13. Agotamiento
Agotamiento
Aquella noche con el zombi y la figura misteriosa fue el inicio de una serie frenética de trabajos.
Conrad no había mentido. Prometió buscarme trabajo y me lo buscó.
Posiblemente, demasiado. Algunas semanas tenía un encargo cada día.
¡A veces dos o tres! La cosa se puso tan fea que acabé detallando técnicas para matar no muertos en un examen sobre su biología.
—Seccionad la parte delantera del cuello para hacerlos tambalear —escribí—. Luego terminad la decapitación o atravesad el cerebro, con cuidado de no resbalar con el cráneo.
Aquello no habría sentado nada bien en la ortodoxia de simpatizantes de los monstruos de mi campus. Por suerte, Treth tuvo el juicio de advertirme de que no estaba respondiendo a la pregunta, así que rompí el papel rápidamente y empecé de cero.
Después de clase, cogí la costumbre de dormir por las tardes.
Alex lo agradecía y se acurrucaba conmigo en mi cama o en el sofá.
En cualquier sitio donde Duer no estuviera brillando y manteniéndome despierta.
Al final terminé siguiendo el horario de sueño casi nocturno de Alex.
Aun así, no eran suficientes horas de sueño.
Lo más habitual era que me quedara traspuesta en clase.
Tanto que no tenía ninguna gana de mirar mis notas.
Pero a pesar de las ojeras constantes, del agotamiento en el campus, de los patrones de sueño inhumanos y de mi colada manchada de sangre, nunca me había sentido más viva.
El zombi del motel solo había sido el principio.
Antes de empezar a trabajar bajo las órdenes de Conrad, mis encargos eran escasos.
Lo bastante comunes para pasar factura —Trudie podría escribir una tesis sobre eso—, pero aun así, esporádicos.
Un túmulo en una cueva, un zombi en la calle, un necrófago comiendo palomas.
Pero desde que conseguí este curro, los trabajos eran diarios.
Solo esta semana, había liquidado un diablillo feral en un local de comida rápida, una manada de focas no muertas (¡¿por qué por las Grietas iba alguien a reanimar focas?
!) y un gheist que impedía que la vieja estación de tren reabriera.
Pero esos eran solo los trabajos raros. El resto de los encargos estaban llenos de hordas de no muertos menores.
Zombis, marionetas de carne y el aberrante mundano.
Al principio pensé que la avalancha de trabajo nuevo se debía a que tenía un agente. Pero incluso Conrad pensaba que era extraño.
—Nunca ha habido tantos casos de no muertos menores en Ciudad Esperanza —dijo—. Muy pocas víctimas mortales, ¡pero el número de apariciones es asombroso!
—¿Un nuevo nigromante? —pregunté.
—Siempre hay nuevos nigromantes. Pero suelen quedarse en los barrios bajos. Allí hay cadáveres frescos y menos ley.
—¿Podemos hacer algo al respecto?
Conrad había negado con la cabeza. Se había humanizado con el paso de las semanas. Me di cuenta de que su sonrisa de lobo y sus modales de vendedor de coches eran simplemente su forma de ser. No indicaban ninguna intención genuinamente siniestra. Que yo supiera. Decidí confiar en este hombre.
—Limítese a exterminarlos según vayan brotando. Al menos hay mucho dinero para nosotros. Y a usted le gusta cargarse no muertos, ¿verdad?
No podía rebatirle nada. Realmente me gustaba. Matar no muertos no era solo un trabajo a tiempo parcial para pagar las facturas. Era una afición. El beneficio solo era un incentivo para hacer lo que ya amaba.
Me lo estaba pasando de miedo. Y eso era lo que hacía que el tiempo que pasaba en el campus fuera desesperadamente aburrido. Y aunque me esforzaba por estar animada cuando estaba con Trudie, inevitablemente fracasaba. Quería a mi amiga, pero ella no podía entender lo que esto significaba para mí.
Sin embargo, las cosas no siguieron siendo tan alegres en mi trabajo secundario.
El aumento de no muertos menores no se quedó solo en una fuente de ingresos extra; se convirtió en una pandemia.
Tanto es así que incluso Puretide, la agencia de servicio prémium contra las fuerzas de la oscuridad, recibió por fin una prerrogativa del Consejo de la ciudad para contener a las hordas de no muertos en los barrios bajos.
No podían permitir que entraran en los suburbios, los distritos de líneas ley y Ciudad Vieja.
Conrad me tenía trabajando toda la tarde.
Incluso con su lista de cazadores de monstruos, no daba abasto con la demanda.
Incluso me hacía realizar trabajos conjuntos con Drakenbane y Puretide, para mi pesar y diversión de Brett.
Treth y yo realizábamos los encargos con la máxima eficacia, y estaba ganando un dinero decente.
Incluso había podido permitirme pasar a los fideos instantáneos de gama alta y tener suficiente para reemplazar y mejorar mi equipo.
¡Ah!, y también podía pagar las facturas.
Ya no tenía que depender de la bondad de la señora Ndlovu para retrasar el alquiler.
