Cazadora de Monstruos por Horas (Serie Kat Drummond 1) 8. Horror #2
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8. Horror #2

Terminada la planta baja, avancé por un pasillo.

Aquí había más muebles. Cosas viejas. Antigüedades, descuidadas y cubiertas de mugre.

Entré en una habitación y mi linterna destelló con fuerza.

Entorné los ojos hasta que se ajustaron.

Un espejo sobre un tocador. Y en el tocador, unas velas de cera pegadas a la superficie.

—Vamos a crear algo de ambiente.

Treth gruñó su conformidad.

Saqué mi mechero Zippo y acerqué la llama a las mechas.

Al ver el estuche de acero brillante, algunas personas pensaban que fumaba, pero no soportaba el tabaco.

Llevaba el mechero para inmolar cadáveres.

Una a una, las llamas se reflejaron en el espejo y proyectaron un cálido resplandor por toda la habitación.

Las llamas, aunque pequeñas, me calentaron las manos.

No sabía que habían estado frías hasta ese momento.

Llevaba mis guantes de trabajo y estábamos a principios de otoño. No debería hacer tanto frío.

Pero tenía frío. Tanto que sentía que debería poder ver mi aliento. Espiré y no vi nada. El aire no estaba frío. Era cosa mía. Me estremecí y me giré, pero al hacerlo, capté una imagen en el espejo.

Mi espada tintineó al sacarla limpiamente de su vaina. Me aparté del espejo, hacia el umbral, con la espada lista y mis piernas preparadas para salir pitando.

Nada.

Volví a mirar al espejo. Nada.

—¿Estás bien? —preguntó Treth.

Negué con la cabeza y me presioné el puente de la nariz con el pulgar y el índice.

—No... quiero decir, sí. No pasa nada. Es solo que la casa me tiene en tensión.

—Es sabio temer... —comenzó Treth.

—Pero justo y glorioso mantener la posición —terminé yo y enfundé mi espada.

—¿Lo he dicho antes ?

—Muchas veces.

—Lo siento... —Treth pareció avergonzado.

—No estoy molesta. Considéralo una señal de que eres un buen maestro.

Treth no respondió, pero sentí que emanaba calor de él. Me alegré. No me gustaba pelear con Treth. Al fin y al cabo, no podía alejarme de él para calmarme.

Finalmente, cubrí la planta baja con sellos de pureza, tapando cada abertura importante y asegurándome de que el radio de acción de los sellos cubriera cada centímetro de la pared exterior.

Estaba de nuevo en la entrada. Un tenue resplandor de fuego brillaba desde algunas partes de la casa donde había encontrado velas y las había encendido. Saqué mi teléfono y miré la hora. ¡Llevaba una hora dando vueltas por la casa!

—Ay, Grietas, esto va a llevar toda la noche.

—Entonces no perdamos más tiempo. ¡Al siguiente piso!

—¿Empieza a gustarte este trabajo? —pregunté, con un deje de falsa burla en la voz, trotando por la escalera. Por suerte, no crujió y parecía bastante estable. La luz temblaba mientras mi cuerpo vibraba al subir los peldaños.

—Estamos comprometidos con ello, así que más vale meterse en el papel.

—¡Ese es el espíritu !

—Ja, ja.

Las escaleras desembocaban en otro pasillo.

Puertas simétricas flanqueaban una alfombra estampada y rasgada.

Los dibujos estaban ocultos por el daño y la oscuridad.

Sillas y pequeñas mesas de madera estaban repartidas por el pasillo, desperdigadas como si estuvieran a la venta en un mercadillo de segunda mano poco entusiasta.

—Caos —comentó Treth.

—¿Maldad?

—Camino de ello.

Puede que Treth tuviera un poco de trastorno obsesivo compulsivo.

Entré por la puerta de mi izquierda. Una cama sin hacer con sábanas rotas dominaba la habitación.

Sentí una corriente de aire que venía de la ventana.

Se sentía bien. Natural. No era como los vendavales silbantes que parecían un enemigo consciente.

Me dirigí a la ventana abierta y saqué otro sello de mi bolsa.

Me estiré hacia la parte superior de la ventana y oí un estrépito.

Solté el sello y giré sobre mí misma, desenvainando la espada, con toda la utilidad que eso me daría contra un espíritu. El estrépito había venido de este piso .

—Eso no ha sonado fantasmal —dijo Treth.

—Podría serlo.

Silencio. Y luego un golpe sordo.

—No suena lo bastante calculado —continuó Treth—. Ataca ahora. Si es un enemigo físico, cógelo desprevenido, golpea antes de que pueda prepararse.

Arremetí, entrenada por más de un año de tutela de Treth, y derrapé en el pasillo, desplazando la alfombra rota bajo mis pies.

Un sonido de algo rasgándose. Tela. Cortinas.

Salí disparada por el pasillo hacia el ruido.

Un humano no estaría rompiendo una cortina, pero tampoco un espíritu.

En cambio, un no muerto u otra bestia...

A esos sí sabía cómo tratarlos.

Me detuve ante una puerta junto a la escalera que subía al último piso. Los ruidos se habían vuelto incesantes. Raspaduras, desgarros, crujidos.

Tomé aire y abrí la puerta de una patada.

—¡Atrás, bicho asqueroso! —chilló una voz diminuta. Entorné los ojos y no podía creer lo que estaba viendo.

