosa, pero que uno te ayudara...
Sentí náuseas, y no eran solo por el cansancio .
Bostecé. Necesitaba dormir. Iría a por el nigromante esta noche.
Me pondría en contacto con Conrad. Con suerte, conseguiría refuerzos de Puretide o Drakenbane.
Tenía que asegurarme de estar involucrada, de todos modos.
Necesitaba cobrar. Y lo que es más importante, necesitaba estar allí para saber que el trabajo se había terminado. Que la amenaza se había conjurado.
—Kat.
No me giré hacia la voz. En su lugar, me di cuenta de que estaba encorvada, un poco como un zombi. Sentía los ojos pesados. Los brazos débiles.
Trudie me puso la mano en el hombro. Entonces me giré y la miré.
No llevaba maquillaje. Nada de pintalabios negro ni rímel.
Solo su piel pálida natural. A menudo pensaba que parecía sosa sin su atuendo gótico.
Yo pensaba que parecía normal. Y para mí, eso era un cumplido.
La normalidad era algo que anhelar. Nostalgia.
Ver a Trudie sin maquillaje, como solía ir durante la época de exámenes, me recordaba días mejores y más tempranos.
Trudie no habló mientras me examinaba. Al menos, me pareció que me estaba examinando.
Solía mirarme de arriba abajo para adivinar qué tipo de monstruo había pasado toda la noche intentando aniquilar.
Pero ahora me di cuenta de que no estaba inspeccionando mi cuerpo.
Más bien, me miraba fijamente a los ojos y yo le devolvía la mirada.
Con los párpados pesados. Ella siguió mirando, y supe entonces que seguía siendo un examen. Estaba estudiando mi alma.
—¿Has dormido algo? —preguntó en voz baja. Sin rastro de ese tono de reproche que solía usar. Sonaba como una pregunta normal que alguien le haría a un amigo.
Mi expresión no cambió, a mi entender, pero sentí que no podía mentir en mi estado de agotamiento. Trudie era mi amiga y, a pesar de toda mi irritación con ella, merecía saberlo.
—No.
Trudie asintió con la cabeza, despacio. No parecía resignada. Era el reconocimiento de algo que ya sabía.
—Me ha dicho Pranish que hay un aumento de la actividad de los no muertos.
Qué raro. Nunca se había interesado por ese tipo de temas. No respondí. Me quedé mirándola con aire ausente, esperando.
Trudie finalmente suspiró.
—No puedo impedirte que hagas esto, Kat. Debería haber comprendido que esta es tu carga. Tu razón de ser. Pero... pero...
Oí el amago de un sollozo en las últimas palabras, pero Trudie se lo tragó y continuó, estoica.
—Soy tu amiga, Kat, y espero que te des cuenta de ello. No quiero que te pase nada malo.
Abrí la boca para hablar pero no encontré las palabras en mi estado actual. Trudie notó mi intento y asintió de nuevo, como si algo se hubiera confirmado en su mente.
—No quiero que salgas herida —repitió—. Así que... quiero ayudarte.
—¿Ayudarme? —respondí por fin.
Trudie se mordió el labio inferior y luego asintió. —Quiero cubrirte las espaldas. Asegurarme de que salgas viva. No tienes lo que tienen las agencias. Necesitas un equipo. Necesitas a un amigo detrás de ti.
Olí a cadáveres entonces. No de verdad, claro.
Estaba delirando por el cansancio. Pero en mi estado febril, olía a cadáveres y veía zombis.
Zombis despedazando a Trudie. Ni siquiera comiéndosela.
Solo arrancándole los miembros uno a uno mientras ella gritaba de dolor.
Yo estaba inmóvil. No podía hacer nada para salvarla.
No pude evitar imaginarme a mi amiga siendo destrozada por los no muertos que yo cazaba.
Su palidez artificial se volvería auténtica.
La sangre le brotaría de cada orificio. Sería descuartizada.
Y no habría nada que yo pudiera hacer al respecto.
No podía aceptar su ayuda. No si su ayuda significaba eso.
Por su bien, y por el mío, tenía que hacer esto sola.
Negué con la cabeza, tan despacio como Trudie había asentido con la suya. Su labio inferior tembló ante el gesto y luego se puso tensa.
—¿Hay algo que pueda hacer, Kat? ¿Lo que sea?
Intenté sonreír. Logré curvar ligeramente los labios hacia arriba. Me adelanté arrastrando los pies y la rodeé con los brazos. Ella no me devolvió el abrazo mientras yo apoyaba mi peso sobre ella.
—Solo sé mi amiga, por favor. Es todo lo que necesito.
Y esa era la verdad, aunque dudaba que Trudie se lo creyera.
Pero así era ella. Entrometida, agobiante, una chafardera.
.. pero cariñosa, preocupada y auténtica.
Me di cuenta de que no podía enfadarme con mi amiga por preocuparse por mí.
Así era ella. Tenía que aceptarlo, tanto como ella necesitaba aceptarme a mí por quien era.
Y si mi profesión me llevaba a la muerte, que así fuera.