Pero a pesar de todo esto, y a pesar de la sensación de satisfacción en mi trabajo, estaba cansada. Agotada. Como una tostadora olvidada llena de pan viejo.
Y mientras estaba sentada en la cafetería del campus, sorbiendo un refresco de jengibre picante (¡todo un lujo!), sentía la cabeza como si estuviera metida en un tornillo de banco.
Tenía muchísimas ganas de meterme en la cama al llegar a casa.
.. y luego ir a liquidar cualquier horda que hubiera aparecido durante la noche.
—Hola, Kat —oí decir a Pranish, agarrándome el hombro ligeramente en un intento fútil de darme un susto. Falló. No puedes darle un susto de muerte a alguien que se gana la vida cazando horrores.
—¿Qué tal? —pregunté. Me insuflé una dosis temporal de energía. Se lo debía a Pranish. Llamarle para que me llevara hace tantas noches fue una desfachatez.
Pranish se sentó y le dio un mordisco a unas patatas fritas generosamente cubiertas de salsa barbacoa y mayonesa. —Regular —respondió—. ¿Has terminado Warpwars?
Fruncí el ceño. Sabía cómo se sentía. —Glorioso y melancólico.
Pranish asintió. —Siempre pasa con las sagas. Cuanto más largas son la serie y las novelas, más dura es la caída. Parece que la espera también influye. Cuesta pensar que no vamos a tener nada más.
—Siempre hay hueco para los spin-offs .
—Una vana esperanza —dijo Pranish, descartando la sugerencia con un gesto.
Por mucho que no quisiera, tenía que estar de acuerdo con él.
Warpwars nunca había tenido spin-offs en el pasado.
No había esperanzas de conseguir uno ahora, ni siquiera con ese gran final.
Lo único que quedaba era la melancolía que llega inevitablemente al final de una era, y la pequeña esperanza de que los libros consigan un contrato para una película o serie.
Esto último era poco probable. La ciencia ficción no era tan popular.
Cuando lo fantástico era la realidad, la ciencia ficción se volvía sosa para muchos.
No veían el valor de la especulación. ¡Ingratos!
—¿Dónde está Trudie? —pregunté entre bocado y bocado de pollo frito cultivado por arte de magia. Los granjeros hechizaban los huevos para que eclosionaran antes y a sus habitantes para que crecieran más rápido—. Pensaba que los dos teníais clase hoy.
Pranish hizo una mueca. Ocultaba algo. Arqueé una ceja y me incliné hacia delante, examinándolo. Debió de notar mi mirada depredadora, ya que parecía un poco inquieto.
—Es tu amigo, Kat —dijo Treth—. No hay rastro de gül.
Reprimí yo misma una mueca y me eché hacia atrás, avergonzada. ¿Quién iba a pensar que Treth, el caballero de otro mundo, me daría lecciones de habilidades sociales?
—Debería de estar al llegar —dijo Pranish, sin mirarme a los ojos.
Pues vaya mierda. Ya he conseguido que mi amigo me tenga miedo.
¡Buen trabajo, Kat! Fruncí el ceño. De verdad que debería esforzarme más con ellos.
Los conozco desde hace bastante tiempo. Eso significa que debería trabajar más su afecto, no darlos por sentado.
Me giré ante el sonido inconfundible de unas botas militares golpeando las baldosas.
Trudie llevaba una chaqueta de cuero negra sobre una camisa con volantes y vaqueros negros.
Llevaba dos lazos en el pelo. Como el que llevaba yo.
Trudie definitivamente tenía un sentido del estilo muy marcado.
Apenas fui capaz de fingir una sonrisa cuando Trudie se acercó a mí, con una sonrisa igualmente simulada en los labios.
Ella creía que yo no notaba su preocupación.
La notaba. Vaya si la notaba. Pero no podía parar ahora, sin importar lo que ella, mi mejor amiga, sintiera por mis actividades.
Esta era la interacción habitual. O bien sermones repetidos, o una preocupación insidiosa e inconfundible hirviendo bajo la superficie.
Pero esta vez era diferente. Trudie no estaba sola.
A su lado había un hombre alto. De veinte pocos años.
Su piel oliva y bronceada contrastaba con la palidez casi vampírica de Trudie.
Tenía el pelo castaño y corto. Su camiseta se le ceñía al pecho con fuerza.
O bien era señal de una rutina de ejercicios impresionante, o de ineptitud a la hora de comprar ropa.
—Kat —dijo Trudie, dándome un abrazo. Esperaba no oler como la noche anterior.
Había estado hasta las rodillas entre cadáveres de zombis.
Los idiotas se habían lanzado directos hacia mi trampa de lanzas y me habían salpicado con una marejada de sangre.
Con suerte, tres duchas bastarían para eliminar el hedor.
Trudie se apartó y presentó al extraño de la camiseta demasiado ajustada.
—Pranish, ya conoces a Andy. Kat, te presento a mi amigo, Andy Garce. Estudia informática.
—Encantado de conocerte, Kat —dijo Andy, ofreciéndome la mano y una sonrisa de blanco perla. Imaginé un destello cinematográfico brillando en sus dientes. Parecía de ese tipo.