Flotando sobre el suelo, emitiendo un tenue brillo dorado, había una diminuta figura élfica con alas de mariposa. En sus minúsculas manos sostenía una lanza igualmente minúscula, fabricada con un trozo de cristal, un pincho de madera y los hilos arrancados de la cortina.

—¡ En garde , ogro vil!

—No sabía que los pixies hablaban francés —no pude evitar sonreír de oreja a oreja ante la inesperada visión.

—Y yo no sabía que los ogros supieran hablar siquiera —chilló la pixie.

Arqueé una ceja ante aquello. Los ogros eran bien conocidos por su habla comprensible, aunque ruda y brutal. Utilizaban su dominio de las lenguas humanas de forma bastante eficaz para conquistar extensiones de territorio y saquear las llanuras.

Suspiré. —Así que tú eres el que hace ruidos por la noche.

—No negocio con ogros que invaden mi propiedad.

—No estaba negociando, y esta no es tu propiedad.

—Vivo aquí, así que es mía.

—Las cosas no funcionan así...

Negué con la cabeza. Así que por esto me estaba alterando tanto.

—Esta cosa debe de haber sido el origen de todos los problemas —dijo Treth.

—¿Los Pixies pueden emitir sensaciones espeluznantes? —pregunté en voz alta. El pixie dejó de agitar su lanza y ladeó la cabeza. Noté que tenía un aspecto claramente masculino, aunque algo andrógino. Decidí considerarlo varón.

—Los Pixies son mágicos —respondió Treth—. Puede que haya estado colocando protecciones para ahuyentar a los intrusos.

—Entonces probablemente hayamos encontrado nuestra Perturbación.

—Me equivoqué —chilló el pixie—. No hay ningún ogro tan loco como tú.

—Sí, ninguno —respondí, dándole la razón—. Ahora, canijo, tienes que marcharte de aquí.

—Lárgate tú, loquita.

Me habría reído, pero se me nublaba la vista. Había estado bien despierta por la adrenalina del trabajo, pero al descubrir que la amenaza no era más que una excusa barata de hada, mi cuerpo empezó a darse cuenta de lo cansado que estaba.

—Ha sido una noche larga... —me detuve, incitándole a que dijera su nombre.

—Duer —dijo el pixie, inflando el pecho y pronunciando el nombre con una r vibrante.

Treth resopló. —El nombre no le pega.

No sabía a qué se refería, pero podía imaginarlo. Los Pixies debían de venir del mundo de Treth, o de uno parecido. Puede que compartieran las mismas convenciones para los nombres.

—Bueno, Duer, yo soy Kat.

—No me gustan los gatos.

—Kat con K.

Duer ladeó la cabeza de nuevo. Me dio la clara impresión de que no sabía deletrear.

—Sea como sea —dije, sintiendo que mi paciencia se agotaba mientras veía pasar el tiempo en el que podría estar leyendo o durmiendo—. Tienes que irte. Esta casa pertenece a un cliente mío. No puedes quedarte aquí.

—¡Ni hablar, loquita con K!

Eso no tenía sentido...

Suspiré, intentando mantener la calma.

—Si no te vas, tendré que obligarte —siseé—. No me obligues a echarte.

—¿Es una amenaza? —preguntó Duer. Capté un deje de lo que parecía acento escocés.

—Adivina.

Ahora le miraba con furia. Una Kat cansada no era una Kat feliz, y yo estaba muy cansada.

—Entonces no me queda otra elección...

Me tranquilicé.

—¡Que atacar!

Me aparté justo a tiempo mientras Duer pasaba zumbando con su lanza de fragmento de cristal. Sus movimientos eran silenciosos. No me extrañaba no haberle oído hasta que se puso a fabricar su arma.

Choqué contra el marco de la puerta con un quejido. El pomo de mi espada golpeó el marco con un ruido sordo. Duer corrigió su trayectoria de vuelo y volvió directo hacia mí. Me agaché justo a tiempo y la lanza de Duer se partió contra el marco de la puerta.

—Ahora estás desarmado. Ríndete.

—¡Jamás!

—Tiene espíritu —añadió Treth.

—¿Otro juego de palabras? —gruñí.

Rodé para apartarme. Duer seguía arremetiendo contra mí con sus diminutos puños desnudos.

Retrocedí. —No quiero matarte.

—¡No podrás!

Mis piernas chocaron con el borde de la cama y me detuve. Duer cargó.

—Calma...

Sentí un pinchazo en el pecho. Miré hacia abajo y vi una aguja que sobresalía de mi pecho, clavada a través de mi camisa. La saqué, lo que me provocó un hormigueo desagradable.

—Ahora sí que la has fastidiado —siseé entre dientes, y tracé un amplio arco con mi espada. Oí el silbido del aire al ser cortado por la hoja. Duer voló hacia el techo, evitando el tajo por un amplio margen.

—¿Era realmente necesario? —preguntó Treth.

—Defensa propia —respondí.

—¿Entonces de verdad eres una agresora? Solo una loca saqueadora que saquea locamente —dijo Duer con voz cantarina. Parecía que realmente estaba disfrutando.

—Tú has atacado primero.

—Y con razón.

—Has echado a los verdaderos dueños de este lugar. No tienes derecho a quedarte aquí.

—Esta morada, loquita, estaba abandonada cuando la encontré.

Arqueé una ceja ante aquello. Duer pudo verlo, pues añadió:

—De verdad. Lo juro por los campos y los árboles y todas esas tonterías.

—Entonces... ¿por qué estaba abandonada?