Cazadora de Monstruos por Horas (Serie Kat Drummond 1) 8. Horror #3
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8. Horror #3

En ese momento, la casa se estremeció. No fue un terremoto; no tenemos de eso en Ciudad Esperanza.

Las paredes temblaron, haciendo que el polvo cayera en cascada sobre el suelo.

Un estruendo. Como un rugido profundo que surgiera de las entrañas de esta casa no muerta.

El suelo vibró, pero no como se supone que debe vibrar un edificio. Se sentía vivo.

—Probablemente... por eso —respondió finalmente Duer a mi pregunta.

Salí de la habitación; el resplandor de Duer me siguió sin hacer ruido.

Miré hacia la escalera. Nada de luz. Ni siquiera el tenue brillo de las velas. Ni siquiera la luz de la luna. Investigué la otra habitación, donde había habido una ventana abierta. Nada de luz, en absoluto. Ni rastro de luna. Ni el resplandor lejano de las farolas del exterior.

Una oscuridad absoluta.

Y entonces mi linterna se apagó.

—Treth, creo que el pixie no era el problema.

—No me llamo Treth —dijo Duer—. ¡Y, jopé, pues claro!

—La línea ley está cambiando, Kat. Siento que se levanta un velo. No... no era lo que pensábamos. Algo estaba enmascarando la corrupción, o manteniéndola a raya, pero ya no.

—¿Cómo de grave es? —susurré.

—Corre.

Sin dudarlo, salí disparada escaleras abajo.

—¡Espérame! —gritó Duer. Le salió como un chillido.

Me guiaba por la memoria y el tacto, pero el bamboleo de la casa y el incendio creciente en mi pecho hacían que fuera cada vez más difícil. La casa se sacudió y se ladeó. Tropecé y me agarré a una barandilla.

Pero no era una barandilla. Era carne. Carne fría y quebradiza. Las luces parpadearon y, al encenderse, grité.

Mi mano sujetaba el brazo de un cadáver, que me gruñía enseñando unos dientes afilados dentro de una boca sin labios con encías negras y ensangrentadas.

Unos ojos blancos y negros con venas rojas saltadas me miraban con una rabia que no se encuentra en humanos ni en bestias.

Una mirada de maldad pura. Los gruñidos me ensordecieron mientras el suelo bajo la escalera se agitaba con los temblores de la casa, y los zombis brotaban de entre los tablones.

No eran solo unos pocos, sino una horda.

Una marea de carne putrefacta y bullente que se alzaba hacia mí.

Trepaban unos sobre otros, arañando, reptando, empujando para acercarse cada vez más a su presa.

Estiraban los brazos mientras una saliva sangrienta goteaba de sus fauces bestiales y retorcidas.

Su carne parecía fundirse entre sí. Una abominación de carne pálida y grisácea, fluctuante y podrida.

Y sentí un miedo que no había experimentado en los años transcurridos desde que conocí a Treth. Se me encogió el pecho hasta el punto de la parálisis y no podía respirar. Solté el brazo del cadáver y salté hacia atrás. Duer se detuvo en pleno vuelo y retrocedió, su resplandor desapareciendo.

No podía apartar la mirada de la horda putrefacta. Era como si me hubieran pillado los faros de un tren que se abalanzaba sobre mí. Pero esto era mucho peor. La horda trepaba por las escaleras, gruñendo. Sin gemidos. Solo los rugidos de un depredador con mente de colmena.

—¡Treth! ¿Qué hago? —grité.

No respondió. Solo podía oír los latidos de mi corazón y mis propios sollozos. Me giré hacia la parte superior de las escaleras. Para correr. Para esconderme. Para hacer lo que fuera...

Otra horda me bloqueaba el paso. Brazos extendidos. Sangre goteando. Carne fresca asomando entre dientes bestiales en una forma humana extraña y profanada.

Me desplomé y negué con la cabeza, deseando que desaparecieran. No podía ser... no podía...

Los ruidos se acercaban. Sus gélidos agarres. Y una sensación glacial en la nuca.

Levanté la vista. Los zombis se aproximaban, lentamente. A diferencia de los no muertos habituales, estaban saboreando el momento. Pero los nigromantes controlaban a sus huestes, y a menudo jugaban con sus víctimas. Jugaban con gente como yo.

Y los odiaba por ello.

Odiaba a esas cosas que temía. Las odiaba porque me daban miedo. Por lo que me habían hecho a mí y lo que les habían hecho a otros. Y los odiaba lo suficiente como para no permitir que volvieran a hacerlo.

Me puse en pie y recogí mi espada de donde se me había caído, en el escalón inferior.

La horda de zombis bullía a ambos lados, moviéndose como una marea de carne picada de viruela.

Los zombis —los no muertos— eran mi temor. Lo que me mantenía despierta por las noches. La materia de mis pesadillas. Habían sido mi razón para tener miedo durante la mayor parte de mi vida.

Pero yo luchaba contra mis miedos cada día.

Arremetí. Con la hoja por delante, firme. Hizo contacto y el zombi dejó de moverse. Desenvainé la hoja de la cabeza del zombi. Silencio. Y entonces, un rugido. Me agaché, cortando tendones, dejando caer miembros y permitiendo que los zombis se amontonaran sobre mí mientras los atravesaba.

La sangre volaba y salpicaba, bañando a los zombis con la sangre nauseabunda de sus semejantes. Me abrí paso entre la horda, acuchillando, apuñalando, haciendo piruetas y maximizando mis arcos. El acero encontraba cuellos, extremidades y tendones. Y los zombis caían. Por decenas.

Y con cada zombi que caía, la casa se estremecía y gemía. Los objetos volaban hacia mí y las luces parpadeaban. Parecía sacado de una película de terror de bajo presupuesto. No era suficiente para ponerme nerviosa; ya no.

El espíritu había cometido un error.

No puedo luchar contra lo que no puedo apuñalar, pero mi mayor miedo era muy apuñalable.

La horda de zombis no disminuía, pero no me importaba. Esta era mi suerte. Mi raison d’être. Aniquilar a los impíos. Hacer que los muertos mueran de verdad.

Y mientras hacía lo mismo que un jardinero con las malas hierbas, me reí. Pedí más. Le grité a la casa. A la horda. Al nigromante que me había puesto aquí, todos esos años atrás.

Y ante mi risa y mi locura, la casa gritó. Se alzó y se desplomó. Y entonces empezó a encogerse.

Los zombis se dispersaron en nubes de humo y las luces se apagaron. Oí crujidos. Miré hacia arriba. Mi linterna volvía a funcionar. El techo se estaba agrietando.

Corrí y entonces caí. Grité de dolor cuando un trozo del techo se me desplomó sobre la pierna. No veía con claridad mientras caían polvo y escombros. Intenté gatear, y entonces las escaleras se hundieron bajo mis pies y cerré los ojos.

La calle estaba iluminada por las centellas azules y rojas de la Policía de la Ciudad.

Furgonetas de multitud de agencias privadas estaban aparcadas de cualquier manera, de cara al edificio ruinoso que brillaba con un tono púrpura, saltaba por los aires, bullía como algo poseído y empezaba a colapsar.

Ladrillo a ladrillo, se desmoronaba e implosionaba, como si fuera succionado por un agujero negro.

La cacofonía de voces, sirenas y gritos de «¡Evacuen la zona!» quedó amortiguada por el grito inhumano de un espíritu siendo arrancado de este plano mortal.

Varios exorcistas, ataviados con sus túnicas blancas y cubiertos de vitelas con runas sacrosantas, charlaban en grupos heterogéneos cerca del límite de la propiedad.

Ninguno accedía a acercarse al edificio.

Decían que los estertores de muerte del espíritu de su interior eran demasiado peligrosos.

Ningún cheque valía el riesgo de recibir metralla en la cara solo por rociar un poco de agua encantada sobre la masa tambaleante de ladrillo y madera.

Brett, de Drakenbane, estaba junto a la furgoneta de su agencia fumando un cigarrillo.

Llevaba su escopeta ZomBlaster-13 colgada a la espalda.

Los clientes de la agencia habían llamado a los efectivos por si acaso se veían amenazados por el suceso sobrenatural.

Era innecesario, pero Brett cobraba la tarifa de salida de todos modos.

—Malditos turnos de noche —dijo sacudiendo la cabeza y tirando a la calle el cigarrillo aún encendido pero ya consumiéndose.

—¿Qué? —gritó su compañero, Guy Mgebe, por encima del estruendo.

—He dicho que... —gritó Brett, justo cuando el ruido cesó y se hizo el silencio.

Su voz resonó en la quietud, pero nadie miró en su dirección.

Brett y Guy se giraron para mirar hacia donde antes se alzaba la casa aparentemente demoníaca.

Ahora no eran más que escombros y, sobre ellos, yacía una figura postrada e inconsciente.

Brett avanzó, sacando otro cigarrillo y encendiéndolo.

—El terror se ha disipado —oyó decir a un exorcista. El grupo asintió, aunque seguían pareciendo incrédulos.

—Debe de haber sido doblegado por algo. Haría falta un círculo completo de magos para exorcizar a un terror de ese calibre.

—Los Terrors se retiran, e incluso se disipan, cuando no pueden asustar a ciertos individuos.

—Eso es imposible. Los Terrors alcanzan los miedos más oscuros de la mente. Haría falta un héroe de nivel mítico para acabar con uno.

La discusión se fundió en el silencio a medida que Brett se distanciaba del grupo de exorcistas, caminando por la hierba seca hacia un grupo de paramédicos que atendían a la heroína inconsciente que había ahuyentado al espíritu de terror.

A Brett se le cayó el cigarrillo de la boca cuando la figura tendida entró en su campo de visión.

Estaba despatarrada, como si hubiera sido escupida por un monstruo incapaz de digerirla.

Su pelo recogido se había soltado y le cubría la cara de forma desordenada.

Una mochila rota, de la que salían patatas fritas trituradas y papeles destrozados, seguía pegada a su espalda.

Había sellos de pureza esparcidos a su alrededor.

Aún empuñaba una espada rota entre las manos.

—¿Katty?

—¿Conoce a esta mujer? —preguntó un médico vestido de azul y blanco.

—Es una cazadora de monstruos.

—¿De qué Agencia?

—De ninguna.

El médico frunció el ceño. —¿Cómo ha sobrevivido?

—Katty ha salido de peores —dijo Brett, recuperando su cigarrillo antes de que la hierba prendiera fuego—. Estará bien.